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BABEL CONTRA BABEL (ENSAYOS 3)

Rafael Sánchez Ferlosio  

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Fragmento



Índice

Babel contra Babel

Presentación

A MANERA DE PREFACIO: Las azoteas de Damasco

ASUNTOS INTERNACIONALES

«Tibi dabo»

Por alusiones

La Humanidad y la humanidad

La magia de la rima y el carisma de la megafonía

Wojtyla ataca de nuevo

Argentina y los muertos sin adiós

La tiara gibelina

Prenósticas y abusiones

Apunte sobre la «Wiedervereinigung»

Un Moisés de tercera mano

A propósito de Fujimori

«DE RE MILITARI»

El ejército nacional

Palinodia

Sobre el retorno del mercenariado

El poder del fusil

Ordalía

SOBRE LA GUERRA, I

Eisenhower y la moral ecuménica

Sueño y vigilia en armas

Sharon-Josué

Hipótesis del «Belgrano»

Réplica a Benedetti

«Pacifismo zoológico»

Kissinger

LA PRIMERA GUERRA DE IRAK

Del myrto a la yperita

Babel contra Babel

¿Bombardeada por unanimidad?

«Malos cristianos»

Irak por quinta vez

Mirage contra Mirage

INTERLUDIO

Cuando la flecha está en el arco, tiene que partir

SOBRE LA GUERRA, II

«¿Tú de qué lado estás?»

Albright y Aznar

Catarsis

Susan Sontag

Berlusconi

Apuntes

Tú lo has querido

La hija de la guerra y la madre de la patria

LA SEGUNDA GUERRA DE IRAK

Lo que faltaba

Moros y cristianos

La amenaza del universalismo

Soberbia obliga

La belleza de la guerra

Las «guerras por-si-acaso»

Teodicea del universalismo

«Siempre es más tarde de lo que te piensas»

Luna nueva

«Fuego del infierno»

Ruido de libertad

Hipótesis de Faluya

Sgrena-Polinices

Glosa sobre Israel

La victoria es un absoluto

Universalismo como escatología

«Nenikékamen!»

ÚLTIMOS PARTES

Austerlitz

Sobre el rearme

La guerra empieza en la fragua

La lujuria de los bombarderos

Matar

APUNTES DE POLEMOLOGÍA

PROLEGÓMENO. Historia e «identidad»

God & Gun

Libro I. §§ 1-10

Libro II. §§ 11-15

Libro III. §§ 16-20

Libro IV. §§ 21-25

Libro V. §§ 26-31

Libro VI. §§ 32-43

Libro> VII. §§ 44-46

Libro VIII. §§ 47-59

APÉNDICE. Carácter y destino

A MODO DE EPÍLOGO. «Weg von hier, das ist mein Ziel»

ANEXO

O Religión o Historia

Notas

Sobre este libro

Sobre Rafael Sánchez Ferlosio

Créditos

Notas

Presentación

I

La labor de Rafael Sánchez Ferlosio como articulista y como ensayista (imposible en su caso, como se ha dicho ya en otro lugar, deslindar netamente las dos facetas) revela una gran amplitud de intereses, por mucho que sus reflexiones regresen una y otra vez a las mismas cuestiones fundamentales. Desde su particular puesto de observación, ese mirador que le ha procurado la media docena de periódicos —nacionales y extranjeros— que, según sus propias declaraciones, llegaba en otros tiempos a leer o al menos hojear diariamente, Ferlosio ha pasado buena parte de las últimas cuatro décadas escrutando atentamente la actualidad política y cultural no sólo española, sino también del mundo, perceptivo a toda suerte de fenómenos y de acontecimientos, sin descontar los que esos mismos periódicos registraban en sus páginas de sociedad, de comunicación, de religión o de deportes.

