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AZUL VENEZIA

Marina G. Torrús  

5


Fragmento

1

Miedo y sal

Venecia, septiembre de 1716

Luna llena sobre las aguas de Venecia. La calma envolvía el anochecer azul de la ciudad flotante. El mar estaba sereno. Apacible. Sin embargo, una extraña brisa con aroma a miedo y sal comenzó a inundarlo todo como si los dioses quisieran alertar de que algo malo acechaba en la laguna.

Fue aquel día y en ese momento cuando la joven Caterina Sforza y su padre, don Giovanni, el lector de cadáveres más prestigioso de la Serenísima, atravesaron el camino de plata que dibujaba la luna en el canal a bordo de una góndola destartalada y enmohecida. El médico había sido avisado de urgencia por el colapso de la anciana señora Treviso en el barrio de Cannaregio y, como siempre, acudía con su mano derecha, su hija.

—¡Han matado a mi madre! —sollozó el hijo tremendo y sesentón de la difunta derramado sobre un sillón Luis XIV color vino.

Estaba junto a la cama con dosel en la que yacía la vieja. Muy vieja. Tan flaca y diminuta que parecía imposible que aquel ser gigantesco hubiera sido hospedado en sus entrañas. Lloraba como un niño, y los cuadros de santos lánguidos que cubrían las paredes lloraban de pena con él. Al frente, otro tipo de lágrimas aún por catalogar. Las de un joven y atractivo sirviente y las de un ama de llaves rechoncha y bobalicona. Aguardaban acontecimientos.

—¿Qué le hace pensar que la asesinaron? —quiso saber don Giovanni, el dottore, examinando la boca y la piel de la anciana.

—¡Mi madre era muy joven!

—Sí, si la comparamos con una pirámide —susurró Caterina.

—Shhh. Baja el tono, pequeña loca —musitó el médico con una mirada cómplice.

—Gozaba de una salud de hierro —prosiguió el hijo—. Acudía a misa a diario, frecuentaba teatros, conciertos, casinos… Y, por encima de todo, mi madre era muy, pero que muy activa.

Un tremendo golpe de tos cercano al atragantamiento se apoderó del criado guapo. Aquello, junto al rubor de sus mejillas, funcionó como un dos más dos son cuatro en la mente de Caterina, que tuvo que llevarse la mano a la boca para contener la risa imaginando a la abuela en plena pirueta amatoria.

—Cattuccina, no —masculló don Giovanni firme, luchando por no reír él también.

Cattuccina. Así llamaba su padre a la joven por su aspecto de gatillo flaco y despeinado. En realidad, era inquietantemente hermosa. A sus diecisiete años tenía una belleza salvaje que pasaba inadvertida por los ropajes amplios y pasados de moda que le compraba con torpeza don Giovanni. Su pelo caoba se encendía brillante cada vez que le daba el sol. Pero la mayor bendición eran sus ojos. Grandes y rasgados. Pigmentados de un insólito azul violeta. El mismo color mágico que envolvía la ciudad al atardecer. Por eso a su padre le gustaba decirle: «Tienes Venecia en la mirada, Caterina». Y ella sonreía y le abrazaba fuerte, muy fuerte, sintiendo el valor de aquel halago tan grande.

—Mi madre, mi pobre madre… —gimoteó el hijo gigante, diminuto ante la inmensidad de su tragedia.

—Niña, mira el vómito y la postura de desvanecimiento del cadáver —indicó don Giovanni en un tono apenas audible—. Huele a almendras amargas.

—Me hablan de intoxicación y desmayo, padre. ¿Crees que se la cargó el criado?

Don Giovanni buscó la respuesta con una pregunta.

—Caballero, ¿me permite observar el plato que hay junto a la mesita de noche de la difunta?

El hijo asintió y el doctor cogió la pieza de porcelana blanca con dos dedos. Sobre ella reposaban varios pinchos largos con restos de manzana tostada que, con seguridad, habían pasado por algún tipo de brasa o fuego antes de ser ingeridos. El huérfano se sintió obligado a comentar.

