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AMOR EN LA TARDE (SERIE HATHAWAYS 5)

Lisa Kleypas  

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Fragmento

Título original: Love in the Afternoon

Traducción: Ana Isabel Domínguez Palomo y María del Mar Rodríguez Barrena

1.ª edición: febrero 2012

 

© 2011 by Lisa Kleypas

© Ediciones B, S. A., 2012

para el sello Vergara

Consell de Cent 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

ISBN EPUB:  978-84-15389-52-1

 

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

 

 

 

Para mi increíble e inteligente amiga Eloisa. Si se me permite parafrasearé a E. B. White: «No es frecuente que aparezca alguien que sea un verdadero amigo y un buen escritor.» Eloisa es ambas cosas.

Te quiere,

L. K.

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

 

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Epílogo

Prólogo

 

A.A. Capitán Christopher Phelan

Primer Batallón de la Brigada de Fusileros

Cabo Mapan, Crimea

 

Junio de 1855

 

Queridísimo Christopher:

No puedo volver a escribirte.

No soy quien crees que soy.

Mi intención no era la de enviarte cartas de amor, pero en eso se han convertido. De camino hacia ti, mis palabras escritas se transforman en los latidos de mi corazón.

Vuelve, por favor, vuelve a casa y búscame.

 

Anónimo

1

 

Hampshire, Inglaterra

Ocho meses antes

 

Todo comenzó con una carta.

Para ser exactos, fue por la mención del perro.

—¿Qué pasa con el perro? —preguntó Beatrix Hathaway—. ¿De quién es el perro?

Su amiga Prudence, la beldad del condado de Hampshire, alzó la mirada de la carta que le había enviado su pretendiente, el capitán Christopher Phelan.

Aunque no era del todo apropiado que un caballero mantuviera correspondencia con una joven soltera, habían acordado intercambiarse las cartas a través de la cuñada de Phelan.

Prudence la miró con fingida seriedad.

—Hay que ver, Prudence, pareces más preocupada por un perro que por el capitán Phelan.

—El capitán Phelan no necesita que me preocupe por él —repuso Beatrix con pragmatismo—. Ya cuenta con la preocupación de todas las jóvenes casaderas de Hampshire. Además, él escogió ir a la guerra y estoy segura de que se lo está pasando en grande pavoneándose con su bonito uniforme.

—No es bonito en absoluto —fue la apenada réplica de Prudence—. De hecho, su nuevo regimiento tiene unos uniformes espantosos: muy sencillos, de color verde oscuro con botones negros, sin una pizca de dorado ni de encaje. Y cuando le pregunté por el motivo, el capitán Phelan me dijo que eran así para que los fusileros pudieran ocultarse mejor. Pero eso no tiene sentido alguno, ya que todo el mundo sabe que los soldados británicos son demasiado valientes y orgullosos como para esconderse durante una batalla. Pero Christopher... quiero decir, el capitán Phelan... el caso es que me dijo que tenía que ver con... En fin, usó una palabra que sonaba francesa...

—¿Camuflaje? —preguntó Beatrix, intrigada.

—Eso, ¿cómo lo sabes?

—Muchos animales tienen modos de camuflarse para evitar ser vistos. Los camaleones son un buen ejemplo. O el plumaje moteado de los búhos, que los ayuda a asemejarse al tronco de los árboles. De ese modo...

—¡Por Dios, Beatrix! No empieces con otra charla sobre los animales.

—No lo haré si me hablas del perro.

Prudence le dio la carta.

—Léelo tú misma.

—Pero, Pru —protestó Beatrix, al tiempo que las pulcras y pequeñas hojas caían en sus manos—, el capitán Phelan puede haberte escrito algo de índole personal.

—¡Ojalá tuviera esa suerte! Pero es deprimente. Sólo habla de batallas y de malas noticias.

Aunque Christopher Phelan era el último hombre a quien Beatrix defendería, se vio obligada a señalar:

—Está luchando en Crimea, Pru. No creo que haya muchas cosas alegres sobre las que escribir en tiempo de guerra.

—Bueno, nunca me han interesado los países extranjeros y tampoco he fingido que me interesaban.

Beatrix esbozó una sonrisa muy a su pesar.

—Pru, ¿estás segura de que quieres ser la esposa de un oficial del ejército?

—Bueno... pues claro... los oficiales que han comprado su posición casi nunca van a la guerra. Son caballeros de mundo muy elegantes, y si acceden a cobrar media paga, se libran de muchas obligaciones y apenas pasan tiempo con su regimiento. Ésa era la situación del capitán Phelan hasta que el Ministerio de Asuntos Exteriores lo reclamó. —Se encogió de hombros—. Supongo que las guerras nunca se organizan a gusto de nadie. Gracias a Dios que el capitán Phelan volverá pronto a Hampshire.

—¿Volverá pronto? ¿Cómo lo sabes?

—Mis padres dicen que la guerra terminará antes de Navidad.

—Yo también lo he oído. Aunque me pregunto si no estarán subestimando muchísimo las habilidades de los rusos... y sobrestimando las nuestras.

—¡Qué comentario más antipatriótico! —exclamó Prudence con un brillo risueño en los ojos.

—El patriotismo no tiene nada que ver con que el Ministerio de la Guerra, llevado por su entusiasmo, no planeara mejor su táctica antes de mandar a treinta mil hombres a la península de Crimea. Ni conocemos bien el lugar ni contamos con una buena estrategia para hacernos con el control.

—¿Cómo sabes tanto del tema?

—Leo el Times. Hay artículos sobre la guerra todos los días. ¿No lees los periódicos?

—La sección política no. Mis padres dicen que una joven educada no debe mostrar demasiado interés en esos temas.

—Mi familia habla de política durante la cena todas las noches, y mis hermanas y yo participamos. —Beatrix hizo una pausa deliberada antes de añadir con una sonrisa traviesa—: Incluso tenemos opiniones propias.

Prudence puso los ojos como platos.

—¡Por el amor de Dios! En fin, tampoco debería sorprenderme. Todo el mundo sabe que tu familia es... diferente.

«Diferente» era un apelativo mucho más agradable que los que solían utilizar para describir a la familia Hathaway. Los Hathaway eran cinco hermanos. Por orden de nacimiento: Leo, Amelia, Winnifred, Poppy y Beatrix. Tras la muerte de sus padres, los Hathaway habían tenido un grandísimo golpe de suerte. Aunque nacieron plebeyos, en su árbol genealógico existía una rama aristocrática a la que les unía un lejano parentesco. Gracias a una increíble sucesión de eventos inesperados, Leo heredó un vizcondado para el que no estaban preparad

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