La primera colección de las colaboraciones de Ferlosio para la prensa, Homilía del ratón (1986), se presentaba dividida en dos secciones tituladas «Asuntos nacionales» y «Asuntos internacionales». Asumiendo esta divisoria, sin duda muy esquemática, se previó que los tomos segundo y tercero de esta edición de sus ensayos completos reunieran, por un lado, las piezas dedicadas a la cultura y la política españolas, y, por otro, las que prestan atención a hechos o aspectos de la actualidad mundial que tienen su foco fuera de las fronteras de España. En consecuencia, si en Gastos, disgustos y tiempo perdido se recogían los numerosos artículos dedicados por Ferlosio a asuntos como los nacionalismos peninsulares y las pasiones identitarias, el terrorismo etarra, los GAL, la tortura, el papel de la policía y el ejército en la España de la Transición o las políticas culturales de los gobiernos que se sucedieron tras el establecimiento de la democracia, en el presente volumen se recogen sus no menos numerosos artículos sobre asuntos como la guerra de las Malvinas, la situación en Israel y Oriente Próximo, las dos guerras de Irak, la política exterior de Estados Unidos o la del Vaticano en los tiempos de Wojtyla.

Tanto en un caso como en otro, la diversidad de las piezas reunidas es atravesada por unos pocos temas recurrentes que, como líneas de fuerza, contribuyen a amalgamarlas. En el presente volumen, el tema que más claramente contribuye a ello es, sin duda, el de la guerra. Más en concreto, «el actual estado de guerra permanente de la humanidad». En torno a él orbitan una serie de conceptos —«soberbia», «amenaza», «victoria», «venganza», «castigo»— que, sumados, articulan una perspectiva especialmente penetrante de los hechos que en cada ocasión se consideran.

Es notable, en la ensayística de Ferlosio, cómo esas cuestiones fundamentales a las que se ha dicho que una y otra vez regresa constituyen, de hecho, una especie de punto de fuga hacia el que inevitablemente convergen sus análisis y sus reflexiones. La cuestión de la patria, por ejemplo, que tan importante papel desempeñaba en el volumen anterior, de nuevo se revela aquí sustancial, pese al tan distinto contexto en que interviene. El «fetiche de la identidad», tan íntimamente ligado a ella, emerge en estas páginas como una de las fuerzas motrices de la guerra. Pues si toda identidad es antagónica, como dice Ferlosio, la de la patria o nación lo es del modo más mortífero, por cuanto la guerra no es otra cosa que «el trance de máxima autoafirmación de una patria en cuanto patria, de exaltación y plenitud de toda nación como nación». Una afirmación ésta que actúa como bisagra entre Gastos, disgustos y tiempo perdido y el presente volumen, sugiriendo cómo, con independencia de que pertenezcan a un ámbito «nacional» o «internacional», el interés de Ferlosio por los asuntos de que se ocupa surge de un común núcleo de preocupaciones que se proyectan sobre todos ellos.

II

El título de este volumen repite el de uno de los artículos que contiene, «Babel contra Babel» (1990), donde se plantea un esclarecedor y decisivo contraste entre «la antigua y auténtica ética de guerra» y la «ética universalista» que en la actualidad justifica y fomenta un constante aprovisionamiento de armas y que, «por impulso de su propio absolutismo», tiende a invertir el sentido de sus designios declarados, abocándonos a una «directa regresión a la barbarie».

El contenido y la estructura del volumen modulan un discurso sorprendentemente compacto y coherente, tanto más si se tiene en cuenta que se reúnen aquí textos escritos, según se ha dicho ya, en el transcurso de más de tres décadas.

A modo de prefacio se da «Las azoteas de Damasco», un texto de 1992 que plantea abiertamente la pregunta de qué es la guerra, y que dirige la búsqueda de cualquier respuesta mínimamente plausible hacia donde Ferlosio intuye que se encuentra la explicación más cabal: hacia «el elemento de tenebrosa y arcaica irracionalidad que se manifiesta en el amor a la victoria como fin en sí mismo».

