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BAJO UN CIELO ESCARLATA

Mark T. Sullivan  

5


Fragmento

PRÓLOGO

 

 

 

 

A primeros de febrero del año 2006, yo tenía cuarenta y siete años y me encontraba en el peor momento de mi vida.

Mi hermano menor, que también era mi mejor amigo, había muerto alcoholizado el verano anterior. Yo había escrito una novela que no le gustaba a nadie, estaba envuelto en un litigio empresarial y me encontraba a punto de la quiebra personal.

Iba solo en el coche por una autopista de Montana al anochecer, me puse a pensar en mis pólizas de seguros y me di cuenta de que, para mi familia, valía mucho más muerto que vivo. Consideré la idea de estrellarme contra un contrafuerte de la autopista. Estaba nevando y había poca luz. Nadie pensaría que había sido un suicidio.

Pero entonces, imaginé a mi esposa y a mis hijos en medio de la nieve que se arremolinaba y cambié de idea. Cuando salí de la autopista, estaba temblando de forma incontrolada. A punto de una crisis nerviosa, incliné la cabeza y supliqué a Dios y al universo que me ayudaran. Recé para que surgiera una historia, algo que fuese más grande que yo, un proyecto en el que me pudiera sumergir.

Resulte creíble o no, esa misma noche, durante una cena en Bozeman, Montana —allí tenía que ser—, escuché fragmentos de una historia extraordinaria jamás contada sobre la Segunda Guerra Mundial cuyo héroe fue un chico italiano de diecisiete años.

Mi primera reacción fue que aquel relato de la vida de Pino Lella durante los últimos veintitrés meses de la guerra no podía ser cierto. Habríamos tenido noticia de él antes. Pero entonces supe que Pino seguía vivo unas seis décadas después y que había regresado a Italia tras pasar casi treinta años en Beverly Hills y en Mammoth Lakes, California.

Le telefoneé. Al principio, el señor Lella se mostró reacio a hablar conmigo. Decía que no era ningún héroe, sino más bien un cobarde, lo que aumentó mi curiosidad. Por fin, después de varias llamadas más, aceptó reunirse conmigo si yo iba a Italia.

Fui a Italia y pasé tres semanas con él en una vieja villa de la ciudad de Lesa, a orillas del lago Maggiore, al norte de Milán. En aquel entonces, Pino tenía setenta y nueve años pero era grande, fuerte, encantador, divertido y, a menudo, evasivo. Pasé horas escuchándole mientras rememoraba su pasado.

Algunos de los recuerdos de Pino eran tan vívidos que cobraron vida ante mí. Otros eran más confusos y tuve que aportarles claridad a través de repetidos interrogatorios. Claramente, él evitaba ciertos sucesos y personajes y había otros de los que parecía que incluso le daba miedo hablar. Cuando insistí al anciano para que evocara aquella época tan dolorosa, él me relató algunas tragedias que hicieron que los dos termináramos llorando.

Durante aquel primer viaje, hablé también con historiadores del Holocausto en Milán y entrevisté a sacerdotes católicos y miembros de la resistencia partisana. Visité con Pino los escenarios más importantes. Esquié y escalé en los Alpes para conocer mejor las rutas de escape. Sostuve al anciano cuando se vino abajo por la pena en el Piazzale Loreto y vi cómo la angustia de su pérdida le invadía por las calles que rodean el Castello Sforzesco. Me enseñó el último lugar donde vio a Benito Mussolini. En la gran catedral de Milán, el Duomo, vi cómo su mano temblorosa encendía una vela por los muertos y los mártires.

Durante todo ese proceso, escuché a un hombre que volvía la mirada hacia dos años de su extraordinaria vida, cómo creció hasta los diecisiete años y se volvió viejo a los dieciocho, sus altibajos, sus dificultades y sus triunfos, el amor y el desamor. Mis problemas personales, mi vida en general, parecían pequeños e insignificantes comparados con lo que él había sufrido a una edad increíblemente temprana. Y su visión de los dramas de la vida me proporcionó una nueva perspectiva. Empecé a sanar y Pino y yo nos hicimos amigos enseguida. Cuando volví a casa, me sentía mejor de lo que me había sentido desde hacía años.

Después de aquel viaje vinieron cuatro más durante la siguiente década, lo cual me permitió hacer una investigación sobre el relato de Pino mientras escribía otros libros. Consulté con trabajadores del Yad Vashem, el principal centro conmemorativo y de estudio de Israel dedicado al Holocausto, y con historiadores de Italia, Alemania y Estados Unidos. Pasé varias semanas en archivos de guerra de estos tres países y del Reino Unido.

