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ARDEN LAS REDES

Juan Soto Ivars  

5


Fragmento



Índice

Arden las redes

Presentación

PRIMERA PARTE. La censura nunca calla

1. Interferencias en la era de la libertad total

2. De la censura de siempre y la censura de hoy

3. La censura en democracia

4. El caso Migoya: la censura que se niega a sí misma

SEGUNDA PARTE. La poscensura

5. Qué es la poscensura

6. El caso Frisa: ¿quién es juez?

7. La corrección política

8. La guerra cultural

9. Holocausto Vigalondo o la bulimia mediática

10. ¿Somos tan cabrones como parece por las redes sociales?

11. Cremades: serás nuestro enemigo hagas lo que hagas

12. ¡Hundamos la vida a un perfecto desconocido!

Epílogo. La sociedad de la mutua vigilancia

Anexo 1

Anexo 2

Agradecimientos

Sobre este libro

Sobre Juan Soto Ivars

Créditos

Notas

En memoria de Cabu, Charb, Elsa Cayat, Oncle Bernard,
Georges Wolinski y Tignous. Je suis Charlie

Así que por fin formo parte de tu negra lista.

Ni siquiera te conozco y ya soy tu feroz antagonista

porque soy machista, fascista, autista, egoísta, multicopista,

artista, bromista, dentista, turista, sofista, carlista, corto de vista.

Me preocupa. Si no me preocupara no me ocuparía en rimar

lo tontorrón que me pareces,

pero te advierto que al final de la canción desapareces,

falleces, pereces, feneces, te caes al mar y te comen los peces.

Tú lo que buscas es un gurú, y hallaste un puto juglar

y esas ganas de chillar,

esas ganas de chillar,

¿sobre qué puedes chillar?

Sobre algo tendrás que chillar, pues a mí no me chilles.

Todos tus amigos tienen su gurú para no tener que pensar

y se ponen a chillar,

y se ponen a chillar,

¿cómo no vas a chillar?

Tú también tendrás que chillar a los cuatro vientos.

Tu problema no es que estés acojonao, lo terrible es que tú no lo sabes

y alguien tiene que pagar,

alguien tiene que pagar,

se la tienes jurada,

enemigos, ¿dónde hay enemigos?

¡Que te cargas los odres, Don Quijote!

Te estás cargando los odres.

Así que profané tu entorno correcto, así que lo contaminé

Si yo no soy de tu equipo,

yo no soy de tu equipo,

nunca fui de tu equipo,

si yo odio a todos los bandos.

¡Que nunca estuve en tu casa!

¡Que yo no le di al botón de play!

«Alguien tiene que pagar»,
Mamá Ladilla, letra de Juan Abarca

Presentación

George Orwell escribió que «si la mayoría de la gente está interesada en la libertad de expresión, habrá libertad de expresión, incluso si las leyes la persiguen». Sin retorcer sus palabras, se puede extraer la conclusión inversa: si la mayoría de la gente deja de estar interesada en la libertad de expresión, dejará de haber libertad de expresión, incluso aunque las leyes la permitan. Esta es la idea central del libro que el lector tiene entre las manos.

Nunca habíamos disfrutado de unos medios tan accesibles para comunicarnos ni de una libertad de expresión tan extendida, pero de repente empezó a molestarnos. El precio de la libertad en tiempos de internet fue sumergirnos en el torrente incesante y virulento de las opiniones ajenas, y muchas veces encontrábamos esas opiniones muy ofensivas. Nuestra forma de entender el mundo había dejado de refugiarse en las conversaciones privadas y los grupos de amigos. La esfera íntima se convirtió en esfera pública sin que fuéramos conscientes por completo de la dimensión del cambio y, por lo tanto, sin que pudiéramos prever las consecuencias. De pronto estábamos en tensión constante al descubrir lo que pasaba por la cabeza de los demás, que habían sido seres silenciosos con los que nos comunicábamos según las pautas de la cortesía y la vecindad. Luego estalló una crisis y el peso de la actualidad se volvió desmesurado en nuestras vidas. Estábamos permanentemente conectados y no todos sabíamos gestionar los sentimientos que este poder despertaba en nosotros. Las apariciones de la ofensa en la sociedad se multiplicaron. La misma herramienta que nos irritaba nos permitía desahogarnos. Los medios de comunicación en crisis, buscando el clic, expandieron y legitimaron estos sentimientos. La política se volvió sentimental, la economía se volvió sentimental, todo era público, todo manchaba. Las masas descritas por Ortega se habían convertido en protagonistas de algo. Por todas partes florecía una especie nueva: los pajilleros de la indignación.

Yo me había pasado los últimos tres años obsesionado con esta furia cotidiana, fijándome en sus efectos sobre la libertad de expresión. A finales de 2016 este libro estaba encarrilado, pero de pronto me di cuenta de que faltaba algo. Quizá una prueba de fuego. Había intentado describir lo que identifiqué rápidamente como un nuevo tipo de censura: investigué los linchamientos digitales, perseguí a las víctimas y a los verdugos, observé cuáles eran las reacciones del poder frente al jaleo constante de las redes, y las conclusiones encajaban como las piezas del Tetris. Todo parecía indicar que, aunque no se hable de ello más que de manera dispersa, en artículos elocuentes pero aislados, la libertad de expresión se había encontrado con una amenaza concreta y peligrosa en internet. En mis notas empecé a referirme al fenómeno como «poscensura».

Llevaba mucho leído cuando empezaron a asomar nuevas teorías que cogían el testigo de Zygmunt Bauman y su modernidad líquida para esbozar el concepto de «posverdad», una vuelta de tuerca del relativismo que se había acentuado con internet. Intelectuales tan poco dados al alarmismo como Katharine Viner, directora de The Guardian, relacionaban este fenómeno escurridizo con la victoria de Donald Trump en Estados Unidos y el triunfo del Brexit en Reino Unido. La crisis de credibilidad de los medios de comunicación había alumbrado el nacimiento de nuevos diarios dedicados a la mentira y la difamación, y su mensaje se adaptó muy bien al estado de ánimo de las redes sociales. Por todas partes aparecían individuos voceando su visión del mundo, llamando farsantes o estúpidos a quienes se la discutieran, exigiendo que se censurase a quienes manifestaban una opinión incómoda para ellos, a los que atribuían etiquetas disuasorias como «machista», «fascista» o «buenista», sinónimos de «traidor».

Mis intuiciones y devaneos sobre la poscensura encontraron puntos de referencia, anclajes que me permitieron ir más lejos. Pasaron por mi mesa de trabajo cientos de artículos y decenas de libros, llamé a puertas extrañas y mantuve conversaciones con desconocidos. Todo me conducía a la misma conclusión, y fue ahí cuando empecé a preocuparme. Siempre que estoy convencido de que tengo razón temo haber dedicado demasiados recursos a responder a una pregunta sin sentido. A medida que cerraba la teoría de la poscensura, las palabras de Karl Popper se volvían cada vez más incómodas en mi cabeza:

Debo enseñarme a mí mismo a desconfiar de ese peligroso s

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