La primera sección, «Asuntos internacionales», recoge algunos de los artículos que, bajo este mismo título, incluía ya Homilía del ratón (1986), a los que suma unos cuantos posteriores en el tiempo pero que, como aquéllos, plantean, casi siempre a partir de un asunto de actualidad, reflexiones de alcance mucho más amplio. No debe extrañar la relativa insistencia sobre cuestiones ligadas a la Iglesia católica y al papado de Juan Pablo II (por las que Ferlosio nunca ha dejado de profesar un vivo interés, patente en la glotonería con que hasta hoy mismo sigue leyendo Alfa y Omega, el «semanario católico de información» que se distribuye todos los jueves con el diario ABC): los artículos que se ocupan de ellas ponen en evidencia el importante papel desempeñado en la política internacional por los intereses y las alianzas del Vaticano, y en conjunto sugieren la importancia que la religión, en general, sigue teniendo a la hora de orientar y de justificar según qué empresas guerreras.

«De re militari», conjunto de textos sobre la institución del ejército, explora el papel que éste tiene en la constitución de los estados y la naturaleza de sus relaciones con la ciudadanía. El núcleo de esta sección es la primera y al cabo única entrega de un notable y polémico ensayo titulado originalmente Campo de Marte, del que se anunció una segunda parte que sólo llegó a concretarse en forma de sucesivas «palinodias».

La tercera sección entra de lleno en el asunto central de este volumen: la guerra. De hecho, buena parte del contenido de este tomo coincide con el de un libro que compila la mayor parte de los escritos dedicados por Ferlosio a este tema: Sobre la guerra (2007). Tanto es así, que los editores tuvimos la tentación de armar este volumen a imagen y semejanza de aquél. Varias consideraciones nos disuadieron: la primera, la decisión de no segregar, como se hace en aquel libro, fragmentos de ensayos mayores; pero, sobre todo, la determinación de dar cabida a textos que abordan asuntos «colaterales» al de la guerra, como los tratados en las dos secciones anteriores y, muy en particular, el tardío e importante «God & Gun». Por otro lado, Sobre la guerra ofrecía una estructura muy diversificada, que se avenía mal con el que viene siendo uno de los criterios conforme a los cuales se ordenan los textos reunidos en los sucesivos volúmenes de esta edición de los Ensayos de Ferlosio: el de respetar en el marco de cada uno, dentro de lo que cabe, la secuencia cronológica, al efecto de permitir apreciar el progresivo desarrollo de ciertas ideas clave, la recurrencia y la resonancia de ciertos motivos.

«Sobre la guerra, I» contiene, así, ordenados cronológicamente, los artículos sobre esta materia escritos por Ferlosio durante un período que abarca de 1981a 1985. Poco más adelante, en «Sobre la guerra, II», se agrupan los escritos durante el período comprendido de 1996 a 2002. El hiato de más de una década entre una y otra secuencia de artículos se justifica, entre otras razones, por la atención específica prestada por Ferlosio a una guerra en particular: la bautizada en su día como «guerra del Golfo» (1990-1991); también, cabe suponer, por la dedicación a los preparativos de un notable ensayo que aquí se da a modo de «interludio», «Cuando la flecha está en el arco, tiene que partir», publicado en 1992 pero escrito en 1987-1988.

