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ALGUIEN QUE NO SOY (MI ELECCIóN 1)

Elísabet Benavent  

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Fragmento

1

Adiós con el corazón

Era lunes de buena mañana y yo estaba en la cafetería de la octava planta tomándome un café y contándole a mi amiga Isa los desastres de mi cita a ciegas del viernes anterior. Culpa mía, por dejarme convencer por mis amigas de que un año sin ningún tipo de interactuación con el género masculino era demasiado tiempo. Según mi hermana Eva, tienes que tirarte de vez en cuando a un seis en la escala Richter para conseguir desprender el aura follaril suficiente como para atraer a un diez. No sé si me explico; para que yo lo entendiera tuvo que hacerme un diagrama. Teorizar acerca del sexo y la atracción siempre me pareció bastante extraño, pero como haciendo las cosas a mi manera no es que la vida me fuera muy requetebién en ese aspecto…

—¿Cómo pudo ir mal? Pero ¡si era guapo! —se quejó Isa, como si fuese imposible que un tío físicamente atractivo resultara un inútil redomado.

—Lo primero es que no tengo yo tan claro que fuera tan, tan guapo. Desde luego él se creía que lo era. No es que fuera un Orco. Pero le faltaba un palmo. De altura, digo. Bueno, un palmo en general. Y lo segundo es que, chica, llegados a este punto creo que casi ni busco que sea el David de Miguel Ángel. —Suspiré—. Que me guste, que sea aseadito y sin enfermedades mentales a poder ser.

Llevaba tres años soltera desde que Carlos y yo decidimos de mutuo acuerdo que aquella relación no iba a ningún lado. Yo tenía la esperanza de que en ese momento empezaría de verdad mi vida: veintiséis años y soltera. El mundo a mis pies, ¿no? Pues no. Desde entonces mi currículo sentimental se había convertido en una pasarela de sinrazones. Yo pensaba que había aprendido mucho porque me había acostado con varios hombres diferentes, pero lo cierto era que a mis veintinueve años no sabía nada; eso no iba a tardar demasiado en aprenderlo. Ni siquiera tenía idea de lo poco que sabía.

—Entonces, para que yo me aclare…, ¿qué pasó? —preguntó ella mientras mojaba con energía tres galletas en su café con leche.

—Que todo fue estupendo, que él me parecía atractivo, que hasta insistió en pagar la cuenta y que… cuando llegamos a casa…, rasca, mamá.

—¿Cómo que rasca, mamá?

—Que él estaba de lo más entregado y yo estaba allí como el niño del vídeo «David after dentist». Is this real life?

—¿Tan mal?

—Mal habría significado que allí pasó algo, pero si te soy sincera creo que debieron de anestesiarme todos los jodidos puntos erógenos del cuerpo. ¿Sabes ese momento en el que te ves con alguien empujando encima, te vuelve la lucidez y te dices: «A mí quién me manda…»?

—Eh… —exclamó ella con cara de susto. Isa llevaba con su novio desde los dieciséis años y no conocía mucho más.

—Sí, ese momento en el que dices: «¡Joder, qué ascazo! ¡Vete a tu casa!».

—¿¡Lo echaste!?

Tomé un sorbo de café y negué con la cabeza.

—A lo hecho, pecho. Tenía la esperanza de alcanzarlo pero… nada. Que no. De repente lo tenía gritando como un loco que se corría. Nos enteramos los que vivíamos en aquella manzana y probablemente todos aquellos habitantes del distrito de Arganzuela que tuvieran buen oído. Cuando se fue volví a decirme a mí misma eso de que…

—¿Que tienes que ser más exigente a la hora de elegir compañero de cama?

La miré alucinando. Ella era una de las que más habían insistido en que yo volviera «al ruedo» y ahora me decía que tenía que ser más exigente. ¡Por el amor de Dios!

—Pero ¡si llevaba un año sin chuscar! —me quejé—. ¡Si soy más exigente me lo coso!

El primer año y medio después de la ruptura con Carlos había sido más interesante. Tuve dos rollos que duraron unos cuatro meses cada uno pero que me trajeron más dolores de cabeza que orgasmos, la verdad. Después conocí a un chico que me hizo creer que era el hombre de mi vida para, después de prometerme el oro y el moro, intentar desaparecer del mapa porque tenía novia desde los albores de la humanidad. Novia, a todo esto, que estaba al corriente de las canitas al aire de su chico pero que perdonaba por amor ciego. Y ciego casi lo dejé yo cuando le tiré el gintonic a la cara, vaso incluido.

Después, meses de sequía. Meses y meses de quererme yo sola en mi casa (si se le puede llamar casa al armario de Lavapiés en el que vivía). Lo que yo os diga: pasarela de sinrazones. Había algo en las relaciones que trataba de asentar que fallaba de raíz. Algo me aburría en el puro planteamiento de conocer a alguien formal y sentar la cabeza. Y tampoco es que me sedujera mucho la idea de ir de flor en flor. Me daba pereza volver a intentar «ligar», conocer hombres en bares, hacerme la simpática y terminar teniendo una relación sosa con alguien que me echara un mal polvo los sábados. Sí, ya sé, me estaba poniendo en el peor de los supuestos, pero es que mis expectativas románticas dejaban bastante que desear. Estaba segura de que el amor apasionado estaba reservado únicamente a los guiones de cine.

—Tienes que dejar que te presente al primo de Berto —dijo Isa convencida de que el primo tercero de su novio iba a ser el hombre de mi vida.

—Estoy harta de citas a ciegas. De rollos. De mierdas. Se acabó. Vida contemplativa y vibradores.

