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AY, AMOR

Florencia Bonelli

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Fragmento

CRISTINA BAJO (1937) nació en Córdoba, Argentina, y creció incentivada por el arte, la historia y la naturaleza. Pasó su infancia en las Sierras de Córdoba y comenzó a escribir siendo niña. Fue maestra rural, se casó, tuvo dos hijos, abrió una librería, diseñó ropa artesanal y siguió escribiendo.

En 1995 publicó Como vivido cien veces, primero de la Saga de los Osorio, que agotó rápidamente varias ediciones; siguieron En tiempos de Laura Osorio, La trama del pasado y Territorio de penumbras. Con El jardín de los venenos —antes Sierva de Dios, ama de la muerte—, obra traducida a varios idiomas, ganó el Premio Ricardo Rojas y con Tú, que te escondes, el Premio de la Academia Argentina de Letras. Más adelante, Elogio de la cocina —obra ilustrada de recetas y memorias de familia— ganó el Primer Premio para libros mejores impresos en la Argentina.

Es miembro fundador de la Academia Argentina de Historia de la Gastronomía.

Escribe para los principales diarios del país, es columnista de la revista Rumbos, tuvo un programa cultural de radio y sus leyendas, cuentos y extractos de novelas se usan en colegios y estudios superiores. Su obra se ha estudiado en universidades americanas y europeas. Da cursos y conferencias y está escribiendo el último tomo de la Saga de los Osorio.

I

Hay una mujer con la hermosura de la noche

Y esa claridad de la luna en la boca.

Una mujer, con un vestido largo de estrellas,

Que camina descalza escondida en el viento.

GABRIELA BAYARRI, “DE MÍ”, PRESAGIOS

Londres, 1848

Era imposible caminar por Londres y no recordar a Elinor, pensó Edmundo mientras contemplaba el Támesis con sus barcazas y aguas oscuras. Durante el otoño de 1844, estando todavía en París, había comenzado una grata amistad con Elinor Douglas-Murray. La joven, por haber crecido entre hermanos varones, tenía un genio amuchachado; aquello le divertía y de alguna manera le recordaba a Luz. Por otra parte, desvanecía el disgusto de ser arrastrado a una relación amorosa que no estaba seguro ni de desear, ni de aceptar.

Bajo la bendición de Lady Lytton, se encargó de hacerle conocer todo París; no solo teatros y restaurantes, el Bois de Boulogne —con sus paseos obligados y sus cabalgatas de estilo—, sino que, comprendiendo que se interesaba en arquitectura gótica, la llevó a recorrer capillas olvidadas, en la parte vieja de la ciudad.

Descubrieron que les gustaba el mismo tipo de lecturas, especialmente novelas históricas, románticas y de aventuras, y pronto estuvieron intercambiando autores; él le regaló obras de Dumas —Los hermanos corsos, Los tres mosqueteros— y ella compartió con él su autor preferido: Sir Walter Scott. Entre otros títulos, La novia de Lammermoor —Edmundo había asistido al estreno de la ópera de Donizetti, basada en el libro del escocés, años atrás— y una novela de William M. Thackeray, Barry Lyndon, que hiciera furor en Londres en cuanto fue publicada. Estas ediciones estaban en inglés y leerlas le ayudó a practicar el idioma.

Fue una sorpresa poder compartir con ella las reuniones en que hablaban de política con sus amigos sudamericanos que residían o pasaban por París; encuentros a los que solía acudir Chopin, con quien se sentía hermanado por el profundo patriotismo del músico, y su aflicción por la situación política de Polonia. Elinor, compenetrada con el tema, les contaba sobre la encarnizada lucha que los escoceses —especialmente los de las Highlands, de donde era su familia— mantuvieron durante siglos con los ingleses.

Su amistad llegó a tal extremo que a veces se quedaba dormida en un sillón, en la casa de Saint-Dominique, mientras él escribía su crónica semanal; la cubría con una manta, cerraba una ventana para que no le diera el frío y, al concluir su trabajo, hacía sacar el coche para acompañarla hasta la mansión de los Lytton.

Era una relación de compañerismo con un toque de sensualidad entre ambos. La sociedad en que se movían comenzó a murmurar que él había “plantado” a Lady Clarissa por su prima, o que ella se había librado de él, presentándole a Elinor. Ambos conocían estos rumores y se burlaban de ellos, dándose a veces públicamente un breve beso en los labios, haciendo como que se escondían de todos.

Cierto atardecer, Edmundo recibió una esquela de Lady Clarissa pidiéndole que, sin demora, fuera a su casa.

Al llegar, encontró a su amiga paseándose por la salita de recibo con un pañuelo en la mano; se la veía muy alterada.

—¡Gracias a Dios que ha venido usted, mon ami! —exclamó en cuanto lo vio entrar—. Elinor ha recibido una pésima noticia y está desolada. Se ha encerrado en el pabellón desde ayer, no come y no quiere hablar con nadie. Ya no sabemos qué hacer…

—¿Ha muerto alguien de su familia? —preguntó él, entregando capa y sombrero al criado.

—Menos le hubiera dolido —sentenció Lady Lytton y lo invitó a sentarse en un sofá, a su lado. Después de aspirar las sales, se explicó: —La vida de mi prima no ha sido fácil; su madre murió siendo ella muy pequeña. Por desgracia, su padre se casó pronto con una mujer absolutamente detestable, que mantuvo a Elinor apartada de Edimburgo, enviándola a una de las posesiones más alejadas de la familia, en Aberdeen. Ella es la hija menor y se crió bajo la protección del ama de llaves, hasta que tuvo edad de ir al colegio. Cuando regresó, muy joven aún, sus hermanos se habían independizado y Elinor quedó con esta buena mujer, que siempre fue como una madre, hasta que… —Calló de pronto por unos segundos, como si hubiera perdido la ilación de lo que decía. —En fin… cuando la invité a pasar una temporada conmigo, quiso viajar con ella, pero era muy anciana y se negó a dejar el castillo, por eso contraté una dama de compañía. La cuestión, querido Eddy, es que la mujer ha muerto durante su ausencia. Ayer recibimos la noticia, y mi prima siente que ha perdido por segunda vez a su madre, con un agravante: la viuda del padre ordenó enterrarla en la fosa común.

Edmundo cerró los ojos, la cabeza hacia atrás, recordando la carta que Luz le escribiera cuando llegó a Córdoba, después de un viaje a Gran Bretaña, y se encontró con que nadie le había anunciado la muerte de Severa.

—¿Le parece oportuno que vaya a verla ahora? —dijo, poniéndose de pie.

—¡Sí, vaya usted y dele consuelo! ¡Nadie la comprende! Mi marido cree que su pesar es excesivo por ser la muerta una persona del servicio. Pero veo que usted entiende…

Edmundo se apresuró a cruzar el parque hasta el pabellón. Era casi de noche al final del otoño y, al subir los escalones de entrada, vio a las criadas sentadas, serias y desconcertadas, sin saber qué hacer. Una de ellas, poniéndose de pie, le indicó el dormitorio.

El pabellón estaba oscuro, y solo un candelabro iluminaba escasamente el saloncito de entrada. Lo tomó y, al pasar a la alcoba, lo primero que vio fue el resplandor del hogar encendido y las altas y gruesas cortinas cerradas. Un leve perfume a incienso flotaba en el aire. La llamó por su nombre, y Elinor, que estaba de espaldas, se enderezó en la cama y lo miró como perdida en un lugar extraño.

Él dejó el candelabro en un taburete y, antes de sentarse, puso una mano sobre su nuca y la besó en la cabeza, demorando la caricia más que lo acostumbrado. Cuand

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