Como prolongación —antes que como contrapunto— de las dos secciones que discurren, muy abiertamente, «sobre la guerra», se dan, a continuación de una y otra, dos tituladas, respectivamente, «La primera guerra de Irak» y «La segunda guerra de Irak». El contenido de ambas repite, sin alteraciones, el de las secciones homónimas del mencionado libro de 2007. Conviene reparar en que Ferlosio no empezó a colaborar con cierta asiduidad en la prensa hasta bien entrada la década de 1970, de modo que los conflictos armados de los que ha sido espectador y ha podido hacer un seguimiento a través de los medios de comunicación, y sobre los que, en cuanto tal, ha tenido la oportunidad de pronunciarse mientras se desarrollaban, son los que han tenido lugar en las últimas cuatro décadas. A algunos de ellos —como las sucesivas guerras árabe-israelíes, la guerra afgano-soviética (1978-1992), la guerra de las Malvinas (1982), la guerra de Kosovo (1996-1999) o la guerra de Afganistán de 2001-2015— sólo se refiere ocasionalmente (si bien la creación del Estado de Israel, sus alianzas y su política son materias de las que se ocupa con frecuencia); por otro lado, quedan, en cierto modo, fuera de su campo de observación los que transcurren en lugares remotos, sin la implicación más o menos directa de las potencias —y las lentes— de Occidente. Por sus características particulares, que él mismo se ocupa de precisar y comentar, el conflicto que —entre los contemporáneos— acapara con más insistencia la atención de Ferlosio es el de Irak, con sus dos episodios de guerra más o menos declarada (los de 1990-1991 y 2003). Es en torno a las dos «guerras de Irak» sobre las que vuelca de modo continuado su atención, abriéndose paso a través de las fraseologías que las envuelven.

Ya se ha aludido al ensayo que sirve de «interludio» a las secciones «sobre la guerra» y sobre las dos «guerras de Irak». «Cuando la flecha está en el arco, tiene que partir» profundiza en lo que Ferlosio llama «el pragma de la amenaza» y la fatalidad que conlleva.

La sección titulada «Últimos partes» emplea irónicamente esta expresión de resonancias castrenses para dar título a un puñado de textos relativamente recientes en los que Ferlosio sigue dando vueltas, siempre a raíz de hechos relacionados con la actualidad internacional, a cuestiones ya sondeadas en artículos anteriores.

El título de la última sección de este volumen, «Apuntes de polemología», valdría también para el volumen en su totalidad, que bien admite ser descrito como eso mismo: un conjunto de apuntes sobre la guerra, sobre su origen y sobre los factores que la determinan, siempre conforme al significado que atribuyó a este neologismo —el de polemología— el sociólogo francés Gaston Bouthoul, quien lo inventó en 1946. El peso de esta sección recae sobre uno de los últimos ensayos extensos escritos por Ferlosio, «God & Gun», publicado en 2008 pero cuyo impulso remonta a diez años atrás. El ensayo proporciona profundidad de campo a las reflexiones que lo preceden a lo largo de todo el libro, y es complementado, a modo de apéndice, por el texto del discurso leído por Ferlosio al recibir el Premio Cervantes en abril de 2004, «Carácter y destino».

Después de «Weg von hier, das ist mein Ziel», un breve «epílogo» que sirve de hermoso contrapunto a la cuestión planteada en «Carácter y destino», se da como anexo un texto muy singular, resultado de las anotaciones tomadas por Ferlosio en 1984 para responder a un cuestionario que, destinado a una conversación pública que habían de mantener los dos, le planteó José Luis López Aranguren. Ferlosio no llegó a responder a todas las preguntas de Aranguren, pero en las respuestas que alcanzó a desarrollar (sin llegar a leerlas en la ocasión para la que fueron escritas, como era inicialmente su propósito) plantea con mucha anticipación cuestiones que enlazan, como se verá, tanto con algunos pasajes de «God & Gun» como con algunos de los artículos más antiguos de este volumen, reunidos en la sección titulada «Asuntos internacionales».