Nuestro coordinador se asomó y al verme me sonrió quedamente. Eso me asustó. ¿Habría escuchado lo del vibrador? Ese hombre no sonreía jamás de los jamases. Ni siquiera lo hizo cuando nos anunció el nacimiento de su segundo hijo. Estaba a punto de aclararle que por supuesto yo no tenía vibradores en el cajón de la ropa interior (mentira) cuando se dirigió a mí.

—Alba… —me llamó—, ¿puedes venir un momento?

—Esto…, claro —respondí confusa y algo sofocada. Nunca era buena señal que Rodolfo (Olfo el desagradable para los «amigos») te pidiera un momento.

Di el último trago al café y me dije a mí misma que necesitaba un cigarrillo, pero yo ya no fumaba. Mala señal. El apetito fumador solo despertaba ante situaciones de tensión extrema, como acompañar a mi hermana Eva a comprar el regalo de cumpleaños de mi madre. Algo no iba bien.

Cruzamos los pasillos plagados de fotos de portadas de los últimos treinta años. Trabajaba en uno de los periódicos más leídos del país, en la sección de Actualidad Internacional, aunque también escribía para Cultura cuando me lo pedían, que era bastante a menudo. No obstante, el medio para el que trabajábamos había recibido un fuerte envite de realismo en el último EGM. Corría el mes de junio y se avecinaban cambios…

—¿Pasa algo? —le pregunté a mi coordinador.

—Bueno… Ahora te lo explicaremos.

Cuando me vi sentada en el despacho del superintendente me di cuenta de la realidad: iban a echarme. Ni siquiera escuché las primeras palabras del jefe supremo porque empecé a marearme y tuve que concentrarme en mi voz interior, que repetía sin parar: «Alba, no te desmayes».

Bla, bla, bla, «tiempos difíciles». Algo capté. Traté de prestar atención. Bla, bla, bla, «operaciones poco rentables dentro del grupo». ¿Qué tenía eso que ver conmigo? Bla, bla, bla, bla, bla, bla, «reducción de personal».

Me tapé la cara. «No te desmayes» fue sustituido por un «no llores».

—Dios…, no podéis hacerme esto —dije con la voz amortiguada por mis manos.

—No sabes cuánto lo sentimos.

Levanté la cabeza hacia ellos dos, que me miraban con evidente disgusto. Querían terminar con aquello de una vez.

—¿Por qué yo? —pregunté desesperada—. ¡Trabajo bien! ¡He convertido este periódico en mi vida!

—Esto funciona así, Alba. Estamos perdiendo lectores y estamos perdiendo anunciantes, por lo que nos sobran periodistas. La ley de la oferta y la demanda. El mercado.

—Pero ¡¡nosotros somos información!! —dije a la desesperada.

—Somos una empresa que busca rentabilidad.

—Buscamos la verdad —defendí, porque realmente me lo creía.

—¿Sí? ¿Tú crees? —me interrogó con ironía el superintendente—. Mira, Alba, trabajas bien y lo sé, pero piensa en la redacción y ahora dime: ¿quién fue la última en ser contratada? ¿Y quién será la más barata de despedir? Y la que no tiene hijos que mantener ni hipotecas que pagar y que, por su edad, será la que más fácilmente encontrará un nuevo trabajo…

Agaché la mirada hacia mis manos, que había dejado caer sobre mi regazo. No había nada que hacer. Estaba fuera.

—¿Cuándo me voy? —pregunté con un hilo de voz.

—Ya, a poder ser. No queremos que afecte demasiado a la marcha de la redacción.

Salí del despacho y, al verme reflejada en una de las vitrinas llena de premios, me sentí ridícula. Ahí estaba yo, tan ilusa, pensando que era una superperiodista que terminaría desenmascarando una importante red de trata de blancas y que me darían el Pulitzer. Asco de vida. Asco de crisis. Asco de media hora que había perdido aquella mañana en ondularme el pelo con tenacillas. Visto lo visto no había valido la pena ni ponerme bragas limpias.

Cogí una caja vacía de folios de debajo de la impresora y agradecí ser de las primeras en llegar a la redacción. Por allí aún no había más que cuatro gatos caminando como zombies hacia la máquina de café.

Isa apareció cuando estaba empezando a llenar la caja con mis cosas.

—Pero… ¿qué haces? ¡¿Qué ha pasado?!

—Me voy. Me despiden —contesté sin apenas voz.

Isa se echó a llorar y yo cogí aire y pedí al cielo paciencia para no meterle el bote de los lápices por un orificio nasal.

—Tranquilízate. Eso no me ayuda —le dije.

—¡Joder, Alba! ¡Qué puto marrón! —sollozó.

Cogí el corcho y, para no darle con él en la cabeza, me entretuve en descolgar las fotos. Mis amigas y yo en la boda de Gabi. Mis padres. Mi hermana con nuestro gato de ochocientas toneladas, sujetándolo orgullosa como quien aguanta el salmón de diez kilos que acaba de pescar.

—¿Qué vas a hacer? —me preguntó al tiempo que se secaba los ojos y los churretes de rímel con la manga.

—Irme a mi casa y emborracharme. —Porque supongo que es lo típico que se dice en esas situaciones, como en las películas americanas.

—¡Son las ocho y media de la mañana! —Que es lo que esperas que alguien conteste ante tu confesión.

Le di un beso. Respiré hondo y después me marché, haciendo una parada en la garita de seguridad para entregar mi tarjeta de acceso con mucho protocolo. El encargado de aquel turno me miró con ojos de cordero degollado y dijo:

—No te preocupes, ya la habrán desactivado. Puedes llevártela de recuerdo.

«Recuerdo tus muertos», pensé. Pero no lo dije porque aquel hombre no tenía culpa de nada. Seguro que él también temía terminar algún día con todas las

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