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ASESINO EN LA OSCURIDAD (DETECTIVE WILLIAM MONK 15)

Anne Perry  

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Fragmento

1

El puente de Waterloo se alzaba a lo lejos mientras Monk se ponía un poco más cómodo en la proa de la lancha de la policía que patrullaba el Támesis al acecho de cargamentos robados, accidentes y embarcaciones desaparecidas. Eran cuatro hombres a bordo: él como oficial superior y tres más a cargo de los cuatro remos, empuñando dos el que iba sentado a media eslora y sólo uno los situados a proa y popa. Monk iba muy rígido enfundado en el chaquetón del uniforme. Corría enero y hacía un frío glacial. El viento rizaba el agua y cortaba la piel como el filo de un cuchillo, pero Monk no quería que le vieran temblar.

Hacía cinco semanas que había aceptado el puesto al frente de aquella sección de la Policía Fluvial. Aun siendo tan reciente, ya lamentaba haber tomado esa decisión, y ese sentimiento aumentaba con el paso de los días, gélidos y húmedos, mientras 1863 devenía 1864 y un invierno inmisericorde se adueñaba de Londres y de su transitado río.

La lancha se balanceó al penetrar en la estela de una hilera de gabarras que remontaba la corriente aprovechando la marea alta. Orme estabilizó la lancha con destreza desde su puesto en la popa. Era un hombre de estatura mediana y agilidad y fortaleza engañosas, como mostraba en el manejo del remo. Tal vez tras tantos años en el agua había aprendido que con un movimiento brusco resultaba muy fácil hacer volcar una barca.

Se aproximaban al puente. En la tarde gris, antes de que se encendieran las farolas, veían el tráfico que lo cruzaba: sombras oscuras de coches de dos y cuatro ruedas. Aún estaban demasiado lejos para oír el sonido de los cascos de los caballos por encima del ruido del agua. Un hombre y una mujer se habían detenido en la acera cara a cara, junto a la barandilla, como si conversaran. Monk pensó distraídamente que lo que se estuvieran diciendo debía de importarles sobremanera para prestar tanta atención en un lugar sombrío y expuesto como aquél. El viento tiraba de las faldas de la mujer. A esa altura y sin resguardo alguno debía de estar pasando más frío que el propio Monk.

Orme guió la lancha hacia el centro del río. Volvían a bajarlo para regresar a la comisaría de Wapping, donde tenían su jefatura. Seis semanas antes Durban estaba al mando y Monk era investigador privado. Aún no podía pensar en ello sin que se le hiciera un nudo en la garganta, sin una sensación de soledad y culpabilidad que dudaba mucho que algún día remitiera. Cada vez que veía a un grupo de la Policía Fluvial, y entre ellos la silueta de un hombre que caminaba despreocupado y sin prisa, con la espalda un poco encorvada, creía que esa figura iba a volverse, y que en ella vería el rostro de Durban. Pero entonces la memoria lo devolvía a la realidad, y Monk comprendía que eso no iba a suceder nunca más.

El puente estaba ya a poco más de cincuenta metros. La pareja seguía allí arriba, junto a la balaustrada. El hombre sostenía a la mujer por los hombros, como si fuera a abrazarla. Tal vez fuesen amantes. Monk, por descontado, no alcanzaba a oír lo que decían. El viento arrancaba las palabras de sus labios, pero sus rostros estaban encendidos con una pasión que se iba haciendo más patente a medida que la lancha avanzaba hacia ellos. Monk se preguntó a qué respondería: ¿una riña, un último adiós, ambas cosas?

Los remeros de la policía tenían que bogar con ahínco contra la marea entrante.

Monk volvió a levantar la vista justo a tiempo de ver al hombre forcejear con la mujer, sujetándola con fiereza mientras ella se aferraba a él, de espaldas a la barandilla y demasiado inclinada hacia atrás. El instinto impelía a Monk a gritar. ¡Unos centímetros más y caería!

Orme también contemplaba la escena que se desarrollaba en el puente.

El hombre agarró a la mujer y ella lo apartó. Pareció que perdía el equilibrio y él se abalanzó sobre ella. Estrechamente entrelazados, se tambalearon durante un terrible instante en el borde, hasta que ella cayó hacia atrás. Él intentó atraparla a la desesperada, y ella estiró el brazo para agarrarlo, pero era demasiado tarde. Ambos se precipitaron agitando brazos y piernas, como un gigantesco pájaro con las alas rotas, hasta estrellarse contra la corriente mugrienta que se los llevó, sin que opusieran resistencia, mientras el agua empezaba a tragarlos.

Orme gritó y los remeros batieron los remos hundiendo las palas a cada estrepada. Cargaban con los hombros contra la fuerza del río y avanzaban penosamente.

Monk, con el corazón en un puño, aguzaba los ojos para no perder los cuerpos de vista. Sólo estaban a una treintena de metros y, sin embargo, presentía que ya era demasiado tarde. El impacto contra la superficie del río los habría dejado sin sentido vaciándoles los pulmones de aire. Cuando al fin resollaran para inhalar, tragarían agua negra y helada y se ahogarían. Con todo, aunque careciera de sentido, se asomó sobre la proa gritando:

—¡Deprisa, deprisa! ¡Allí! No... ¡Allí!

