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ASESINO REAL (TRILOGíA DEL ASESINO 2)

Robin Hobb  

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Fragmento

PRÓLOGO

Sueños y despertares

¿Por qué se prohíbe transcribir determinados conocimientos mágicos? Quizá se deba al temor generalizado a que tales conocimientos puedan caer en manos de quien no sea digno de llevarlos a la práctica. Es innegable que siempre ha existido un sistema de aprendizaje para garantizar que determinados conocimientos mágicos se transmitan sólo a quienes hayan sido adiestrados y considerados dignos de dichos conocimientos. Si bien esto parece un encomiable intento por protegernos de los practicantes indignos del saber arcano, omite el hecho de que las distintas magias no derivan de estos conocimientos específicos. La predilección por cierto tipo de magia ha de ser innata. Por ejemplo, la aptitud para la magia llamada Habilidad está estrechamente ligada a la consanguinidad con la línea de los Vatídico, aun cuando también puedan exhibir una «vena de locura» aquellos descendientes de las tribus del interior y los Marginados. Quien esté versado en la Habilidad podrá sondear la mente de otros, con independencia de la distancia que los separe, y saber qué piensan. Quienes estén fuertemente Habilitados podrán influir en dichos pensamientos, o conversar con esa persona. Para orquestar una contienda o recabar información, es evidente que resulta un instrumento sumamente útil.

El saber popular habla de una magia aún más antigua, despreciada en nuestros días, llamada la Maña. Pocos admitirán tener talento para esta magia, de ahí que siempre se atribuya su dominio a las gentes del valle vecino, o a quienes vivan al otro lado de las montañas. Intuyo que antaño debió de ser la magia natural de quienes recorrían la tierra como pueblos cazadores en vez de gregarios; una magia para quienes sentían afinidad por las bestias salvajes de los bosques. La Maña, cuentan, daba a uno la facultad de hablar el idioma de las bestias. También se advertía de que quienes practicaban la Maña demasiado tiempo o demasiado bien se convertían en las bestias con las que estuvieran vinculados. Aunque éstas pudieran ser meras habladurías.

Existen también las magias llamadas Vulgares, aunque nunca he logrado determinar el origen de su nombre. Se trata de magias tanto verificadas como intuidas, entre las que se incluyen la quiromancia, la contemplación del agua, la interpretación del reflejo en los cristales y un cúmulo de disciplinas que pretenden discernir el futuro. En una categoría al margen, sin nombre, se engloban las magias que causan efectos físicos, como la invisibilidad, la levitación, la infusión de vida o el movimiento en objetos inanimados... Todas las magias de las antiguas leyendas, desde la Silla Voladora del Hijo de la Viuda al Mantel Mágico del Viento del Norte. No sé de nadie que haya reclamado estas magias como propias. Parece que sean exclusivamente quimeras, adscritas a personas que vivieron en tiempos o lugares lejanos, o a seres de reputación mítica o semilegendaria: dragones, gigantes, Vetulus, la Otra Gente, tragones.

Hago una pausa para limpiar mi pluma. Los finos trazos de mi caligrafía se convierten en lamparones sobre este pobre papel. Pero no voy a emplear pergamino de buena calidad para estas palabras; aún no. No estoy seguro de que deba plasmarlas. Me pregunto, ¿por qué escribir nada? ¿Acaso no transmitirá la tradición oral estos conocimientos a quienes sean merecedores de escucharlos? Quizá sí. Pero quizá no. Lo que ahora damos por sentado, el conocimiento de estas cosas, bien pudiera ser algún día un misterio y un prodigio para nuestros descendientes.

Ninguna biblioteca contiene gran cosa sobre la magia. Me cuesta horrores hilvanar un hilo de conocimiento en estos retales de información dispersos. Descubro referencias aisladas, alusiones de pasada, pero nada más. He conseguido reunir todo esto a lo largo de los últimos años y lo he almacenado en mi cabeza, intentando siempre trasladar mis conocimientos al papel. Pretendo poner por escrito lo que me ha enseñado la experiencia, amén de lo que he podido recabar. Quizá para proporcionar respuestas a otro pobre iluso, en tiempos venideros, que se sienta tan magullado como yo por culpa de las contiendas mágicas de su interior.

Pero cuando me siento y afronto la tarea, vacilo. ¿Quién soy yo para oponer mi voluntad a la sabiduría de mis predecesores? ¿Habré de resumir en términos comprensibles los métodos según los cuales alguien dotado para la Maña puede expandir su alcance, o vincular una criatura a su ser? ¿Habré de detallar la formación necesaria para ser reconocido como adepto de la Habilidad? Las brujerías Vulgares y la magia legendaria nunca han sido para mí. ¿Tengo algún derecho a sacar sus secretos a la luz y clavarlos al papel como mariposas u hojas recogidas para su estudio?

