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AQUí HAY DRAGONES

Florencia Bonelli  

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Fragmento

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A las mujeres bosnias. A las mujeres serbias.

También a las croatas. A las kosovares.

A las afganas. A las iraquíes. A las palestinas. A las israelíes.

A las árabes. A las indias.

A las chinas. A las japonesas. A las vietnamitas.

A las argentinas. A las mexicanas.

A las alemanas. A las sudafricanas. A las congoleñas.

A las sudanesas… A las de todas

las banderas. A las de piel blanca. A las de piel oscura. A las de ojos rasgados. A las de ojos redondos. A las altas. A las bajas.

A las corpulentas. A las delgadas. A las judías.

A las cristianas. A las islámicas. A las hinduistas. A las budistas. A todas y a cada una de mis congéneres que a lo largo de la historia han sufrido la violencia en sus cuerpos,

sus corazones y sus mentes. Y a las que siguen sufriéndola.

Con profundo respeto, humildad y admiración.

De la especie humana, somos las criaturas más fuertes.

A San Miguel Arcángel, por estar junto a mí

aunque yo sea insignificante.

Para Tomás, porque habría sido un héroe

de brillante armadura.

Hacia un corazón roto

ningún corazón puede ir

sin la alta prerrogativa

de haber sufrido igualmente.

Emily Dickinson, poetisa norteamericana

(1830-1886)

FONÉTICA DEL SERBOCROATA

C, como en la palabra italiana pizza, un sonido similar a ts, “pitsa”.

Č, como en chancho.

Ć, como en chancho aunque más suavizada, más siseada.

Đ ó đ, como el sonido de la jota en el nombre inglés John.

G, como en gato.

H, como en la palabra inglesa home, un sonido similar a la jota castellana.

J, como en ira (el sonido es el mismo de la i latina).

Lj, como li en liso.

Nj, como el sonido de la ñ.

Š, como en la palabra inglesa show.

Ž, como en la palabra inglesa show aunque más suavizada, más siseada.

ESCUADRAS DE L’AGENCE

Comandante en jefe: teniente general Alberto de Souza, portugués, nombre de guerra “Tango”.

Escuadra Uno, “La Uno”

Hela Hansen, noruega, nombre de guerra “Odín”.

Assam Al-Abdel, argelino, nombre de guerra “Ralph”.

Daen van Groen, holandés, nombre de guerra “Foxtrot”.

Johnny Milford, norteamericano, nombre de guerra “Peter Pan”.

Labalaba Sekonia, fiyiano, nombre de guerra “Casablanca”.

Murad Sadozai, paquistaní, nombre de guerra “Faquir”.

Peter Hersey, inglés, nombre de guerra “Chapel”.

Richard Beauchamp, inglés, nombre de guerra “Rocky”.

Escuadra Dos, “La Dos”

Nanuk Christiansen, groenlandés, nombre de guerra “Arrow”.

Atsa Adakai, norteamericano, nombre de guerra “Diné”.

Guior Blum, israelí, nombre de guerra “Mustang”.

Manoj Rana, nepalí, nombre de guerra “Zorro”.

Mariyana Huseinovic, bosnia, nombre de guerra “La Diana”.

Piersanti Righi, italiano, nombre de guerra “Charlie”.

Siboniso Kamongo, sudafricano, nombre de guerra “Sibi”.

Thomas Mayo, inglés, nombre de guerra “Octopus”.

HERIDAS DE GUERRA

En la guerra, la primera víctima es la verdad.

Esquilo de Eleusis, dramaturgo griego

(525 a.C.-456 a.C.)

En las cercanías de Međugorje, Bosnia y Herzegovina, 6 de febrero de 1996.

Habían partido de Sarajevo a las cinco de la mañana en un autobús provisto por una organización no gubernamental noruega que se ocuparía de reubicar a los niños huérfanos en hogares de la Europa occidental. Eran casi las ocho y media y se aproximaban a la ciudad de Međugorje, cercana al límite con Croacia. Se rumoreaba que en Međugorje desde hacía años se aparecía la Virgen María, la madre de Jesús, el dios de los croatas católicos y de los serbios ortodoxos. Compartían la divinidad y se odiaban igualmente. De todos modos, tamaña deferencia, la de que una señora tan bien emparentada se presentase en suelo bosnio, no había bastado para impedir una de las peores guerras del siglo XX. Por el contrario, la cuestión religiosa se había posicionado en el epicentro de la contienda. Ella, como buena yugoslava, fiel al régimen comunista del gran Tito, no practicaba religión alguna. Y después de esos años de guerra le quedaban pocas ganas de abrazar una creencia.

