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BAJO LAS LLAMAS

Hervé Le Corre  

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Fragmento

1

La noche, y una luna demasiado clara que los baña de azul. Caminan sin hacer ruido, con los zapatos envueltos en trapos. Son tres en ese ramal de la trinchera hundido en varios puntos, las piernas devoradas por las tinieblas que se agolpan al fondo: se tuercen los tobillos, dan tumbos y a veces tropiezan, tragándose las maldiciones, agarrándose al compañero del que solo ven, casi encima, una masa oscura. Acaban de pasar a cien metros de un campamento. El fuego moribundo, un montón de brasas. El centinela apoyado en el fusil, dormitando. Contienen la respiración y se tapan la cara con el cuello levantado de la guerrera. De cuando en cuando estalla una descarga de artillería en Mont Valérien, truenos lejanos, redoble fúnebre. Un obús silba en medio de la negrura. Versalles bombardea París a ciegas en un intento de matar a los que no duermen. Detrás de ellos, las explosiones, como una tos que se sofoca. Bajo los disparos, la ciudad espera y tiembla de miedo y rabia. Y cuando vuelven la cabeza, los tres hombres ven elevarse el resplandor rojizo de un incendio por encima de la masa oscura de las fortificaciones.

Un caballo relincha a lo lejos, abajo, cerca de la Avenue de Saint-Cloud. Más acá empieza a ladrar un perro al que una voz masculina hace callar, y seguramente también una patada, porque el animal gime de dolor.

Son tres soldados de la Comuna. Del 105.º batallón federado.

El que va delante se llama Nicolas Bellec. Sargento. Lo ascendieron el sábado pasado en la fortaleza de Vanves, ante la necesidad de reemplazar al sargento titular después de que un fragmento de obús le arrancara media cabeza. Los ocho compañeros supervivientes de la veintena que aún había por la mañana se arrojaron al suelo y tomaron esa decisión allí mismo, asustados, totalmente cubiertos de sesos y sangre, vociferando a través del estruendo: «Tú mandas, Bellec. ¡Por lo que más quieras, sácanos de aquí!». Él apenas los veía, apiñados al pie de una muralla de la que llovían trozos de piedra y pedazos de acero grandes como puños, silbando y lanzando chispas mortecinas en medio de la amalgama de polvo y humo. Habían recuperado la fortaleza dos días atrás y resistido bajo la tormenta de obuses desencadenada por los versalleses hasta que el general Wroblewski ordenó la evacuación. Habían escapado por las canteras de Montrouge, cubiertos de hollín, ensangrentados y llorando de rabia. Así que sargento, puesto que eso era lo que tocaba ser.

Salieron por una brecha de la muralla, junto a la puerta de Passy, después de haber dejado el puesto de mando instalado en el ayuntamiento del distrito. Oyeron un rato las discusiones, las broncas, las increpaciones, hasta que optaron por alejarse de la batalla campal en que se había convertido aquello: se daban empellones lanzando acusaciones de traición, se peleaban sobre la suerte que debían correr los artilleros que habían abandonado las fortificaciones tras los bombardeos de dos días antes. Nicolas hizo una seña a sus dos compañeros. Adrien, el más joven, un muchacho que quizá no tuviera ni dieciséis años, se echó como pudo un petate al hombro al tiempo que sujetaba el fusil, y el pelirrojo alto que estaba a su lado, al que todo el mundo llamaba «el Rojo», se colgó en bandolera dos grandes talegas de cuero. Se colaron entre los vocingleros y los indecisos, zigzagueando a empujones, esquivando los puñetazos fallidos y los aspavientos, y salieron sin decir palabra a la noche fresca.

La calle estaba desierta, oscura. En las plazas ardían antorchas cuya llama danzaba y moría. Caminaron en silencio hacia un brasero que arrojaba un resplandor rojo sobre las siluetas de los hombres agrupados alrededor. Hablaban en voz baja, frotándose las manos, con los rostros inclinados hacia la lumbre y dorados como cabezas de estatuas de bronce pulido. Uno de ellos tosió y escupió en las brasas. Se volvió hacia Nicolas y se fijó en sus armas y en la impedimenta que llevaban al hombro. Era un tipo alto, con un bigote blanco de puntas caídas y barba de varios días. Ya no era joven, y la noche y el resplandor oscilante del fuego daban vida a los surcos de las arrugas de su cara.

—Salud, ciudadano. ¿Adónde vais con esos trastos?

—No podemos decírtelo. Tenemos que ir y punto.