—Son ramas de laurel con fruta ensartada que le trae cada noche nuestro criado…

Falso. No era laurel. Y la mentira convirtió los ojos de padre e hija en una serpiente que se deslizó rápida por la sala hasta llegar al criado.

—… preparada con esmero por nuestra ama de llaves…

El reptil de miradas giró como una flecha hacia la sirvienta con aspecto de idiota.

—… que yo mismo recojo de nuestro jardín para mi madre.

Y la víbora se clavó en el hijo enorme.

Una pregunta de Caterina deshizo el encantamiento.

—¿Tiene usted adelfas en su jardín?

—Pues creo que sí, aunque no entiendo mucho de plantas.

Padre e hija se quedaron sin dudas.

—Caballero, ¿de verdad quiere usted saber quién ha matado a su madre?

Era realmente extraña aquella noche. Y así fue como se sintió ese hijo, extraño y miserable, al saber que él mismo había provocado la muerte de su madre al confundir las ramas del inocente laurel con la adelfa tóxica. Al quemarse, habían liberado ácido cianhídrico provocando la arritmia que dejó a la vieja tiesa.

Minutos después, el médico y su aprendiz estaban de nuevo en la góndola en dirección a su modesto palacio en la isla de la Giudecca. La brisa se había transformado en viento. La muchacha comandaba la nave, algo infrecuente para una dama veneciana, pero no para el rayo hecho mujer que era Caterina, quien, desde la cuna, había tenido una vida singular.

Baste decir que su primer sonajero fue un fémur. No el suyo propio, a Dios gracias, sino el de una cabra —o eso dijeron—, cuya extremidad apareció flotando en el mar a la deriva. Tras despojarlo de carne y piel y desinfectarlo meticulosamente, don Giovanni hizo gala de su particular sentido del humor —así como del ahorro— tallando el hueso con diminutas flores de lis, pues, pensó, ¿para qué gastar dinero en muñecas? Le añadió cascabeles y cintas de diferentes colores creando un instrumento como mínimo curioso que mecía sobre la cuna de la niña para calmar su llanto.

Así, mientras otras ricas patricias venecianas crecían en lujosos edificios, rodeadas de sedas orientales y brillantes terciopelos, Caterina lo hacía en una fría sala de autopsias jugando entre cuerpos rotos y vasijas de alcoholes conservantes. Arropada, eso siempre, por el inmenso amor y las tiernas excentricidades de su padre.

Ah, el dottore. Un gran hombre de ciencia que caminaba proyectado hacia adelante, como si soportara una carga pesada e invisible. Eternamente con el mismo abrigo verde pardo, austero y elegante. Preocupado a todas horas por su trabajo, pero sobre todo por su única hija.

Con cuatro años le enseñó a leer en sus libros de anatomía. Con siete jugaba con ella a diseccionar muñecas. Con diez la adoctrinó para reconocer y localizar los doscientos seis huesos del cuerpo humano con sus seiscientos cuarenta músculos. Al llegar a los catorce, Caterina pidió ver su primera autopsia. Todavía era una niña, y una mezcla de orgullo y horror invadió a don Giovanni.

Para probar su vocación, puso ante ella el cadáver de un marinero holandés tan descompuesto que, para saber de él, habría sido mejor preguntar a sus gusanos. Lo colocó sobre una mesa en decúbito supino; con un carbón dibujó entre su cuello y el pubis una perfecta línea recta y lo abrió con un bisturí siguiendo la marca. Miró a su hija… Cayó redonda al suelo. Corrió a levantarla. Al volver en sí, la niña pidió que le trajera perfume de azahar de su alcoba. Caterina lo vertió en un pañuelo, envolvió con él su nariz atándoselo en la nuca y volvió frente al difunto con gran dignidad. «Adelante, padre. Seguimos».

El dottore guardó ese momento en el alma. Había engendrado a otra apasionada de la medicina y, desde aquel día, los dos se pusieron de acuerdo para soñar que Caterina iría a la Universidad de Padua, que llegaría a ser una de las primeras mujeres doctoras; que podría, como él, descifrar los secretos que esconden los muertos.