Entrevisté a los testigos que habían sobrevivido —al menos, a los que pude encontrar— para que corroboraran varios de los sucesos que aparecían en el relato de Pino, así como a descendientes y amigos de los que habían muerto tiempo atrás, incluida Ingrid Bruck, la hija del misterioso general nazi que complica el meollo de esta historia.

En los puntos en que me ha sido posible, me he ceñido a los hechos recopilados en aquellos archivos, entrevistas y testimonios. Pero me di cuenta enseguida de que debido a la quema generalizada de documentos nazis cuando la Segunda Guerra Mundial llegaba a su fin, el rastro documental concerniente al pasado de Pino estaba, como poco, desperdigado.

También me encontré con el obstáculo de una especie de amnesia colectiva en lo concerniente a asuntos relacionados con Italia y los italianos después de la guerra. Se habían escrito montones de libros sobre el día D, las campañas de los aliados en Europa occidental y el ahínco de varias almas valerosas que pusieron sus vidas en peligro por salvar a judíos en otros países europeos. Pero la ocupación nazi de Italia y la ruta clandestina católica, creada para salvar a los judíos italianos, han recibido escasa atención. Unos sesenta mil soldados aliados murieron luchando por liberar Italia. Aproximadamente ciento cuarenta mil italianos murieron durante la ocupación nazi. Y, aun así, se ha escrito tan poco sobre la batalla por salvar Italia que los historiadores han llegado a llamarlo el «Frente olvidado».

Gran parte de esa amnesia se debió a los italianos que sobrevivieron. Como me contó un antiguo partisano: «Seguíamos siendo jóvenes y queríamos olvidar. Queríamos dejar atrás las cosas tan terribles que habíamos sufrido. Nadie habla en Italia de la Segunda Guerra Mundial y, así, nadie recuerda».

A causa de la quema de documentos, la amnesia colectiva y el hecho de que, cuando yo tuve noticia de esta historia, habían muerto tantos personajes, me he visto obligado en algunos momentos a reconstruir escenas y diálogos basándome solamente en el recuerdo de Pino varias décadas después, las escasas pruebas físicas que quedan y mi imaginación alimentada por mis investigaciones y mis fundadas sospechas. En ciertos casos, también he mezclado o condensado sucesos y personajes por el bien de la coherencia narrativa y he dramatizado por completo incidentes que se me han descrito de forma mucho más truncada.

Por consiguiente, la historia que está a punto de leer no es una obra narrativa de no ficción, sino una novela de ficción biográfica e histórica que se atiene bastante a lo que le ocurrió a Pino Lella entre los meses de junio de 1943 y mayo de 1945.

 

 

 

 

PRIMERA PARTE

 

 

 

 

Que nadie duerma

1

 

 

 

 

9 de junio de 1943

Milán, Italia

 

 

Como todos los faraones, emperadores y tiranos que le precedieron, Il Duce había visto cómo su imperio ascendía solo para empezar a resquebrajarse después. De hecho, esa tarde de finales de la primavera, el poder se escurría de las manos de Benito Mussolini como la dicha del corazón de una joven viuda.

Los maltrechos ejércitos del dictador fascista se habían retirado del norte de África. Las fuerzas aliadas estaban preparadas junto a Sicilia. Y cada día Adolf Hitler enviaba más tropas y suministros al sur para fortalecer la bota de Italia.

Pino Lella sabía todo esto por los informes de la BBC que escuchaba cada noche en su radio de onda corta. Había visto con sus propios ojos el aumento de la presencia de nazis allá donde iba. Pero mientras caminaba por las calles medievales de Milán, Pino no era consciente de las fuerzas en pugna que se precipitaban en su dirección. La Segunda Guerra Mundial no era más que una emisión de noticias que oía y desaparecían al rato de su mente, sustituidas por los pensamientos sobre sus tres temas preferidos: las chicas, la música y la comida.

Al fin y al cabo, solo tenía diecisiete años, medía un metro ochenta y cinco, pesaba setenta y cinco kilos y era larguirucho y desgarbado, con manos y pies grandes, un pelo que se negaba a ser domesticado y suficiente acné y torpeza como para que ninguna de las chicas a las que había querido llevar al cine hubiese aceptado acompañarle. Y, sin embargo, tal era su carácter que Pino permanecía inmutable.

Caminaba tranquilamente con sus amigos hacia la piazza que había delante del Duomo, la Basílica de Santa Maria Nascente, la gran catedral gótica situada en el mismo centro de Milán.

