Loading...

AMERICAN PSYCHO

Bret Easton Ellis  

0


Fragmento

INOCENTES

ABANDONAD TODA ESPERANZA AL ENTRAR AQUI está garabateado con letras rojo sangre en la fachada del Chemical Bank cerca de la esquina de la calle Once con la Primera Avenida y está escrito con caracteres lo bastante grandes como para que se vea desde el asiento trasero del taxi mientras avanza a trompicones entre el tráfico que sale de Wall Street y justo cuando Timothy Price se fija en las palabras se detiene un autobús, con el anuncio de Les Misérables en el costado tapándole la vista, pero a Price, que trabaja en Pierce & Pierce y tiene veintiséis años, no parece importarle porque le dice al taxista que le dará cinco dólares si sube el volumen de la radio, «Be My Baby» suena en la WYNN, y el taxista, negro, no norteamericano, así lo hace.

—Soy un hombre de recursos —está diciendo Price—. Soy creativo, soy joven, sin escrúpulos, sumamente motivado, altamente capacitado. En esencia lo que digo es que la sociedad no puede permitirse el lujo de prescindir de mí. Soy una buena inversión. —Price se tranquiliza, continúa mirando por la sucia ventanilla del taxi, probablemente a la palabra MIEDO de un grafiti escrito con espray rojo en la fachada de un McDonald’s de la Cuatro con la Séptima—. Lo que quiero decir es que se mantiene el hecho de que a nadie le importa una mierda su trabajo, que todo el mundo odia su trabajo, que yo odio mi trabajo, que tú me has dicho que odias el tuyo. ¿Qué puedo hacer? ¿Volver a Los Ángeles? No es una alternativa. No me cambié de la UCLA a Stanford para soportar esto. Quiero decir, ¿soy el único que piensa que no gana el suficiente dinero? —Como en una película, aparece otro autobús, otro cartel de Les Misérables reemplaza a la palabra; no es el mismo autobús porque alguien ha escrito la palabra BOLLERA encima de la cara de Eponine. Tim suelta—: Tengo un apartamento aquí, tengo una casa en los Hamptons, por el amor de Dios.

—Los padres, tío. Es por los padres.

—No me la compré gracias a ellos. ¿Quiere subir el volumen de una jodida vez? —le espeta aunque con aire distraído al taxista, las Crystals todavía atronando en la radio.

—Esto no puede sonar más alto —puede que diga el taxista.

Timothy lo ignora y continúa irritado:

—Podría soportar vivir en esta ciudad si instalaran Blaupunkt en los taxis. Puede que hasta sistemas sintonizadores dinámicos ODM III u ORC II. —En este punto se le suaviza la voz—. Cualquiera de ellos. Son modernos, amigo, modernísimos.

Se saca el walkman de aspecto carísimo de alrededor del cuello, y sigue quejándose.

—Odio quejarme, de verdad que lo odio, quejarme de la basura, los desperdicios, la enfermedad, de lo sucia que es esta ciudad y tú sabes y yo sé que es una pocilga… —Sigue hablando mientras abre su nuevo maletín Tumi de piel que compró en D. F. Sanders. Mete el walkman dentro junto a un Panasonic Easa-phone plegable portátil inalámbrico tamaño cartera (antes tenía un NEC 9000 Porta portátil) y saca el periódico de hoy—. En el de hoy, solo en el de hoy, vamos a ver… modelos estranguladas, bebés tirados desde la azotea de edificios, niños asesinados en el metro, un mitin comunista, un jefe de la Mafia liquidado, nazis… —recorre las páginas con excitación—, jugadores de béisbol con sida, más porquería de la Mafia, atascos, los sintecho, diversos maníacos, maricones cayendo como moscas en las calles, vientres de alquiler, la cancelación de una serie televisiva, niños que se cuelan en un zoológico y torturan y queman vivos a varios animales, más nazis… y la gracia, el remate del chiste es que todo eso pasa en esta ciudad; en ningún sitio más, solo aquí, y apesta, uauuu, espera, más nazis, atascos, atascos, vendedores de bebés, mercado negro de bebés, bebés con sida, bebés yonquis, un edificio que se derrumba sobre un bebé, un bebé maníaco, atascos, un puente que se hunde… —Deja de hablar, respira hondo y luego dice en voz baja, con los ojos fijos en un mendigo de la esquina de la Dos con la Quinta—: Ese es el número veinticuatro que he visto hoy. Llevo la cuenta. —Luego pregunta sin mirar siquiera—: ¿Por qué no llevas la americana de lana Worsted azul marino con los pantalones grises?

