Loading...

ALGUIEN COMO Tú (MI ELECCIóN 2)

Elísabet Benavent  

0


Fragmento

1

Castigarse

A riesgo de que mi cuerpo volviera a negarse a retener nada, me tomé la enésima taza de café. Pensé que quizá debía salir a comprar algo para comer, pero no me moví. Quedaban tres horas para poder marcharme a casa. Di otro sorbo a mi café y Hugo entró ajustándose la americana al cuerpo. Guapo. Alto. Imperturbable. Suyo. Digno. No se inmutó ante mi presencia, yo sí con la suya; solo se acercó a la máquina de café y comenzó a prepararse uno, demostrándome que él sí estaba por encima de las circunstancias. No como yo, que estaba por debajo.

—¿Qué te ha pasado? —preguntó sin mirarme. Un nudo en la garganta no me permitió contestar. Su voz seguía siendo sexi, masculina, profunda. Hablaba con firmeza y… seguía siendo él—. En el ojo…, ¿qué te ha pasado?

—Me sentó mal la cena.

Era mentira, claro. La noche anterior con lo único con lo que llené el estómago fue con vodka barato; me había creído eso de beber para olvidar. Aparte de la «agradable» aspereza de mi garganta, los esfuerzos de las arcadas habían provocado que se me reventaran bastantes vasos capilares en los ojos, creando pequeñas manchas rojas que resaltaban en el blanco amarillento de mi mirada cansada.

Se giró, apoyándose en la encimera de la cocina, y me repasó de arriba abajo con su labio inferior entre los dientes.

—Espero que lo tengas bajo control, Alba, porque no voy a ir a rescatarte de ti misma, como en las películas.

—¿Quién te lo ha pedido?

—Lo pides a gritos —respondió serio.

—Deja de creerte el centro del universo. Mi vida no gira en torno a ti y no necesito que tú me salves de nada. A lo sumo, de ti mismo.

—Sé de sobra que no necesitas a nadie que te salve, pero me da la sensación de que te encanta hacerte pasar por débil. Y no cuela, Alba.

—Tú tomaste las decisiones —contesté seca—. Atente a las consecuencias.

—Yo tomé las decisiones junto a otra persona a la que, no entiendo por qué, te resistes a cargarle ninguna culpa. Eso no me facilita las cosas. Y déjame recordarte que fui yo…, yo, quien se acercó a ti para tratar de hablar.

—No hay nada que decir.

—Perfecto. Pues sé consecuente con tus actos. Eres tú la que demuestra que, al parecer, no hay nada de lo que hablar.

Cogió la taza y me dio la espalda. No supe qué contestar. Me sentía mal. Basura. Yo tan hecha mierda, tan rastrera y él tan guapo, tan impertérrito, como de vuelta de todo. Se encaminó hacia la salida de la cocina y antes de desaparecer repitió:

—Pero no cuela, Alba. De verdad que no cuela.

Eva me llamó a las tres y me preguntó si estaba mejor. Me había pillado borracha y llorosa la noche anterior y, aunque mi plan pasaba por mentirle y decirle que todo había terminado de mutuo acuerdo, no pude. Pero no le dije nada de mi visita al despacho de Rodolfo, mi exeditor, y no lo conté porque yo misma quería olvidarlo. Como si fuese tan fácil obviar haberte dado cuenta de qué clase de persona puedes llegar a ser.

Sé que lo lógico hubiera sido invitar a mi hermana a casa, dejarme arrullar, confesar lo que había hecho, cómo había terminado haciéndome daño y explicarle a alguien lo mal que me encontraba. ¿Lo hice? No, aunque fuera lo más lógico, no fue lo que hice.

Rompí una copa. El camarero me miró molesto, hasta en mi estado supe leer el sentimiento que había detrás de su gesto. Me disculpé y cuando este se dirigía hacia mí, probablemente para echarme del bar, un compañero más joven se hizo cargo.

—Déjame que limpie esto. Puedes cortarte —me dijo recogiendo cristales del rincón de la barra donde estaba sentada.

