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ALEJANDRO SANZ. #VIVE

Óscar García Blesa

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Fragmento

 

«Vida, vida hasta la muerte, vida» me dijo mi hijo Dylan un día jugando… El tío…, ¡jugando! Porque la vida es un juego (de llaves y cerrojos). Me dan ganas de besaros las palabras y las voces, y de abrazar los lugares que mencionáis..., cada lágrima.

Y este libro cuenta no solo mi historia, sino la historia de todos los que estuvieron a mi lado de un modo u otro. Las versiones de cada uno a veces se contradicen, pero ¿no es eso vivir..., la versión de cada uno?

Gracias Óscar por tus ganas de saber, por tu entrega constante, por tu amor a la música, por hacer de este libro tu proyecto, gracias a tu familia por «aguantarnos» y por ser tu inspiración. Gracias a tod@s l@s que nos prestaron su voz, su memoria y su tiempo para estar en estas páginas. Gracias también a l@s que no quisieron estar, porque su silencio también cuenta una historia. Gracias a la música que va entrelazada con todas mis memorias, con todas mis esperanzas y mis sueños. Gracias a los relojes y a los relojeros y a las dudas y al envalentonamiento. A los tropiezos, a los manotazos, a los gigantes y a los molinos de viento. Gracias a las esquinas y a los espacios abiertos, a los espejos, a lo que quiero, quise... y a lo que terminaré queriendo. Gracias a ti que lees porque leyendo ejercitas el silencio, y la comprensión, y la empatía, y viajas a otras vidas y pones en orden el trastero donde guardas emociones y polvos y muebles y trapos viejos. Gracias a la vida porque a vivir se aprende viviendo.

ALEJANDRO SANZ

Introducción

«La vida es demasiado corta como para no intentar hacer algo fascinante... ¡Corre! ¡Atrévete!».

Música: Antonio Vega, El sitio de mi recreo

Las cosas no suceden por casualidad, eso sería una explicación demasiado sencilla para todo lo inexplicable. La historia de este libro tiene su origen en algún momento de 1992, quizá un poco antes, pero ese dato en realidad no es tan importante.

En 1992, en España seguían enviando a los chicos al servicio militar. Yo soy chico y, por lo tanto, después de haber prorrogado hasta el límite legal mi incorporación a las escopetas, en algún momento de ese año me tocaría cumplir con doce meses de penitencia y hacer la mili. Mi futuro estaba escrito. O al menos eso pensaba yo entonces.

Hay una escena deliciosa de la película El curioso caso de Benjamin Button donde se explica que, ya sea casual o de manera deliberada, en nuestras vidas hay hechos aislados y sin aparente relación entre sí que determinan nuestro futuro. De manera que las casualidades no existen y las cosas simplemente ocurren, un ejemplo más de la teoría del caos. Un hecho pequeño y aislado provoca una sucesión de cambios en cadena que pueden derivar en uno mucho más relevante.

En la película, la protagonista sufre un accidente de coche que condicionará su actividad profesional. Eso forma parte de la trama, aunque lo verdaderamente importante sucede justo antes del accidente.

Volvamos por un instante al servicio militar. El caso es que el sorteo para conocer mi destino llevó mi nombre hasta Melilla. Ojo, no tengo nada en contra de la hermosa ciudad de Melilla, pero no me planteaba pasar un año de mi vida allí. Eso lo tenía bastante claro.

El plan B para los que no iban a la mili se llamaba «objeción de conciencia». No sé a quién se le ocurriría ese nombre, pero, en mi caso, la conciencia la tenía bien tranquila. Si se trataba de objetar, yo sería el primero de la lista. ¿Motivo?, ¿de verdad tenía que dar mis motivos?

Me enviaron a los servicios auxiliares nocturnos de Protección Civil en Boadilla del Monte. De vez en cuando conducía un 4×4 que hacía también las veces de ambulancia, y cuando tocaba echaba una mano en las actividades del pueblo que requerían «voluntarios». Ya puestos, hubiera querido hacer mucho más, pero la realidad es que allí mis servicios no hacían falta para nada. Mi horizonte en forma de doce meses llevaba escrita la palabra NADA en mayúsculas.

No hacer nada resulta agotador, así que en un arrebato de madurez espontánea decidí buscar trabajo. Da la casualidad de que mi pasión por la música no era algo nuevo; había demostrado cierta incompetencia como músico en bandas del barrio, escribía en un fanzine sobre todos los grupos que me gustaban y gastaba mi escueta paga en discos y conciertos. Era lo que se conoce como un perfecto freak musical.

El caso es que mi vecino, con el que yo jugaba al baloncesto los sábados, trabajaba en una compañía de discos. Aquel muchacho con pintas de cualquier cosa menos de ejecutivo discográfico me llamaba la atención: eso de trabajar en el mundo de la música definitivamente podía ir conmigo. Así que un día le pregunté: «¿Sabes si buscan gente en el sitio ese donde trabajas?». Me respondió que casualmente estaban buscando un vendedor para una de las zonas de Madrid. ¡Ay, la casualidad!