Price lleva un traje de lana y seda de seis botones de Ermenegildo Zegna, una camisa de algodón con puños franceses de Ike Behar, una corbata de seda de Ralph Lauren y zapatos de cuero de Fratelli Rossetti. Movimiento de cámara hacia el Post. Hay un artículo medianamente interesante sobre dos personas que desaparecieron de una fiesta a bordo del yate de un famosillo de Nueva York mientras el barco daba la vuelta a la isla. Un resto de salpicadura de sangre y tres copas de champán rotas son las únicas pistas. Se sospecha que hubo violencia y la policía cree que el arma que utilizó el asesino tal vez fuera un machete porque en la cubierta se encontraron varios cortes y hendiduras. No se han hallado los cuerpos. No hay sospechosos. Price empezó su perorata a la hora de almorzar y luego volvió a sacar el tema durante el partido de squash y continuó despotricando mientras se tomaba unas copas en Harry’s donde, después de tres J&B con agua, se mostró mucho más interesado por la cuenta de Fisher de la que se ocupa Paul Owen. Price no va a callar.

—¡Enfermedades! —exclama, con la cara tensa de dolor—. Ahora hay esa teoría de que si pillas el virus del sida por tener relaciones sexuales con alguien que ya está infectado, entonces puedes coger cualquier cosa, sea por un virus per se o no: alzhéimer, distrofia muscular, hemofilia, leucemia, anorexia, diabetes, cáncer, esclerosis múltiple, fibrosis quística, parálisis cerebral, dislexia; por el amor de Dios, ¿se puede coger dislexia por culpa de un coño…?

—No estoy seguro, tío, pero no creo que la dislexia sea un virus.

—¿Quién sabe? No están seguros. Que lo demuestren.

Fuera de este taxi, en las aceras, palomas negras e hinchadas se pelean por los restos de perritos calientes delante de un Gray’s Papaya mientras unos travestis miran ociosamente y un coche patrulla avanza silenciosamente en sentido contrario por una calle de dirección única y el cielo está bajo y gris y en un taxi que se ha detenido al lado de este, un tipo que se parece mucho a Luis Carruthers saluda a Timothy con la mano y cuando Timothy no le devuelve el saludo el tipo —pelo muy repeinado hacia atrás, tirantes, gafas de montura de carey— se da cuenta de que no es quien él creía y vuelve a su ejemplar de USA Today. Movimiento de cámara hacia la acera, donde hay una fea vagabunda rodeada de bolsas que agarra un látigo y lo hace restallar contra las palomas, que lo ignoran y siguen picoteando y peleándose hambrientas por los restos de los perritos calientes, y el coche patrulla desaparece en un aparcamiento subterráneo.

—Pero entonces, cuando uno llega justo al punto en que tu reacción ante esta época es de aceptación total y absoluta, en que tu cuerpo se ha convertido en algo que sintoniza con la locura, y alcanzas ese punto en que todo tiene sentido, en que todo encaja, cogemos a una de esas jodidas negras locas indigentes que en realidad quiere… oye lo que te digo, Bateman… quiere estar lejos de las calles, de esta, de esas calles, ¿las ves?, esas —señala—, y tenemos a un alcalde que no quiere escucharla, un alcalde que no quiere dejar que la muy puta pueda salir de todo eso, ¡santo Dios!, deja que la jodida puta muera congelada, no la saca de su puñetera miseria buscada, y mira, vuelves a donde estabas al principio, confuso, jodido… Número veinticuatro, para nada, veinticinco… ¿Quién estará en casa de Evelyn? Espera, déjame adivinar. —Levanta una mano que muestra una impecable manicura—. Ashley, Courtney, Muldwyn, Marina, Charles… ¿voy bien por ahora? Puede que uno de los amigos «artiste» de Evelyn del, ohdiosmío, «East» Village. Ya sabes cómo son: los que preguntan a Evelyn si tiene un buen chardonnay blanco seco. —Se da una palmada en la frente y cierra los ojos y ahora murmura, con los dientes apretados—: Me marcho. He dejado a Meredith. Básicamente, la muy puñetera me desafía a que me guste. La he dejado. ¿Por qué he tardado tanto en darme cuenta de que tiene la personalidad de una jodida presentadora de concurso televisivo…? Veintiséis, veintisiete… Quiero decirle que soy sensible. Le dije que el accidente del Challenger me afectó mucho… ¿qué más quiere? Soy íntegro, tolerante, estoy sumamente satisfecho con mi vida. Soy optimista con respecto al futuro… a ver, ¿no lo eres tú?

—Claro… pero…

—Y lo único que consigo de ella es mierda… Veintiocho, veintinueve, hostia puta, esto es un jodido montón de mendigos. Te lo digo yo… —De repente se interrumpe, como si estuviera agotado, y apartando la vista de otro anuncio de Les Misérables, como si recordara algo importante, pregunta—: ¿Leíste lo del presentador de ese concurso de televisión? ¿El que asesinó a dos chavales? Un maricón depravado. Chungo, muy chungo.

Price espera una reacción. No la hay. De repente: el Upper West Side.

Le dice al taxista que se detenga en la esquina de la Ochenta y uno con Riverside, ya que la calle no va en la dirección que él quiere.

—No se moleste en dar la vuel… —empieza Price.

—A lo mejor si voy por el otro lado —dice el taxista.

—No se moleste. —Luego, en un aparte apenas audible, con los dientes apretados, sin sonreír—: Idiota de mierda.