—Gracias —balbuceé.

Miré hacia atrás. Un grupo de chicos de unos treinta se reían, «seguro que de mí», pensé. Al volver a mirar al frente casi resbalé del taburete. El bolso se me cayó al suelo y mis cosas rodaron entre cáscaras de cacahuetes y servilletas arrugadas.

—Eh, cuidado —dijo sujetándome—. ¿Estás bien? ¿Te pongo algo para comer?

Negué con la cabeza y señalé el pedazo más grande de la copa rota.

—Otra, por favor.

—No te la voy a servir. —Se agachó y recogió mis cosas; luego las metió en el bolso y me lo dio.

—Hay otros bares —le respondí.

—Ni siquiera estás para irte de aquí sola. Y mucho menos a otro bar.

Me apoyé en la barra. Los párpados me pesaban. Había perdido la cuenta de la cantidad de combinados que llevaba. Pero quería más. Quería perder el conocimiento. Reírme. Dejar de tener ganas de llorar. Olvidar que era una imbécil desleal. Olvidar la culpa que me pesaba encima.

—¿Me pones otro? —volví a preguntar.

El chico se afanó en servirme con todo el protocolo, incluso el del limón exprimido. Cuando me dio la copa hasta yo noté que solamente había tónica dentro. Quería decirle que no necesitaba que nadie cuidara de mí; quería gritarle que deseaba emborracharme y punto, pero no hice nada. Era la segunda vez en mi vida que bebía sola en un bar. La vergüenza era el primer castigo autoimpuesto. La resaca, el segundo. Me adormecí. Uno de los chicos de la mesa de atrás se acercó a la barra a pedir otra ronda de cañas y me miró. Yo le devolví la mirada.

—¿Qué haces aquí tan sola? —me preguntó.

—Emborracharme —contesté.

—¿Por qué no te sientas con nosotros?

—Porque no quiero.

Desvié la mirada hacia el vaso con tónica y me dije a mí misma que daba igual qué llevara. Le di un buen sorbo. Los camareros hablaban entre ellos, mirándome de vez en cuando. Fuera, en la calle, ya era de noche. No tenía ni idea de qué hora era ni de cuántas llevaba allí sentada. ¿Sabéis esa sensación de estar inmerso en un sueño absurdo? Esas borracheras tristes en las que no te puedes creer que te hayas metido entre pecho y espalda la cantidad suficiente de alcohol como para hacerte sentir así. El mundo se fue desdibujando a mi alrededor. El camarero me sacó un plato con algo de comida y hasta me preguntó si quería hablar. Me eché a llorar, de pura vergüenza. Negué con la cabeza y él volvió a su puesto en la barra con gesto preocupado.

Los chicos de atrás pidieron la cena. Yo insistí en tomar otra copa, el camarero me la negó y su compañero me puso la cuenta delante. Era un papel arrugado escrito a mano. No pude enfocar los números. Me limpié los chorretones de rímel con el dorso de la mano.

—¿Cuánto es?

El monedero se cayó, de nuevo, al suelo cuando lo saqué del bolso abierto. Lo recogí y subí otra vez a la banqueta tambaleándome. No. No estaba segura de poder llegar a casa. Me apoyé en los codos y recé por aclararme lo suficiente con mis piernas como para poder irme.

La puerta del local se abrió y un chico muy alto entró. No vi nada más. No vi la marca de su polo negro bordada en el pecho. No vi las resplandecientes llaves de un BMW en la mano. No vi su barba de tres días. No vi la cara de Hugo ni su expresión. Cuando se plantó a mi lado, le lancé una mirada perezosa.

—Hombre…, ¿vienes a tomarte una copa conmigo? —le pregunté, y en mitad de mi borrachera no me sorprendió encontrarlo allí; había pensado demasiado en él como para que no fuera posible.

—¿Dónde está tu móvil? —me interrogó apuntando con su barbilla hacia mí en un gesto rápido y cabreado.

