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AMA

José Ignacio Carnero  

4


Fragmento

I

No es que todas las familias felices se parezcan las unas a las otras, sino que, como han estado tan ocupadas siendo felices, no han encontrado el momento de ponerse a escribir sobre sí mismas. Es el olvido, y no la felicidad, el que hace a esas familias iguales. Cuando la memoria se abandona, todos nos comenzamos a parecer mucho.

Algo parecido se podría decir de las familias humildes: como han estado tan ocupadas trabajando, no han encontrado el momento de volver sobre sí mismas. Por eso, hay un momento en el que la memoria se diluye, y entonces resulta imposible reconstruir los recuerdos. No hay fotos, ni cartas, ni mucho menos cintas de vídeo. Yo soy de una de esas familias. La memoria privada de mi familia comienza con la edad adulta de mis padres y, más concretamente, podríamos decir que comienza cuando yo nazco. De mí hay fotos disfrazado de Batman, recortes de periódico de la época en la que jugaba al fútbol, diplomas universitarios, o vídeos de las vacaciones en el pueblo. De mí hay dibujos hechos para el día de la madre, agendas escolares, o cartas enviadas desde algún campamento de verano. Pero de mis padres y de mis abuelos apenas se conserva nada. En mi familia se ha preferido conservar una colección de Disney en VHS, o la vajilla del Banco Bilbao Vizcaya, antes que la memoria. Por eso, mi familia se parece a todas las demás.

En el relato de las vidas de las familias humildes no hay nada extraordinario. La vida, sencillamente, sucede. La vida, sencillamente, se toma tal y como viene. En esas familias, normalmente, no hay golpes de suerte, heroísmo, ni épica y, si la hay, trata de ocultarse, porque siempre se cree que algo malo vendrá después; que hay un Dios justiciero que, como les vea sacar pecho, les esperará en una esquina para arrearles un guantazo, y así volver a colocarles en su sitio. Ese es otro motivo por el cual las familias humildes no se atreven a escribir sobre sí mismas: porque no quieren dejar constancia de las cosas buenas que les suceden; porque prefieren, si llega, disfrutar de la fortuna en silencio, y después irse de la fiesta de puntillas, sin llamar la atención, como si nunca hubieran estado allí.

Pero es un error no contarlo. No hay ningún Dios esperándonos en la esquina. No hay, en realidad, ningún Dios en ninguna parte. Debería de saberlo quien hizo la pintada que ahora contemplo en los servicios del hospital en el que han ingresado a mi madre. ¿Dónde está Dios? Eso han pintado en la puerta de los servicios de la planta de oncología. Yo creo que Dios no está en ningún lado, pero mi madre seguro que piensa que, efectivamente, Dios estaba ahí, contemplando nuestra felicidad, esperándonos paciente para atizarnos con el mazo de la justicia divina.

Tonterías. Tan sólo es la pintada de un lavabo, sin más credibilidad que la pintada que pudiera haber en los aseos de una discoteca. No creo en esa pintada, y por esa razón voy a escribirlo. Voy a sentarme con mi madre a hablar. Le pediré permiso para grabarla con el móvil, y después repasaré todos los álbumes de fotos que se conservan en casa. Abriré también esa caja de fotos desechadas, que no sé por qué mi madre conserva. Mi madre lo guarda todo «por si acaso». Sin embargo, yo creo que las fotos sirven o no sirven, pero no se dejan en una especie de purgatorio a la espera de una decisión final. Es indiferente. Recurriré a esas fotos. Son fotos desenfocadas, o en las que alguno de los retratados aparece con los ojos cerrados, despistado, movido, echando la bronca a un niño, o en medio de un ataque de risa. Son fotos, en definitiva, en las que se capta mejor la vida que en aquellas otras, más pulcras, que han pasado la censura de mi madre, y accedido así a los álbumes familiares.

Me fijo en una de esas fotografías. En ella mi madre sale de espaldas. Debe de tener unos dieciocho años. Camina por una calle empujando el carrito de un niño. La imagen está tomada desde el jardín de una casa. Se ve la verja metálica, y los setos que cercan el chalet. Es una casa señorial. Es, me dice mi madre, una casa en la que trabajó de interna cuidando a los niños, cocinando y limpiando. Siendo todavía una adolescente, cuando llegó de Galicia a Bilbao, la contrató una familia rica de la Margen Derecha. En mi tierra, la Ría es una frontera hecha de agua. Mi madre vivía a ese otro lado de la frontera. Salió del campo y la metieron en aquella prisión camuflada de palacio. Era una villa que daba al mar. Mi madre, a pesar de ser gallega, nunca había visto el mar. Por eso, pensó que aquel invierno las olas del mar se tragarían el chalet. Lo pensaba de verdad. Ahora se ríe, pero entonces lo pensaba de verdad. Por las noches no podía dormir. Creía que había tenido suerte consiguiendo ese trabajo, que era dichosa, y que, por esa razón, ese Dios del Antiguo Testamento se vengaba de ella enviándole la furia del océano.

En aquella casa conoció a Gloria, otra chica, otra niña de campo que trabajaba para esos señores. Gloria era más lanzada que mi madre. Cuando los señores no estaban se servía un whisky y ponía el tocadiscos. Les gustaba Juan Pardo. Gloria arrastraba a mi madre al baile de los domingos por la tarde. Era el domingo el único día que libraban. Libraban todo el día, pero por la mañana tenían que ir a misa con los señores, es decir, que libraban medio día. Fue esa regla la primera que mi madre rompió. Eso me ha contado hoy desde la cama del hospital. Mi madre era creyente, todavía lo es, pero antepuso

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