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ALGO MáS QUE UNA DAMA (FAMILIA MARSTON 1)

Christine Cross  

5


Fragmento

Prólogo

Londres, 1758

Según recordaba la duquesa de Westmount, el día que dio a luz por segunda vez era una radiante mañana de primavera de 1748. Los jardines que rodeaban la mansión, exultantes de coloridas flores, perfumaban el ambiente con su suave fragancia.

Su primer embarazo había sido difícil, pero había cumplido con su obligación y le había dado a su marido no solo el esperado heredero, sino también dos varones más, puesto que había dado a luz trillizos. Por eso, el nacimiento de una niña había llenado de alegría su corazón de madre.

No es que no quisiera a sus hijos varones, de hecho, los adoraba, pero tener una hija a la que transmitir todas las enseñanzas que ella había recibido de su propia madre, le causaba un gran placer. Le enseñaría el arte del bordado y la costura, a dirigir una mansión y el servicio que estaría a su cargo cuando la muchacha se esposase, a conversar con gracia y donaire, y todas las cosas necesarias para que su pequeña se convirtiese en una gran dama.

Lady Eloise, de pie junto a uno de los grandes ventanales que daban acceso a la parte posterior de la mansión, contemplaba los jardines con especial concentración. Los rododendros comenzaban a florecer, pero los rosales todavía se veían desnudos. Tendría que comentárselo al jardinero mayor; tal vez les faltaba abono. Aunque Nigel se encontraba ocupado en esos momentos supervisando la construcción del invernadero.

—Supongo que las rosas florecerán a su tiempo —comentó en voz alta.

A pesar de que no se había dirigido a él, su esposo, que se hallaba en la sala, sentado en su sillón favorito mientras leía un libro, respondió:

—Todas las cosas tienen su tiempo, querida, solo hay que saber tener paciencia.

La duquesa sonrió. Había tenido la suerte de hacer un fabuloso matrimonio, no solo porque Charles era el hombre más apuesto de Londres —a su parecer y al de muchas otras damas a las que tenía que espantar como moscas cada vez que acudían a un baile— y porque tenía el título de duque, que además venía acompañado de una gran fortuna, sino porque se habían casado por amor. Ella era tan solo la hija de un vizconde, pero había coincidido con Charles en una fiesta campestre organizada por lady Margaret Cavendish, una de sus mejores amigas, que había tenido la suerte de pescar al duque de Portland en su primera temporada.

Eloise lo había observado de lejos, admirando su porte y su gallardía; suspirando por él, como hacían la mayoría de las jovencitas casaderas en el salón de baile. Margaret había insistido en presentárselo asegurándole que se enamoraría de ella en cuanto la viese, porque Eloise era, sin duda, la muchacha más hermosa de la fiesta. Y así fue.

La duquesa volvió a sonreír al recordar su cortejo. Ciertamente, Charles no había tenido paciencia antes de esposarla. Por suerte para ella, y por desgracia para las mayores cotillas de Londres, sus hijos vinieron al mundo justo nueve meses después de su boda.

—Recuerdo una ocasión en la que me dijiste que a veces valía la pena adelantar el tiempo para poder gozar de ciertas cosas.

El duque levantó la mirada del libro y esbozó esa sonrisa que Eloise había tachado en tantas ocasiones de pecaminosa.

—Y lo sigo pensando, querida. ¿Tal vez quieres una demostración?

Ella dejó escapar una carcajada musical y sacudió la cabeza, pero avanzó los pasos que la separaban de su esposo. Él dejó a un lado su lectura y le tendió la mano. Cuando ella se la cogió, tiró suavemente hasta tenerla donde la quería, sentada sobre su regazo y con sus brazos rodeándola.

Eloise le acarició la mejilla mientras se perdía en la bruma de su mirada gris. Él acercó su rostro y la besó con ternura y delicadeza. Cuando sus labios se separaron, la duquesa dejó escapar un suspiro de satisfacción.

