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ALGO EXTRAñO EN EL AIRE

Fernando Baeza C.  

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Fragmento

Capítulo 1

Julio de 1941. Segunda Guerra Mundial
Leningrado

El cuervo entonó tres veces su lúgubre graznido frente a la única ventana que aún se sostenía pegada al muro de la casa. La mujer sintió que los vellos de su espalda y sus brazos se erizaron e intentó ignorar aquel siniestro canto. Casi toda la gente del lugar creía que cada vez que un pájaro negro cantaba frente a una casa, alguien de allí moriría. De forma instintiva la bella rusa pensó en su esposo y en su hijo.

Apretó la cruz bizantina que colgaba de una cadena de oro de su frágil cuello e intranquila miró por la ventana intentando ubicar al ave que segundos antes cantara desde la verja del jardín, pero este ya había volado. Intentó calmarse pasando su mano por la suave cabeza del niño que, con tiernos ojos, la miraba ajeno a lo que sucedía a su alrededor. Calzó los viejos zapatos del pequeño Alexei y resuelta, sin mirar hacia atrás, salió a la calle.

***

—Hay que aniquilar a la Unión Soviética como nación y como pueblo... Se trata de una lucha entre dos ideologías, entre dos concepciones raciales... Los soviéticos tienen que ser liquidados. —Con estas encendidas palabras y teniendo en derredor a todo su Estado Mayor y demás oficiales de mediano rango, el Führer había delineado a grandes rasgos su estrategia y el tenor que tendría la guerra frente a la URSS.

—¡Heil Hitler! ¡Heil Hitler! —los cruces de hierro se levantaron de sus asientos y con el brazo en alto ovacionaron en forma estruendosa al hombre que en pocos años había levantado del polvo de la humillación a Alemania, después de la derrota en la Primera Guerra Mundial.

La causa de los arios era ahora su lucha. Y por el momento los ejércitos germánicos estaban cumpliendo los deseos del Guía.

El general Von Leeb había logrado situar a las poderosas fuerzas de la Wehrmacht a unos ciento cincuenta kilómetros de la ciudad de Leningrado. Era el mes de julio de 1941. Y desde esas posiciones tres ejércitos tratarían de asfixiarla saliendo de diferentes puntos y envolviéndola en un movimiento concéntrico. El Führer quería conseguir la total rendición de sus habitantes por medio del hambre. La única vía de comunicación hacia el exterior que tenía la ciudad, en dirección Este, era la fortaleza de Schlusselburg, la cual caería semanas más tarde, tras cinco jornadas de lucha. La ciudad quedó aislada totalmente por tierra.

El calendario marcaba los días centrales del mes de agosto.

***

Nerviosa, Svetlana tomó de la mano al pequeño Alexei y apuró sus pasos en medio de los cortos trechos limpios de una calzada llena de cadáveres, escombros y chatarra quemada. Eran recordatorios que iban quedando sembrados en el camino debido a los continuos bombardeos y ametrallamientos efectuados por la Wehrmacht y la Luftwaffe1.

—¡Mamá! ¿Dónde ha ido papá esta vez? —preguntó el pequeño a la vez que pateaba un trozo de caucho retorcido y quemado del vehículo militar que humeaba, ya totalmente calcinado, frente a ellos.

—¡No sé el lugar, sólo sé que está cavando trincheras cerca de aquí! —farfulló la mujer al tiempo que respingaba su nariz debido al fuerte olor a pólvora y caucho quemado que se cernía en el aire. En medio de tantos hedores esos eran los más penetrantes y sobresalientes. Desde varios días atrás se venía combatiendo en forma encarnizada por el control de la antigua ciudad de San Petersburgo.

Para los soviéticos la ciudad era un símbolo de la gran Revolución de Octubre, y no se podían permitir que cayera, por lo que representaba, en manos del odiado enemigo nazi. Si esta ciudad caía, también toda Rusia lo haría con ella.

—¿Pasaremos otro día en la fábrica, junto a las demás mujeres? —preocupada por otros detalles de más importancia, Svetlana pareció no escuchar la pregunta del muchacho y apretó aún más su pequeña mano. Frente a ella se alzaba la gigantesca fábrica de armamentos donde cumplía turnos de trabajo forzado por horas. Después se dedicaba junto a otras decenas de mujeres a la construcción de medidas defensivas, las cuales hasta el momento estaban mostrando su efectividad en la resistencia frente al enemigo.

KIROV, la gigantesca fábrica de armamentos rusos, producía de forma ininterrumpida carros de combate, municiones de toda clase, motores y cañones para poder sustentar la lucha contra las fuerzas alemanas, ya que la repentina invasión había desarticulado por completo sus sistemas de abastecimiento y organización. Tendrían que luchar solitarios contra el enemigo hasta que el sistema de suministro desde el interior de Rusia se normalizara. Como se estaba dando la situación, esto sería un poco más que imposible.

