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ANTOLOGíA DE RELATOS ROMáNTICOS. VERANO 2019

Varios autores  

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Fragmento

Ana Castellar

Tres botellas de arena

Alba llegó a casa enfadada con Diego. Vio en el salón a Sofía y Lola jugando. Tenía miedo de que su idea pudiera meter a Daniela en un problema grave. Entró en su habitación. Mientras se descalzaba, intentaba tranquilizarse, no tenía por qué pasar nada. Las tres tuvieron la necesidad de cuidar de Sofía y Lola desde el primer momento que las vieron. Se tumbó en la cama y miró las tres pequeñas botellas de cristal que estaban en la estantería. Cada una contenía un poco de arena junto con la fecha del verano que Diego y ella habían pasado juntos.

El primero fue pocas semanas después de conocerse. Los dos iban al instituto. Alba contaba los días para que acabase ya el curso. Ese era uno de los peores que había tenido. Estaba aislada. La relación con sus amigas de siempre había cambiado radicalmente y Alba se sentía culpable por ello. No lo podía evitar. Su grupo de amigas había empezado a salir por las noches, iban de cena, quedaban para ir de compras; todas eran actividades que ella no se podía permitir por la mala situación económica por la que estaban pasando. No quería contarles a sus hermanas lo que estaba viviendo porque no quería que se sintieran mal, y se lo iba guardando. Ellas le preguntaban si había tenido algún problema, porque sus amigas ya no iban por casa a merendar o a ver la tele. Alba se inventaba excusas y cambiaba de tema.

Diego vivía una situación parecida en el instituto. Estaba repitiendo por segunda vez el mismo curso y por fin se había librado de la gente que lo había acosado por ser diferente. Él fue el primero en darse cuenta del cambio de Alba sin apenas conocerla. Se había fijado en que ella había perdido la alegría con la que había comenzado el curso, incluso había cambiado su forma de vestir. Se sentía identificado con lo que Alba estaba viviendo, pero no sabía cómo ayudarla porque apenas se saludaban. Una mañana la vio tomando un camino diferente al que tenía que seguir para ir al instituto. Diego la siguió y notó que iba a un parque. La miró desde lejos y decidió acercarse. Se sentó a su lado. Alba se asustó al verlo.

—Qué ganas de que llegue ya el verano y que se acabe el curso, ¿no?

—Sí —dijo Alba bajito.

—¿No vas a clase? Hoy tenemos que entregar el trabajo ese, seguro que el tuyo es para nota.

Alba bajó la mirada.

—No me apetece mucho ir a clase. Sé que me están esperando para que les deje mi trabajo y les diga cómo cambiarlo para que aprueben todas y no se entere la profe, pero hoy no me apetece, me ha costado mucho hacer el mío. Soy cobarde, no tengo el valor para decirles que no quiero hacerles su trabajo. Prefiero suspender.

—No digas eso, no eres cobarde, no sabes cómo enfrentarlas. Tienes miedo a su reacción. Ya te lo han hecho pasar mal durante el curso. —Diego se quedó en silencio—. El cobarde soy yo, que no te he ayudado antes, solo quería estar a lo mío. Yo sé por lo que estás pasando, a mí me ocurrió antes. Siempre hay gente que se cree con libertades porque nadie les para los pies. Si no quieres ir a clase, yo entregaré tu trabajo. Le diré al profesor que estás en esos días del mes y, como sé que ese tema lo pone muy nervioso, no te pedirá ningún justificante.

Alba lo miró a los ojos.

—¿De verdad?

—Sí, mira, yo tengo el mío, no te voy a copiar y así no te suspenderán. Mañana te contaré lo que pase.

—Vale —le dijo Alba, y le entregó su trabajo.

—Vete a casa, no te quedes aquí, no es seguro.

Los dos salieron del parque. Alba se dirigió a su casa y Diego, al instituto.

Al día siguiente, Alba regresó al instituto. Estaba nerviosa por cómo la recibirían en clase. Una de sus antiguas amigas se le acercó para recriminarle la faena que les había hecho. Alba intentó excusarse, se puso mala, pero antes de que le pudieran volver a decir algo, Diego las interrumpió. Le pidió que lo acompañase, tenía algo que decirle.

Diego se sentó en su silla e invitó a Alba a que lo hiciera a su lado. Le contó lo que le había dicho al profesor y la animó, todo iba a estar bien. Desde ese día, estarían siempre juntos. Cuidando el uno del otro.

Alba se lo presentó a sus hermanas. Ellas estaban felices por el cambio que Alba estaba dando desde que Diego estaba en su vida.

Pasaron el verano juntos, disfrutando de su ciudad y descubriendo sitios nuevos. Una de aquellas tardes, en las que una tormenta los sorprendió, Diego le confesó que era gay y que era a la primera persona a la que se lo contaba. Estaba muy feliz de tenerla en su vida y no quería perderla por malos entendidos. Alba lo miró y lo abrazó.

Mientras estaban abrazados, Alba le susurró:

—No me vas a perder nunca. Eres lo mejor que me ha pasado en la vida.

Diego lloró abrazado a ella. Todos los miedos que lo asediaron los días antes, cuando dudaba si contárselo o no, habían desaparecido. Alba se separó y le limpió las lágrimas. Sacó una bolsa de su cazadora, siempre llevaba bolsitas para recoger las cacas de sus perros, y se la dio a Diego, que la miró extrañado. Ella agarró otra y la llevó hasta la arena.

—Coge un poco y luego compraremos unas botellitas, así, cuando las miremos, recordaremos siempre este verano.

El segundo verano, Diego y Alba estaban felices, ya solo les quedaba un año por delante para acabar el instituto. Y el curso que habían dejado atrás lo habían acabado con buenas notas y mejores vivencias que otros años. Los dos juntos eran invencibles.

Uno de aquellos días de verano acudieron a uno de los eventos que se producían en la ciudad, la Semana Negra. Un evento literario sobre novela negra que a los dos les encantaba.

Allí, entre aquellos jóvenes que acudían, estaba

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