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ANTROPOCENO

Manuel Arias Maldonado  

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Fragmento

 

 

 

 

Pronto haría demasiado calor.

 

J. G. BALLARD, El mundo sumergido

 

 

Hay poderes en acción más grandes que nosotros

Ven aquí y siéntate y reza una breve oración

Una oración al aire, al aire que respiramos

Y a la asombrosa llegada del Antroceno.

 

NICK CAVE & THE BAD SEEDS, Anthrocene

 

 

El aire acondicionado es el destino.

 

PETER SLOTERDIJK, Esferas II

PREFACIO

 

 

 

 

Uno de los reproches que con más frecuencia se dirigen contra el mundo académico es que vive encerrado en sí mismo y no comunica sus hallazgos o reflexiones con suficiente claridad. Seguramente sea el caso, aunque quizá el interés del público por esos hallazgos no sea tampoco demasiado grande. Sea como fuere, la relativa separación entre universidad y sociedad constituye un presupuesto de la actividad académica: solo puede estudiarse aquello de lo que uno se distancia. De ahí que el subsistema académico posea una lógica autónoma y termine por desarrollar sus propios códigos, a menudo ajenos a los que rigen en el debate público. Todo esto viene aquí a cuento porque el libro que el lector tiene en sus manos se relaciona, de dos maneras distintas, con esa problemática realidad.

Primero, el libro es el último fruto de una tarea investigadora —la mía— que ha venido ocupándose de la teoría política del medio ambiente y las relaciones socionaturales desde hace ya casi veinte años. Esto quiere decir que la mayor parte de mis artículos académicos y buena parte de mis monografías especializadas han girado en torno a este fascinante asunto, si bien casi toda esta producción ha aparecido en lengua inglesa. Así, este libro representa, un esfuerzo por hablar en castellano sobre la relación entre sociedad y naturaleza. En este caso, explorando un concepto de largo alcance sobre cuya realidad biofísica se trata cada vez más en los periódicos: el Antropoceno, una época geológica caracterizada por la transformación humana de los sistemas planetarios, en la que el cambio climático sería la principal manifestación.

Segundo, he tratado de escribir un libro accesible para el lector interesado, sin renunciar por ello a la riqueza conceptual y al esmero argumentativo. Tampoco a las referencias bibliográficas: escribimos porque otros han escrito y dejar constancia de ello me parece un acto de justicia. Sobre todo en una materia forzosamente interdisciplinar que exige incursiones en terrenos desacostumbrados para el científico social. De hecho, parte de la tarea de profesores y ensayistas consiste en traducir esa literatura a términos inteligibles para el ciudadano; pero también en reprocesar los hallazgos de las ciencias naturales con el fin de hacer posible el debate público acerca de sus significados e implicaciones. Dicho esto, las notas son exclusivamente bibliográficas y figuran al final del texto, a fin de facilitar una lectura sin interrupciones.

Por lo demás, si bien recibí las primeras noticias del Antropoceno durante mi estancia en el Rachel Carson Center de Múnich en el año 2011, he terminado de completarlas en la primavera de 2017 en el Department of Environmental Studies and Animal Studies de la Universidad de Nueva York. Allí pude acceder a la última bibliografía sobre el tema y empezar a redactar un libro concluido durante un verano menos caluroso de lo esperado. Quede constancia aquí de mi agradecimiento a los colegas que en ambas instituciones contribuyeron, con su hospitalidad y su conocimiento, a su gestación de este trabajo. También al profesor Ángel Valencia, pionero de la teoría política medioambiental en nuestro país, con quien comparto objeto de estudio en la Universidad de Málaga, así como a los colegas internacionales que comparten estas inquietudes y se prestan a discutirlas en los congresos académicos. A mi editor, Miguel Aguilar, le agradezco que confiase en mí y apostara por un tema no exento de riesgo; a Elena Martínez Bavière y a sus colegas en Taurus, su impecable profesionalidad.

 

Málaga, 4 de septiembre de 2017

INTRODUCCIÓN

LA ERA HUMANA Y SUS PELIGROS

 

 

 

 

Pocos accidentes han sido más fértiles en el plano simbólico que la explosión del reactor número 4 de la planta nuclear de Chernóbil, que tuvo lugar el 26 de abril de 1986 en la Ucrania soviética. En su momento, la catástrofe fue interpretada como un síntoma del declive de la URSS frente a la pujanza de las sociedades occidentales. Pronto, sin embargo, se convirtió también en una advertencia sobre los riesgos que, para la especie humana, comportan sus propias creaciones tecnológicas. Desde ese punto de vista, la central nuclear soviética representa un renglón torcido en la ambigua historia de la modernidad: una advertencia sobre nuestra eterna condición prometeica. ¡Prohibido coger la manzana! Sin embargo, cuando parecía que su significado estaba ya cerrado, se descubrió que algo nuevo había sucedido en Chernóbil durante los últimos treinta años; algo que ponía inesperadamente en relación ese lugar emblemático con el último episodio de la larga trayectoria humana: la llegada del Antropoceno.

Es sabido que, a causa de la contaminación radiactiva provocada por el accidente, 116.000 personas hubieron de abandonar sus hogares, creándose una amplia zona de exclusión liberada de toda presencia humana: 4.200 kilómetros cuadrados situados en la frontera entre Bielorrusia y Ucrania. Desde hace treinta años, ese vasto territorio ha estado en manos de la naturaleza, si es que aún podemos llamarla así. Y el resultado, según las últimas investigaciones, parece sorprendente. La zona, contra todo pronóstico, se ha convertido en una vibrante reserva de vida animal. Lobos, ciervos, zorros, renos, mapaches, ardillas, mofetas...: la población de todos ellos ha aumentado, pese a la radiación, por encima de los niveles previos al accidente.[1] Esto no supone que la radiactividad sea buena para la vida salvaje, como podríamos pensar, sino más bien que los efectos de la presencia humana —lo que incluye la caza, la agricultura y la actividad forestal— son mucho peores. Entre otras cosas, Chernóbil constituye la melancólica demostración de que el planeta, después de haber sido transformado en profundidad por el ser humano, seguirá, pese a todo, adelante sin nosotros.

Sin embargo, las resonancias simbólicas no terminan ahí. El Antropoceno designa una nueva época geológica cuyo rasgo central es el protagonismo de la humanidad, convertida ahora en agente de cambio medioambiental a escala planetaria. De ahí su denominación, de origen griego: la Edad Humana (de anthropos, «hombre», y kainos, «nuevo»). Pues bien, al tratarse de un término geológico, las huellas de los ensayos nucleares de los años cincuenta del siglo pasado han sido propuestas como marcadores estratigráficos en el registro fósil de la tierra: el signo futuro de la potencia disruptiva de la especie. Siendo Chernóbil un hito negativo de la historia nuclear, la tentación de una visión pesimis

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