III

La acumulación de piezas que —aunque escritas en el transcurso de varias décadas y a propósito de circunstancias a veces muy dispares— rondan un mismo tema hace especialmente patente, por muy amplio que sea éste, la recurrencia de determinadas ideas, de determinados motivos, de determinados conceptos y razonamientos que a menudo se despliegan sucesivamente a modo de variaciones. No es de extrañar, así, que a lo largo de este volumen se repitan citas, ejemplos, paralelismos destinados a ilustrar argumentos comunes, como no lo es tampoco que se acuda reiteradamente a ciertos autores —Max Weber, Walter Benjamin, Theodor W. Adorno y Max Horkheimer, Thornstein Veblen, Karl Bühler, pero también los historiadores griegos y romanos, los Padres de la Iglesia, los cronistas castellanos de los siglos XV y XVI, Hegel, Ortega, Machado, entre otros— a los que Ferlosio declara abiertamente volver una y otra vez en sus propios discernimientos. Se ha hablado más arriba de líneas de fuerza que no sólo afianzan la coherencia y la solidez del conjunto de los materiales aquí reunidos, sino que establecen además conexiones con los contenidos de los otros volúmenes que integran esta edición. El rastro de tales líneas de fuerza se reconoce precisamente en esas reiteraciones a las que se alude y sobre las que se llama ocasionalmente la atención en las notas añadidas al final de este libro.

Sobre estas notas conviene advertir de nuevo —como ya se hacía en Gastos, disgustos y tiempo perdido— que no solamente dan noticia de la procedencia de los textos, destacando eventualmente las resonancias que éstos comparten con otros del mismo Ferlosio, sino que además tratan de refrescar en la memoria del lector las circunstancias que los inspiran o a las que remiten, esclareciendo alusiones que —por demasiado pasajeras, a veces— pueden resultar oscuras o incomprensibles, documentando hechos, nombres o situaciones que pueden no ser de dominio común y complementando la información sobre determinadas fuentes bibliográficas. Debido a la amplitud del horizonte de referencias que maneja Ferlosio, la tarea de allanar con informaciones siempre muy básicas (cosechadas de la consulta de enciclopedias y hemerotecas por lo general virtuales) las eventuales perplejidades del lector resulta, en rigor, interminable, y se ha acometido asumiendo un importante margen de subjetividad, por lo demás inevitable en una tarea como ésta. Es difícil distinguir con seguridad cuándo se omiten aclaraciones seguramente necesarias o cuándo se hacen otras superfluas, a riesgo de impacientar al lector. En este último caso, sirva de descargo el hecho de que las notas no llevan llamada de ningún tipo, de modo que el lector necesitado de esas aclaraciones deberá acudir a las notas sin garantías de encontrarlas, compensándole quizá de la molestia que se haya tomado el disponer en ellas de otras informaciones que acaso no buscaba.

El índice de nombres que figura al final del volumen brinda, como ocurre en todos los anteriores, una herramienta de consulta, especialmente útil en este caso.

Sin miedo a repetirnos, pues se repiten en cada ocasión los motivos que la justifican, los editores queremos hacer constar una vez más nuestra gratitud a Tomás Pollán y a Gonzalo Hidalgo Bayal por su amistosa complicidad. También a Lorena Bou, a Carles Mercadal y a Miquel Arderiu, por la vigilancia y el rigor empleados en la revisión de los textos. A Laura Díaz y a Ferran Nerín por su ayuda con la documentación y con el índice de nombres. Y siempre, claro está, a Rafael Sánchez Ferlosio, por su inestimable ejemplo, por su amigabilidad y por su confianza.

