Loading...

ATLáNTIDA (LA úLTIMA LáGRIMA 2)

Lauren Kate  

0


Fragmento

1

La tercera lágrima

El cielo lloraba. La pena inundaba la Tierra.

La Portadora de la Simiente abrió la boca para atrapar las gotas que caían por el agujero de su cordón. El refugio transparente de Estornino se hallaba por encima de la hoguera, como una acogedora tienda de campaña. Aislaba del diluvio, salvo por la pequeña abertura en la parte superior, cuyo propósito era dar salida al humo del fuego y dejar entrar una muestra de la lluvia.

Las gotas humedecieron la lengua de Estornino. Eran saladas.

Notó el sabor de árboles antiguos arrancados de raíz, océanos que reclamaban tierra. Notó el sabor del agua sucia en las costas, pantanos empantanados. Flores silvestres marchitas, prados secos, todo envenenado por la sal. Un millón de cadáveres putrefactos.

Las lágrimas de Eureka habían provocado aquello… Y más.

Estornino se relamió los labios, buscando algo distinto en la lluvia. Cerró los ojos y paladeó el agua como un sumiller probando vino. Todavía no notaba el sabor de los chapiteles atlantes cortando el cielo. No percibía a Atlas, el Maligno.

Eso era bueno pero confuso. Las lágrimas derramadas por la chica del lagrimaje iban a traer de vuelta la Atlántida. Evitar que cayeran esas lágrimas había sido el único objetivo de los Portadores de la Simiente.

Habían fracasado.

¿Y qué había sucedido? La inundación estaba allí, pero ¿dónde se encontraba su líder? Eureka había llevado el caballo, pero no al jinete. ¿Se había desviado el lagrimaje? ¿Había salido algo mal para bien?

Estornino se inclinó hacia el fuego y estudió sus cartas de navegación. Las gotas corrían a raudales por las paredes del cordón, acentuando el calor y la luminosidad del espacio interior con olor a citronela. Si Estornino hubiera sido otra persona, se habría acurrucado con una taza de chocolate caliente y una novela, y habría dejado que la lluvia la transportara a otro mundo.

Si Estornino hubiera sido otra persona, la vejez la habría matado hacía milenios.

Era medianoche en el bosque nacional Kisatchie, en el centro de Luisiana. Estornino llevaba esperando a los demás desde mediodía. Sabía que llegarían, aunque no habían hablado de aquella ubicación. La chica se había echado a llorar de forma muy repentina. La inundación había dispersado a los Portadores de la Simiente por aquellos nuevos pantanos inmundos y no habían tenido tiempo de planificar su reagrupación. Pero allí era donde sucedería.

El día anterior, antes de que Eureka llorase, aquel lugar se encontraba a doscientos cuarenta kilómetros del golfo. En ese momento era un fragmento de costa que desaparecía. El bayou —sus orillas, los caminos de tierra, las salas de baile, los retorcidos robles perennes, las mansiones anteriores a la Guerra de Secesión y las camionetas— había quedado sepultado en un mar de lágrimas egoístas.

Y en alguna parte nadaba Ander, enamorado de la joven que había causado aquello. El resentimiento comenzó a crecer en el interior de Estornino al pensar en la traición del chico.

Más allá del resplandor de las llamas, contra la lluvia que caía oblicuamente, vislumbró una forma que salía del bosque. Critias llevaba su cordón como un chubasquero, imperceptible salvo a los ojos de un Portador de la Simiente. Estornino se dijo que parecía más pequeño. Sabía lo que estaba pensando: «¿Qué ha salido mal? ¿Dónde está Atlas? ¿Por qué seguimos vivos?».

Al llegar al límite del cordón de Estornino, Critias se detuvo. Ambos se prepararon para el fuerte estallido que señalaría la fusión de sus cordones.

Su unión fue como un relámpago. Estornino cruzó los brazos para resistir el estallido; Critias cerró los ojos con fuerza y se esforzó por continuar adelante. El pelo de ella ondeaba como una telaraña sobre su cuero cabelludo y los carrillos del hombre se agitaban como banderas.

Estornino notó aquellos detalles poco favorecedores en Critias y advirtió que él veía lo mismo en ella. La consolaba que los Portadores de la Simiente envejecieran solo cuando sentían afecto.

—Ya no existe Venecia —dijo Estornino mientras Critias se calentaba las manos junto al fuego. Ella había coordinado lo que le decían sus papilas gustativas con sus cartas de navegación—. La mayor parte de Manhattan, todo el golfo…

—Espera a los demás. —Critias señaló con la cabeza hacia la oscuridad—. Están aquí.

