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AMOR EN LLAMAS

Kristen Callihan  

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Fragmento

Prólogo

Fue la máscara lo que cautivó tu pensamiento,

Y después hizo latir tu corazón.

W. B. YEATS

Londres, noviembre de 1878

La certeza de que Archer, en breve, pondría fin a la vida de un semejante rasgaba su alma con cada paso que daba. El malhechor en cuestión era, como mínimo, un mentiroso y un ladrón. Que la exigua fortuna de aquel hombre descansara ahora en el fondo del Atlántico no le inspiraba compasión alguna. Más bien lo enfurecía. Una bruma roja le nublaba la visión cuando pensaba en lo que había perdido. La salvación casi había sido suya. Pero se había esfumado cuando los piratas de Hector Ellis habían asaltado su barco, le habían robado lo único que podía curarlo y lo habían escondido en su condenado clíper.

La niebla, densa y baja, se resistía a disolverse pese a la fría brisa nocturna. Nunca terminaba de disiparse; siempre estaba presente en Londres, como la muerte, los impuestos y la monarquía. Las puntas de la capa le azotaban las piernas y levantaban hasta su boca remolinos del hediondo vapor amarillo con el sabor a carbón, suciedad y putrefacción característico de la ciudad.

Volvió la esquina y, apartándose de las farolas, se sumergió entre las sombras. Sus recios pasos se oían por las desiertas calles adoquinadas. Lejos, en el Támesis, una tétrica sirena alertaba a los barcos de la niebla. Pero, en el centro, todo estaba tranquilo. El constante traqueteo de los carruajes y el berrido ocasional del sereno cantando las horas se habían extinguido. La oscuridad engullía su figura, como de costumbre, algo que lo reconfortaba y, a la vez, le recordaba en qué se había convertido.

El barrio en el que se hallaba era antiguo pero refinado. Como en todos los lugares donde se alojaban los afortunados, las calles estaban desiertas y desoladas, pues hacía rato que todos ellos se habían refugiado en sus emperifolladas camas.

La casa de Ellis estaba cerca. Archer había recorrido las calles de Londres lo suficiente como para moverse sin titubear por su perversa red de tortuosos callejones e interminables avenidas. La proximidad del momento le dejó un sabor frío y metálico en la lengua. Poner fin a una vida, ver cómo la luz incandescente de un alma escapaba de su cobijo… ansiaba aquel instante, lo anhelaba de verdad. El horror de ese anhelo le removió las entrañas y le hizo vacilar. «Nunca infligir ningún daño.» Era el credo de cualquier médico, el suyo. Antes de que renunciara a su propia vida. Archer tomó una bocanada de aire purificadora y se centró en la ira.

En el horizonte, un jardín, grande y amurallado, que reservaba sus placeres a quienes tuvieran la llave. Ante él se alzaban imponentes dos metros de piedra. O quizá solo fuera uno. Saltó el muro sin dificultad, y aterrizó en la tupida hierba del otro lado sin hacer apenas ruido.

Andaba irguiéndose, resuelto a cumplir su misión, cuando el clamor de metal contra metal lo detuvo. Qué extraño. La lucha a espada hacía tiempo que había pasado de moda. Los petimetres de Londres resolvían ahora sus asuntos por la ley y en los tribunales. Añoraba los días de su juventud en que todo agravio se arreglaba arrojando un guante y con la muerte de uno de los afectados. Miró al fondo del oscuro jardín y divisó a los espadachines danzando bajo el tenue halo de luz de las lámparas de gas que ocupaban las esquinas del patio central.

—¡Vamos! —provocó el rubio al otro—. ¿No sabes hacerlo mejor?

Eran unos chiquillos. Archer se refugió en las sombras tenebrosas del muro para observarlos, y sus ojos sobrenaturales lo vieron todo como en primera fila. El rubio no tendría más de dieciocho años. Un hombre a medio hacer, con la delgadez de extremidades propia de la juventud, aunque bastante alto y de voz grave. Llevaba sin duda la voz cantante, pues iba instruyendo al otro chico por el cuadrilátero marcado con pizarra en el centro del jardín.

—No bajes el brazo —decía atacando de nuevo a su oponente.

El otro muchacho, aunque más joven, era casi tan alto como su compañero, pero de complexión en general delicada. Las piernas, que asomaban de una levita que le venía grande, eran como palillos. Llevaba en la cabeza una ridícula gorra abombada, tan calada que, mientras luchaba ala mazza con el otro, Archer apenas pudo vislumbrar de su rostro una barbilla blanca.

Archer se apoyó en el muro. En su vida había visto un combate más revelador. El mayor de los dos chicos era bueno. Muy bueno. Había aprendido de un maestro. Pero el pequeño sería mejor. Aun con la desventaja de ser más ligero y bajito, cuando el rubio intentó un botta-in-tempo aprovechando que lo tenía acorralado, el pequeño retrocedió de un salto con tal agilidad que Archer se inclinó emocionado, disfrutando como no lo había hecho en años. Tras una breve pausa, reanudaron la lucha.

