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ARENAS MOVEDIZAS

Malin Persson Giolito  

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Fragmento

 

Junto a la fila izquierda de mesas yace Dennis con su indumentaria de costumbre: camiseta de publicidad, tejanos baratos y zapatillas de deporte sin atar. Dennis es de Uganda. Dice que tiene diecisiete años, pero parece un gordo de veinticinco. Está estudiando el bachillerato de Artes y Oficios y vive en Sollentuna, en unas instalaciones para gente como él. A su lado ha caído Samir, de costado. Samir y yo vamos a la misma clase porque él consiguió entrar en la especialización que el instituto ofrece en economía internacional y educación cívica.

En la tarima está Christer, tutor de la clase y autoproclamado utopista. Su taza se ha volcado en la mesa y las gotas de café van cayendo en su pernera. Amanda está sentada a poco más de dos metros de allí, reclinada contra el radiador de debajo de la ventana. Hace unos minutos toda ella era cachemira, oro blanco y sandalias. Los pendientes de diamantes que le regalaron cuando nos confirmamos siguen brillando bajo el sol de principios de verano. Ahora da la impresión de que va llena de barro. Yo estoy sentada en el suelo en el centro del aula. En mi regazo tengo a Sebastian, hijo de Claes Fagerman, el hombre más rico de Suecia.

Las personas de aquí dentro no encajan las unas con las otras. La gente como nosotros no suele mezclarse. Quizá en el andén del metro durante una huelga de taxis, o en el vagón restaurante de un tren, pero no dentro de un aula.

Todo apesta a huevo podrido. El aire es gris y nebuloso por el humo de la pólvora. Todos han sido abatidos excepto yo. Yo no tengo ni un moratón.

Vista principal de la causa B 147 66

La Fiscalía y otros contra Maria Norberg

Semana 1 del juicio, lunes

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La primera vez que vi el interior de un tribunal quedé decepcionada. Fue durante una visita de estudio con la clase y, vale, ya me imaginaba que los jueces no son unos viejos encorvados con pelucas rizadas y toga y que el acusado no iba a ser un loco vestido de naranja con espumarajos alrededor de la boca y cadenas en los tobillos. Pero aun así. El sitio parecía una mezcla de ambulatorio y sala de conferencias. Fuimos en un autobús de alquiler que olía a chicle y pies. El acusado tenía caspa, llevaba pantalones con raya y, según decían, había evadido impuestos. Aparte de nuestra clase (y Christer, por supuesto) solo había cuatro personas más de público. Pero había tan pocos sitios que Christer tuvo que salir a buscar una silla extra al pasillo para poder sentarse.

Hoy es distinto. Estamos en la sala de tribunal más grande de Suecia. Aquí los jueces están sentados en sillas de caoba oscura con respaldos altos forrados de terciopelo. El respaldo de la silla central se eleva por encima de las demás. Es el sitio del jefe de los jueces. Se le llama presidente. En la mesa que tiene enfrente hay un mazo con mango recubierto de cuero. Finos micrófonos asoman delante de cada puesto. Los paneles de madera de las paredes parecen ser de roble y tener varios siglos de antigüedad, antigüedad en el buen sentido. En el suelo, dividiendo en dos los asientos reservados para el público, hay una alfombra granate.

Tener público no va conmigo. Nunca he querido hacer de Santa Lucía en los festivales ni presentarme a concursos de talentos. Pero aquí dentro está repleto. Y todos han venido por mí, yo soy la atracción.

A mi lado están mis abogados de Sander & Laestadius. Sé que Sander & Laestadius suena a anticuario donde dos maricones sudorosos con batín de seda y monóculo se pasean con una lámpara de queroseno quitándole el polvo a libros mugrientos y animales disecados, pero es el mejor bufete de abogados del país especializado en causas penales. Los delincuentes normales cuentan con un defensor de oficio, solitario y cansado. El mío dispone de un séquito de novatos con traje espídicos y ambiciosos. Trabajan hasta altas horas de la noche en unas oficinas encantadoras en Skeppsbron, tienen como mínimo dos móviles cada uno y todos, excepto el propio Sander, creen que están participando en una serie americana de televisión en la que se come comida china en recipientes de cartón con esa típica actitud de «soy muy importante y estoy muy ocupado». Ninguno del total de veintidós empleados de Sander & Laestadius se llama Laestadius. El que se llamaba así murió, seguramente de un infarto, con la misma actitud de «soy muy importante y estoy muy ocupado».

Hoy están aquí tres de mis abogados: Peder Sander, el famoso, y dos de sus colaboradores. La más joven es una tía con el pelo corto y un agujero en la nariz en el que no lleva ningún piercing. Supongo que Sander no la deja llevarlo («fuera esa porquería ahora mismo»). Yo la llamo Ferdinand. Ferdinand opina que «liberal» es una palabrota y que la energía nuclear es lo más peligroso que hay. Lleva unas gafas repelentes porque piensa que así demuestra que ha conseguido dominar al sistema patriarcal y me detesta porque considera que el capitalismo es culpa mía. Las primeras veces que nos vimos me trató como si fuera una bloguera de moda desequilibrada con una granada en un avión. «¡Claro, claro! —decía sin atreverse a mirarme—, ¡claro, claro! No te preocupes, estamos aquí para ayudarte». Como si yo estuviera amenazando con volarlo todo por los aires si no me servían mi zumo biodinámico de tomate sin hielo.

