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ALGO QUE BRILLA COMO EL MAR

Hiromi Kawakami

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Fragmento

TODO ESTÁ BIEN EN LA TIERRA

—¿Cómo te ha ido el día?—me pregunta mi madre todos los días.

—Bien, normal—le respondo yo.

«Bien» y «normal», siempre las dos mismas palabras. Las ocasiones en las que le doy una respuesta diferente se pueden contar con los dedos de una mano. Cuando tengo que responderle otra cosa, como «fatal» o «muy bien», intento no tenerla delante.

Es muy fácil no tener a mi madre delante, porque siempre está ocupada.

Mi madre es escritora freelance. Escribe artículos sobre temas variados: sobre las pastelerías de los alrededores de Tokio, sobre tácticas para librarse de las tareas domésticas, sobre cosmética para adolescentes inexpertas o acerca de la mejor forma de cuidar un perro en un piso. Por exigencias de su trabajo, ha llegado a comer doce pastelitos de golpe y a untarse la cara con cinco productos distintos para blanquear la piel, además de ir echando pestes de un paño de cocina que sirve para fregar los platos sin detergente: «¡Con lo que a mí me gusta la espuma artificial!», dice.

Cada vez que le respondo «Bien, normal», me lanza una mirada escéptica. «Ya—dice—. Bueno, pues me parece estupendo». Pero yo sé que es mentira. A mi madre no le gusta esa respuesta. Le encantaría decirme que la vida es mucho más que «normal». Desde mi primer día en la escuela primaria, cuando me preguntó por primera vez «¿Cómo te ha ido el día?», hasta hoy, que ya soy un estudiante de bachillerato, no ha dejado de pensarlo ni por un momento.

Recuerdo perfectamente la primera vez que mi madre me preguntó:

—¿Cómo te ha ido el día?

—Bien, normal—le respondí con un hilo de voz. Llevaba el gorrito amarillo del uniforme de primaria calado hasta los ojos. Mi cartera, que era demasiado grande, llevaba un plástico protector del mismo color, a juego con el gorro. Asentí, iluminado por el resplandeciente tono amarillo.

—¿Normal?—repitió ella.

—Sí—le respondí de nuevo.

—Los días no son normales, seguro que te ha pasado algo especial—insistió.

Entonces, me puse a pensar.

La niña que se había sentado a mi lado se parecía mucho a la tortuga que teníamos en casa.

El maestro se había equivocado al leer mi apellido. Yo me llamo Edo, pero él lo pronunció «Hedor». Mis compañeros de clase y yo nos quedamos estupefactos. Todos menos uno, que soltó una carcajada. Era Hanada. Ya tendré ocasión de hablar de Hanada más adelante, así que ahora no lo haré.

El agua del grifo salía tibia y tenía un sabor metálico.

A la hora del recreo, me había quedado de pie bajo el cerezo, mirando hacia arriba, y un niño de mi clase me había insultado: «¡Idiota!».

Hanada, que también estaba contemplando el cerezo, se había vuelto hacia el niño y le había espetado: «¡Mocoso!». Su capacidad de reacción me dejó admirado, de modo que eché un vistazo a la chapa que llevaba con el nombre escrito. Los caracteres que formaban su nombre, Hanada, estaban muy separados y no encajaban con el aspecto corpulento del niño.

—Ha sido normal—repetí.

—Ya—suspiró mi madre.

Por mucho que pensara, mi segundo día de clase en la escuela primaria estaba dentro de los límites de lo que yo consideraba «normal».

—Si te pasa algo malo, díselo enseguida a mamá—me advirtió ella con expresión preocupada.

Asentí levemente.

—Y cuando te pase algo bueno, Midori, también quiero que se lo digas a mamá para que pueda compartir tu alegría—prosiguió mi madre.

Asentí de nuevo. Estaba impaciente por empezar a comer, pero intuía que mi madre estaba preocupada por algo, así que permanecí inmóvil. Sin embargo, la impaciencia me corroía por dentro.

Por cierto, en aquella época mi madre se refería a sí misma como «mamá». Ahora, en cambio, cuando habla de sí misma dice «yo».

—Eres un chico muy arisco, Midori. Si yo fuera joven, nunca me enamoraría de alguien como tú—suele decirme con toda la tranquilidad del mundo.

No me molesta que mi madre se refiera a sí misma como «yo» y no parezca mi madre. Sólo me hace sentir vagamente incómodo que se esfuerce tanto en no parecer una madre.

Por otro lado, tengo el presentimiento de que hay algo de mí que también incomoda a mi madre. Seguro que le molesta que todo lo que me pasa me parezca simplemente normal.

Para mí, todo entra en la categoría de «normal», incluso aquella pelea que tuve con Hanada, de la que salí con un dedo inflamado porque quise darle un puñetazo en el estómago que él esquivó ágilmente y mi puño se estrelló contra un poste de electricidad; o la primera vez que conseguí hacer el amor con Mizue Hirayama después de tres intentos frustrados. De todos modos, a mi madre no le cuento todo lo que me pasa, por supuesto.

—Aunque el mismísimo Godzilla apareciera en la colina que hay detrás de tu colegio, a ti te parecería lo más normal del mundo—me reprocha ella, con un suspiro.

—Detrás de mi colegio no hay ninguna colina.

—No tienes sentimientos.

—No es una cuestión de sentimientos.

—Los chicos de tu edad no sois capaces de comprender la belleza y la tristeza que encierra la figura de Godzilla.

—No es verdad. A mí Godzilla me gusta bastante.

—Tiene una cola digna de admiración.

—Sí, esa cola de reptil le da un aire especial.

Mi madre y yo nos desviamos del tema, como si nada, y acabamos perdiendo el hilo de la conversación.

«Como si nada» es una expresión que suele utilizar Mizue Hirayama.

—Tú y tu madre lo hacéis todo como si nada—me dijo un día Mizue, con un deje de emoción en la voz.

—¿Como si nada?

—Sí. ¿No te parece misterioso?

Misterioso. Siempre he pensado que Mizue tiende a creer que posee la razón universal. El caso es que mi madre y yo, para bien o para mal, no tenemos una relación tan intrigante como ella piensa.

—Yo nunca me he sentido incómodo frente a mis padres—repuso Hanada, que estaba sentado con la espalda apoyada en la valla de la azotea. A la hora de comer, Mizue, Hanada y yo tomábamos el sol en la azotea del pabellón de clases especiales del colegio. A diferencia de los demás pabellones, allí casi nunca había nadie.

—Los padres son criaturas de otra especie, ¿verdad? —prosiguió Hanada, animadamente.

Quizá tuviera razón. Puede que los padres y las madres sean criaturas de otra especie, como la mía:

Mi madre siempre se perfuma después de desayunar. «Este perfume huele a flores blancas—dice—. Ni amarillas ni violetas, sino blancas».

A mi madre le quedan muy bien las gafas de sol.

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