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ASIENTO 7A

Sebastian Fitzek  

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Fragmento

Prólogo

PRÓLOGO

—¿Cuándo podremos interrogar al criminal?

El doctor Martin Roth, de camino hacia la unidad de cuidados intensivos de la planta de neurología del hospital Park-Klinik, se dio la vuelta hacia el comisario de la brigada de homicidios, que no había mostrado ninguna vergüenza al formularle con toda seriedad aquella ridícula pregunta.

—¿Interrogar, dice?

—Sí. ¿Cuándo despertará? —El rollizo policía dio el último sorbo al café que había sacado de la máquina expendedora, reprimió un eructo y levantó la barbilla con gesto desafiante—. Tenemos dos cadáveres y un herido de gravedad que va a pasarse el resto de su vida sangrando por los ojos. Tengo que hacer cantar cuanto antes a ese cabrón.

—Hacerle cantar, uf.

El médico jefe, que tenía el cutis terso y una cara demasiado juvenil para su edad, se rascó una parte sin pelo de sus entradas, cada vez más grandes con el paso de los años. No sabía qué le parecía peor, si la imitación barata de Bruce Willis por parte de ese policía o su clamorosa estupidez.

—¿Estaba presente cuando ingresaron a ese hombre?

—Sí, por supuesto.

—¿Y no vio nada llamativo en él?

—Está medio muerto, ya lo sé, ya lo sé. —El funcionario señaló con el dedo hacia la puerta de vidrio opalescente detrás de Roth, que separaba el pasillo del hospital de la unidad de cuidados intensivos—. Pero los médicos que trabajáis ahí dentro seguro que tenéis todas las herramientas posibles para recomponer a ese cerdo. Y en cuanto despierte, me gustaría obtener algunas respuestas.

Roth respiró hondo, empezó a contar hacia atrás mentalmente desde el número tres y, cuando llegó al cero, dijo:

—Bien, voy a ser yo quien le dé algunas respuestas, ¿señor...?

—Hirsch. Comisario jefe Hirsch.

—Todavía es muy pronto para un diagnóstico en firme, pero tenemos muchos motivos para pensar que el paciente padece el síndrome de enclaustramiento. Dicho en plata: su cerebro ya no puede comunicarse con el resto del cuerpo. Eso significa que está encerrado dentro de sí mismo. No puede hablar ni ver nada, ni tampoco comunicarse con nosotros.

—¿Y cuánto tiempo va a encontrarse en ese estado?

—Calculo que como máximo treinta y seis horas.

El policía puso los ojos en blanco.

—¿No podré tomarle declaración hasta entonces?

—Entonces habrá muerto.

Detrás de Roth se oyó un chasquido y se abrió la puerta corredera eléctrica de cristales de vidrio opalescente.

—Doctor Roth. Venga, rápido. El paciente.

El médico jefe se giró hacia la residente que se acercaba a toda prisa desde la unidad de cuidados intensivos.

—¿Qué sucede?

—Parpadea.

«¡Gracias a Dios!»

—¿De verdad? ¡Eso es increíble! —dijo con alegría, y se despidió del policía con un gesto de la cabeza.

—¿Que parpadea? —Hirsch miró al médico jefe con la cara que se le habría quedado al doctor Roth si hubiera pisado un chicle con el zapato—. ¿Y cree que eso es una buena noticia?

—La mejor que nos podían dar —respondió Roth, y añadió mientras se dirigía de vuelta hacia donde se encontraba el moribundo—: Y tal vez sea nuestra única oportunidad para encontrar con vida a los desaparecidos.

No obstante, albergaba muy pocas esperanzas a este respecto.

Capítulo 1

1

Nele

Berlín. Un día y medio antes.

Hora: 05.02

—Existen dos tipos de errores. Los que empeoran tu vida y los que la finiquitan.

Nele escuchaba las frases que un desequilibrado mental decía por la tele.

Hablaba entre dientes, ronco. Con jadeos.

No podía verle los labios. El hombre se había puesto una máscara de entrenamiento. Una piel de neopreno negra, elástica, con una válvula giratoria blanca frente a la cavidad bucal. A los deportistas les servía para incrementar su rendimiento; a los psicópatas, la sensación de placer.

—No me apetece nada esto —dijo Nele en voz alta, como si pudiera cambiar alguna cosa solo con sus palabras. Y cambió de canal cuando el enmascarado abrió el cortacadenas.

«El otoño caliente de la música folclórica.»

Esto es como huir del fuego para caer en las brasas. Solo hay basura en la tele. De todos modos no era de extrañar. ¿Quién se sienta motu proprio frente al televisor poco antes de la salida del sol?

Impaciente, chasqueó con la lengua contra los incisivos y siguió zapeando hasta detenerse en un canal de teletienda.

«El asistente de Ronny en el hogar.»

Nuevos utensilios de cocina, presentados por un hombre que parecía haberse maquillado con una caja de pinturas acrílicas: una piel de color bermellón, unos labios azul verdosos como el cian y unos dientes de blanco opaco. En ese momento estaba gritando a sus clientes que tan solo le quedaban 223 megasuperestupendísimos gasificadores de agua. A Nele le habría venido muy bien uno en estos últimos meses, pues entonces no habría tenido que subir fatigosamente las escaleras ella sola con las botellas retornables. Vivía en un cuarto piso que daba al patio interior en la calle Hansa del barrio berlinés de Weißensee. Cuarenta y ocho escalones relucientes. Los contaba cada día.