Miró por la ventanilla. La ruta se abría camino en el típico paisaje balcánico invernal, de montañas boscosas y valles cubiertos de nieve. Podía contar con los dedos de una mano los automóviles y los camiones con los que se habían cruzado en ese paraje solitario. Trató de animarse pensando en el próximo destino, la ciudad croata de Split, a orillas del mar Adriático, donde pasarían unos días, gentileza de la misma ONG noruega.

Ella no conocía el mar. Había transcurrido sus casi veinte años en el orfanato de Sarajevo, primero como huérfana, luego como asistente de Olga Oltrović, la directora, y nunca había abandonado la capital bosnia. De más estaba decir que, desde el 92, no habría podido aunque lo hubiese deseado; los serbios la habían sitiado con una eficacia indiscutible y, desde las montañas que la circundaban como un anillo de roca, disparaban a todo aquel que lo intentase; en realidad, disparaban sobre cualquiera, intentase escapar o no; lo asesinaban aunque se limitase a recorrer las calles de la ciudad. Recorrer las calles era un decir; no se recorría la Sarajevo sitiada sino que se corría agachado, haciendo zigzag y rogando que las balas de los francotiradores serbios, que zumbaban sobre las cabezas, no los alcanzasen.

Decidió caminar por el pasillo del vehículo para estirar las piernas. Avanzaba hacia la parte delantera y observaba a los niños. Detuvo la mirada en Olga, una especie de madre para ella; se la veía extenuada. En esos casi cuatro años, había envejecido diez. No se teñía desde el 92, y el cabello encanecido se le había vuelto ralo y fino a causa de la mala alimentación. Con un poco de suerte, el sol invernal y el aire del mar les devolverían una pátina de lozanía a sus expresiones, a las de ellas y a las de los niños, si bien no conseguirían borrar las muecas desesperanzadas que cuatro años de encierro y penurias les habían impreso a sus rostros, aun a los de los más pequeños.

Aseguraban que la guerra había terminado; que la firma de los Acuerdos de Dayton, que se habían ratificado en París casi dos meses antes, ponía fin a las hostilidades. “Hostilidades”, se mofó. Estaba claro que quienes empleaban la palabra no habían sufrido las dichosas hostilidades. Crueldades, aberraciones, brutalidades, atrocidades, sevicia, esos vocablos habrían descripto con mayor precisión lo padecido durante los más de mil cuatrocientos días de asedio a la ciudad de Sarajevo, el más prolongado de la historia moderna, más aún que el de Leningrado durante la Segunda Guerra Mundial.

¿En verdad había terminado la pesadilla?

Regresó a su asiento en la parte trasera y tomó en brazos a la niña que iba sentada junto a ella, con delicadeza para no despertarla.

—Iva —la llamó Olga, empleando el diminutivo de Ivanka, nombre que la mujer le había dado casi veinte años atrás—. ¿Cómo está la pequeña?

Ivanka la observó. Le calculaba alrededor de un año. Los mofletes colorados no se debían a un aspecto saludable, sino a la fiebre que la acometía desde el día anterior. Le tocó la frente con los labios, y la asustó el calor que emanaba su piel.

Había llegado al orfanato pocas semanas atrás con otros niños, después de haber transcurrido meses pasando de institución en institución. Recordaba el impacto que había significado verla por primera vez. Sus buclecitos negros rebotaban al paso de la enfermera de la organización humanitaria Manos Que Curan, que la cargaba en brazos. No lloraba, no reía; se limitaba a estudiar el entorno con solemne disposición, como si nacer en plena guerra le hubiese moldeado un carácter estoico, desconfiado. Vestía ropas bastante nuevas y de excelente calidad, y no tan sucias como las de los otros recién llegados. Relevó a la enfermera del peso de la criatura y la estudió de cerca. La niña alzó la mano para tocarla, y fue en ese momento cuando le descubrió en la muñeca una cinta de gro rosa pálido con el nombre bordado en punto cruz azul. Larysa se llamaba. La orfandad de la pobre criatura, cuya historia desconocía, encarnaba una de las heridas más dolorosas de esa guerra inexplicable. ¿Cuál sería su destino? ¿Cuál sería el destino de los miles de huérfanos, víctimas inocentes de la más insensata y cruel de las contiendas?

