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ANTITAUROMAQUIA

Manuel Vicent   El Roto  

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Fragmento

 
PRÓLOGO

Antes de iniciar este alegato antitaurino, debo confesar al lector que en mi niñez, en la adolescencia e incluso en la primera juventud también a mí me gustaban las corridas de toros, sobre todo en su versión más ruda de encierros y capeas. Conservo una imagen muy viva de las fiestas de septiembre cuando se corrían vaquillas en la plaza del pueblo. Aquel rito que acompañaba el final del calor del verano, con la llegada de los primeros tordos y la vuelta a la escuela, lo llevo asociado a la visión de las reses encerradas en un corralón de madera, a los ojos llenos de moscas de un impávido cabestro que rumiaba hierba seca y algarrobas, al olor de las cuerdas de esparto mojadas con que se ataba las talanqueras. Esa sensación iba unida al hedor que producía el excremento del propio ganado junto con el estruendo de la orgía. La música, los gritos, las heridas. Sentado en una barrera con mis amigos compartía los bocadillos de carne con tomate y los racimos de moscatel.

Este humus tan miserable es uno de los sustratos más hondos de mi memoria. Durante mucho tiempo me pareció adorable. Cuando uno nace y se desarrolla en ese ambiente taurino acaba por creer lo más natural del mundo pegar bastonazos a unas vacas esmirriadas, llenas de mataduras, que ya venían apaleadas de otras fiestas. Eran animales resabiados que conocían todo el santoral de los pueblos del Mediterráneo y también el trabajo que se esperaba de ellos para dar contento a la gente. En su cerebro llevaban ya codificada la crueldad de algunos determinados vecinos, a los que reconocían de un año para otro por sus desmesuradas garrotas, por sus largos aguijones, por su cara de sádicos. En cualquier fiesta de mi tierra era un consorcio con los sentidos divertirse, arriesgarse, violentar y matar a los toros. Formaba parte de la naturaleza. Tardé bastantes años en sacudirme este sello de encima.

Pero esa emoción taurina puede durar toda la vida. De hecho, muchos aficionados permanecen hasta el final de sus días sin poder desembarazarse de ella y cuando alguien ataca la lidia se sienten heridos en lo más profundo porque consideran que esa experiencia arrastrada desde la infancia participa de algo sagrado.

En el mejor de los casos llega un momento en que te das cuenta de la miseria que esconde aquel estrato de tu niñez. Cuando uno vuelve al lugar de aquellos juegos que le hicieron tan feliz y contempla a otros niños embruteciéndose con el mismo juego, de pronto, a uno se le abren los ojos y se le presenta con toda nitidez

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