—Tendrás que esforzarte más, Martin.

El chiquillo rió, y los destellos de su espada, como rayos de luna, iluminaron la noche púrpura.

—No seas tan engreído conmigo, Pan —repuso Martin con un brillo de orgullo y determinación en los ojos.

Martin atacó una vez, luego cortó. El joven, Pan, se cruzó a la derecha. Para deleite de Archer, el muchacho saltó a la fina barandilla de hierro forjado que rodeaba el patio y, con cierto despliegue de osadía, se deslizó por ella un trecho para aterrizar justo detrás de Martin. Le dio un toque rápido en la espalda al mayor y se alejó bailando.

—Soy el dios Pan —canturreó con voz de niña—. Y, o te andas con cuidado, o te ensartaré la flauta por ese hermoso trasero… ah…

Al retroceder, el muy bobo tropezó con un seto de boj que, en su regocijo, había pasado por alto. Archer sonrió divertido.

Las carcajadas de Martin resonaron por todo el jardín. El muchacho, doblado de risa, soltó su pequeña espada para agarrarse el vientre. El joven Pan se esforzaba por incorporarse, sujetándose la absurda gorra al tiempo que protestaba por lo bajo de los setos ingleses.

Martin se compadeció de él y lo ayudó a levantarse.

—¿Te rindes, entonces?

Le tendió la mano una vez más, en señal de paz.

El pequeño gruñó un poco, pero aceptó la ayuda que le ofrecían.

—Supongo que no me queda otra. Coge la espada, ¿quieres? Mi padre estuvo a punto de encontrársela el otro día.

—Y eso no puede ocurrir, ¿eh? —dijo Martin, pellizcándole la nariz al otro.

Partieron los dos, hacia puertas opuestas del jardín.

—Buenas noches, Martin.

—¡Buenas noches, Pan!

Sonriente, el joven rubio observó cómo salía del jardín su pequeño amigo; luego se fue.

Archer se movió entre las sombras, dirigiéndose a la puerta por la que había salido Pan. La inquietud le produjo un cosquilleo en la piel. Aunque supiera luchar, el muchacho era demasiado frágil para andar solo y desarmado en plena noche. Después de un breve esparcimiento, merecía sin duda volver a casa sano y salvo.

Lo siguió con facilidad, oculto entre las sombras, manteniéndose a distancia. El chiquillo avanzaba sin miedo y, con paso decidido, casi arrogante, dejó atrás la vereda y se internó en una callejuela.

Por eso su chillido sonó aún más fuerte cuando dos chicos sucios, mayores que él, surgieron de entre las sombras y le cortaron el paso.

—Vaya, ¿a quién tenemos aquí?

Era un bruto, gordo y bajito. De los que siempre andaban buscando pelea, pensó Archer con tristeza, porque no estaba de humor para estrangular niños.

—Hola —dijo Pan, retrocediendo un poco—. Por mí no os preocupéis. Solo he salido a dar un paseo.

El más alto rió, y reveló un gran hueco entre los dientes.

—«Solo he salido a dar un paseo» —lo remedó—. ¿Quién te crees que eres? ¿El príncipe Bertie?

Pan reaccionó de inmediato.

—¿Qué, es que no puede uno usar el inglés de la reina de cuando en cuando? —protestó, cambiando enseguida de registro—. ¿Y más si les gusta a mis primos?

El joven Pan los rodeó despacio, desplazándose artero hacia la parte trasera de una casa grande. Allí se hallaba su refugio, observó Archer. Era la casa del muchacho. La casa de Ellis, cayó en la cuenta algo conmocionado. ¿Quién era aquel chico?

—Los señorones saben apreciar una palabra bien dicha —prosiguió.

Archer tuvo que admirar el don del chiquillo con la lengua del pueblo; apenas entendía una palabra. Pero estaba exagerando. Y los jóvenes matones lo sabían.

—¿Te crees que nos chupamos el dedo? —espetó uno de ellos.

Al ver que los chicos mayores lo rodeaban, el chaval retrocedió.

—Tampoco hay para tanto…

—Te la estás buscando, ¿eh?

El más alto de los matones le dio un golpecito en la cabeza. Al chiquillo se le cayó la gorra, y a Archer se le paró el corazón. Una sedosa masa de fuego brotó como oro fundido de la cabeza a la cintura del chico. Archer respiró con dificultad. Era chica, no chico. Y tendría unos dieciocho, no trece. Una jovencita.

Se quedó embobado contemplando aquella melena cobriza. Jamás había visto un pelo tan exquisito y fabuloso. Un pelo Tiziano, lo llamarían algunos. De ese color inefable entre dorado y rojo que cautivaba a artistas y poetas por igual.

—¡Apartad!

El timbre agudo de una voz sacó a Archer de su ensoñación. Su golfillo adoptó una pose defensiva mientras sus atacantes se aproximaban con interés. La sorpresa había asaltado también a los dos

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