—Sigue afiebrada.

—Dale más líquido, y en… —Olga consultó el reloj del autobús; el de ella lo había canjeado por comida años atrás—. En veinte minutos le toca el febrífugo. No la tengas pegada al cuerpo, Iva; le pasas tu calor y empeoras la situación. Desabrígala un poco.

—Sí, Olga.

—¡Directora! —exclamó el conductor y disminuyó la velocidad—. ¡Mire!

Olga Oltrović se puso de pie y tambaleó hacia la parte delantera. Se inclinó para observar a través del parabrisas. Ivanka estiraba el cuello, incapaz de advertir qué había llamado la atención del hombre. Olga regresó con cara de preocupación.

—Četniks —anunció.

—¿Estás segura?

—Tienen el escudo en la boina. Y están armados. Han cruzado un camión en la ruta. Estamos obligados a parar.

—No nos harán nada, ¿verdad? La guerra ha terminado.

—La guerra no ha terminado, Iva. Y creo que nunca terminará —expresó la directora, e Ivanka se limitó a asentir; era de la misma opinión.

* * *

Sentado en la parte delantera de un Mercedes-Benz clase S negro, un hombre observaba a través de binoculares de visión nocturna la ruta que se desplegaba desolada y silenciosa. Su figura parecía ocupar el habitáculo por completo; los hombros le sobresalían fuera del respaldo y la cabeza rapada casi rozaba el techo. Apartó el adminículo y consultó la hora en un Rolex Day-Date de oro amarillo que despejó al sacudir el puño de la chaqueta de cuero. Siete y media de la mañana. Apenas si clareaba en el este.

Volvió el rostro hacia el joven ubicado en el asiento del conductor y, al hacerlo, los débiles rayos del sol revelaron la cicatriz brutal que le nacía en el pómulo izquierdo, descendía por la mejilla, bordeaba la mandíbula y se perdía bajo la bufanda. A juzgar por su tonalidad entre rojiza y morada y por su espesor, se trataba de una herida infligida poco tiempo atrás. Y mal cosida. El hecho de que la línea continuase por el cuello permitía concluir que la vida del hombre había estado en riesgo, con tantas venas importantes en esa zona.

—Ya deberían estar aquí —dijo, mientras consultaba la hora de nuevo, y aunque no había elevado la voz, emergió grave y tronante, autoritaria e inflexible. La oscuridad en el acento iba en concordancia con el aspecto implacable del rostro y con la corpulencia.

—Hay mucha nieve en el camino, vojvoda —respondió el muchacho, y empleó un término antiguo, que significa duque en serbocroata y con el que se distinguía a los señores del Medioevo en los Balcanes.

—¿Están seguros de que siguen al autobús correcto?

—Sí, vojvoda. Partió esta madrugada del orfanato Mariscal Tito. Goran Vasilić nos aseguró que estaba allí. Y Flavio Gabrielli lo confirmó.

—Vasilić —masculló en un susurro despectivo—. Ese policía de Sarajevo solo está trayéndome problemas últimamente. De Gabrielli no me fío.

—Yo tampoco, vojvoda, pero se ha ocupado bien del negocio mientras tú te recuperabas, lo mismo su socio Lang. Se han comportado bien —remarcó—. En cuanto a Vasilić, te teme demasiado para darte información falsa. Además, Debeli también lo confirmó. En este momento, él y sus hombres siguen al autobús a distancia prudente. E hicieron guardia frente al orfanato desde que Vasilić nos aseguró que estaba allí. Más de una semana estuvieron nuestros hombres vigilando las salidas, la principal y la trasera.

—¿Y? ¿Lograron verla?