Mejor todavía que un gasificador de agua habría sido un hombre, sin duda. Justo ahora, en su «estado», con diecinueve kilos más que nueve meses atrás.

Pero el causante de su estado la había enviado al carajo.

—¿De quién es? —le preguntó David nada más comunicarle ella el resultado del test de embarazo.

No era precisamente lo que una deseaba oír al regresar del ginecólogo en busca de un apoyo, de alguien que supiera estar al pie del cañón en la batalla de sus hormonas.

—Nunca lo hemos hecho sin condón. Todavía no estoy cansado de vivir. Mierda, ahora yo tendré que ir también a que me hagan la prueba.

Un sonoro bofetón puso el punto final a la relación. Solo que no fue ella quien propinó el golpe con furia, sino él. Su cabeza quedó torcida por completo a un lado y Nele perdió el equilibrio. Cayó al suelo junto con su estante de CD, donde se convirtió en una presa fácil para su novio.

—¿Estás pirada? —le preguntó él, y comenzó a darle patadas, una y otra vez, en la espalda, en la cabeza y, por supuesto, también en el vientre, que ella intentó defender con los codos, los brazos y las manos. Con éxito. David no pudo lograr su objetivo. El feto no resultó dañado, el embrión no fue expulsado.

—A mí no me vas a endilgar a ningún churumbel enfermo por el que tenga que estar apoquinando toda la vida —le chilló apartándose por fin de ella—. Ya me cuidaré de que eso no ocurra.

Nele se llevó la mano a ese lugar del pómulo donde la punta del zapato de David acertó a golpear, muy próximo al ojo. Ese punto seguía latiéndole siempre que rememoraba el día de la separación.

No era la primera vez que su novio se ponía hecho una furia, pero sí la primera que le levantaba la mano.

David era el proverbial lobo con piel de cordero que iba repartiendo de puertas afuera su irresistible encanto. Ni siquiera su mejor amiga podía imaginarse que aquel hombre tan lleno de humor, con la pose del yerno perfecto, tuviera una segunda cara brutal que prudentemente solo mostraba cuando se sentía libre de miradas ajenas, de puertas adentro y en su salsa.

Nele estaba enfadada consigo misma porque siempre acababa encontrándose con tipos como ese. Ya en sus primeras relaciones se habían producido algunas escenas de violencia. Quizá los tíos, al ver su aspecto infantil y a la vez descarado, se pensaban que ella no era una mujer, sino una chica a la que uno no desea, sino que posee. Y, seguramente, su enfermedad también contribuía a que muchos la contemplaran como a una víctima.

«Bueno, vale, David Kupfer ya es historia —pensó Nele con cierta satisfacción interior—. En mi interior está creciendo el futuro.»

Por suerte no le había dado ninguna llave de casa a aquel cabronazo.

Después de que ella lo echara, él la estuvo acosando sin cuartel durante un tiempo. La bombardeaba con llamadas telefónicas y con cartas en las que intentaba obligarla a que abortara, y para ello echaba mano unas veces de argumentos («pero ¡si de cantante apenas ganas dinero suficiente para ti misma!») y otras de amenazas («sería una lástima que te cayeras rodando por las escaleras mecánicas, ¿no crees?»).

No fue sino al cabo de tres meses, cuando expiraron los plazos legales para la interrupción del embarazo, que él se dio por vencido y cortó definitivamente todo contacto con ella, con excepción del canastillo de mimbre que dejó ante la puerta de su casa el lunes de Pascua. Adornado como la cuna de un bebé, con una almohadita de color rosa y una mantita mullida tapando a una rata muerta.

A Nele le entraron escalofríos al volver a recordarlo, y metió ambas manos entre los almohadones del sofá para calentarse, aunque en el piso hacía de todo menos frío.

Su mejor amigo le aconsejó que llamara a la policía, pero ¿qué podían hacer ellos, si eran incapaces de atrapar al pirado que llevaba varias semanas rajando los neumáticos de uno de cada tres coches que había aparcados en la calle? Por una rata muerta no se les ocurriría apostar a ningún agente frente a la casa.

Al menos, Nele se rascó el bolsillo y avisó a la empresa administradora de la casa de que ella iba a asumir los gastos de la colocación de una cerradura nueva y de otras llaves para prever la posibilidad de que a David se le hubiera ocurrido en algún momento mandar hacer una copia.

En el fondo, hasta le estaba agradecida. No por los golpes y el cadáver de la rata, sino por sus horribles insultos.

Si hubiera permanecido callado, tal vez ella habría prestado atención a la voz de la razón que le decía que era demasiado peligroso tener el bebé. Por otra parte, gracias al prematuro tratamiento con antivirales ya ni siquiera se le detectaba en la sangre el virus de la inmunodeficiencia humana y, por tanto, el porcentaje de riesgo de contagio era ínfimo, aunque no llegaba al cero por ciento.

¿Debía correr ese riesgo o no? ¿Podía asumir esa responsabilidad con veintidós años y su enfermedad? Un bebé. ¿Sin ninguna seguridad económica? ¿C

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