—Hoy voy a conocer a una chica guapa —dijo Pino levantando el dedo hacia el amenazante cielo escarlata—. Y vamos a vivir un amor loco y trágico y enfrascarnos cada día y a todas horas en magníficas aventuras entre música, comida, vino y romance.

—Vives en un mundo de fantasía —contestó Carletto Beltramini, su mejor amigo.

—No es verdad —repuso Pino.

—Desde luego que sí —intervino Mimo, el hermano de Pino, que era dos años más joven—. Te enamoras de cada chica guapa que ves.

—Pero ninguna de ellas le corresponde —añadió Carletto, un muchacho de cara redonda y cuerpo delgado y mucho más bajito que Pino.

—Es verdad —dijo Mimo, que era aún más bajito.

Pino respondió con desdén a los dos.

—Está claro que no sois románticos.

—¿Qué está pasando allí? —preguntó Carletto señalando a un grupo de obreros que trabajaban en la fachada del Duomo.

Algunos colocaban tablas de madera en los huecos donde antes estaban las vidrieras de la catedral. Otros trasladaban sacos de arena desde los camiones a un muro cada vez más grande alrededor de la base de la catedral. Y otros más levantaban focos bajo la atenta mirada de un grupo de sacerdotes que permanecían de pie junto a la doble puerta central de la catedral.

—Voy a averiguarlo —dijo Pino.

—No antes que yo —respondió su hermano pequeño, que salió disparado en dirección a los obreros.

—Con Mimo todo es una competición —observó Carletto—. Tiene que aprender a tranquilizarse.

Pino se rio y contestó mirando hacia atrás:

—Si averiguas cómo se hace, díselo a mi madre.

Tras rodear a los obreros, Pino fue directo a los sacerdotes y tocó a uno de ellos en el hombro.

—Disculpe, padre.

El clérigo, de veintitantos años, era tan alto como Pino, pero más grueso. Se giró, miró al adolescente de abajo arriba —advirtiendo sus zapatos nuevos, sus pantalones de lino gris, su camisa blanca inmaculada y la corbata verde que su madre le había regalado por su cumpleaños— y, a continuación, miró fijamente a Pino a los ojos, como si pudiese ver el interior de su cabeza y conocer sus pecaminosos pensamientos de juventud.

—Soy seminarista. No estoy ordenado. No llevo alzacuellos.

—Ah, sí, lo siento —respondió Pino intimidado—. Solo queríamos saber por qué están colocando esos focos.

Antes de que el joven seminarista pudiese responder, una mano huesuda apareció en su codo derecho. Se apartó y vio a un sacerdote bajito y delgado de unos cincuenta años que llevaba una túnica blanca y un solideo rojo. Pino le reconoció al instante y sintió que el estómago se le revolvía mientras caía sobre una rodilla ante el cardenal de Milán.

—Mi señor cardenal —dijo Pino con la cabeza agachada.

El seminarista le corrigió con severidad.

—Dirígete a él como «Su Eminencia».

Pino levantó la mirada, confundido.

—Mi institutriz británica me enseñó que tenía que decir «mi señor cardenal» si alguna vez conocía a un cardenal.

El rostro serio del joven adquirió una expresión pétrea, pero el cardenal Ildefonso Schuster se rio suavemente.

—Creo que tiene razón, Barbareschi. En Inglaterra se me saludaría como «señor cardenal».

El cardenal Schuster era tan famoso como poderoso en Milán. Como cabeza de la Iglesia católica del norte de Italia y hombre con influencia sobre el papa Pío XII, el cardenal solía aparecer en los periódicos con frecuencia. Pino pensó que la expresión de Schuster era lo que más llamaba la atención de él. Su cara sonriente reflejaba bondad, pero en sus ojos asomaba la amenaza de la condena.

—Estamos en Milán, Su Eminencia, no en Londres —repuso el seminarista, claramente ofendido.

—No importa —dijo Schuster. Colocó la mano sobre el hombro de Pino y le ordenó que se levantara—. ¿Cómo te llamas, joven?

—Pino Lella.

—¿Pino?

—Mi madre me llamaba Giuseppino —le explicó mientras trataba de ponerse de pie—. Y me quedé con lo de Pino.

El cardenal Schuster levantó la mirada para contemplar a aquel «Pequeño José» y se rio.

—Pino Lella. Un nombre que habrá que recordar.

El hecho de que alguien como el cardenal dijera una cosa así confundió a Pino.

—Yo le conocí en otra ocasi

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