—Pues así no pasas. Esta barricada no la cruza nadie ni en un sentido ni en el otro.

Señaló con un gesto vago un parapeto de tierra y adoquines contra el que habían empujado tres carretas.

—Por poco pasamos sin verla —dijo el Rojo.

El hombre lo miró de hito en hito alisándose el mostacho.

—Vaya, pareces muy listo. Seguro que vas a enseñarme cómo hacer las cosas. En el 48 habríamos necesitado espabilados como tú, nos habrían matado a menos camaradas.

Nicolas le puso una mano en el brazo al Rojo, que se disponía a replicar.

—Ya no estamos en el 48. Aquello era la revolución y esto de ahora es una guerra. Una guerra civil, pero guerra al fin y al cabo. Hay como mínimo veinte mil soldados en el Bois de Boulogne y hasta Montrouge. Ya visteis ayer los bombardeos. La artillería de marina en Mont Valérien tiene a un cuarto de la ciudad bajo el fuego. Dentro de dos o tres días, cuatro quizá, entrarán en París si no se hace nada, y yo creo que no se hará nada. Así que, ciudadano, tu barricada aguantará menos que una paca de paja delante de un tren a toda velocidad.

El viejo bajó la cabeza y suspiró; un acceso de tos le hizo doblarse por la cintura y escupió entre los pies mientras recuperaba con dificultad el aliento. Estuvo un momento sin decir nada, vuelto en dirección a la barricada. Alrededor del brasero, las conversaciones habían cesado. Todos se miraban sin verse realmente en aquella noche que atravesaban las llamas.

—Estamos esperando una ametralladora. Una de calibre 8, aunque no es seguro. Vamos a hacer que su tren, como tú dices, se salga de los raíles. Brizna de paja o grano de arena, vamos a frenarlo.

Una voz empujada por un soplo de calor y un revuelo de llamas sonó en la oscuridad.

—¿Sois del 105.º?

—Sí.

Un tipo se acercó. Cojeaba y se apoyaba en un bastón torcido. Les estrechó la mano a los tres inclinándose un poco.

—El otro día queríamos ir a la fortaleza para liberaros, pero La Cécilia dijo que lo único que conseguiríamos es que nos hicieran picadillo, así que nos quedamos quietos, rediós. Rabiando por dentro, hostia. Una compañía se dirigió hacia allí a pesar de las órdenes, pero lo que les caía encima era demasiado y al cabo de dos horas renunciaron. Los vimos regresar con los muertos, no quisieron abandonarlos. ¿Qué podíamos hacer nosotros?

Nadie supo qué responder. El cañoneo, a lo lejos, hablaba por ellos. El viejo del 48 cargó una pipa. Sus ojos brillaban intensamente a la luz de la cerilla.

—Defenderemos esta barricada… Nos agarraremos a ella como a una boya en pleno temporal. Y les estallará en los morros.

Meneaba la cabeza con la mirada gacha, como si quisiera convencerse de lo que acababa de decir. Nicolas no sabía qué contestar a eso. De pequeño, en Saint-Pabu, donde se había criado, le contaban a menudo historias de marinos perdidos en las simas saladas durante las tempestades. Arrastrados con sus boyas, desaparecidos para siempre. O arrojados a la costa, verduscos e hinchados de agua, como los que había visto una vez después de un golpe de mar terrible.

—Nos hundiremos con ella —dijo el cojo—. Ya has oído lo que ha dicho el camarada… Tienen hordas de asesinos en el Bois… No nos darán tregua… Todos esos soldados que salieron por piernas al aparecer los prusianos y ahora se sienten con valor para venir a fusilar al pueblo, esos son todos unos hijos de zorra y unos borrachos como sus papás. Este mundo todavía está en manos de los bárbaros… La república socialista no será para hoy.

El viejo se irguió encogiéndose de hombros. Se volvió hacia Nicolas y sus dos compañeros. De espaldas al fuego, con la noche cayendo sobre su persona y el rostro surcado de sombras y ya sin mirada, como el de un muerto, Nicolas solo veía en él una insondable tristeza pese a la amplia sonrisa que asomaba bajo el gran bigote blanco.

—¡Bah!… Será para la próxima…, cuando yo la haya palmado. Vamos a enseñarles a los que vengan detrás cómo se lucha, para que aprendan, ¡luego intentaremos correr más deprisa que las balas!

Nicolas oyó a Adrien, detrás de él, resoplar y dejar el petate en el suelo con un ruido sordo y hueco de metal.

—¿Qué lleváis ahí dentro? —preguntó el bigotudo.

