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AñO UNO (CRóNICAS DE LA ELEGIDA 1)

Nora Roberts  

5


Fragmento

1

Dumfries, Escocia

Cuando Ross MacLeod apretó el gatillo y mató al faisán, no podía saber que se había matado a sí mismo. Y a miles de millones de personas.

Un día frío y lluvioso, el último del que sería su último año, salió a cazar con su hermano y su primo recorriendo el congelado campo bajo el invernal cielo azul. Se sentía rebosante de salud y en buena forma, un hombre de sesenta y cuatro años que iba al gimnasio tres veces por semana y era un apasionado del golf, lo que se reflejaba en un hándicap de nueve.

Junto con Rob, su hermano gemelo, había levantado una exitosa empresa de marketing con sedes en Nueva York y en Londres, y continuaba al frente de ella. Su mujer, de treinta y nueve años, y las esposas de Rob y de su primo Hugh no les acompañaron, sino que se quedaron en la preciosa casa.

Ellas prefirieron cocinar y esmerarse en preparar la fiesta de Nochevieja mientras el fuego crepitaba en las chimeneas de piedra y la tetera no dejaba de hervir.

Declinaron con sumo gusto la invitación a pisotear el campo con sus botas de agua.

La granja MacLeod, que pasaba de padres a hijos desde hacía más de doscientos años, tenía una extensión superior a las ochenta hectáreas. Hugh la amaba casi tanto como a su esposa, a sus hijos y a sus nietos. Al este, más allá del campo que cruzaban, se alzaban las montañas. Y al oeste, no muy lejos de allí, se extendía el mar de Irlanda.

Los hermanos y sus familias viajaban juntos a menudo, pero esa cita anual en la granja seguía siendo para todos el plato fuerte. De niños solían pasar allí un mes en verano, corriendo por el campo con Hugh y su hermano Duncan, a quien la vida de soldado que eligió le había llevado a la muerte. Ross y Rob, los chicos de ciudad, siempre se lanzaban de cabeza a realizar las tareas de la granja que su tío Jamie y su tía Bess les mandaban.

Aprendieron a pescar, a cazar, a dar de comer a las gallinas y a recoger los huevos. Recorrieron los bosques y los campos a pie y a caballo.

En las noches sin luna solían escabullirse de la casa y caminar hasta el mismo terreno que recorrían en esos momentos para realizar encuentros secretos y tratar de despertar a los espíritus que habitaban dentro del pequeño círculo de piedra que los lugareños llamaban sgiath de solas, escudo de luz.

Nunca lo consiguieron, y tampoco dieron con los espíritus ni las hadas que los jóvenes sabían que deambulaban por el bosque. Si bien, durante una aventura de medianoche, cuando hasta el aire contenía la respiración, Ross juró que había sentido una oscura presencia, había oído el susurro de sus alas e incluso olido su fétido aliento.

Siempre afirmaba que había sentido el roce de ese aliento.

Llevado por el pánico adolescente, tropezó con las prisas por escapar del círculo y se raspó la palma de la mano con una piedra del interior.

Una gota de su sangre cayó en la tierra.

Ya de adultos, seguían riéndose y bromeando sobre aquella lejana noche y atesoraban esos recuerdos.

Y ya de adultos, seguían realizando ese peregrinaje anual a la granja con sus mujeres e hijos que comenzaba el día después de Navidad y terminaba el 2 de enero.

Sus hijos y sus nueras se habían marchado esa misma mañana a Londres, donde se reunirían en Año Nuevo con unos amigos y pasarían unos días más por cuestiones de trabajo. Solo la hija de Ross, Katie, que estaba embarazada de siete meses y esperaba gemelos, se había quedado en Nueva York.

Planeaba dar una cena de bienvenida a sus padres que nunca llegaría a celebrarse.

Aquel estimulante último día del año, Ross MacLeod se sentía tan en forma y alegre como el muchacho que fue. Le sorprendió el escalofrío que recorrió su espalda, y los cuervos que sobrevolaban y graznaban sobre el círculo de piedra. Pero mientras apartaba eso de su mente, un faisán macho alzó el vuelo en una ráfaga de color que destacaba en el pálido cielo.

Levantó la escopeta del calibre 12 que su tío le había regalado por su dieciséis cumpleaños y siguió el vuelo del ave.

De pronto sintió un breve escozor en la zona de la mano que se había raspado hacía más de cincuenta años. Luego, la cicatriz le palpitó durante un instante. Pero aun así...

Apretó el gatillo.

Los cuervos graznaron cuando el disparo resonó en el aire, pero no se dispersaron. En vez de eso, una de las aves se alejó del grupo, como si quisiera atrapar la pieza. Uno de los hombres rio mientras el negro pájaro colisionaba con el faisán en plena caída.

El ave muerta aterrizó en el centro del círculo de piedra. Su sangre embadurnó la helada tierra.

Rob agarró el hombro de Ross con una mano y los tres hombres sonrieron de oreja a oreja cuando uno de los alegres perros labradores de Hugh corrió a por la pieza.

—¿Habéis visto ese cuervo loco?

Ross rio de nuevo mientras negaba con la cabeza.

—Este no va a cenar faisán.

—Pero nosotros sí —dijo Hugh—. Tenemos tres para cada uno, suficiente para darnos un festín.

Los hombres reunieron sus piezas y Rob sacó un palo selfi del bolsillo.

—Siempre preparado.

