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ASESINATO EN KENSINGTON GARDENS (INSPECTOR THOMAS PITT 32)

Anne Perry  

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Fragmento

1

El hombre estaba delante de Thomas Pitt en el desordenado despacho, con el escritorio lleno de documentos relativos a la media docena de casos en los que el comandante estaba trabajando. No había un orden aparente en ellos, excepto para él. El aspecto del visitante era inmaculado, desde su discreta corbata regimental hasta sus gemelos de oro con emblema. Ni un cabello plateado estaba fuera de lugar.

—Sí, señor —dijo con gravedad—. A Su Majestad le gustaría verle cuanto antes. Confía en que el momento sea oportuno.

No había ni pizca de expresión en su semblante. Muy probablemente, nadie se había negado nunca a complacerlo. Victoria estaba en el trono desde 1837, sesenta y dos años, y él era meramente el último en una larga serie de emisarios.

Pitt sintió un escalofrío y se le hizo un nudo en la garganta.

—Sí, por supuesto que sí —respondió, logrando mantener su voz casi firme. Había visto a la reina Victoria en un par de ocasiones, pero no desde que era jefe del Departamento Especial, esa parte del gobierno de Su Majestad que se ocupaba de las amenazas contra la seguridad de la nación.

—Gracias. —Sir Peter Archibald inclinó la cabeza muy levemente—. El carruaje nos aguarda. Si tiene la bondad de acompañarme, señor...

Pitt no tuvo tiempo de ordenar los papeles, solo de informar a Stoker de que lo habían convocado. No dijo dónde ni quién.

—Muy bien, señor —dijo Stoker, como si tales cosas ocurrieran a diario, pero abriendo ligeramente los ojos. Se apartó un poco para abrirles paso y salieron al pasillo por la puerta.

Sir Peter bajó delante la escalera hasta la calle, donde un muy bien mantenido carruaje Clarence aguardaba a media manzana, frente a la tabaquería. En la puerta no había divisa alguna que revelara la identidad de su propietario. El cochero asintió en señal de reconocimiento y ambos hombres subieron, y un momento después se sumaron al tráfico.

—Un poco demasiado frío para ser principios de verano, ¿no le parece? —dijo sir Peter en tono agradable. Era una manera educada y muy inglesa de hacer saber a Pitt que no iban a comentar por qué la reina deseaba hablar con él. Incluso era posible que ni el propio sir Peter lo supiera.

—Un poco —convino Pitt—, pero al menos no llueve.

Sir Peter manifestó su conformidad murmurando y se dispusieron a viajar en silencio el resto del camino entre Lisson Grove y Buckingham Palace.

Tal como Pitt esperaba, pasaron de largo ante la magnífica fachada y doblaron una esquina. Pitt notó que se le hacía un nudo en el estómago y tuvo que esforzarse para dejar de cerrar los puños. Se encontraban en las caballerizas del palacio. Cocheros y mozos de cuadra preparaban caballos y carruajes para las visitas vespertinas de la familia real, dando un último cepillado a los animales y comprobando la sujeción y el pulido de los jaeces. Un mozo pasó por delante de ellos con un cubo de agua. Silbaba alegremente.

Apenas había anochecido, solo se apreciaba una ligera atenuación de la luz y el progresivo alargamiento de las sombras.

El carruaje se detuvo y sir Peter se apeó, seguido en el acto por Pitt. Todavía no habían cruzado palabra, ningún indicio del motivo de tan extraordinaria visita. Pitt intentó que su mente dejara de dar vueltas sin parar a distintas posibilidades. ¿Por qué demonios querría la Reina mandarlo a buscar con tanta premura y reserva? El suyo era un cargo gubernamental, y existían canales oficiales para prácticamente cualquier cosa; demasiados, en realidad. A veces se sentía estrangulado por trámites burocráticos de un tipo u otro.

Siguió a la figura envarada de sir Peter, de espalda derecha y hombros cuadrados. El emisario caminaba con un paso militar corto perfecto, como si fuese capaz de mantenerlo durante kilómetros.

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