El otro abogado colaborador es un hombre que ronda los cuarenta, barrigudo, cara redonda como un panqueque y una sonrisa que dice «tengo pelis en casa que guardo en orden alfabético en un armario bajo llave». El Panqueque va rapado. Mi padre suele decir que no te puedes fiar de alguien que carece de un peinado. Pero lo más probable es que no se lo haya inventado él, supongo que lo habrá sacado de alguna película. A mi padre le encanta soltar frases ingeniosas.

La primera vez que vi al Panqueque fijó la mirada justo por debajo de mis clavículas, con gran esfuerzo retrajo su gruesa lengua dentro de la boca y, lleno de entusiasmo, dejó salir un: «Chiquilla, cómo lo vamos a hacer, pareces mucho mayor de diecisiete». Si Sander no hubiese estado presente se habría puesto a jadear. O a babear, quizá. Habría dejado que la saliva goteara sobre el chaleco demasiado estrecho de su traje. No tuve ánimos de remarcarle que tenía dieciocho.

Hoy el Panqueque está a mi izquierda. Ha venido con su maletín y una maleta con ruedas llena de carpetas y papeles. La ha vaciado y ahora las carpetas están encima de la mesa delante de él. Lo único que no ha sacado es un libro (Presenta un caso - Ganar es la única opción) y un cepillo de dientes que asoma de uno de los bolsillos interiores. A mi espalda, en la primera fila del auditorio, están mamá y papá.

Cuando hicimos aquella visita de estudios hace dos años —y una eternidad—, nuestra clase preparó un análisis previo para «entender la relevancia» y «poder seguir el hilo». Dudo mucho que sirviera de ayuda. Pero «nos portamos», dijo Christer cuando salimos de allí. Había estado preocupado, creía que nos costaría no ponernos a reír por lo bajini y sacar los móviles. Que íbamos a estar allí sentados echando partidas a juegos y a quedarnos dormidos con la barbilla colgando sobre el pecho como parlamentarios muertos de asco.

Recuerdo la voz de Christer y su tono de seriedad sepulcral cuando recalcó («¡eh, atended un momento!») que un juicio no es algo que puedas tomarte a la ligera, está en juego la vida de alguien. Eres inocente hasta que el tribunal diga que eres culpable. Eso dijo, varias veces. Samir se reclinaba en la silla mientras Christer hablaba, se balanceaba un poco sobre las patas traseras y asentía de aquella forma con la que conseguía que todos los profes lo adoraran. Un movimiento de cabeza con el que decía «lo entiendo perfectamente», «vibramos exactamente en la misma frecuencia» y «no tengo nada que añadir, porque todo lo que dices es tan inteligente».

«Eres inocente hasta que el tribunal diga que eres culpable». ¿Qué afirmación tan curiosa es esa? O bien eres inocente todo el rato o bien has cometido el delito desde el principio. Se supone que el tribunal tiene que descubrir el qué, no decidir si es verdad o no. Que la policía y el fiscal y los jueces no estuvieran en el lugar ni sepan exactamente quién hizo qué cosa no significa que el tribunal tenga derecho a inventárselo a posteriori.

Recuerdo habérselo comentado a Christer. Que los tribunales se equivocan todo el tiempo. A los violadores siempre los acaban soltando. No vale ni la pena denunciar un abuso sexual porque por mucho que te viole medio centro de acogida y acabes con una caja entera de botellas vacías metida entre las piernas nunca creen a la chica. Lo cual no significa que no pasara ni que el violador no hiciera lo que hizo.

—No es tan sencillo —contestó Christer.

Típica respuesta de profe: «Muy buena pregunta», «Entiendo lo que dices», «No es ni blanco ni negro», «No es tan sencillo». Todas significan lo mismo: no tienen ni idea de lo que están hablando.

Pero bueno, vale. Si es difícil saber qué es verdad y quién está mintiendo, si no lo sabes seguro, ¿qué haces entonces?

En algún sitio leí «la verdad es aquello en lo que elegimos creer». Suena aún más desquiciado, si es que es posible. ¿Se puede decidir qué es cierto y qué es falso? ¿Las cosas pueden ser tanto ciertas como inventadas, dependiendo de a quién le preguntes? Por esa regla de tres, si alguien en quien confiamos dice algo, entonces podemos decidir que es así, podemos «elegir que es verdad». ¿Cómo se puede siquiera inventar algo tan estúpido? Si una persona me dijera que «elige creer en mí», lo que yo entendería al instante es que en realidad esa persona está convencida de que todo es mentira pero que acepta simular lo contrario.

Mi abogado Sander parece el más indiferente a todo el asunto. «Estoy de tu lado», se limita a decir con cara totalmente inexpresiva. Sander no es un tipo que se altere. En él todo está relajado y controlado. Sin estallidos. Sin emociones. Sin carcajadas. Me atrevería a decir que no gritó ni al nacer.

Sander es todo lo contrario a mi padre. Este queda lejos de ser el «tío molón» (sus propias palabras) que desearía ser. Hace rechinar los dientes cuando duerme y mira de pie los partidos de fútbol de la selección. Mi padre se cabrea, se pone como una mona con los funcionarios pedantes del ayuntamiento, con el vecino cuando deja el coche mal aparcado por cuarta vez la misma semana, con las facturas de la luz y con los operadores de telemarketing. El ordenador, los controles de pasaporte, el abuelo, la barbacoa, los mosquitos, las aceras con la nieve por quitar, los alemanes haciendo cola en el teleférico y los camareros franceses. Todo le saca de quicio, hace que se ponga a gritar y berrear, a dar portazos y a mandar a la gente a la mierda. Sander, en cambio… Su muestra más evidente de que está hecho una furia, encendido hasta el punto de caer en la demencia, es que arruga la frente y chasquea la lengua. En ese m

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