Posaron así —tres hombres de mejillas enrojecidas por el frío, con los ojos del intenso tono azul característico de los MacLeod— antes de emprender el agradable regreso a la granja.

A su espalda, la sangre del pájaro empapó la helada tierra, como calentada por una llama. Y palpitó mientras la capa se afinaba, se agrietaba.

Los cazadores marcharon triunfantes en tropel por los campos invernales que el ligero viento apenas agitaba, mientras las ovejas pastaban en una loma. Una de las vacas que Hugh reservaba para engordar y vender mugió de manera indolente.

Mientras caminaban, Ross, un hombre satisfecho, se creía afortunado por acabar un año y comenzar otro en la granja, rodeado de sus seres queridos.

El humo brotaba de las chimeneas de la recia casa de piedra. Cuando se aproximaron, los perros se adelantaron para pelearse y juguetear, terminada ya su jornada laboral. Los hombres, que conocían bien la situación, se desviaron hacia un pequeño cobertizo.

La mujer de Hugh, Millie, esposa e hija de un granjero, era inflexible en su negativa a limpiar las piezas, así que se pusieron manos a la obra en una mesa de trabajo que Hugh había construido con ese propósito.

Charlaron distraídamente sobre la caza y sobre la comida que se avecinaba, mientras Ross cogía un par de tijeras afiladas para cortarle las alas al faisán. Lo limpió como le había enseñado su tío, despiezándolo. Las partes que se utilizarían para hacer sopa fueron a parar a una gruesa bolsa de plástico que luego llevarían a la cocina. Otras acabaron en una segunda bolsa para tirarlas la basura.

Rob cogió una cabeza cortada y soltó algunos graznidos. Ross no pudo evitar reír al tiempo que echaba un vistazo. Se hizo un corte en el pulgar con un hueso roto.

—¡Mierda! —masculló, y utilizó el dedo índice para taponar el hilillo de sangre.

—Ya sabes que debes tener cuidado con eso —dijo Hugh, y chasqueó la lengua.

—Ya, ya. Échale la culpa al bobo este. —La sangre del ave se mezcló con la suya mientras la desplumaba.

En cuanto terminaron, lavaron las piezas en agua helada que sacaron del pozo y después las llevaron a la casa.

Las mujeres estaban reunidas en la gran cocina de la granja, caldeada por la lumbre que ardía en la chimenea e impregnada de los aromas de los alimentos que se hacían al horno.

A Ross aquella estampa le pareció tan hogareña, un cuadro tan perfecto, que se le encogió el corazón. Dejó las aves sobre la ancha encimera y estrechó a su esposa en un gran abrazo que la hizo reír.

—El regreso de los cazadores. —Angie le dio un rápido y sonoro beso.

Millie, la mujer de Hugh, con su rojo cabello recogido en lo alto de la cabeza, asintió con aprobación al ver el montón de aves.

—Hay más que suficientes para nuestro banquete y para servir en la fiesta. ¿Y si preparamos unas empanadas de faisán y nueces? Si no recuerdo mal, te gustan mucho, Robbie.

Este sonrió y se palmeó la panza, que le sobresalía por encima del cinturón.

—Puede que tenga que salir y cargarme a otros cuantos faisanes para que haya bastante para los demás.

La mujer de Rob, Jayne, le hundió un dedo en la barriga.

—Ya que te vas a dar un atracón, te daremos trabajo.

—Eso vamos a hacer —convino Millie—. Hugh, los chicos y tú llevad la mesa grande al salón para la fiesta y usad el mantel de encaje de mi madre. También quiero los candelabros buenos. Y coged sillas del armario y colocadlas.

—Las coloquemos donde las coloquemos, seguro que querréis que las movamos otra vez.

—Pues entonces será mejor que empecéis. —Millie miró las aves y se frotó las manos—. Muy bien, señoras, echemos a los hombres de una patada y pongámonos a trabajar.

Disfrutaron del banquete como una familia feliz; faisán asado con estragón, relleno de naranjas, manzanas, chalotas y salvia, cocinado sobre un lecho de zanahorias, patatas y tomates. Guisantes, pan integral recién horneado y mantequilla casera.

Buenos y viejos amigos, además de la familia, compartieron la última comida del año con dos botellas de Cristal que Ross y Angie habían traído desde Nueva York para la ocasión.

Una ligera nieve caía al otro lado de las ventanas mientras recogían y fregaban, disfrutando aún del trabajo bien hecho, a la espera de la fiesta que iban a celebrar.

Las velas brillaban, la lumbre crepitaba y las mesas estaban repletas de comida, el resultado de dos días de trabajo. Vino, whisky y champán. Licores tradicionales, junto con panecillos, haggis y quesos para celebrar la Nochevieja.

Algunos vecinos y amigos llegaron temprano, antes de medianoche, para disfrutar de la comida, la bebida y los cotilleos, meneando el pie al son de la música de gaitas y violines. La casa se llenó de sonido, de melodías y de camaradería mientras en el antiguo reloj de pared sonaban las campanadas de medianoche.

El año viejo murió con la última campanada y el nuevo fue recibido con vítores, besos y voces que cantaban en alto Auld Lang Syne. Ross atesoró todo aquello en su corazón con gran emoción, con Angie apretada contra él y el brazo de su hermano enlazado con el suyo.

Cuando terminó la canción y se alzaron las copas, la puerta principal se abrió de par

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