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BAJO LA LUNA DE HAWAI

Barbara Wood  

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Fragmento

1

Lo primero que Emily vio mientras el Triton se acercaba a tierra fue una especie de velo blanco, alargado y diáfano, en medio del radiante cielo azul a un kilómetro y medio sobre la isla aproximadamente.

—Es una ilusión óptica —dijo el señor Hamstead, de pie junto a Emily en la proa del barco—. Lo que ve es el Mauna Loa, un volcán activo. Es casi del mismo color que el cielo, y eso que parece flotar sobre él no es más que su cima nevada.

Emily estaba fascinada. Llevaba mucho tiempo fantaseando con ese momento y ahora, por fin, estaba a punto de desembarcar en la tierra de las palmeras y la nieve.

Más cerca, a los pies de la montaña, vio acantilados de un intenso verde esmeralda, una exuberante planicie salpicada de cabañas hechas con ramaje y una playa de arena fina flanqueada por una hilera de palmeras que el viento mecía lentamente. Mientras algunos miembros de la tripulación del Triton echaban el ancla y otros se encaramaban a los palos para recoger el velamen, el capitán gritaba órdenes y los pasajeros esperaban, ansiosos y emocionados, en cubierta, Emily observó a los nativos, que corrían hacia la playa, se quitaban la ropa y se zambullían en el agua.

Le sorprendió la nitidez y la claridad de la luz del sol. No recordaba haber visto nunca semejante luminosidad en los cielos de Nueva Inglaterra. Los colores que se desplegaban ante sus ojos eran intensos y brillantes. El mar refulgía, cubierto de un sinfín de destellos. Las olas se elevaban, arqueándose en su esplendor verde lima para luego desintegrarse en una espuma de un blanco espectacular. Emily observó a los nativos que nadaban entre ellas. Podía oír sus risas. Se lo habían advertido: «Tanto las mujeres adultas como las jóvenes nadan sin ropa hasta los barcos para dar la bienvenida a los marineros. Es una costumbre que estamos tratando de erradicar, aunque sin demasiado éxito por el momento. Confiamos en que la influencia civilizadora de los misioneros cristianos nos sirva de ayuda». Esas habían sido las palabras del señor Alcott, presidente del Comité Misionero para las Islas Sandwich, la víspera de la partida de Emily desde New Haven siete meses atrás.

Las mujeres se subieron al Triton ayudándose de los cabos y las escalas que la marinería, poseída por un repentino entusiasmo, se había apresurado a lanzarles, y saltaron a cubierta desnudas, relucientes y sin dejar de reír. Los sonrientes tripulantes las esperaban a bordo para abrazarlas mientras ellas iban de un lado a otro obsequiando a los recién llegados con collares de flores. Emily se volvió hacia la costa y vio un grupo de canoas que surcaba las aguas. Cada una de ellas era impulsada por treinta remeros, hombres fuertes de piel morena, con guirnaldas alrededor del cuello y coronas de ramas en la cabeza. Cuando estuvieron al costado del Triton comenzaron a hablarles a voces al tiempo que les sonreían. Emily evitó bajar la mirada, pero por suerte pronto descubrió con alivio que ellos sí llevaban algo de ropa, aunque solo fueran unos exiguos taparrabos que apenas cubrían sus partes pudendas.

A lo lejos las verdes montañas con sus profundas simas se elevaban hasta confundirse con las nubes. Emily nunca había contemplado una visión tan hermosa como esa. Las cascadas dibujaban estelas nacaradas que se precipitaban hasta el fondo de precipicios cubiertos de un espeso bosque tropical. Los arcoíris se recortaban majestuosos sobre la neblina. Emily sabía que allí vivían algunos hombres blancos, marineros retirados o que habían ido para explorar y habían decidido quedarse. No había, sin embargo, ninguna mujer blanca. Emily Stone, una joven recién casada de veinte años, sería la primera.

—Estamos listos para llevarla a tierra, señora Stone —dijo el capitán O’Brien, un corpulento y barbudo lobo de mar de modales un tanto toscos y con la cara rubicunda de quienes solían beber demasiado brandy durante la cena.

Emily recorrió con la mirada la atestada cubierta. Ocho misioneros habían hecho el duro viaje desde New Haven, además de los pasajeros que continuarían hasta Honolulú, en la isla de Oahu. Al igual que Emily, parecía que se habían vestido para una reunión vespertina en el jardín: las mujeres, con vestidos a la moda de cuello alto, mangas largas estilo Imperio, esclavinas, sombreros y guantes, pequeñas bolsas de mano y parasoles; los hombres, ataviados con cómodos pantalones, camisas de lino, pañuelos anudados perfectamente al cuello, chaquetas negras con faldones, sombreros de copa y botas.

Viendo aquel grupo, pensó Emily, hombres y mujeres sonrientes y vestidos de domingo, nadie diría que habían pasado las últimas semanas bajo cubierta gimiendo en sus literas, vomitando en baldes y suplicando al Todopoderoso que pusiera fin a su sufrimiento. Sin embargo, eran gentes de Nueva Inglaterra. Las miserias eran cosa del pasado; lo que querían era llegar a las islas Sandwich haciendo gala de la elegancia que les era propia.

Y allí, entre todos ellos, estaba el reverendo Isaac Stone, su esposo.

