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BAHíA DE LA HABANA (ARKADY RENKO 4)

Martin Cruz Smith  

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Fragmento

Título original: Havana Bay

Traducción: Cristina Pagès

1.ª edición: junio, 2012

 

© Martin Cruz Smith, 1999

© Ediciones B, S. A., 2012

para el sello B de Bolsillo

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

Depósito Legal:  B.19324-2012

ISBN EPUB:  978-84-9019-164-4

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

NOTA DEL AUTOR

 

Si bien esta novela se desarrolla en La Habana, Cuba, los personajes y los diálogos son producto de la imaginación del autor y no retratan ni personas ni acontecimientos reales. Cualquier parecido con personas vivas es mera coincidencia.

 

 

 

 

 

 

Para Em

 

AGRADECIMIENTOS

 

Quisiera dar las gracias, en Cuba, a los escritores José LaTour, Daniel Chavarría y Arnaldo Correa; en España, a Justo Vasco; en Rusia, a Konstantin Jukovski, de la agencia Tass. No son en absoluto responsables de las opiniones políticas que aparecen en el presente libro.

En Estados Unidos me ayudaron los conocimientos médicos de los doctores Neil Benowitz, Nelson Branco, Mark Levy y Kenneth Sack, los conocimientos de George Alboff y Larry Williams sobre incendios provocados, la cámara de Sam Smith, las letras de Regla Miller, el consejo mundano de Bill Hanson y la lectura crítica de Bob Loomis, Nell Branco y Luisa Smith.

Por encima de todo, quiero expresar mi agradecimiento a Knox Burger y Kitty Sprague, que esperaron el manuscrito.

 

Contenidos

Portadilla

Créditos

Nota del autor

Dedicatoria

Agradecimientos

 

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Sobre el autor

1

 

Una lancha de la policía dirigió una luz hacia los pilotes alquitranados y el agua, y tornó blanco un escenario negro. La Habana, al otro lado de la bahía, resultaba invisible, salvo por una única fila de farolas a lo largo del malecón. Las estrellas volaban alto, las luces del ancla volaban bajo; por lo demás, el puerto constituía un estanque quieto en la noche.

Latas de refrescos, nasas de cangrejos, corchos de pesca, colchones, poliuretano con barbas de algas, cambiaban de sitio, en tanto un equipo de investigaciones de la Policía Nacional de la Revolución tomaba fotos con flash. Arkady aguardaba, envuelto en un abrigo de cachemira, junto a un tal capitán Arcos, un hombrecillo de pecho como un tonel que parecía muy tieso en su almidonado traje de faena militar, y su sargento Luna, corpulento, negro y anguloso. La detective Osorio, una mujer bajita y morena, con el uniforme azul de la PNR, dirigió a Arkady una estudiada mirada.

Un cubano llamado Rufo era el intérprete de la embajada rusa.

—Es muy sencillo —tradujo las palabras del capitán—. Usted mira el cuerpo, lo identifica y se va a casa.

—Suena sencillo.

Arkady intentaba ser amable, aunque Arcos se alejó como si el contacto con un ruso fuese contaminante.

Osorio combinaba los rasgos afilados de una ingenua con la expresión grave de un verdugo. Habló y Rufo explicó:

—La detective dice que es el método cubano, no el método ruso ni el método alemán. El método cubano. Ya lo verá.

Hasta el momento, Arkady había visto poco. Acababa de llegar al aeropuerto, en plena oscuridad, cuando Rufo se lo había llevado a toda prisa. Iban en taxi a la ciudad, cuando Rufo recibió una llamada en un telé-fono móvil, llamada que los desvió hacia la bahía. Arkady ya tenía la sensación de no ser ni bienvenido ni popular.

Rufo lucía una holgada camisa hawaiana y un ligero parecido a un Mohamed Alí ya viejo y reblandecido.

—La detective dice que espera que no le importe aprender los métodos cubanos.

—Me encantará. —Más que nada, Arkady era un buen huésped—. ¿Puede preguntarle cuándo descubrieron el cuerpo?

—Hace dos horas, por el barco.

—La embajada me mandó un mensaje ayer, informándome que Pribluda tenía problemas. ¿Por qué me lo enviaron antes de que encontraran el cuerpo?

—Ella dice que se lo pregunte a la embajada. Ella no esperaba un investigador.

El honor profesional parecía estar en juego, y Arkady se sentía sumamente superado. Como Colón en cubierta, un impaciente capitán Arcos oteaba la oscuridad; Luna era como su corpulenta sombra. Osorio hizo colocar unos caballetes y una cinta que rezaba: PROHIBIDO EL PASO. Cuando llegó un policía en motocicleta con casco blanco y espuelas en las botas, ella lo echó con un grito que podría haber rayado el acero. En cuanto se desplegó la cinta, surgieron, de la nada, hombres en camiseta. ¿Qué tenía la muerte violenta que resultaba mejor que los sueños?, se preguntó Arkady. Los espectadores eran, en su mayoría, negros; La Habana era mucho más africana de lo que Arkady se había imaginado, si bien los logotipos en sus camisetas eran de Estados Unidos.

Junto a la cinta alguien llevaba una radio, que cantaba: «La fiesta no es para los feos. Qué feo es, señor. Superfeo, amigo mío. No puedes pasar aquí, amigo. La fiesta no es para los feos.»

—¿Qué quiere decir? —preguntó Arkady a Rufo.