Intento considerar qué podría hacer alguien con estos conocimientos, injustamente adquiridos. Eso me lleva a considerar qué me ha procurado este conocimiento. ¿Poder, dinero, el amor de una mujer? Me río de mí. Ni la Habilidad ni la Maña me han ofrecido nada parecido. O si lo hicieron, no tuve el buen juicio ni la ambición para aceptarlo cuando tuve ocasión.

Poder. Creo que nunca lo busqué por sí solo. Lo anhelé, a veces, cuando estaba en apuros, o cuando las personas próximas a mí sufrían bajo aquellos que abusaban de sus poderes. Dinero. Nunca he pensado en él. Desde el momento en que yo, su nieto bastardo, juré lealtad al rey Artimañas, éste siempre se ocupó de cubrir mis necesidades. Tuve de sobra para comer, más educación de la que supe apreciar a veces, atuendos sencillos y ropas fastidiosamente lujosas, y a menudo una o dos monedas para gastarlas a mi antojo. Habiéndome criado en Torre del Alce, ésa era más riqueza de la que la mayoría de jóvenes de la Ciudad de Torre del Alce podrían desear. ¿Amor? Bueno. Mi yegua Hollín me apreciaba, a su plácida manera. Gocé de la lealtad incondicional de un perro llamado Morrón, y eso le costó la vida. Recibí el más feroz de los amores de parte de un cachorro de terrier, y también eso le supuso la muerte. Me estremezco al pensar en el precio que se ha llegado a pagar por amarme.

Siempre he poseído la soledad de quien ha crecido en el seno de las intrigas y los secretos, el aislamiento de un muchacho que no puede confiar la plenitud de su corazón a nadie. No podía acudir a Cerica, el escribano de la corte, que ensalzaba mi nítida caligrafía y mis bien entintadas ilustraciones, y confiarle que ya era aprendiz del asesino real, lo que me inhabilitaba para ejercer la profesión de la escritura. Tampoco podía informar a Chade, mi maestro en la Diplomacia del Cuchillo, de la frustrante brutalidad que hube de soportar mientras intentaba aprender las artes de la Habilidad con Galeno, el Maestro de la Habilidad. Y con nadie me atrevía a hablar de mi emergente propensión a la Maña, la antigua magia de las bestias, considerada una perversión y una lacra para quienes la practicaran.

Ni siquiera con Molly.

Molly era mi posesión más preciada: un auténtico refugio. No tenía absolutamente nada que ver con mi vida diaria. No era sólo que se tratase de una fémina, aunque eso ya me suponía suficiente misterio. Me había criado casi por completo en compañía de varones, despojado no sólo de padre y madre naturales, sino también de cualquier lazo de sangre que se me pudiera reconocer abiertamente. De pequeño, habían confiado mi cuidado a Burrich, el hosco caballerizo que antaño sirviera a mi padre como hombre de confianza. Los mozos de cuadra y los guardias eran mis compañeros de diario. Antes, igual que ahora, había mujeres en las compañías de soldados, aunque quizá no tantas como ahora. Pero al igual que sus camaradas masculinos, tenían deberes que cumplir, y vidas y familias propias cuando no estaban de servicio. No podía exigirles que me dedicaran su tiempo. No tenía madre, ni hermanas ni tías propias. No había mujer que me ofreciera la ternura especial que se les supone a las féminas.

Ninguna salvo Molly.

Tenía quizás un par de años más que yo, y crecía igual que crece una brizna de hierba entre las grietas del empedrado. Ni la sempiterna embriaguez de su padre y la frecuente brutalidad a la que la sometía ni los demoledores quehaceres de una chiquilla que intenta mantener al mismo tiempo una farsa de hogar y negocio familiar podían doblegarla. La primera vez que la vi, era cauta y salvaje como un cachorro de zorro. Molly Martillete la llamaban los niños de la calle. A menudo mostraba las señales de las palizas que le propinaba su padre. Pese a su crueldad, ella cuidaba de él. Nunca lo entendí. El hombre rezongaba y la reñía aunque ella lo condujera a casa tras una de sus juergas y lo tendiera en la cama. Y cuando se despertaba, jamás se arrepentía de su borrachera ni de sus duras palabras. Sólo tenía más críticas para ella: ¿por qué estaba la velería sin barrer y no se había esparcido heno limpio por el suelo? ¿Por qué no había cuidado de los panales, cuando ya casi no les quedaba miel que vender? ¿Por qué había permitido que se apagara el fuego bajo la olla de sebo? Fui mudo testigo más veces de las que quiero recordar.

