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ANTOLOGíA DE RELATOS ROMáNTICOS. NAVIDAD 2019

Varios autores  

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Fragmento

Érase una vez...

Ana Álvarez

Después del reencuentro en la facultad de derecho en Sevilla, Maika había vuelto a retomar el contacto con sus antiguos compañeros. Crearon un grupo de WhatsApp al que llamaron «Siempre amigos» y raro era el día en que no intercambiaban algún mensaje.

Por eso se sorprendió cuando aquella tarde recibió una llamada de Carlos. Había pasado más de un mes desde el encuentro y pensó que la propuesta para tomar un café o una copa se quedaría en un propósito, de esos que siempre se dicen y nunca se cumplen.

—Hola, Carlos —saludó.

—Hola. ¿Cómo estás?

—Bien. ¿Y tú?

—Podría responderte lo mismo, pero eso haría esta conversación convencional e intrascendente.

—¿No estás bien?

—Digamos que no estoy mal, pero podría estar mejor.

—¿Qué te ocurre? Espero que no sea algo grave.

—No. Solo he tenido que salir del país por motivos de trabajo durante varias semanas. Eso me ha impedido llamarte antes.

—Ah.

De repente no supo qué responder. ¿Carlos trataba de decirle que no estaba bien porque no había podido llamarla?

—Seguro que creías que había olvidado la invitación a tomar un café que te hice en Sevilla.

—No he pensado mucho en ello, la verdad. Son cosas que se suelen decir y lo vas posponiendo, hasta que ya parece ridículo realizar la llamada.

—No es mi caso. Estoy muy decidido a retomar el contacto contigo. Me ha contrariado mucho este viaje urgente que ha pospuesto mis intenciones.

—Bien, ya estás de vuelta.

—Así es. Y para compensarte por la tardanza, ¿qué tal si en vez de a café te invito a cenar?

Una sonrisa afloró a su boca.

—Me parece bien. ¿Cuándo?

—¿Esta noche?

—¿Hoy? Sí que tienes prisa.

—Quiero recuperar el tiempo perdido.

—Un mes no es tanto tiempo —rio divertida.

—Depende de cómo se mire.

—De acuerdo, esta noche. ¿Dónde?

—¿Conoces Ginkgo, en Plaza de España?

—He oído hablar de él.

—Pues, si te parece, nos vemos allí a las nueve. ¿O prefieres que te pase a recoger en algún sitio?

—No, me reuniré contigo en la puerta.

—Hasta luego entonces.

***

Pasaban unos minutos de la hora cuando Maika bajó de un taxi en Plaza de España, profusamente iluminada con la decoración navideña. Un leve vistazo a su alrededor le bastó para verlo, de pie en la puerta. Una radiante sonrisa le iluminaba el rostro cuando se acercó hasta ella y la besó con efusividad en ambas mejillas.

—Has sido puntual —dijo él.

—Hace frío, no hubiera estado bien hacerte esperar.

—Sé esperar cuando hace falta —afirmó con una sonrisa—. ¿Subimos?

—Sí.

Le posó una mano en la cintura, guiándola hacia el ascensor. Maika sintió el leve contacto a través del abrigo, como si el calor de la piel traspasara la tela.

Miró la cara sonriente de su antiguo compañero de estudios y no vio al estudiante desaliñado de entonces, sino a un hombre maduro y muy atractivo. La edad había mejorado su aspecto en vez de pasarle factura.

Llegaron a una mesa ya reservada, desde la que se divisaba una vista espectacular de Madrid. El restaurante rebosaba clase y elegancia, y no tuvo dudas de que era un sitio fuera de lo común.

—Intuyo que hoy no cenaremos hamburguesas con sabor a cartón.

—Puedes apostar a que no. Esta es una ocasión especial, y se merece una comida y un escenario acorde a la importancia del momento.

—¿Por qué especial?

—Porque es la primera vez que salimos solos tú y yo —dijo Carlos clavando en ella una mirada cargada de intenciones—. Y espero que no sea la última.

—¿Nunca salimos juntos en el pasado?

—No. Puedo afirmarlo.

—¿Cómo estás tan seguro?

—Porque me acordaría. Nunca hubiera olvidado una cita contigo.

Los ojos marrones se oscurecieron más, y ella sintió una corriente cálida recorrerla entera.

«Es Carlos, tu compañero larguirucho de la facultad», se dijo mientras tomaba un sorbo de vino. Pero no lo era. Era un hombre que le estaba haciendo sentir mariposas en el estómago con solo mirarla.

—Entonces —alzó la copa en un brindis, a pesar de que ya había bebido unos sorbos—, por nuestra primera cita.

—Por nosotros —añadió él.

Les sirvieron la comida, pero le costaba disfrutarla del todo. Unas sensaciones largo tiempo olvidadas se estaban apoderando de ella, porque Carlos no se molestaba en disimular que aquella cita no era precisamente amistosa, y tanto con sus palabras como con su actitud le dejaba muy claras sus intenciones. Y ella no tenía ganas de salir corriendo, como había hecho otras veces cuando un hombre se le insinuaba.

Durante años, su fracaso matrimonial la había impelido a huir de las relaciones, a disfrutar de su libertad y de su independencia, pero algo en la insondable mirada del hombre que se sentaba enfrente la atraía como un imán, y supo que se dejaría arrastrar a donde la llevara.

Carlos la observó titubear durante un momento y posar la copa sobre la mesa.

—¿Te sientes incómoda por mis palabras? —preguntó.

—Estoy un poco sorprendida, eso es todo. Esto... —ella señaló a su alrededor—, no es una cena entre amigos, ¿verdad?

—Maika —dijo con firmeza, agarrándole una mano sobre la mesa—, esto es lo que tú quieras. Ya no somos críos y, al menos yo, sé muy bien lo que deseo. Estuve enamorado de ti durante toda la carrera, pero tú comenzaste a salir con Javi, y ni siquiera te insinué mis sentimientos. Ahora te he vuelto a encontrar y eres libre; los dos lo somos, y mi corazón ha vuelto a latir más fuerte al verte. La chica reivindicativa, feminista y atrevida que me enamoró se ha convertido en una mujer preciosa, y no tengo dudas de que igual de reivindicativa, feminista y fuerte. Sé que ha pasado mucho tiempo y no somos los mismos de entonces, aunque me volvería a enamorar de la mujer que eres ahora sin ningún esfuerzo; pero, insisto, si tú solo quieres amistad, es lo que tendremos. Eso sí, no dejaré que perdamos el contacto de nuevo.

La vio afrontar su mirada con valentía.

—Debo confesar que yo no reconozco en ti al joven de antaño. Pero aquel chico no me atraía y no puedo decir lo mismo del Carlos de ahora. No sé si estoy preparada para una relación, no me he planteado volver a estar con nadie en serio después de mi divorcio, y te mentiría si te dijera que la idea no me asusta. Pero ahora, mirándote a los ojos, sé que quiero correr el riesgo.

Dejó aflorar una sonrisa y apretó la mano aún más. Los dedos femeninos se aferraron a los suyos por encima del mantel, transmitiendo sensaciones por todo su cuerpo. Sí, se

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