—¿La canción? —Rufo procedió a traducírsela.

«Y, sin embargo, heme aquí», se dijo Arkady.

Una huella de vapor muy por encima de ellos dejó destellos plateados, y los barcos anclados empezaron a aparecer donde, apenas unos momentos antes, pendían las luces. Al otro lado de la bahía, el malecón y las mansiones de La Habana surgieron del agua, los muelles se extendieron y, a lo largo de la bahía interior, las grúas de carga y descarga se alzaron.

—El capitán es muy sensible —comentó Rufo—. Pero, tuvieran o no razón acerca del mensaje, usted está aquí y el cuerpo está aquí.

—Así que no pudo haber resultado mejor, ¿no?

—Por así decirlo.

Osorio ordenó a la lancha que se alejara, para que su estela no moviera el cuerpo. Una combinación de luz de la embarcación y de la frescura creciente del cielo arrancaba un brillo a la cara de Osorio.

—A los cubanos no les gustan los rusos —explicó Rufo—. No es usted; es solo que este no es un buen lugar para los rusos.

—¿Cuál es un buen lugar?

Rufo se encogió de hombros.

De este lado, el puerto, ahora que Arkady lo distinguía, era como un pueblo. Una loma de bananeros dominaba unas casas abandonadas cuya fachada daba a lo que, más que un malecón que se extendía desde un muelle de carbón a un embarcadero de transbordador, era una curva de hormigón. Una pasarela de madera equilibrada sobre pilotes negros capturaba todo lo que entraba flotando. El día iba a ser caliente. Arkady lo sabía por el olor.

«Vaya a cambiar su cara, amigo. Feo, feo, feo como horror, señor.»

En Moscú, en enero, el sol habría aparecido discretamente, como una bombilla tenue detrás de papel de arroz. Aquí, era una antorcha impetuosa que convertía el aire y la bahía en espejos, primero de níquel y luego de un rosa vibrante y ondulante. Un pintoresco transbordador avanzaba hacia el embarcadero. De repente muchas cosas resultaron visibles. Pequeñas barcas de pesca ancladas casi al alcance de sus brazos. Arkady se fijó en que había más palmeras en la aldea, a sus espaldas; el sol encontraba cocos, hibiscos, árboles rojos y amarillos. El agua en torno a los pilotes empezó a revelar el brillo color pavo real del petróleo.

La orden que dio la detective Osorio de que la cámara de vídeo empezara a filmar fue como una señal para que los espectadores se apretujaran contra la cinta. El embarcadero se llenó de personas esperando el transbordador; sus rostros, todos, se volvieron hacia los pilotes, donde, bajo la creciente luz, flotaba un cuerpo tan negro y tan hinchado como la cámara de neumático sobre la cual descansaba. La expansión del cuerpo había rasgado la camisa y los shorts. Las manos y los pies se rezagaban en el agua; una aleta colgaba, desenfadada, de un pie. La cabeza, sin ojos, se encontraba tan inflada como un globo negro.

—Un neumático —dijo Rufo a Arkady—. Un neumático es un pescador que pesca desde una cámara de neumático... bueno, desde una red estirada sobre la cámara de neumático. Como una hamaca. Es muy ingenioso, muy cubano.

—¿La cámara de neumático es su barca?

—Mejor que una barca. Una barca necesita gasolina.

Arkady reflexionó al respecto.

—Mucho mejor.

Un buzo enfundado en su traje se bajó de la lancha de la policía mientras un oficial con botas impermeables se dejaba caer desde el malecón. Gatearon tanto como vadearon por encima de las nasas de cangrejo y los muelles de colchones, cuidándose de los clavos ocultos y el agua séptica, y arrinconaron la cámara de neumático para que no se escapara flotando. Alguien echó una red por encima del malecón para que la tendieran debajo del neumático a fin de levantarlo junto con el cuerpo. Hasta ese momento, Arkady no habría hecho nada distinto. A veces, los acontecimientos son pura suerte.

El buzo metió el pie en un agujero y se hundió. Jadeando, salió, se aferró primero a la cámara de neumático y luego a uno de los pies colgantes. El pie se desprendió. La cámara de neumático se apretó contra la punta de un muelle de colchón, explotó y empezó a desinflarse. Mientras el pie se convertía en gelatina, la detective Osorio gritó al oficial que lo echara a la playa. Un clásico enfrentamiento entre la autoridad y la muerte vulgar, pensó Arkady. A lo largo de la cinta, los espectadores aplaudieron y rieron.

—¿Ve? Nuestro nivel de competencia suele ser bastante alto, pero los rusos causan este efecto. El capitán nunca le va a perdonar esto.

La cámara siguió filmando el desastre mientras otro detective saltaba al agua. Arkady confiaba en que la cámara estuviera captando el modo en que el sol naciente se derramaba sobre las ventanas del transbordador. La cámara de neumático se hundía. Un brazo se separó. Iban y venían gritos de Osorio a la lancha de la policía. Cuanto más desesperadamente intentaban los hombres salvar la situación, tanto más empeoraba. El capitán Arcos colaboró con la orden de izar el cuerpo. En tanto el buzo estabilizaba la cabeza, la presión de sus manos licuó la cara e hizo que se despegara, cual la piel de una uva, del cráneo, que se separó limpiamente del cuello; era como tratar de levantar a un hombre que se desnudaba perversamente, por partes, sin avergonzarse por el hedor del avanzado estado de desc

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