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AMIGOS, SIN MáS (SERIE AMIGOS 4)

Ana Álvarez  

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Fragmento

1.ª edición: septiembre, 2017

© 2017, Ana Álvarez

© 2017, Sipan Barcelona Network S.L.

Travessera de Gràcia, 47-49. 08021 Barcelona

Sipan Barcelona Network S.L. es una empresa
del grupo Penguin Random House Grupo Editorial, S. A. U.

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-838-9

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Maquetación ebook: emicaurina@gmail.com

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

Para Miriam, por permitirme contar su historia

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

 

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Epílogo

Promoción

Prólogo

Después de la cena y de que su hija María se durmiese, Miriam se metió en la ducha. Ángel se había retirado a su dormitorio, el que compartía con ella, aunque durante el tiempo que llevaban casados lo único que habían hecho en él era dormir.

Al principio pensó que el embarazo y los cambios que este ocasionaba en su cuerpo habían causado el despego de Ángel. Después de la noche de bodas, él no había vuelto a tocarla, y tampoco aquella había estado cargada de pasión. Lo achacó a los nervios, al cansancio y a lo tardío de la hora, pero lo cierto era que en los días y en los meses sucesivos, su marido no había ni siquiera intentado hacerle el amor.

No le dio excesiva importancia; los pechos enormes, el vientre hinchado debían provocar el rechazo de cualquiera. Había dejado pasar el tiempo con la esperanza de que al recuperar su figura una vez acabado el posparto, la indiferencia de Ángel acabase, pero no fue así. Primero los días y después las semanas se sucedían sin que él hiciera el menor intento siquiera de besarla, y mucho menos de reanudar unas relaciones sexuales que se habían interrumpido después de la boda.

Aquella noche Miriam había decidido tomar la iniciativa. Tal vez él pensara que aún era pronto, pero ella estaba más que preparada y deseosa de hacer el amor con él.

Había salido a mediodía y se había acercado hasta una tienda especializada en lencería. Allí deambuló entre los percheros buscando algo que pudiera atraer el deseo de un hombre, y al fin se decidió por un camisón de encaje negro, que permitía ver lo justo para no dejar de ser elegante. Pero no cabía duda de que la prenda era una clara insinuación, y si Ángel no se daba por aludido, ya no sabía qué otra cosa podía hacer.

Se dio una ducha rápida, no quería entretenerse y permitir que él se durmiera, porque si lo hacía, ella tendría que dejar de lado todos los planes que había hecho.

Tras secarse, deslizó unas gotas de perfume entre los pechos, ya vueltos a la normalidad después de la maternidad y el escaso tiempo de lactancia que se había podido permitir.

Contempló su imagen en el espejo y vio el cuerpo que siempre había tenido, delgado y sin estrías, tonificado por el ejercicio que había realizado a continuación del parto. Por fortuna el embarazo no había dejado marcas visibles en él, Ángel no encontraría ningún cambio que le produjese rechazo. Hacía ya casi tres meses que María había nacido y todavía no la había tocado ni una sola vez más que de forma amistosa.

Tras perfumarse se puso el camisón, sin nada más y se revolvió un poco la larga melena rubia con las manos. Estaba sexi y seductora y si Ángel aquella noche no le hacía el amor debía empezar a plantearse que había un problema muy serio en su matrimonio.

Salió descalza y se acercó a la cama. Su marido estaba acostado y vuelto hacia la pared, postura en la que solía dormir, y Miriam le tocó con suavidad en el hombro. Él no se movió ni un milímetro, aunque ella intuía que estaba despierto. Tragó saliva y susurró:

—Ángel…

No obtuvo respuesta, pero advirtió una leve rigidez en el cuello del hombre, evidencia clara de que no dormía.

Deslizó la mano a lo largo del brazo, acariciándole, y notó una ligera tensión en los músculos bajo sus dedos, pero ni se giró ni pr

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