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ALGUIEN A QUIEN CONOCES

Shari Lapena  

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Fragmento

Prólogo

Viernes, 29 de septiembre

Está quieta en la cocina, mirando por las amplias ventanas de atrás. Se vuelve hacia mí —un ondear de su cabellera castaña y tupida acompaña el gesto—, y en sus grandes ojos marrones veo confusión y un miedo repentino. Ha comprendido la situación, el peligro. Nos miramos fijamente. Parece un hermoso animal asustado. Pero no me importa. Me da un subidón: una furia pura y descontrolada; nada de pena.

Ella y yo somos conscientes del martillo que llevo en la mano. Es como si el tiempo se ralentizara. Todo debe de estar sucediendo deprisa, pero no lo parece. Abre la boca, como para formar palabras. Pero no me interesa lo que tenga que decir. O a lo mejor quiere gritar.

Me abalanzo sobre ella. Muevo el brazo deprisa, y el martillo impacta con fuerza contra su frente. Se oye un sonido horrendo y brota un espantoso chorro de sangre. De su boca sale un jadeo áspero. Empieza a caer al tiempo que levanta las manos hacia mí, como implorando clemencia. O tal vez quiere coger el martillo. Se tambalea como un toro a punto de venirse abajo. Descargo el arma una vez más, ahora en la parte superior del cráneo y con mayor fuerza, porque la cabeza está más baja. Puedo imprimirle mayor velocidad al golpe y quiero liquidarla. Ya está de rodillas, desplomándose, sin mostrar la cara. Cae de bruces y queda inmóvil.

Me detengo a su lado, respirando con dificultad, mientras del martillo gotea sangre sobre el suelo.

Necesito asegurarme de que está muerta, así que la golpeo unas cuantas veces más. Al final se me cansa el brazo y me quedo sin aliento. El martillo está manchado de tejidos y mi ropa, toda salpicada de sangre. Estiro el brazo y la vuelvo de espaldas. Tiene un ojo reventado. El otro sigue abierto, pero ya sin vida.

Lunes, 2 de octubre

La ciudad de Aylesford, en el valle del río Hudson, estado de Nueva York, es un lugar con mucho encanto: entre las principales atracciones figuran el casco histórico situado a orillas del río y los dos majestuosos puentes en los que se centran las miradas. El valle del Hudson es famoso por su belleza natural, y al otro lado del río se puede llegar en coche en apenas una hora a las montañas de Catskill, que están pespunteadas de pueblecitos. La estación de ferrocarril de Aylesford cuenta con un aparcamiento amplio y frecuentes servicios de trenes que conectan con la ciudad de Nueva York; en menos de dos horas se llega a Manhattan. En resumen, es un buen sitio para vivir. Pero hay problemas, claro, como en todas partes.

Robert Pierce entra en la comisaría de Aylesford —un nuevo y moderno edificio de ladrillos y cristal— y se acerca a la recepción. Detrás del mostrador, un agente de uniforme está escribiendo algo en su ordenador y lo mira de reojo, mientras levanta la mano para indicarle que enseguida lo atiende.

«¿Qué diría un marido normal?».

Robert carraspea. El policía lo mira y dice:

—Deme un minuto. —Sigue introduciendo unos datos en el ordenador mientras Robert aguarda. Al cabo de un momento, levanta la vista y pregunta—: ¿En qué puedo ayudarlo?

—Quisiera informar de la desaparición de una persona.

El agente centra toda su atención en Robert.

—¿Quién es la persona?

—Mi esposa. Amanda Pierce.

—¿Y usted es...?

—Robert Pierce.

—¿Cuándo vio a su esposa por última vez?

—El viernes por la mañana, cuando se fue a trabajar —dice Robert y vuelve a aclararse la garganta—. Tenía pensado irse de viaje con una amiga el fin de semana a la salida de la oficina. Se marchó del trabajo según lo previsto, pero anoche no regresó a casa. Ya estamos a lunes por la mañana, y sigue sin volver.

El agente lo estudia con la mirada. Robert siente que se sonroja delante de ese hombre. Es consciente de la impresión que da. Pero no puede dejarse intimidar. Tiene que hacerlo. Tiene que informar de la desaparición de su esposa.

—¿Ha intentado llamarla?

Robert lo observa incrédulo. Desearía soltarle: «¿Me cree usted idiota?». Pero se contiene. En cambio, dice en tono de frustración:

—Por supuesto que lo he intentado. Varias veces. Pero en su móvil salta siempre el buzón de voz, y no me devuelve las llamadas. Debe de tenerlo apagado.

—¿Y la amiga?

—Bueno, por eso estoy preocupado —admite Robert. Se detiene incómodo. El agente espera a que continúe—. Hablé con ella, se llama Caroline Lu, y..., y me ha dicho que este fin de semana no tenía planes con Amanda. No sabe dónde está.

Después de un silencio, el agente dice:

—Entiendo.

Mientras, mira a Robert con desconfianza, o como si sintiera pena. A Robert no le gusta nada.

—¿Qué cosas se llevó? —pregunta el agente—. ¿Una maleta? ¿Pasaporte?

—Sí, se llevó una maleta de fin de semana. Pequeña. Y el bolso. No..., no sé si se llevó el pasaporte. —Añade—: Dijo que iba a aparcar en la estación y coger el tren a Nueva York, para pasar un par de días de compras con Caroline. Pero fui al parking a primera hora de la mañana y no he visto el coche.

—No quiero pecar de insensible —dice el agente—, pero... ¿está seguro de que su mujer no se ve con nadie? ¿A lo mejor lo engaña? —Luego añade con delicadeza—: En fin, si le mintió sobre irse de viaje con su amiga, tal vez no haya desaparecido.

—No creo que hiciera algo así —replica Robert—. Me lo contaría. No me dejaría en ascuas. —Sabe que parece terco—. Quiero informar de su desaparición —insiste.

—¿Había problemas en casa? ¿El matrimonio iba bien? —pregunta el agente.

—Estábamos muy bien.

—¿Tienen hijos?

—No.

—De acuerdo. Le tomaré los datos y una descripción, y veremos qué puede hacerse —dice el agente a regañadientes—. Pero, para ser franco, da la impresión de que ella se ha ido por voluntad propia. Lo más probable es que aparezca. La gente se marcha todo el tiempo. Le sorprendería saber cuánto.

Robert mira al agente fríamente.

—¿Ni siquiera la van a buscar?

—Dígame su dirección, por favor.

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Sábado, 14 de octubre

Olivia Sharpe está sentada en la cocina ante una taza de café, con la mirada perdida en el jardín de atrás, al otro lado de las puertas acristaladas correderas. A mediados de octubr

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