El cojo se acercó, apoyado en su palo, y asintió con la cabeza como si hubiera comprendido.

—No podemos deciros nada. Tenemos que irnos, se hace tarde. Llevo un salvoconducto del general Dombrowski. Si queréis saber más, hay que preguntarle a él.

Luego rebuscó en los bolsillos de su guerrera. Sacó una hoja de papel y la desdobló.

El viejo lo detuvo con un gesto.

—Déjalo… Id y haced lo que sea necesario para regresar vivos y enteros.

Cuando pasaron junto a las llamas, los hombres los saludaron en voz baja deseándoles ánimo, o suerte, mientras les daban palmadas en la espalda. Al lado de la barricada dormían, sentados o atravesados de cualquier manera, veinte o treinta tipos que gruñían y roncaban y de golpe se volvían del otro lado mascullando. Subieron el parapeto de tierra haciendo rodar algunos adoquines al pisarlos. Caminaron entre los restos y los escombros diseminados por los bombardeos en medio de una calle que conducía a las murallas, y ningún farol, ni el temblor de una sola llama marcaba sus pasos. Olor sofocante de incendios mal apagados. Tuvieron que escalar los cascotes de una casa desplomada en plena calle. Muebles rotos y cortinas sembraban las ruinas. Más allá, un caballo reventado, patas arriba entre los varales de una carreta, empezaba a heder. El claro de luna, de una blancura insolente, arrojaba sombras azuladas y les iba revelando las fachadas de las casas como si fuesen las paredes de un desfiladero.

La tierra está erizada de troncos de árbol hechos trizas, de tocones arrancados con las raíces desnudas. Monstruosa tarea. Olores mezclados de madera, pólvora y carne putrefacta. Efluvios de batalla. De vez en cuando, varas de tiro clavadas en el suelo, ejes dislocados sobre el lomo de un caballo muerto. Hace un momento se han sobresaltado al ver en el talud un brazo levantado, extrañamente sujeto entre los radios de una rueda partida, con los dedos de su gran mano contraídos. Una enorme araña encarada al cielo. Se han detenido sin decir nada y han contemplado ese vestigio humano antes de mirar a su alrededor como si fueran a encontrar al propietario tambaleándose en medio del desastre. Adrien ha preguntado si iban a dejarlo así, plantado como una simple rama, pero los otros dos han reanudado la marcha sin contestarle, así que los sigue, volviéndose hacia aquella mano macabra hasta que desaparece en la oscuridad.

Salen de la trinchera y paran con el fin de orientarse, en cuclillas, tan inmóviles que podrían confundirlos con el montón de rocas desmoronadas en la devastación del combate. Los versalleses se han retirado tras su ataque a la puerta de Auteuil. Se distingue a lo lejos, al otro lado del lago, el resplandor de tres fogatas. Hay furgones en fila a lo largo del camino, en el cruce de la Allée de la Reine. No se mueve nada. Ni un ruido. Se diría que de pronto todo ha quedado en silencio y paralizado para ver mejor cómo se acercan. Esos silencios y esa inmovilidad de mandíbulas abiertas son propios de las trampas.

—Por allí —susurra el Rojo—. Hay que ir hasta el lago. Es justo antes de la cascada.

Reemprenden la marcha. La avenida es una ancha cinta blancuzca desenrollada bajo sus pies. El Rojo se ha puesto en cabeza. Conoce el bosque como la palma de su mano, de la época en que era un crío y su padre, a fin de dar más consistencia a la sopa, por unos francos llevaba los domingos a los paseantes en un coche tirado por un jamelgo al que había salvado del matadero. Era un viejo caballo animoso y dócil que había conservado cuatro años, antes de que se desplomara una noche de junio en el puente de Grenelle, muerto, con los ollares ensangrentados. Se conoce al dedillo el sotobosque y los atajos, los caminos y los puentes. Pese a la confusión de la batalla, sigue orientándose con la extraña seguridad de un ciego.

Cruzan la carretera y vuelven a bajar a una cuneta embarrada. El fango se les pega a los pies y los arrastra con glotonería, como si quisiera atraerlos hacia el fondo para engullirlos. Cada paso supone un esfuerzo para avanzar por ese cieno, y jadean y sienten que los petates pesan cada vez más por efecto del cansancio. Entre el follaje ven moverse árboles iluminados por las fogatas. De vez en cuando el viento les trae un rumor. Voces lejanas. Una risa de mujer. Se detienen un instante para oír mejor, luego continúan avanzando. El Rojo alcanza el talud de dos zancadas y echa a correr hacia los árboles

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