Palpé el interior del bolso. Saqué las llaves de casa. Aparté la cartera que había sacado. Un paquete de kleenex. Uno de chicles. Le miré sin entender: uno, ¿dónde estaba mi móvil?; dos, ¿qué hacía él allí?; tres, ¿por qué me preguntaba por mi móvil? El camarero se acercó a nosotros.

—Hola, soy Hugo. —Le dio la mano—. Gracias por llamar.

—Es que… no sabía qué hacer. Era eso o a la policía.

Vi cómo le daba algo a Hugo y este lo guardaba en el bolsillo de sus chinos. Mi móvil, claro.

—Que te jodan —farfullé.

—Más vale que te calles —me rugió Hugo antes de girarse de nuevo hacia el camarero—. Has hecho bien. Perdona las molestias.

—Siéntate y tómate una, hombre. —Palmeé el taburete que había a mi lado—. No vengas para nada.

—¿Ha pagado? —le preguntó sacando la cartera.

—¡No quiero que me pagues nada, gilipollas!

El camarero nos miró con cara de circunstancias.

—De verdad que lamento haber llamado —le dijo—. Pero los dos últimos nombres eran el suyo y el de una chica. En estas condiciones no creo que una chica pudiera sacarla de aquí.

—No te preocupes. Toma, cóbrate.

Sé que lo hizo con buena intención, pero la idea del camarero aún hoy me sigue pareciendo pésima. Supongo que no pensó en lo que podía salir mal al llamar a alguien de la lista de contactos de un desconocido. Supongo que lo único que quería era solucionar el problema que yo le suponía sentada en la barra. Hugo se dejó caer en la banqueta y se frotó la cara. No se me ocurrió nada que decir y por unos minutos a él tampoco.

—Vete —le dije—. Lo estaba pasando bien.

—Sí, ya veo lo bien que lo estás pasando. —Señaló mi cara y ahora sé que se refería a los chorretones de rímel que llevaba por las mejillas.

—¿Por qué no te vas? Quiero pasarlo bien —repetí.

—Joder, no puedes ni hablar…

Se levantó y fue a cogerme, pero lo aparté de un violento manotazo. Uno de los chicos de la mesa de detrás se levantó.

—¿Todo bien? —preguntó.

Me giré hacia él con una sonrisa.

—¡Claro! Pero no me quiero ir con él. ¿A que puedo quedarme contigo?

—Alba… —dijo Hugo con tono tenso y reprobador.

—Podemos pasárnoslo bien —le expliqué—. Sé hacer muchas cosas. Él ya lo ha probado, pero se cansó.

Hugo me dio la vuelta y me cogió la cara para que le mirara.

—No sirvo para esto. Pónmelo fácil o me voy de aquí sin ti. Te lo juro por mi madre.

—Vete de una puta vez.

No se lo pensó. Cogió las llaves del coche y la cartera de encima de la barra y fue hacia la puerta. El chico me miró con el ceño fruncido.

—¿Necesitas ayuda? —me preguntó.

—Ya la ayudo yo —propuso otro de sus amigos, que se acercó y me rodeó los hombros con un brazo—. ¿Salimos a que te dé un poco el aire?

Empezaba a marearme. Me miré las manos, pero no logré enfocar lo suficiente como para reconocerlas como mías. El desconocido me dijo con voz melosa que si yo quería, podía acompañarme a casa. Alguien se nos acercó y arrastró mi taburete, que arrancó un chirrido al suelo mientras me alejaba de él.

—¡Oye! —se quejó mi improvisado amigo.

—Si la tocas te juro que te arranco la cabeza —escuché que gruñía Hugo—. ¿Qué vas a hacer con ella, valiente? —siguió diciendo—. ¿Follártela cuando se desmaye?

—Qué asco me dais los tíos como tú —farfullé—. No te necesito.

—Pues finges lo contrario estupendamente.

Unas manos maniobraron conmigo y cer

Sigue leyendo y recibe antes que nadie historias como ésta