Loading...

ANIMALES DEL FIN DEL MUNDO

Gloria Susana Esquivel Gonzalez  

0


Fragmento

1

El año que conocí a María vaticinaron el fin del mundo.

Los noticieros transmitían con frecuencia especiales en los que numerólogos y astrólogos formulaban hipótesis sobre la hora exacta en la que la Tierra se fracturaría, y papá, al teléfono, intentaba tranquilizarme diciéndome que sólo era un eclipse que apagaría el cielo, sólo por un instante, sólo unos segundos, y que tal vez podríamos verlo juntos.

Cuarenta se suicidaron en California y escogieron el fenobarbital como vehículo para evacuar el planeta. Una familia numerosa acabó con las existencias de enlatados en un pequeño pueblo de Alemania, lo que obligó a sus vecinos a ir por víveres, en pleno invierno, al municipio más cercano, y esto causó uno que otro caso de hipotermia. Un viejo en Australia vendió todas sus propiedades y durante seis meses vivió a la intemperie sobre su colchón comiendo baldes de pollo frito, mientras esperaba a que un asteroide se lo tragara.

Pero acá nadie se tomaba en serio los rumores del Apocalipsis, pues había otras urgencias.

En la casa, la única preocupada con la noticia era yo. Cada reporte que escuchaba me hacía temblar, y le pedía a mamá, entre susurros, que hablara con los abuelos y con Julia para tener un plan de contingencia por si llegaba a pasar algo: armar un cambuche en la sala de la casa o huir hacia la costa en el carro de la familia. Sin embargo, ella no me tomaba en serio y, en lugar de atender mi llamado de alerta, me agarraba por el cuello y comenzaba a experimentar nuevos peinados sobre mi cabeza. Yo me quedaba muy quieta mientras mamá insertaba cintas y diademas en mi pelo, y me ponía a mirar lejos, frustrada, pues no podía creer la manera en la que ella había decidido ignorar la posibilidad de que un meteorito nos llevara por delante.

Tenía seis años y había perdido dos dientes.

Cada vez que me acercaba a hablar con mi madre sobre el fin del mundo, ella se moría de la risa. Era una de las pocas veces en las que cambiaba su rictus ausente y parecía distraerse un rato. Me llenaba la cabeza con besos y luego se ponía muy seria y me pedía el favor de que les repitiera toda esa retahíla nerviosa a los abuelos, pues ellos se morían de ganas de conocer mi voz. Sin embargo, sus estrategias de persuasión resultaban en vano. Desde el momento en el que había aprendido a hablar, también había resuelto ahorrarme la mayor cantidad de conversaciones posibles. Recuerdo que, en ese entonces, las palabras se sentían como sanguijuelas frías que reptaban por mi vientre. Cada vez que iba a enunciarlas, sentía retorcijones intensos que me subían por la espalda. Para evitarme esa sensación incómoda, aprendí que los dedos de la mano eran suficientes para comunicarme. Aprendí también que las conversaciones que importaban eran las que tenía con mi madre, siempre atenta a proveerme de cualquier cosa que necesitara del mundo exterior, y las pocas que tenía con mi padre cuando llamaba por teléfono. Además, disfrutaba enormemente de ese silencio dulce y propio, que hacía que mantuviera los ojos bien abiertos y que me permitía percibir cualquier peligro en mi entorno.

El mutismo agudizaba mis sentidos y me mantenía alerta frente a cada señal que predecía catást

Sigue leyendo y recibe antes que nadie historias como ésta