La lancha los alcanzó arrimándose por la amura. Los remeros la mantuvieron firme contra la corriente y el balanceo mientras Orme izaba el cuerpo de la joven por encima de la borda. Con torpeza y tanto cuidado como pudo, la tendió en el interior. Monk veía el otro cuerpo pero estaba demasiado lejos para alcanzarlo y si lo intentaba inclinaría peligrosamente la lancha.

—¡A babor! —ordenó aunque los remeros ya estaban efectuando la maniobra pertinente. Agarró con cuidado el cuerpo medio sumergido del joven, cuyo abrigo flotaba hinchado por el agua y cuyas botas tiraban de las piernas hacia abajo. Haciéndose daño en los hombros, Monk lo izó por encima de la borda y lo tendió en el fondo de la lancha junto a la muchacha. Había visto muchos cadáveres con anterioridad pero la sensación de pérdida nunca disminuía. Mirando aquel rostro pálido, manchado por la suciedad del agua y con el pelo pegado a la frente, Monk calculó que debía de tener unos treinta años. Lucía bigote, pero por lo demás iba perfectamente afeitado. Su ropa estaba bien cortada y el tejido era de primera calidad. Había perdido el sombrero que le había visto en el puente.

Orme, de pie, manteniendo el equilibrio con facilidad, contemplaba a Monk y al joven.

—No podemos hacer nada por ninguno de los dos, señor —dijo—. Se habrán ahogado enseguida cayendo del puente de esa manera. Lástima —agregó en voz más baja—. La chica no parece tener más de veinte. Bonita cara.

Monk se retrepó en el banco.

—¿Algo que indique quién era? —preguntó.

Orme negó con la cabeza.

—Si tenía uno de esos bolsitos que llevan las damas, se ha perdido, aunque hay una carta en el bolsillo dirigida a la señorita Mary Havilland, de Charles Street. Lleva matasellos, así que podría ser ella.

Monk se inclinó y registró minuciosamente los bolsillos del fallecido manteniendo el equilibrio con menos garbo que Orme mientras la lancha reanudaba el viaje río abajo, de regreso a Wapping. No tenía sentido enviar un hombre a tierra en busca de testigos que hubiesen presenciado la pelea, si de una pelea se había tratado. Resultaba imposible identificar los vehículos que pasaban por el puente en ese momento, y en el agua ellos mismos habían visto cuanto se podía ver. Dos personas discutiendo... ¿Besándose? Dos personas que se separaban, perdían el equilibrio y caían. ¿Qué podía añadirse a eso?

En realidad, que Monk recordara, ningún transeúnte había pasado en ese preciso momento. En aquella hora del anochecer las farolas todavía no están encendidas, pero la luz va menguando y se diría que el gris del aire engaña al ojo. Las cosas se ven a medias; la imaginación llena el resto, a veces con inexactitud.

En uno de los bolsillos encontró una cartera de piel con un poco de dinero y un estuche con tarjetas de visita. Al parecer se trataba de Toby Argyll, de Walnut Tree Walk, Lambeth. Aquello también quedaba al sur del río, no lejos de la dirección de la chica en Charles Street, calle que desembocaba en el paseo de Lambeth. Monk la leyó en voz alta para Orme.

La lancha avanzaba despacio, ya que sólo remaban dos hombres. Orme se puso en cuclillas, muy cerca del cadáver de Argyll. En la orilla, las farolas que comenzaban a encenderse semejaban lunas amarillas entre la niebla cada vez más densa. El viento era un soplo de hielo. Había llegado la hora de encender las luces de navegación si no querían que los embistieran las gabarras o los transbordadores que atravesaban la corriente transportando pasajeros de una ribera a la otra.

Monk encendió el farol y retrocedió con cuidado hasta el cadáver de la mujer. Yacía tendida de espaldas. Orme le había cruzado las manos sobre el pecho y apartado el pelo de la cara. Tenía los ojos cerrados y la piel cenicienta, como si llevara más de unos pocos minutos muerta.

Su boca era grande, sus pómulos altos y sus cejas delicadamente arqueadas. Se trataba de un rostro muy femenino, intenso y vulnerable a la vez, como si en vida hubiese estado a merced de encendidas pasiones.

—Pobre criatura —dijo Orme en voz baja—. Supongo que nunca sabremos por qué lo hizo. Quizás él quisiera romper su compromiso, o algo así.

La expresión de su rostro quedaba oculta por las sombras, pero Monk percibió la intensa compasión de su voz.

De repente Monk se dio cuenta de que estaba mojado hasta las axilas por haber sacado el cadáver del agua. Tiritaba de frío y le costaba hablar sin que le castañetearan los dientes. Habría dado todo el dinero que llevaba en el bolsillo por un tazón de té bien caliente con un chorrito de ron. No recordaba haber padecido un frío semejante estando en tierra.

El suicidio era un delito no sólo contra el Estado, sino también a los ojos de la Iglesia. Si aquél fuese el dictamen del forense, la chica sería enterrada en tierra no consagrada. Y también estaba la cuestión de la muerte del joven. Quizá careciera de objeto discutirla, pero Monk lo hizo instintivamente.

—¿Estaba intentando detenerla?

La lancha avanzaba despacio contra la corriente. El agua estaba picada, golpeaba los costados de madera y hacía difícil que dos remeros la mantuvieran en un rumbo fijo.

Orme vaciló unos instantes antes de contestar.

—No lo s

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