Hice la entrevista un día cualquiera por la mañana y esa misma tarde empecé a trabajar en Warner. Estuve allí más de diez años, después trabajé en Sony y en otras compañías musicales más adelante. Y hasta hoy.

Si en aquel sorteo la bolita con mi nombre me hubiera enviado a Valladolid en lugar de a Melilla. Si en lugar de gustarme la música mis aficiones fueran, por ejemplo, los coches y la mecánica. Si en vez de jugar al baloncesto los sábados hubiese jugado en un equipo de rugby universitario los domingos. Si en lugar de tener un vecino que trabajaba en Warner, este hubiese sido empleado de Banco de Sa­ba­dell. Si todo lo que sucedió hubiese ocurrido de otra manera, hoy, seguramente, no estaría escribiendo esto y, probablemente, nunca habría trabajado con Alejandro Sanz. ¿No es la vida un viaje maravilloso?

Tengo por costumbre salir a comer un menú cada poco tiempo con mis amigos del negocio de la música. Casi siempre visitamos locales donde cocinan platos caseros, lentejas y estofados, filetes con patatas o pescado a la plancha. Nada sofisticado, cuanto más sencillo, mejor.

Los amigos son un tesoro que hay que cuidar. De mis años en la industria guardo un buen puñado de recuerdos, casi siempre imágenes que asocio a la cara de una persona. Disfruto de la compañía de la buena gente.

A finales de 2015 disfrutaba de unas croquetas con ensaladilla rusa en un pequeño restaurante al principio de la calle Mauricio Legendre, en Madrid. ¡Qué gran invento la ensaladilla rusa!, que diría Eugenio.

Me acompañaba mi amigo Kiko Fuentes, con el que compartí los años de gloria del negocio, los últimos coletazos de la gran venta, o, recurriendo a metáforas culinarias, la última cena de la música en formato físico.

Nuestros temas de conversación son de lo más variopintos. Podemos empezar por la última salida de tono de algún político, reivindicar que aquel gol no fue en fuera de juego, comentar cualquier aspecto relativo a los equinos (tema en el que Kiko es eminencia), o, quizá, debatir si la ensaladilla rusa es en realidad un invento ruso o la brillante idea de algún paisano murciano o leonés, vete tú a saber.

De lo que sí estoy seguro es de que siempre terminamos hablando de la industria, y más concretamente de música. Y ese es un tema al que dedicamos la mayor parte del segundo plato, el postre y el café.

De entre los momentos vividos, Alejandro Sanz y su impresionante carrera musical ocupan un capítulo importante de nuestra vida personal y profesional. Haber podido participar, aunque sea tímidamente, del desarrollo del fenómeno artístico más relevante de la cultura popular en español de los últimos treinta años es, ante todo, un privilegio.

Alejandro provoca, entre los que alguna vez han trabajado junto a él, un sentimiento de lealtad inquebrantable. Por mucho que te alejes temporalmente de su círculo laboral, sus peripecias y, sobre todo, sus canciones, te mantienen cerca de él para siempre, como si se tratara de una especie de cordón umbilical invisible.

En aquel otoño de 2015, casi de manera telepática, Kiko y yo dibujamos un calendario imaginario y dijimos: «Qué fuerte, a la vuelta de la esquina se cumplen veinte años de “Más”». Pedimos la cuenta, pagamos y nos marchamos.

Durante las siguientes dos semanas empezamos a jugar con planteamientos de marketing, diseñamos una estrategia como si todavía estuviéramos trabajando con Alejandro, planeamos diferentes escenarios con ideas descabelladas y, una vez armado, lo repasamos. Aquel plan para celebrar los veinte años del disco más importante de la música española tenía, a nuestros ojos, buena pinta. Así pues, decidimos enseñarlo.

Mientras nos dirigíamos a nuestra primera reunión, nos imaginábamos que, a pesar de estar bien diseñado, aquella celebración, sin lugar a dudas, no se le habría escapado a nadie. Ante nuestra sorpresa, no habían caído en la efeméride. Les encantó la propuesta y salimos de allí más contentos que unas pascuas. En realidad no habíamos hecho nada todavía, pero, de alguna manera, sentíamos que aquel menú con ensaladilla había merecido la pena.

Nuestra primera reunión fue todo un éxito. Quedaba aún un segundo peldaño, el penúltimo antes de que Alejandro, la persona más importante de toda esta historia, supiera de nuestras intenciones.

Encarábamos con escepticismo nuestra cita: «Seguro que ya lo han pensado, seguro que ya lo tienen previsto». De nuevo, pecamos de pesimistas, salimos de allí con un apretón de manos y una consigna clara: se lo iban a contar a Alejandro.

Alejandro es un tipo fabuloso. Esto no lo digo gratis. Es un hombre excepcional con las ideas muy claras. De otra manera es imposible mantener una carrera de éxito como la suya durante más de veinticinco años. Ve las cosas muy rápido: si son, son; y si no, a otra cosa. Y aquello le gustó.

Pasaron algunas semanas y, en

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