Pero en medio de todo aquello, Molly crecía. Floreció, una inesperada mañana, en forma de joven mujer que me sorprendió con sus aptitudes y sus encantos femeninos. Por su parte, parecía completamente ajena al modo en que sus ojos se cruzaban con los míos y se me secaba la lengua en la boca. No había magia que poseyera yo, ni Habilidad, ni Maña, que pudiera protegerme del roce accidental de su mano contra la mía, que pudiera paliar la torpeza que se adueñaba de mí cuando aleteaba una sonrisa en sus labios.

¿Debería catalogar su cabello ondeando al viento, o detallar cómo cambiaba el color de sus ojos del ámbar oscuro al rico castaño en función de su talante y el color de su vestido? A veces atisbaba sus faldas escarlatas y su chal rojo en medio del gentío del mercado y, de golpe, ya no veía a nadie más. De todas estas magias he sido testigo, y aunque las pusiera sobre el papel, nadie sabría reproducirlas con la misma maestría.

¿Cómo la cortejé? Con las torpes galanterías de un crío, observándola con la boca abierta igual que observa embobado un memo la actuación de un malabarista. Ella sabía que yo la quería mucho antes que yo mismo. Y dejó que la cortejara, aunque tuviera algunos años menos que ella, aunque no fuese uno de los muchachos de la ciudad ni tuviera planes de futuro que ella supiera. Me tenía por el chico de los recados del escribano, ayudante ocasional en los establos, mensajero del castillo. Nunca sospechó que yo fuese el bastardo, el hijo no reconocido que había derribado al príncipe Hidalgo de su lugar en la línea sucesoria. Eso sólo era un secreto enorme de por sí. De mis magias y mi otra profesión, no sabía nada.

Quizá por eso podía quererla.

Sin duda por eso la perdí.

Permití que los secretos, los fracasos y los problemas de mis otras vidas me mantuvieran demasiado ocupado. Había magias que aprender, secretos que desentrañar, intrigas a las que sobrevivir. En medio de aquella vorágine, jamás se me ocurrió que pudiera recurrir a Molly para obtener una pizca de la esperanza y la comprensión que me estaban prohibidas en cualquier otra parte. Ella estaba al margen de esas cosas, inalterada por ellas. Me ocupaba de que nada de eso la tocara. Nunca intenté atraerla a mi mundo. Al contrario, iba yo al suyo, a la ciudad portuaria donde tenía una tienda en la que vendía velas y miel, donde compraba en la plaza y donde, a veces, paseaba conmigo por la playa. A mí me bastaba con que existiese para que yo pudiera amarla. Ni siquiera me atrevía a soñar con que me correspondiera.

Llegó un momento en que mi formación en el campo de la Habilidad me sumió en una desdicha tan honda que pensé que me mataría. No lograba perdonarme mi incapacidad para aprenderla; no conseguía imaginar que a los demás pudiera darles igual mi ineptitud. Oculté mi desesperación tras un estoico retraimiento. Dejé que transcurrieran las largas semanas, y nunca fui a verla ni le hice saber que pensaba en ella. Al final, cuando no había nadie más a quien pudiera acudir, la busqué. Demasiado tarde. Llegué a la Velería de Toronjil en la ciudad de Torre del Alce una tarde, cargado de regalos, a tiempo de verla salir. Acompañada. De Jade, un apuesto marinero de anchas espaldas, con un osado pendiente en la oreja y la viril seguridad que le confería la edad. Ignorado, derrotado, me oculté y vi cómo se alejaban cogidos del brazo. La vi marchar, y la dejé marchar, y en los meses siguientes, intenté convencerme de que también mi corazón la había dejado marchar. Me pregunto qué habría ocurrido si hubiera salido corriendo tras ellos aquella tarde, si le hubiera suplicado que me dirigiera una última palabra. Qué extraño, pensar que tantas cosas puedan depender del equivocado orgullo de un muchacho y su inculcada aceptación de la derrota. La desterré de mi pensamiento y no le hablé a nadie de ella. Seguí con mi vida.