Ignacio Echevarría
Septiembre de 2016

A MANERA DE PREFACIO

Las azoteas de Damasco

El cuartel del hoy extinto Regimiento de Regulares de Tetuán número 1, en el que yo cumplí, como soldado raso, mi servicio militar, estaba emplazado en un lugar donde ya el mero sentido de la verosimilitud sugería haberse asentado la fortaleza mora que, en otros tiempos, defendía la ciudad, y de la que quizá procediesen los cañones capturados en su toma por el general O’Donnell y con cuyo bronce fueron fundidos los leones que todavía hoy flanquean la escalinata de acceso al Congreso de los Diputados. Por lo demás, la toponimia popular conservaba para mi cuartel precisamente el nombre de «La Alcazaba», o sea ‘La Fortaleza’, aunque yo no recuerdo que se conservase ningún vestigio de la construcción mora precedente. Las edificaciones del cuartel estaban asentadas en la cima llana o allanada de un escarpe vertical de unos veinte o veinticinco metros de altitud, contra cuyo mismo pie venían a apoyarse las últimas casas de la vieja ciudad mora. Por ese frente, el cuartel tenía una balaustrada que se asomaba al borde mismo del escarpe y desde la cual podía uno contemplar, extendida a sus pies, toda Tetuán. Aquí delante, en primer término, desde la propia base del escarpe, la medina, la ciudad mora amurallada; más lejos, en segundo término, de murallas afuera, la llamada «ciudad europea». El apiñamiento de la edificación, de cuya uniformidad de altura sólo sobresalían los alminares, le daba a la medina un cuerpo tan compacto de ciudad que apenas se dejaba ver aquí y allá algún tramo de sus intrincadas calles. De hecho, éstas atravesaban en múltiples lugares bajo pasajes cubiertos por encima de los cuales se unían las casas de una y otra acera. Así que no era extraño que, desde lo alto de la balaustrada, uno tuviese la impresión de que podría haber recorrido la medina entera por lo alto de las casas, simplemente saltando de terrado en terrado, sin tener que bajarse al nivel de la calle ni una sola vez. Aunque, por lo que yo recuerdo del clima tetuaní (singularmente caracterizado, al igual que la punta española de Tarifa, por el célebre «levante»), no me parezca suficientemente justificada por la pluviometría, la tradición edilicia de Tetuán se mantenía firmemente fiel —en lo que se refiere, por supuesto, a la medina— al sistema de terrado. Tampoco en Almería se ven, o se veían por entonces, apenas casas con cubierta de tejas y predominaba el terrado o azotea, pero allí está mucho más justificado por la pluviometría, en tanto que en mis recuerdos de Tetuán no faltan días de fuertes aguaceros. Pero tal vez respecto de una ciudad islámica sea un error relacionar necesariamente el sistema edilicio de terrado con la pluviometría. Tengo razones para sospechar que el terrado, tan característico de la edilicia islámica, ya no responde al hecho de que la escasez de lluvia —predominante en el área del islam— lo permita en su edilicia, sino al de haber asumido otra función. Y para conocer esa función —ya fuese originaria o advenediza— no había más que asomarse a media tarde, cuando la fuerza del sol iba ya de vencida, al alto mirador del cuartel de Regulares, y extender la mirada sobre la medina. Si al nivel de las calles, prácticamente invisibles desde aquella altura, una ciudad, la ciudad de los hombres, proseguiría sin duda, a aquellas horas, en sus afanes, sus trasiegos y sus relaciones, al nivel, bien visible en cambio, de los terrados o azoteas, otra ciudad, la ciudad de las mujeres y los niños,[1] hacía su aparición. Con sus ligeras túnicas de colores muy claros, con sus movimientos dulces y apacibles, muchachas, madres, ancianas poblaban las blancas azoteas, hablaban, se saludaban de una a otra, cuidaban de sus niños —los varones nunca mayores de los siete u ocho años—, se peinaban y gozaban la tarde luminosa al sol que ya iba buscando el horizonte. En una palabra, la función del terrado o azotea era servir de exterior, de lugar de expansión y de recreo para las encerradas mujeres del islam.