Cora se tambaleaba hacia ellos desde el este y Albión llegaba por el oeste. La tormenta rebotaba en sus cordones. Se acercaron al cordón de Estornino y se pusieron tensos, preparándose para la desagradable entrada. Cuando el cordón de Estornino los absorbió, Cora apartó la mirada y Estornino supo que su prima no quería arriesgarse a sentir nostalgia ni lástima. No quería arriesgarse a sentir. Llevaba mil años viviendo así, sin parecer ni sentirse más vieja que una mortal de mediana edad.

—Estornino está enumerando las tierras que han caído —dijo Critias.

—No importa.

Albión se sentó. Tenía el pelo cano empapado, y su traje gris, antes tan pulcro, estaba manchado de lodo y hecho jirones.

—¿No importa un millón de muertes? —preguntó Critias—. ¿Acaso no has visto de camino aquí la destrucción que han provocado sus lágrimas? Siempre has dicho que somos los protectores del Mundo de Vigilia.

—¡Lo que importa ahora es Atlas!

Estornino apartó la vista, avergonzada por el arrebato de Albión, aunque compartía su enfado. Durante miles de años los Portadores de la Simiente habían luchado por evitar el ascenso de un enemigo con el que nunca se habían encontrado en persona. Llevaban mucho tiempo sufriendo las proyecciones de su horrible mente.

Encerrado en el reino sumergido del Mundo Dormido, Atlas y su reino no envejecían ni morían. Si la Atlántida emergía, sus habitantes volverían a la vida exactamente como eran cuando la isla se hundió. Atlas sería un hombre fornido de veinte años, en el cénit de su fuerza y juventud. El Alzamiento haría que el tiempo empezara de nuevo para él.

Sería libre para continuar con el Relleno.

Sin embargo, hasta que la Atlántida emergiera, lo único que se movía en el Mundo Dormido eran unas mentes enfermas que soñaban y conspiraban. Con el tiempo, la de Atlas había hecho muchos viajes oscuros al Mundo de Vigilia. Cada vez que una joven reunía las condiciones del lagrimaje, la mente de Atlas trabajaba para estar cerca de ella, para provocarle las lágrimas que restableciesen su reinado. Y en ese momento, él estaba dentro de Brooks, el amigo de la chica.

Los Portadores de la Simiente eran los únicos que reconocían a Atlas cada vez que poseía el cuerpo de alguien cercano a la chica del lagrimaje. Atlas nunca había tenido éxito, en parte porque los Portadores de la Simiente habían matado a treinta y seis chicas del lagrimaje antes de que Atlas les hiciera llorar. Aun así, cada una de sus visitas llevaba su extraordinaria maldad al Mundo de la Vigilia.

—Todos estamos recordando las mismas cosas oscuras —dijo Albión—. Si la mente de Altas ha sido tan destructiva dentro de otros cuerpos, librando guerras, matando a inocentes, imaginaos su mente y su cuerpo unidos, despiertos, y en nuestro mundo. Imaginaos si logra el Relleno.

—Pero, entonces —dijo Critias—, ¿dónde está? ¿A qué espera?

—No lo sé. —Albión apretó el puño sobre el fuego hasta que el olor a carne quemada le alertó de que debía retirarlo—. Todos estábamos allí. ¡La vimos llorar!

Estornino volvió a recordar aquella mañana. Cuando cayeron las lágrimas de Eureka, su pena había parecido infinita, como si no fuese a terminar nunca. Parecía como si cada lágrima derramada multiplicase por diez el daño al mundo.

—Un momento —intervino ella—. En cuanto se dieran las condiciones de la profecía, debían caer tres lágrimas.

—La chica lloraba a moco tendido. —Albión descartó aquella idea. Nadie tomaba en serio a Estornino—. No cabe duda de que derramó las tres lágrimas.

—E incluso más.

Cora alzó la vista hacia la lluvia.

Critias se rascó la barba canosa de tres días.

—¿Estamos seguros?

Se produjo una pausa y estalló un trueno. Cayeron algunas gotas a través del agujero del cordón.

—«Una lágrima para el Mundo de Vigilia fragmentar.» —Critias recitó en voz baja el verso de las Crónicas, transmitidas por su antepasado Leander—. Esa es la lágrima que habría comenzado la inundación.

—«La segunda para las raíces de la Tierra reventar.»

Estornino notaba como se extendía el sabor del lecho marino. Sabía que se había derramado la segunda lágrima.

Pero ¿y la tercera, la lágrima más imprescindible?

—«La tercera podrá el Mundo Dormido despertar y

Sigue leyendo y recibe antes que nadie historias como ésta