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BALADA

Marcelo Cohen  

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Fragmento

Esta es una historia de deseo y sacrificio. Ya empieza.

Toc paf. Toc fff. Toc...

Son alrededor de las diez de la noche. Por la calle no muy populosa se acerca alguien. Hay cierta pauta musical en los pasos.

Toc paf. Toc fff. Tac paf. Tac fff. Toc fff.

Son pasos vivos pero desequilibrados. Una mujer avanza por la medialuz de las farolas. De un bolsillo del abrigo color malva le asoman dos puntas de un fular de seda hecho un bollo. De la punta de la nariz le cuelga una gotita de sudor. Calza botas de taco contundente pero ha perdido el de la derecha. Se diría que el apuro la disuadió de buscarlo, pero de todos modos la mujer es pujante, incluso avasalladora en su obligado rengueo. Cada vez que sacude el pelo castaño la penumbra se desgarra. Toc paf. Tac fff. Más rápido.

Esto sigue unos cuantos segundos. 

Estamos en el patio anexo a la fonda Deluxin. Sentadas contra las paredes, al raso entre cajas de bebidas, una moto y un cocheciño, dieciocho personas carenciadas se abrigan en envoltorios térmicos de los que reparte el municipio como protección contra la intemperie; parecen alimentos envasados a un vacío incompleto. Una expectativa de entretenimiento, más que de alivio, las hace mirar con insistencia la cabina que hay en un rincón del patio. Lo sé porque uno de los que esperan soy yo.

El cronodión de un edificio cercano canta las diez y cuarto vespertinas e informa que la temperatura es de quince grados. En el centro del patio, astillas de madera de cajón se queman en un barril de chapa. Las llamas resumen todo el paisaje anímico.

Por la puerta lateral de la fonda un pinche de cocina sale a repartir unas bolsas de plodlileno entre los miserables del patio. Cada bolsa contiene un ala de gallinazo recalentada o dados de churrasquito, jirones de verdura y algo de pan.

Todas las noches el compasivo patrón de la fonda Deluxin reparte las sobras de la cena. Sólo le da algo más de trabajo que sacar la basura, y hace una obra. 

Pero no sólo por eso vienen aquí estas personas. En el cubículo de un rincón del patio atiende un asesor terapéutico. Un rótulo que el hombre lleva prendido a la pechera de la bata bastante limpia lo presenta como As. Ter. Suano Botilecue, pero los desahuciados lo llaman doctor Boti. El municipio le paga para que despache en este horario.

Hoy en día sólo los pobres consultan a terapeutas del alma; por ejemplo, el hombre que en este momento ocupa el lugar del paciente en la cabina. Es un cincuentón, y le está preguntando al doctor Boti cómo podría disolver el sentimiento de culpa que lo tiene sometido a una madre despótica, imbécil y no muy desvalida ni tan pobre como él.

El asesor Botilecue procura que el cansancio no le empañe la atención que quiere prestar al hombre. Algo lo ayuda en esto el frío de la noche, que la pequeña estufa de su cabina no mitiga. Y otro poco lo ayuda el hambre; ese fondo de hambre que él procura que no se vuelva crónico. Guarda en una alforja su bolsita de sobras, junto a la ración para profesionales que le da el municipio.

Toc paf. Tac fff. Tac ffffff. FFF. PFF. TOC...

Un tic facial de desconfianza ataca a todos los sincasa, como si hubieran visto un ojo cruzado en el cielo. Y, en efecto, lo que ven es un presagio. En una brecha que oficia de entrada en la tapia, entre la calle y el patio, se ha plantado una mujer bastante joven

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