El taxista detiene el vehículo. Detrás, dos taxis hacen sonar sus bocinas, luego se ponen en marcha.

—¿Deberíamos llevar flores?

—Para nada. Coño, te la estás tirando, Bateman. ¿Por qué íbamos a llevarle flores a Evelyn? Será mejor que tenga cambio de cincuenta —le advierte al taxista, mirando de reojo los números rojos del taxímetro—. Joder. Los esteroides. Lo siento, estoy tenso.

—Creía que ya los habías dejado.

—Me salió acné en las piernas y en los brazos y los rayos UVA no me sirvieron de nada, así que empecé a ir a un salón de bronceado y se me quitó. Por Dios, Bateman, deberías ver cómo tengo la barriga, en carne viva… —dice de un modo distante, raro, mientras espera a que el taxista le dé el cambio—. Destrozada. —Escatima la propina al taxista, quien de todos modos está sinceramente agradecido—. Hasta la vista, Shlomo.

Price le guiña el ojo.

—Joder, joder, joder —dice Price mientras abre la portezuela.

Al bajar del taxi ve a un mendigo en la calle— «Bingo: treinta»— que lleva una especie de extraño mono verde muy cutre y mugriento, sin afeitar y con el pelo grasiento peinado hacia atrás, y en plan burlón Price mantiene abierta la puerta del taxi para que suba. El vagabundo, confuso y rezongando, con una mirada avergonzada clavada en el suelo, sostiene una taza de café de poliestireno vacía, agarrada con una mano insegura.

—Me parece que no quiere el taxi —dice Price con una risita, cerrando de un portazo—. Pregúntale si acepta American Express.

—¿Acepta American Express?

El vagabundo asiente con la cabeza y se aleja, arrastrando lentamente los pies.

Hace frío para ser abril y Price avanza rápidamente calle abajo hacia la casa de piedra rojiza de Evelyn, mientras silba «Si yo fuera rico», su aliento creando penachos humeantes de vapor, y balancea su maletín Tumi de piel. Una silueta con el pelo repeinado hacia atrás y gafas con montura de carey se acerca a lo lejos, con un traje gabardina cruzado de lana beige de Cerruti 1881 y con el mismo maletín Tumi de piel de D. F. Sanders que lleva Price, y Timothy se pregunta en voz alta:

—¿No es Victor Powell? No puede ser.

El hombre pasa por debajo del resplandor fluorescente de una farola con una expresión preocupada en la cara y durante un momento curva los labios en una leve sonrisa y mira a Price casi como si se conocieran, pero en cuanto se da cuenta de que no le conoce y en cuanto Price se da cuenta de que no es Victor Powell, el tipo se aleja.

—Gracias a Dios —murmura Price mientras se acerca a casa de Evelyn.

—Se parecía muchísimo a él.

—¿Powell y una cena en casa de Evelyn? Dos cosas que pegan tanto como el estampado de cachemir con los cuadros. —Price vuelve a pensarlo—. O como unos calcetines blancos con pantalones grises.

Un lento fundido y Price está subiendo los escalones de la casa que le compró a Evelyn su padre, mascullando por lo bajo porque se olvidó de devolver las cintas que alquiló anoche en el videoclub Haven. Pulsa el timbre. De la casa contigua, una mujer —tacones altos, gran culo— sale sin cerrar la puerta con llave. Price la sigue con la mirada y cuando oye pasos en el interior que bajan hacia la entrada donde estamos nosotros, se da la vuelta y se arregla la corbata Versace dispuesto a encarar a quien sea. Courtney abre la puerta y lleva una blusa de seda crema Krizia, una falda de tweed rojiza Krizia y zapatos de seda y raso d’Orsay de Manolo Blahnik.

Yo tirito y le tiendo mi abrigo de lana negra Giorgio Armani y ella lo coge, besando el aire con mucho remilgo junto a mi mejilla derecha, luego hace exactamente los mismos movimientos con Price mientras coge su abrigo Armani. El nuevo CD de Talking Heads suena suavemente en el salón.

—Un poco tarde, ¿no os parece, chicos? —pregunta Courtney, sonriendo pícaramente.

—Un taxista haitiano inepto —murmura Price, devolviéndole el beso aéreo a Courtney—. Tenemos mesa reservada en un sitio, así que, por favor, no me hables del Pastels a las nueve.

Courtney sonríe mientras cuelga los dos abrigos en el armario del vestíbulo.

—Esta noche cenamos aquí, queridos. Lo siento, lo sé, lo sé, traté de disuadir a Evelyn, pero tenemos… sushi.

Tim pasa junto a ella y cruza el vestíbulo hacia la cocina.

—¿Evelyn? ¿Dónde estás, Evelyn? —llama con voz cantarina—. Tenemos que hablar.

—Me alegra verte —le digo a Courtney—. Esta noche estás muy guapa. Tienes un… brillo juvenil en la cara.

—La verdad es que sabes cómo halagar a las damas, Bateman. —No hay sarcasmo en la voz de Courtney

Sigue leyendo y recibe antes que nadie historias como ésta