Su madre se habría sentido orgullosa de verla, pero la vida quiso que le faltara desde la cuna. El padre asumió el doble papel con entrega y se convirtió en todo para Caterina. Con él, la niña tomó la medida del mundo y aprendió a amar Venecia. Él le enseñó a admirar sus palacios de piedra de Istria, grisáceos y enmohecidos, pero dignos y majestuosos, construidos sobre una superficie de tierra inventada, en constante lucha con la naturaleza. De su mano blanca y delgada aprendió a guiarse por las estrechas callejuelas y a mirar por los ojos de sus más de cuatrocientos puentes, aparentemente iguales pero todos distintos. Con él se santiguó más de mil veces frente a la Virgen y los santos de las pequeñas capillas —tabernacoli— excavadas en la piedra de numerosas esquinas de la ciudad. Envuelta en la risa de su padre descubrió cómo sortear las gotas de agua jabonosa que caían sobre sus cabezas procedentes de la ropa blanca recién lavada que las mujeres colgaban en las ventanas más altas de las casas y a tirar divertidos de ella provocando la furia de quienes las habían tendido. Apoyada en su hombro supo cómo dejarse embriagar por el aroma agridulce de la música veneciana, a cantar sus arias de cristal.

Pero también el dottore le mostró el mundo de las sombras que habitan la ciudad. Le previno de los hombres y mujeres que esconden sus almas tras las máscaras de un carnaval infinito y aún más de los que no las llevaban jactándose de no ocultar nada, pues esos —le dijo— son los peores. Le advirtió de la envidia que se filtra por las piedras y se extiende por el agua de los canales y los pozos de los que beben cada día los venecianos. Y le habló de lo poco que vale la vida de alguien cuando hay dinero, no mucho, de por medio. Había visto demasiados cadáveres como para no saberlo.

Por todo esto, aquella noche Cattuccina no gritó al contemplar el descubrimiento siniestro. Doblaban una esquina del canal para dirigirse a su palacio avejentado, de fachada rojiza, cuando les sorprendió un resplandor confuso. Procedía del interior de una góndola encallada en el amarre de la entrada. Era una luz extraordinaria, casi sobrenatural. Caterina detuvo la embarcación y se volvió hacia su padre.

—¿Qué demonios hace eso ahí? —soltó deslenguada reproduciendo el vocabulario vulgar aprendido de su vieja y fiel criada la Morattina.

—Prudencia, hija —contestó don Giovanni echando un rápido vistazo a los alrededores para calcular respuestas.

—¿Serán amantes?

—Demasiada luz para los que no quieren ser vistos. Tampoco crepita como un fuego. Es extraño. Acércate despacio, Caterina.

La muchacha, educada en el arte de la navegación como un varón por voluntad de su padre, puso la fórcola de la góndola —el punto de apoyo sobre el que gravitaba el remo— en posición lenta. La nave se deslizó sobre el agua con sigilo y cuando llegaron a la distancia que les permitía ver el interior, sintieron que se les helaba el alma.

Rodeado por decenas de pequeñas velas encendidas yacía el cuerpo desnudo y empolvado de blanco de una hermosa joven clavada de pies y manos al negrísimo suelo de la góndola como un Cristo crucificado. Su belleza y la delicadeza de su expresión eran inmensas. Habían tapado su vientre con un trozo de terciopelo bermellón y una guirnalda de orquídeas amarillas recorría su largo cabello negro. La puesta en escena de este asesinato estaba muy trabajada y resultaba extraordinaria a la vez que deplorable. Un detalle coronaba la estampa: tenía los pezones teñidos de azul.

—Santo Dio —suspiró el médico frotándose los ojos incrédulo, como si este acto reflejo fuera un conjuro capaz de cambiar la realidad.

—Padre, no llames a Dios, que esto ha sido obra del diablo —sentenció Caterina furiosa sin apartar lo

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