—No, vojvoda.

—Entonces, ¿cómo saben que lo que dice Vasilić es cierto?

—Por averiguaciones muy confiables.

—Al menos, ¿la vieron subir al autobús?

—Preguntaré a Debeli. Con suerte, su radio ya estará dentro de la zona de alcance.

El muchacho tomó el walkie-talkie que descansaba sobre el tablero y oprimió el interruptor. Acercó el aparato a la boca y habló.

—Volante Dos, aquí Volante Uno. Cambio.

—Aquí Volante Dos, ¿qué sucede?

—¿Vieron al objetivo subir al autobús esta madrugada? Cambio.

—No. Era de noche y no había una puta luz en la calle. Pero dos de mis hombres en Sarajevo me confirmaron que el lugar quedó desierto. Todos subieron al vehículo. Va delante de nosotros. Lo seguimos de cerca. Cambio.

—Entendido. Cambio y fuera.

La espera prosiguió en silencio. El muchacho sirvió café humeante y se lo pasó al hombre, que lo bebió con fruncidas que le remarcaron la cicatriz. Media hora más tarde, la radio regresó a la vida con una llamada de Volante Dos.

—Volante Tres, aquí Volante Dos. Cambio.

—Aquí Volante Tres.

—Prepara el camión.

—Entendido. Cambio y fuera.

Los ocupantes del Mercedes-Benz oyeron el rugido del motor y vieron la nube de gases que exhaló el caño de escape del camión estacionado a pocos metros. El vehículo abandonó la banquina y se detuvo en medio de la ruta cubierta de nieve. Su posición dificultaba la visión del vojvoda, por lo que se cubrió la cabeza rapada con un gorro de lana negro y descendió del automóvil. El frío matinal le golpeó la cara y le contrajo la cicatriz causándole una molestia que se obligó a desestimar. Caminó unos pasos y se ubicó de pie junto a la trompa del camión para seguir vigilando la ruta con los binoculares. Descollaba con su altura de dos metros, y la vestimenta negra contrastaba con la blancura del paisaje.

Minutos después, la silueta de un autobús se perfiló en la lejanía, y un poco más tarde los alcanzó el sonido del motor y el de los neumáticos con cadenas que mordían la nieve. Esperó con simulada parsimonia cuando en realidad le resultaba difícil controlar la ansiedad. El joven se ubicó a su lado mientras hablaba por radio con Debeli, al que llamaban Volante Dos.

—Vojvoda, es tiempo —informó al acabar la comunicación.

—Da la orden.

—Volante Tres, alístense.

Dos hombres saltaron fuera del habitáculo del camión. También iban de negro, con recios borceguíes, y en sus boinas de felpa estilo militar se apreciaba un escudo blanco que constaba de una calavera con dos fémures cruzados debajo, circundada por la leyenda en cirílico “Por el rey y la patria, libertad o muerte”. Los chasquidos que produjeron los cargadores al calzar en los fusiles Kaláshnikov se propagaron como un anuncio infausto en el aire gélido. El autobús, que había comenzado a bajar la velocidad varios metros atrás, se detuvo ante los dos hombres armados. No lo apuntaban y mantenían sus armas con los cañones al suelo.

—¡Abra! —El chofer cumplió la orden—. ¡Fuera! ¡Salga fuera!

Una mujer canosa, con expresión aterrada, se asomó por la puerta. A punto de preguntar por qué los detenían, se echó hacia atrás al ver que el conductor caía con un hueco humeante en la frente. El eco del disparo se confundió con los gritos que explotaron dentro del autobús.

El muchacho y el vojvoda sortearon el cadáver y subieron al vehículo de un salto. La mujer fijó la vista en el primero y, mientras retrocedía, tartamudeaba las preguntas.

—¿Quiénes son ustedes? ¿Qué quieren? ¿Qué hacen aquí?

El joven se cruzó el índice sobre los labios en el gesto de pedir silencio.

—¿Por qué nos han detenido?

