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ANDREA CONTRA PRONóSTICO

Alba Lago  

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Fragmento

1

WELCOME TO LONDON

 

 

 

Quién coño me iba a decir que, después de cinco interminables años de carrera y un máster, tendría que irme del país de mierda en el que había nacido y crecido. Sí, habéis leído bien, una puta mierda… y, para vislumbrar el futuro prometedor del que tanto me hablaron desde que aprendí la tabla del dos, tuve que hacer las maletas y empezar de cero. Otro país. Otra cultura. Otro idioma.

Allí estaba, con mi maleta de quince por veinte, medida límite para viajar con la única compañía low cost que operaba en Galicia desde el aeropuerto de Lavacolla, intentando disfrazar el vértigo de ilusión ante las caras de desconcierto de mi padre y mi hermana que, pancarta en mano, hacían todo lo posible por sobrellevar aquella decisión, según ellos determinante, tomada tan a la ligera.

Lo de mi madre era un tema aparte. Sentía que le arrancaban el corazón del pecho. Su hija, o sea yo, ya había estado estudiando fuera, pero, claro, en Madrid podía salir al rescate si algo sucedía, o eso creía ella, porque sucedió y ni se enteró. Ahora un miedo atroz la invadía cada vez que pensaba en su primogénita pasando hambre. Así que no hubo que esperar mucho para que sus ojos ya vidriosos se convirtiesen en un torrente de lágrimas, coincidiendo con la última llamada del vuelo FR4027, billete solo de ida, destino Londres.

¿Por qué Londres? Pues por el inglés, ¿por qué va a ser? Veinticinco años estudiando el idioma de Shakespeare e increíblemente no era capaz de mantener una conversación fluida. Para conseguirlo, había que necesitarlo, estaba claro. Además, era Inglaterra: McQueen, los Beatles, Blur, Oasis, la Tate Modern, las Dr. Martins, Brick Lane, el príncipe Guillermo… Sobraban los motivos.

Tras abrazar a cada uno de los miembros de mi familia como si el avión se fuese a estrellar, me encaminé hacia el arco de la vergüenza. Ese que te puede dejar en paños menores como te olvides de enseñar el audífono. No era el caso, pero con el frente frío que había entrado por Galicia aquel 16 de octubre, prescindir del calzado, chaqueta y abrigo me tocó bastante la moral.

Y para cuando las punteras de mis calcetines ya habían limpiado lo suficiente el suelo del aeropuerto, apareció. El que faltaba. ¿Qué cojones quería ahora? Si había borrado mi teléfono tras la última discusión. Aquello parecía la última escena de Pretty woman, con Julia a punto de salir de su apartamento y Richard apareciendo para pedirle que vuelva con él. Nunca me lo había planteado pero realmente el final de Pretty woman no era tan bonito. Ella quería marcharse lejos a estudiar, en busca de una formación, y él quiebra por completo su sueño, reteniéndola a su lado. Así pues, Julia Roberts se queda en Los Ángeles siendo la señorita de compañía de un todopoderoso Richard Gere, o sea, el que la mantiene.

De todos modos, a Carlos le faltaban las flores, la limusina y La traviata de fondo, así que el resultado no fue el mismo.

Llevaba días intentando hablar con él y, cuando su teléfono no estaba apagado, saltaba el buzón. Había escuchado más la voz femenina de su compañía telefónica que la de mi novio, ex o lo que fuese a esas alturas de curso. Según él, estaba enamorado, y así lo demostraba con estos arrebatos típicos de Disney. Pero eran eso, arrebatos de niño caprichoso que en cuanto le quitan la muñeca se pone a llorar, a pesar de que llevase meses olvidada en el fondo del cajón de los juguetes.

—No me montes un número ahora. Está mi familia.

—Mejor, que vean todo lo que te quiero. —Cómo le encantaba el drama.

Mi hermana soltó una carcajada, entonces la miré y se llevó la mano a la boca. Casi se me escapa otra.

—Carlos… —Eso era todo lo que le tenía que recriminar. Estaba harta de aquella montaña rusa sentimental y su cara de cordero degollado ya no surtía ningún efecto.

Y todo esto ante la atenta mirada del resto de pasajeros, que presenciaban el acto como si del final de Cristal se tratase (o de Lost, para los que digan desconocer la telenovela).

—No te pido que te quedes. Solo que me dejes seguir a tu lado, contigo, como siempre. —Silencio—. Sabes que yo sin ti no soy nadie —prosiguió.

¡Ay! Aquella frase ya la había oído tantas veces que dudé solo… uno, dos, tres, cuatro, cinco segundos.

—Esto no es un adiós, es un hasta luego más que necesario —susurré tajante y teatralmente, como a él le gustaba.