Ya sé que la casi cinco veces milenaria, la califal ciudad de Damasco tiene que haberse visto mil veces más zarandeada y alterada por la Historia, o sea por la guerra, y hasta mucho más europeizada por el vigoroso colonialismo francés, pero, con todo, a falta de otro recurso que la imaginación, tuvo que ser sobre el único modelo de ciudad islámica de que disponía, el de la pequeña Tetuán, como yo me representé las azoteas de Damasco cuando una noticia de guerra me lo hizo necesario. En un determinado trance de la guerra del Yom Kippur los Phantom israelíes lanzaron un raid sobre Damasco. Como para hacer aún más azul ese cielo de batalla, al oeste de mi Damasco imaginaria se divisaba casi encima el Antilíbano y la siempre nevada cumbre del Hermón, mientras, al este, el Barada, partido en siete ríos y en innumerables acequias por la antigua sabiduría hidráulica de los árabes, abrevaba con sus aguas el inmenso oasis. El raid israelí no cogió desprevenidos a los sirios, que disponían en aquella ocasión de bien nutridas baterías de cohetes perseguidores tierra-aire, capaces de rectificar su trayectoria en vuelo con arreglo a los quiebros del avión; como, además, estos cohetes eran trazadores, pues dejaban tras sí, al igual que los aviones, la estela de su recorrido, la persecución quedaba espectacularmente dibujada, explicada, contra el luminoso azul, y la batalla se estaba librando sobre el mismo cielo de Damasco. Pero su población no bajó a protegerse del peligro a los sótanos y a los refugios, sino que mujeres, niños, ancianos, la ciudad entera subió a las azoteas, y cada vez que uno de sus cohetes alcanzaba un phantom enemigo aniquilándolo en el aire o haciéndolo precipitar seguido de una negra estela de humo toda Damasco prorrumpía en un inmenso alarido de triunfo y alegría.

Uno no dejará de preguntarse nunca qué es la guerra. ¿Es el terrible flagelo de las gentes, la agonía de los hombres, el terror de las madres y de las esposas, el diezmador o destructor de las familias, el desamparo y la miseria de viudas y de huérfanos? ¿O es la exultante autorrealización y autocumplimiento de los pueblos, el momento de la suprema plenitud colectiva para la comunidad que los integra? No me arredra el hacerme responsable de la extrema banalidad de estas dos preguntas contrapuestas, pero lo que es, en verdad, la guerra, hay que preguntárselo primordialmente a la victoria. Tan sólo la victoria puede tal vez llegar a soplarnos al oído tan turbador y tan siniestro arcano. Todo intento de crítica pacifista, toda polemología que no empiece por rechazar drásticamente cualquier suerte de racionalizaciones (en sentido freudiano, y por ende fraudulentas) de la guerra, y no contemple cara a cara el elemento de tenebrosa y arcaica irracionalidad que se manifiesta en el amor a la victoria como fin en sí mismo, es un fatal error antropológico y está abocado al fracaso. Al hombre le gusta ganar, y la mera existencia del deporte competitivo (y más aun con el añadido de las adscripciones nacionales de los equipos), como contienda sin causa, y sin más fin que la victoria en sí, nos lo demuestra.

ASUNTOS INTERNACIONALES

«Tibi dabo»

Desde que el ilustrísimo señor obispo de Córdoba tuvo la fecunda idea de aprovechar su amistad personal con el emperador para venderle la sangre de Jesús Nazareno a cambio del imperio, la Iglesia romana, salvo honrosas y emocionantes excepciones medievales, se ha interesado siempre mucho más por las leyes que por las conciencias. El doble y fabuloso negocio y contubernio de Nicea le permitió a Osio poner al servicio de la santa casa los inmensos poderes del imperio, y a Constantino, con el inapelable refrendo moral de la aprobación eclesiástica ecuménica y la aureolada autoridad y universal prestigio de protector de la fe —de una fe que ya se estaba haciendo universal—, le permitió a su vez residenciar a toda la población del imperio y coronar la obra de Diocleciano, organizando la más cerrada tiranía que ha llegado a conocerse bajo el poder de Roma. Se consumaba así lo que se había prefigurado ya en la tentación del monte: «Te daré la ciudad si me adorares», sin que pueda, por otra parte, excluirse la sospecha de si ya el propio Jesús, entrando en Jerusalén y haciéndose aclamar por hijo de David, no había cedido, aunque sea inadvertida y parcialmente, a la voz del tentador. Mas, comoquiera que sea, es a

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