El rey Artimañas me envió en calidad de asesino con una gran caravana de personas que iban a asistir al compromiso de la princesa de las montañas Kettricken y el príncipe Veraz. Mi misión consistía en acabar discretamente con la vida del hermano mayor de Kettricken, el príncipe Rurisk, con sutileza, naturalmente, para que ella quedara como única heredera al trono de las montañas. Pero lo que descubrí al llegar allí fue una red de intrigas y mentiras urdida por el más joven de mis tíos, el príncipe Regio, que aspiraba a derrocar a Veraz de la línea sucesoria y casarse él con la princesa. Yo era el peón que habría de sacrificarse en aras de ese objetivo; y en vez de eso fui el peón que desbarató el tablero, descargando sobre mí su ira y su venganza, aunque no sin salvar antes la corona y la princesa para el príncipe Veraz. No creo que eso pueda calificarse de heroísmo. Tampoco creo que se debiera al mezquino resentimiento que me inspiraba alguien que siempre me había atormentado y menospreciado. Fue el acto de un muchacho que estaba convirtiéndose en un hombre, que hizo lo que había jurado hacer años antes de comprender el precio de dicho juramento. El precio fue la salud de mi joven cuerpo, algo que no había sabido apreciar en todos mis años.

Mucho después de desbaratar los planes de Regio, seguía languideciendo en mi lecho en el reino de las montañas. Pero al fin llegó la mañana en que desperté y creí que mi larga convalecencia había terminado. Burrich había decidido que ya estaba lo suficientemente recuperado para comenzar el largo viaje de regreso a los Seis Ducados. La princesa Kettricken y su séquito habían partido hacia Torre del Alce semanas atrás, cuando el clima aún era apacible. Ahora las nieves del invierno cubrían los pasos elevados del reino de las montañas. Si no salíamos pronto de Jhaampe, nos veríamos obligados a pasar allí todo el invierno. Me levanté pronto aquella mañana, y terminaba de preparar mis bultos cuando percibí el primero de una serie de pequeños temblores. No les hice caso, me dije que aún me flojeaban las piernas por no haber desayunado y por la emoción de regresar a casa. Me puse las ropas que había preparado Jonqui para el tránsito de las montañas nevadas y las llanuras. Para mí había una camisa larga y roja, acolchada con lana. Los pantalones forrados eran de color verde, aunque bordados con hilo rojo en la cintura y las perneras. Las botas eran suaves, casi sin forma hasta que hube metido los pies en ellas. Eran como bolsas de cuero blando, acolchadas con lana y forradas de piel. Se anudaban con largas cintas de cuero. Mis dedos temblorosos convirtieron la tarea de atarlas en algo complicado. Jonqui nos había asegurado que eran estupendas para la nieve seca de las montañas, pero que debíamos procurar que no se mojaran.

Había un espejo en la habitación. Al principio, sonreí al verme reflejado. Ni siquiera el bufón del rey Artimañas lucía unos colores tan llamativos. Pero fuera de los alegres ropajes, mi cara se veía flaca y pálida, mis ojos negros demasiado grandes, mientras que mi cabello muy corto, negro y erizado, estaba de punta como los pelos de un perro. La enfermedad me había dejado hecho un trapo. Pero me dije que por fin iba a volver a casa. Me aparté del espejo. Mientras empaquetaba los modestos regalos con que pensaba obsequiar a mis amigos, la inseguridad se apoderó de mis manos.

Por última vez Burrich, Manos y yo nos sentamos a desayunar con Jonqui. Le agradecí de nuevo todas las atenciones que me había dispensado. Cogí una cuchara para el caldo y mi mano sufrió un espasmo. La solté. Vi cómo caía la forma plateada y me caí detrás de ella.

Lo siguiente que recuerdo es el sombrío entorno del dormitorio. Me quedé tumbado mucho tiempo, sin moverme ni hablar. Pasé de una sensación de vacío a comprender que había sufrido otro ataque. Había pasado ya; mi cuerpo y mi mente volvían a obedecer mis órdenes. Pero ya no los quería. A los quince años, una edad en que la mayoría de los muchachos alcanzaba la plenitud de sus fuerzas, yo no podía confiar en que mi cuerpo desempeñara siquiera la acción más sencilla. Sentía una rabia ciega hacia la carne y los huesos que me aprisionaban, y deseé conocer la manera de expresar mi feroz amargura. ¿Por qué no podía curarme? ¿Por qué no me había recuperado?

–Hará falta tiempo, eso es todo. Espera a que haya pasado medio año desde el día de tu lesión. Entonces podrás hacer valoraciones.

Era Jonqui la sanadora. Estaba sentada junto a la chimenea, pero su silla quedaba inmersa en las sombras. No había reparado en su presencia hasta escuchar su voz. Se levantó despacio, como si le dolieran los huesos por culpa del invierno, y se puso de pie al lado de mi cama.

–No quiero vivir como un anciano.

Frunció los labios.

–Tarde o temprano deberás hacerlo. Al menos, te deseo que vivas tantos años. Yo soy vieja, igual que mi hermano el rey Eyod. A ninguno de los dos nos parece que sea una carga tan pesada.

–Me daría igual tener el cuerpo de un viejo si me lo hubie

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