 

 

No tenía intención de hablaros mucho de él pero imagino que es imprescindible para que comprendáis nuestra relación.

Carlos desde niño estaba acostumbrado a ser el centro de todas las miradas y no precisamente por llevar una vida ejemplar. A los cuatro años se meaba en los armarios de la clase de parvulitos, a los diez esnifaba el pegamento de barra, a los catorce gestionaba el parque del vecindario porro en boca y a los dieciséis me esperaba quemando rueda a la salida del instituto en su Scooter amarilla rectificada. Mientras todo esto sucedía, siempre se las amañaba para camelar a profesoras, vecinas y compañeras de clase con su estudiada caída de pestañas que decoraban aquellos pizpiretos ojos marrones, acompañada de un arrepentimiento profundo y verdadero que cualquiera de sus interlocutoras terminaba por creer. Así, todas, que no todos, caían rendidas a sus pies.

Cierto es que su físico, fibroso y estilizado, no pasaba desapercibido en el cole, pero tenéis que entender que yo, delegada de clase, jamás me hubiese fijado en el macarra de turno.

Hasta que esta alumna modelo, ya en plena adolescencia, se corrió su primera borrachera vespertina en el casco vello de Vigo. Mi amiga Rebeca y yo estrenábamos de extranjis la Rouge Pulp waterproof de Chanel que había «cogido prestada» de la peluquería de su madre. Aquellos labios rojo pasión engrandecían nuestras todavía infantiles sonrisas con alguno de los últimos dientes adultos a medio crecer.

Aquella tarde se quemaba el Meco en la Puerta del Sol, poniendo fin al Entroido. En Teófilo Llorente, la calle principal de la zona de vinos, no entraba ni un alfiler, pero nosotras sí. Con los nervios y la excitación de entremezclarnos entre los «mayores» pedimos un vodka con lima en la barra del antiguo Limbo. Había gente del instituto, casi todos de cursos superiores, y algún freak de mi clase con el que incluso llegué a intercambiar un par de palabras en élfico (El señor de los anillos hizo mucho daño). ¡De un trago nos bebimos el segundo y el tercero! No recuerdo cuánto tiempo pasó hasta que la euforia me nubló la vista y el mareo y los sudores fríos empezaron a cobrar protagonismo.

Me sacaron del garito de moda casi a rastras dejando un reguero de vómito que hizo saltar del asco a los del botellón de las escaleras contiguas a la entrada del local.

«Dejadla sola, joder, que tome el aire», escuchaba a mi lado sin lograr poner cara a aquella voz familiar.

Antes de que me entrase la tiritona, una de esas chupas Dainese moteras azul klein cubrió mis hombros. Alcé la vista y me encontré a Carlos en mangas de camisa, riéndose mientras expulsaba el humo de la calada que le acababa de dar a una «L» de marihuana (tamaño canuto y medio).

—¿Qué, chapis? —Vamos, la abreviatura de chapona, o, lo que es lo mismo, de empollona—. ¿No sabes que el alcohol quema neuronas?

Volví a bajar la cabeza, humillada. Ya me podía dar por vacilada el resto del curso, ensuciando mi intachable reputación que tanto había labrado en el colegio de monjas y que intentaba mantener en el instituto.

—Venga, anda, que te llevo a casa…

No me podía oponer, estaba vendida. La última vez que había visto a Rebeca estaba aprendiendo a morrearse con uno de primero de bachillerato. Gasté las veinticinco pesetas, todavía no había llegado el euro, que me quedaban en mi móvil de prepago para enviarle un mensaje: «Me llevan a casa, estoy bien».

La brisa gélida del puerto en pleno febrero me espabiló, así que, a pesar de mi demacrado aspecto, cuando llegué al portal de mi casa ya podía caminar y vocalizar correctamente, con la gran suerte de que la luz de la ventana estaba apagada, mis padres todavía no habían llegado. Si me hubiesen pillado encima de una moto sin casco, con aquel pandillero y oliendo alcohol, el cinturón de mi padre habría acabado de romperse.

Bajé de la moto, agradeciendo su ayuda sin atreverme a mirarle a la cara. Me disponía a sacar las llaves cuando soltó:

—Das pena.

—Al menos solo un día al año… No como otros… —¿Veis? No podía bajar la guardia.

—¡Qué borde eres, tía! No esperaba menos de ti, así que entenderás que me tenga que aprovechar de la circunstancia, doña Perfecta…

—Ya decía yo que era demasiado bonito para no haber ningún interés oculto…

—¿Qué me podrías ofrecer a cambio de una garantía de silencio absoluto…? —preguntó.

Lo primero que se me pasó por la cabeza es que estaba sugiriendo que me enrollase con él. Por poco vomito o

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