—Aquí las preguntas las haremos nosotros —indicó—. Hágase a un lado. —La empujó, y la mujer acabó encima de una de las niñas para dar paso al gigante con la cicatriz en la cara, cuya actitud seria y sigilosa asustaba; no había pronunciado palabra y se dedicaba a avanzar por el pasillo mientras echaba vistazos a diestro y siniestro. Olga le distinguió, prendida en la solapa de la chaqueta, la kokarda četnik, un distintivo forjado en plata de la época de la Segunda Guerra Mundial, en la cual destacaba el águila bicéfala, símbolo de la monarquía serbia.

—¿Cuál es su nombre? —preguntó el joven.

—Olga Oltrović. Soy la directora de un orfanato de Sarajevo. Estoy transportando a mis niños…

—Estos niños ya no son su problema.

—¡Claro que lo son! Son mi responsabilidad. Tengo…

—Deme la lista con los nombres de todos los niños.

—Tengo la autorización del Ministerio de…

El muchacho extrajo una pistola y la apuntó.

—¡Hágalo! —rugió cuando la mujer persistió en una mueca confusa.

—Guarda la pistola. —La voz del gigante inundó el espacio, y aun los niños se mostraron afectados. El joven calzó el arma de nuevo bajo la chaqueta—. Entréguele lo que le pide. Ahora —añadió el hombre con la vista fija en Olga, que se apresuró a asentir.

La sacó de un bolso. La delgada carpeta con papeles temblaba en la mano de la directora en tanto la extendía hacia el muchacho que, según sus cálculos, no llegaba ni a los treinta, y sin embargo poseía ese gesto y esa mirada carentes de humanidad que habían desarrollado los serbios durante la guerra. Solo a la voz del gigante había recobrado un atisbo de sumisión. En cuanto al gigante, estimó que rondaría los cuarenta, aunque era difícil calcular la edad de un hombre cuyo rostro desfigurado y cuya mirada fría parecían haber vivido centurias, como si proviniese de los tiempos de los caballeros cruzados o de los guerreros vikingos. Esos ojos de un azul hielo habían visto más de lo que un alma estaba preparada para soportar en una vida.

—Baje —le ordenó el más joven.

Olga echó un vistazo a los soldados con boinas negras y fusiles AK-47 que la aguardaban fuera del autobús.

—No —suplicó—. Mis niños…

—¡Descienda!

Ivanka se atrevió a erguirse en el asiento para observar a Olga en el momento en que bajaba del vehículo. No tardó en escuchar el estruendo sordo del disparo que le anunció la muerte de la mujer a la que había querido como a una madre. Una nueva oleada de gritos e histeria se apoderó de los huérfanos. Ella, en cambio, permanecía maniatada por una incredulidad que le imposibilitaba actuar, razonar, gritar o llorar. No se atrevía a moverse, ni siquiera para echar un vistazo por la ventanilla al cuerpo de Olga sobre la nieve, ni siquiera para defender a los huérfanos que lo eran todo para ella. Volvió a cerrarse sobre el cuerpito afiebrado de Larysa y a desear que la situación regresase a la normalidad, como cuando era niña y cubrirse la cabeza con la manta resultaba un arma eficaz para alejar a los monstruos que la visitaban en sueños.

El gigante avanzaba a paso lento. Los niños estaban aterrorizados; casi todos lloraban, y cuando los más pequeños se deslizaban bajo los asientos, el hombre los aferraba por las ropas, los arrancaba con suavidad del escondite y les estudiaba el rostro. Volvía a depositarlos sin un gesto, sin una palabra.

Sujetó a Ivanka por el cabello y la obligó a incorporarse. La muchacha alzó la vista y se sobresaltó al encontrarse con los ojos más hermosos de los que tenía memoria, de un azul intenso, con algo de turquesa, y una negrura en las pestañas pobladas que exacerbaba la belleza del cuadro. Igualmente resultaban duros y fríos.

—Déjame ver. ¿Qué tienes ahí?

Ivanka acomodó el torso para ocultar a la niña cuanto fuese posible.

—Es una huérfana —barbotó—, una pobre niña. No es nadie.

—Dámela.

—Por favor, se lo suplico, está enferma y…

Ivanka calló cuando el gesto del hombre se endureció y los labios finos se le convirtieron en una línea tensa. Levantó a Larysa y se la entregó como en sacrificio. El gigante la acomodó con maniobras pr

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