La madre agudizó su oído y lo que escuchó hizo que apretara aún más la mano de su hijo causándole daño. Conocía de memoria lo que venía más adelante.

—¡Los aviones alemanes! ¡A los refugios! ¡Viene la aviación alemana! —se escuchó el grito ronco y enérgico del soldado cosaco. La sirena dio su agudo aullido de guerra, un lenguaje que los habitantes de la ciudad ya conocían. Quien la escuchaba vivía. Era el sonido que separaba la delgada línea entre seguir viviendo escondidos a sobresaltos o morir acribillado bajo el fuego enemigo. Por desgracia en esta guerra no existía una visión más optimista ni otra opción más decente. En realidad, en ninguna guerra la hay.

Svetlana y Alexei miraron despavoridos hacia el cielo, al oeste. Decenas de puntos negros se dibujaban en el cielo produciendo un ruido ensordecedor, semejante al que produce un enorme enjambre de avispas. La muerte volaba directa hacia ellos.

Los aviones se cernieron como negros buitres por el nublado cielo, ametrallando todo lo que encontraron a su paso, vomitando su carga de destrucción. La svástica volando por el cielo en la cola de los aviones Stuka se asemejaba a la sombra que un halcón proyecta sobre su presa. Exclamaciones de tormento y angustia se esparcieron por doquier. Las máquinas de guerra alcanzadas ardieron fuera de control en medio de las calles o incrustadas contra algún poste o muro. La atmósfera se llenó de ayes desacordes y terroríficos. Hombres y mujeres bramaban de dolor al ser destrozados por las balas. Otros ni siquiera alcanzaban a abrir sus bocas. Era como una desigual lucha entre un moderno Goliat de acero contra un frágil David con armas del siglo pasado.

—¡A las baterías antiaéreas! ¡Rápido, a las baterías! —se logró escuchar una desesperada voz dando una orden, entre el humo y el ruido de las explosiones.

Trozos de escombros y hierros retorcidos saltaban por los aires como esquirlas improvisadas, incrustándose en todo lo que tuvieran por delante. En medio de la calle había restos de cuerpos humanos esparcidos que todavía destilaban sangre. Quienes quedaban vivos pedían a gritos que alguien se apiadara de ellos, matándoles. La metralla alemana les concedía el favor. No dejaban a nadie con vida. Otros que alcanzaron a llegar a las defensas antiaéreas comenzaron el contraataque, pero no eran muchos.

El polvo, el pánico, el fuego y el desorden cundían por doquier. El resto de gente que no estaba a cubierto corría desesperada buscando refugio en algún lugar. Los edificios sucumbían bajo llamas voraces e incontrolables. Una pequeña niña lloraba sin encontrar quien la consolara, sentada en el barro cogida de la mano de un hombre que yacía muerto a su lado.

La sirena seguía aullando. El cielo arrojando fuego. Los proyectiles segando vidas. La sangre regando el suelo con su macabra estela púrpura. Por un buen espacio de tiempo aquellas macabras escenas se repitieron. Una y otra vez por el aire los aviones reiteraron su macabra tarea. Una y otra vez por la tierra, el infierno se desató sin misericordia. Como una espiral de terror sin fin.

Con la agilidad de un felino acorralado, la mujer y el pequeño lograron colarse en el descomunal agujero producido en un edificio cercano días atrás por las potentes bombas nazis, cuando un Stuka pasó por sus cabezas proyectando su descolorida sombra sobre ellos. El ruido del motor se perdió en la inmensidad del espacio. Las paredes crujieron y la resonancia de una explosión se introdujo junto con trozos de escombros y polvo en aquel improvisado refugio. El avión había dejado caer una bomba.

Ignoraron cuánto tiempo estuvieron en aquel impensado escondite escuchando la mortal sinfonía de gritos, explosiones y ruidos de motores en el aire. Hubo un momento de pesada pausa. El silencio que avisa una tregua o una tempestad. De pronto el fragor de los bombardeos se fue alejando como un eco.

De forma pausada, excepto por algunos disparos aislados en la distancia, la quietud volvió a reinar en unos cuantos metros a la redonda. Sólo se escuchaba el lejano lamento de los heridos, el crepitar de los edificios y los vehículos que explotaban consumidos por el fuego. El suelo empezó a temblar bajo el peso de otro ruido mecánico y ensordecedor. Svetlana no se percató de este detalle, pues estaba pendiente de su hijo y pensó que era tiempo de salir del temporal refugio.

Tomó al niño de la mano y salió al exterior. Se volvió para levantarle en volandas porque un pedazo de muro le impedía avanzar, cuando de reojo vio configurarse a través de la polvareda, como un demonio que emergía del infierno, aquellas terribles bestias de color gris que se estacionaban a su costado, a no más de cincuenta metros de distancia. Eran tres tanques Panzer pertenecientes al décimo séptimo cuerpo divisionario de blindados alemanes.

Al costado d

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