—Sigues siendo el hombre más apuesto de Londres —le aseguró al tiempo que reclinaba la cabeza sobre su hombro.

—No lo creo —repuso él con una sonrisa—, mis hijos me han robado ese puesto. Nunca he escuchado tantos coros de suspiros como cuando entran los tres juntos en alguna estancia.

La sonrisa de su esposa se ensanchó y Charles se alegró, pues era lo que perseguía. Había notado en sus ojos que algo la disgustaba.

—¿Qué es lo que te preocupa, Eloise?

Ella sintió un alivio inmediato ante esa pregunta, pues llevaba una carga desde hacía un tiempo y no había sabido cómo encarar el asunto con su esposo.

—Arabella.

Charles frunció el ceño al pensar en su pequeña hija. Contaba solo diez años, pero ya traía de cabeza a sus hermanos y había encandilado a todo el personal de servicio de Westmount Hall con su sonrisa mellada.

—¿Hay algún problema?

—Nos hemos vuelto a quedar sin institutriz.

El duque cerró los ojos mientras sus dedos acariciaban tranquilizadores la suave nuca de su esposa.

Era la tercera institutriz que los abandonaba en cuatro años. Sus hijos varones habían sido revoltosos e inquietos, como todos los muchachos a su edad, pero se habían sometido a la disciplina de sus preceptores. Arabella, en cambio, era una niña tranquila y dulce. El único problema consistía en que se negaba a aprender las tareas propias de una dama.

Antes de que sus hermanos se fueran al colegio, ella los seguía a todas partes y los emulaba en todo lo que hacían. Se llevaban una diferencia de ocho años, por lo que ellos la consideraban como su juguete o, como la había nombrado James, el mayor de los hermanos, su aprendiz. Le habían enseñado a pescar, a subirse a los árboles, y algunas palabras poco adecuadas para ser pronunciadas por una dama; pero también le enseñaron a leer y le contaron las historias de batallas sangrientas que ellos aprendían de sus maestros. La consecuencia de ello había sido que bordar o tocar el piano se le antojaban a Arabella cosas aburridas. La única cosa que parecía gustarle de verdad era la pintura.

El duque meditó un momento su respuesta, aunque ya llevaba tiempo dándole vueltas. Tenían que admitir que Arabella no era una muchacha corriente. A su corta edad había leído casi más libros que sus hermanos; estaba aprendiendo cuatro idiomas, incluido el griego antiguo; y le encantaba citar a los filósofos cuando defendía sus argumentos en situaciones como, por ejemplo, por qué tenía que comerse ella el último trozo de pastel.

—Eloise, creo que debemos dejar que Arabella sea ella misma —le dijo finalmente—. Podemos contratar una institutriz cualificada, que tenga los conocimientos de un preceptor, o incluso contratar al antiguo preceptor de sus hermanos. Ella es una niña inteligente y…

—¡Pero es que quiere aprender también esgrima! —le interrumpió su esposa al tiempo que levantaba la cabeza para mirarlo a los ojos.

En ellos, Charles vio una deliciosa mezcla de confusión y escándalo, y sonrió.

—No sé si esgrima, pero sí creo que es bueno que nuestra Arabella sepa defenderse. Como hija de duques, es muy probable que se vea asediada por múltiples pretendientes, y no siempre nos tendrá a nosotros o a sus hermanos para defenderla.

—¡No pretenderás que aprenda a boxear!

El duque soltó una carcajada ante la ingenuidad de su esposa.

—Por supuesto que no, querida. Me refiero a que una mente bien formada sabrá descubrir las trampas que se hallan en la sutileza del lenguaje y de las palabras engañosas —le explicó.

—Pero ¿qué va a pasar con su matrimonio?

—¿Su matrimonio? —repitió el duque ligeramente confundido.

—Sí, ¿quién querrá casarse con una mujer que tenga la cabeza tan llena de… de…?

—…conocimientos —suplió su esposo con un suspiro. Sabía que la buena sociedad podía cortar en dos la reputaci

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