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BAJO MI PIEL (EL AFFAIRE STARK 3)

J. Kenner  

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Fragmento

1

Hay paz en los momentos que separan el sueño de la vigilia. En los dulces minutos que parecen dilatarse en horas, gratos y reconfortantes como un regalo concedido por un universo benévolo.

Este es un mundo de sueños y ahora mismo me siento a salvo en él. Me siento a gusto. Y quiero quedarme aquí, acunada en sus acogedores brazos.

Pero los sueños a menudo se convierten en pesadillas y, mientras avanzo por los pasadizos del sueño, las siniestras garras del miedo intentan atraparme. El pulso se me acelera y empiezo a respirar de forma poco profunda. Me vuelvo en la cama, con ganas de tocarlo, pero él no está y me incorporo de golpe, envuelta en un sudor frío. Con el corazón palpitándome tan fuerte que estoy segura de que me fisuraré una costilla.

«Jackson.»

Ahora estoy despierta, sola y desorientada, luchando contra un pánico incontrolable. Tengo miedo, pero no recuerdo el motivo. No obstante, enseguida me viene todo a la memoria y, conforme los recuerdos retornan con la vigilia, suspiro por volver a sumirme en el olvido. Porque ningún horror que mi mente llegue a inventar en sueños podría ser peor que la realidad que ahora me rodea, fría y cruda.

Una realidad en la que mi mundo se viene abajo.

Una realidad en la que el hombre al que amo es sospechoso de asesinato.

Con un suspiro, me llevo una mano a la mejilla y la memoria se me aguza a medida que me despabilo. Él me la ha besado con dulzura antes de salir de nuestro cálido refugio a la fresca brisa matutina. Entonces me ha parecido bien quedarme sola, arrebujada en las mantas que aún conservaban su olor e irradiaban el calor de su cuerpo.

Ahora desearía haberme levantado a la vez que él, porque no quiero estar sola. Porque es entonces cuando más me acosa el pánico.

Cuando estoy segura de que lo perderé.

Porque estar sola es lo que más temo.

Pero, nada más pensarlo, la soledad se hace añicos. La puerta del dormitorio se abre de golpe y una muñequita de cabellos negros y ojos azules entra corriendo, salta encima de la cama y se pone a dar brincos, con tanta energía y vitalidad que no puedo sino reírme.

—¡Sylvie, Sylvie! ¡He preparado unas tostadas con tío Jackson!

—¿Tostadas? ¿De veras? —Me cuesta hacerlo, pero consigo hablar en un tono de voz animado y optimista aunque el miedo sigue apresándome como una tela de araña. Doy a Ronnie un abrazo fuerte y rápido, pero ya he dejado de prestarle atención. Ahora solo tengo ojos para el hombre de la puerta.

Está parado ahí con aire relajado y una bandeja de madera en las manos. Tiene el cabello negro azabache revuelto y luce una barba de dos días. Lleva un pantalón de pijama de franela y una camiseta gris claro. Según todos los indicios, es un hombre que acaba de despertarse. Un hombre que no tiene otra cosa en la cabeza que desayunar y leer las noticias del periódico que lleva bajo el brazo.

Pero, Dios mío, es mucho más que eso. Es poder y ternura, fuerza y control. Es el hombre que ha dado color a mis días y ha iluminado mis noches.

«Jackson Steele.» El hombre al que amo. El hombre al que una vez fui tan necia de intentar dejar. El hombre que me retuvo, me volvió a atraer, acabó con mis demonios y, con ello, reclamó mi corazón.

Pero son esos mismos demonios los que nos han traído a este momento.

Porque Robert Cabot Reed era uno de ellos y ahora está muerto. Alguien entró en su casa de Beverly Hills y le abrió la cabeza con una figurilla de marfil.

Y no puedo evitar temer que esa persona haya sido Jackson y que pronto tenga que pagar las consecuencias.

Llegamos a Santa Fe ayer por la tarde, relajados, contentos e ilusionados. Jackson pensaba pasar el fin de semana con Ronnie e ir al juzgado el lunes para solicitar una vista sobre su petición para establecer formalmente su paternidad y determinar que es el padre de Ronnie ante la ley. No obstante, ese plan se vio frustrado cuando la policía nos recibió al bajar del avión e informó a Jackson de que tenía que regresar a Beverly Hills para someterse a un interrogatorio por el asesinato de Reed.

La tarde pasó de ser un reencuentro feliz y relajado a convertirse en un frenesí de actividad, con llamadas entre Nuevo México y California, pleitos entre abogados y propuestas de acuerdo.

Al final Jackson ha podido quedarse el fin de semana con la condición de que acuda directamente al departamento de policía de Beverly Hills el lunes por la mañana. Lo cierto es que podría haber conseguido mucho más tiempo (ya que, a menos que la policía quiera detenerlo, la presión que puede ejercer es limitada), pero su abogado ha tenido la prudencia de desaconsejárselo. En definitiva, andarse con jueguecitos no es la mejor manera de granjearse la colaboración de la policía ni de ganarse a la opinión pública. Y, aunque todavía no sabemos qué pruebas físicas ha reunido la policía, no faltan móviles para que Jackson haya matado a Reed.

¡Móviles!

La palabra me parece muy pura comparada con Reed, que era un hombre indecente y execrable.

No solo abusó de mí y me atormentó cuando era adolescente, sino que además hace poco me amenazó con divulgar algunas de las repugnantes fotografías que me hizo en aquella época si yo no convencía a Jackson para que dejara de boicotear una película que Reed quería producir. Una película que sacaría a la luz secretos y engaños y que pondría a Ronnie, una niña inocente, en el centro de un escándalo muy público y muy turbio.

¿Quería Jackson impedir que la película se realizara? Sí, joder.

¿Quería protegerme del horror de ver esas fotografías publicadas en internet? Pues claro.

¿Quería castigar a Reed por lo que me hizo tantos años atrás? Desde luego.

¿Mató Jackson a Reed?

Eso… no lo sé.

Más aún, no me está permitido preguntárselo. Según Charles Maynard, el abogado de Jackson, es muy probable que la policía me interrogue también a mí. Y, como las novias no tenemos inmunidad, Charles quiere que yo pueda afirmar de forma honrada que Jackson cumplía órdenes estrictas de sus abogados y no me ha hecho ningún comentario al respecto. No me ha dicho ni que sí ni que no. No me ha dicho nada.

¡Nada!

Por supuesto, sé lo que significa eso. Nada significa probablemente.

Nada significa «así no podrás incriminarlo más adelante».

Nada significa «tratamos de prevenir lo peor».

Tiemblo de solo pensarlo. Me recuesto en el cabecero de la cama y me abrazo a la almohada mientras veo cómo el hombre que amo deja la bandeja y el periódico en la mesita que hay bajo la ventana, aún con las cortinas echadas.

Es una tarea insignificante, pero él la desempeña con confianza y precisión, como lo hace en muchas otras facetas de su vida. Jackson no es un hombre que se deje vencer por las circunstancias ni tampoco es un hombre que permita que una ofensa quede sin castigo. Es un hombre que protege lo que ama y sé a ciencia cierta que las dos cosas que más quiere en el mundo somos su hija y yo.

Estoy segura de que mataría por protegernos a cualquiera de las dos y pensarlo me provoca un tenue escalofrío de placer. Pero está atemperado por el miedo. Porque Jackson llegaría incluso más lejos; se sacrificaría a sí mismo si pensara que así nos protege. Y me asusta muchísimo que sea eso lo que haya hecho.

Y, a decir verdad, si Jackson acaba entre rejas, no sé si soy tan fuerte como para soportar el sentimiento d

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