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BALA PERDIDA

Manuel Rivas  

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Fragmento

1. Herr Doktor

El Zaratrusta se desplazaba como una implacable apisonadora por la inmensa carretera del mar.

En el radar, interpuestos en la ruta, aparecieron de repente unos puntos parpadeantes como luciérnagas en el seto de un sendero.

En su puente de mando, Herr Doktor llevó la mano de acero a los prismáticos de rayos infrarrojos para la visión nocturna.

Aquellos dos barquitos con temblorosas linternas rojas eran dos cascas de nuez de pescadores.

—¡Estúpidos! —masculló Herr Doktor.

Desde luego, pensó, no iba ser él quien cambiase el rumbo. Si no se apartaban, allá ellos. El morro metálico del Zaratrusta los mandaría al infierno del océano como quien da un empujón a un carrito de bebé por una escalinata.

—¡Estúpidos pescadorrres de fanecas! —dijo Herr Doktor masticando las palabras.

Por instinto, duplicó la velocidad del carguero. Hizo sonar la sirena. Quería asustarlos de una vez. En realidad, no pretendía buscarse problemas en aquel punto de la costa, a la altura del Finisterre europeo. Su objetivo era llegar totalmente desapercibido a su destino, un puerto en el Mar del Norte. Hasta ahora, todo había ido a la perfección desde

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