«Esposo solo de nombre», se recordó Emily. Tras la boda, que había sido un tanto precipitada, no habían tenido tiempo de consumar la unión pues debían ocuparse de los preparativos para un viaje tan largo como el que estaban a punto de emprender, además de cumplir con la ronda de visitas a familiares y amigos a fin de despedirse de ellos, y es que seguramente ni Emily ni Isaac regresarían a New Haven. Durante aquellos días durmieron en habitaciones separadas; ella creía que la noche de bodas llegaría por fin cuando estuvieran a bordo del Triton, y la idea se le antojaba incluso romántica. No había tardado en descubrir el limitado espacio del que disponían a bordo de la embarcación, compartido, por si fuera poco, con desconocidos, por lo que todos oían lo que hacían los demás, sin un solo instante de privacidad. Luego habían llegado los mareos y el vaivén del oleaje, así como la lucha desesperada por superar el cabo de Hornos con la pérdida de dos marineros que se habían precipitado por la borda. Un viaje arduo y penoso que Emily juró no volver a sufrir jamás.

Sin embargo, incluso después, cuando ya navegaban por las aguas relativamente tranquilas del Pacífico con la ayuda de los vientos alisios, la falta de privacidad impidió que Isaac se acercara a su mujer. Y ahora por fin estaban a punto de pisar tierra por primera vez desde hacía ciento veinte días. «Los nativos tendrán una casa lista para ustedes —les había asegurado el señor Alcott antes de que partieran con todas sus posesiones, además de libros de oraciones y biblias—. Están deseosos de escuchar la Palabra de Dios.»

«De modo que será esta noche», pensó Emily mientras observaba a su desgarbado esposo, que se dirigía con semblante serio a dos hombres de adusta vestimenta, tan decididos a llevar el Evangelio a los paganos que apenas quedaba espacio en sus personalidades para nada más.

El reverendo Isaac Stone, que había cursado estudios en el Seminario Teológico de Andover, era un hombre de veintiséis años, complexión enjuta, manos finas y suaves, y un rostro más bien delicado. Alto pero encorvado, como si se disculpara por su altura. Necesitaba lentes para leer, algo que hacía a todas horas, y carraspeaba a menudo como si deseara llamar la atención de quienes lo rodeaban. A pesar de su apariencia, su voz no era queda. Isaac gritaba. Vociferaba, bramaba, atronaba. «¿Es necesario que levantes tanto la voz?», solía decirle su madre, y él le respondía: «¡El Señor en su misericordia nos concedió el don del habla y espera que le demos un buen uso!».

Emily sospechaba que aquella costumbre suya se debía a que, estuviera donde estuviese, su esposo siempre se encontraba en el púlpito y, cualquiera que fuese el tema de conversación, sus palabras eran un sermón.

Ella e Isaac eran primos lejanos. Un hermano de la madre de Emily se había casado con una prima segunda de ambos; Isaac había sido el fruto de esa unión. Así pues, con el paso de los años habían acabado coincidiendo. Un sábado, durante una reunión de la congregación a la que ambos habían acudido, un hawaiano se dirigió a los presentes. Iba bien vestido y sabía hablar; había aprendido inglés y las maneras civilizadas de los capitanes de los barcos mercantes que fondeaban cerca de las islas para proveerse de agua fresca y suministros. Aquel joven de piel oscura les habló de las costumbres impías y de las prácticas atroces y arcaicas que aún se realizaban en su tierra, y cuando el señor Alcott pidió desde su púlpito hombres y mujeres valientes y dispuestos a vivir entre salvajes para difundir el mensaje de la salvación, Emily se presentó voluntaria. El problema era que solo podían ir aquellos misioneros que estuvieran casados. Por suerte, Isaac respondió a la llamada con el mismo entusiasmo que ella, de modo que las dos familias se reunieron y acordaron el matrimonio. Dos semanas más tarde ambos partían a bordo del Triton rumbo a un futuro incierto pero prometedor.

Emily sabía que la soberbia era pecado, pero no podía evitar sentirse orgullosa de sí misma, orgullosa de no ser como su madre, sus hermanas o sus amigas, quienes no mostraban el menor interés por la aventura. La prueba era que allí estaba, surcando los mares a bordo de una embarcación frágil como el Triton con rumbo desconocido. ¿Cuántas mujeres de New Haven podían decir lo mismo? La mayoría necesitaba de los convencionalismos, vivía según las normas, el decoro y la etiqueta. Se comportaban como generaciones de mujeres lo habían hecho antes que ellas.

«¡Pero yo no! —exclamó para sí Emily, dirigiéndose a un cielo más vasto que cualquiera que hubiera visto jamás sobre Nueva Inglaterra—. Yo he nacido para la aventura. Me río de las convenciones. Soy una Mujer Nueva con una misión sagrada.»

Durante el té de despedida, antes de la partida de los misioneros, uno de sus allegados dijo a Emily:

—Eres tan valiente… Siempre fuiste la más fuerte de todos nosotros.

—Dios me da valor —respondió ella con humildad, si bien por dentro estaba pensando: «Sí, soy increíblemente valiente, ¿verdad?».

Los hawaianos parecían gente interesante y amigable, con un pasado belicoso ya olvidado. Emily recordó un viaje que había hecho con su familia cuando era pequeña para visitar a unos familiares en Uncasville, al este de Connecticut. Durante el trayecto se habían cruzado con un pequeño grupo de indios moheganos que vendían cestos de tiras de madera. También ellos le habían parecido interesantes, con su piel bronceada, aquellas cintas que ceñían sus frentes, bordadas con cuentas y con una o dos plumas, y aquellos mocasines; las mujeres ataviadas

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