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BANDERAS EN LA NIEBLA

Javier Reverte  

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Fragmento

A mis nietos Adrián, Carmelo y Luz

 

 

 

 

 

Naturaleza, roja en diente y garra.

[Nature, red in tooth and claw...]

LORD ALFRED TENNYSON,

«In Memoriam de A.H.H.»

La verdadera materia de toda existencia es lo terrible [...]. En nosotros mismos notamos que el fundamento del mundo es el abismo [...]. En el hombre está el poder entero del principio tenebroso y, a la vez, la fuerza entera de la luz.

FRIEDRICH SCHELLING,

La esencia de la libertad humana

 

 

La guerra ejerce su mortífera fascinación en aquellos que crecen a su servicio.

BERNARD KNOX,

The Heroic Temper

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EL TORERO

La hermosa fiesta bravía

de terror y de alegría

de este viejo pueblo fiero...

 

MANUEL MACHADO,

«Rojo y Negro»

 

Madrid, un sábado de fines de agosto de 1925

 

Hay hombres que sienten atracción hacia la muerte quizá porque la entienden como parte de la naturaleza humana y, por ello, no son capaces de controlar sus vidas. Tal vez no sea otra la razón por la que acuden alegremente a la guerra, dispuestos a matar y a morir. Pero los jóvenes descubren demasiado tarde que las guerras las planean los viejos mientras son ellos, al fin, quienes mueren en los campos de batalla.

Desnudo, José se acoda fumando en la baranda de hierro del balcón que da a los jardines del palacio ducal, en las cercanías de la madrileña plaza de España. Sopla una brisa templada desde el oeste, desde más allá de los bosques de la Casa de Campo, un airecillo empapado del olor a la melancolía de la tierra, ese aroma carnívoro que despiertan las tormentas del revoltoso fin del verano. A sus espaldas, sobre la espaciosa cama iluminada tan sólo por la luz de una luna imperiosa, el hombro desnudo de la duquesa se dibuja con un brillo nacarino bajo el dosel, el resto de su cuerpo oculto y enredado con descuido entre las sábanas blancas. El hombre oye la voz, casi un susurro, que llega desde el dormitorio:

—José, ven.

—¿Qué prisa tienes? —responde.

Han hecho el amor durante un largo rato y ahora, cumplido el sexo, los pensamientos y las apetencias de José transitan lejanos a la sensualidad. De súbito, sin razón alguna que la provoque, se formula a sí mismo una pregunta extraña: ¿cuáles serían los motivos que impulsaron a Dios a inventar el Infierno y al Diablo a burlarse del Cielo? José, que es matador de toros y católico, cree en Dios, en el Diablo y en el Infierno. Y de pronto le deja perplejo pensar que mañana puede morir en la plaza empitonado por el cuerno de un animal salvaje, o salir del ruedo insultado por miles de personas que cuando menos le llamarán payaso, o despachar con brío y arte al animal y convertirse en el ídolo de una multitud enfebrecida. Un destino sin sentido el que aguarda a los toreros: o mártir, o pelele, o héroe. ¿Adónde iría él, caso de morir?, ¿al Cielo, al Infierno? De cualquier manera, como siempre, rodeado de sangre... Sangre, una palabra que ahora le suena vil.

Y se vuelve a decir a sí mismo: ¿qué es lo que empujó a Dios a crear a los seres humanos?

Y reflexiona: puesto que los hombres, y él entre ellos, aman a veces la cercanía de la muerte, tal vez Dios ama la muerte.

A menudo le acometen pensamientos de ese cariz en la víspera de las corridas, cuando trata de imaginar la noche antes la salida furiosa de toriles de los animales que le han tocado en suerte, a sabiendas de que alguno de ellos podrá acabar con su vida en un descuido, apuñalándole con una de sus astas.

Y la lidia de la tarde de mañana le propone un horizonte particularmente sembrado de peligros. No sólo por los toros, fieras reses de la divisa portuguesa de Palha,[1] sino por el carácter de los dos diestros que le acompañan en el cartel para confirmarle como torero de prestigio en la plaza de Madrid. Antes que grandes artistas, puede decirse que ambos espadas son, en realidad, hombres de un valor rayano en la temeridad. El sevillano Ignacio Sánchez Mejías esconde bajo sus trajes de luces un cuerpo zurcido por más de veinte heridas recibidas en la lidia. Su forma de banderillear y muletear, arrimado a tablas, mantiene el alma de los espectadores, allí en donde actúa, suspendida entre la admiración y el terror.

El otro, el mexicano Juan Silveti, es tan audaz al meterse en los terrenos del toro que su sobrenombre taurino, «el Tigre de Guanajuato», no resulta banal: más que torear, parece combatir con los astados como un felino enrabietado, como si fuera a morderlos. Y hay ocasiones en que los animales parecen temerle. Ha recibido más de treinta cornadas en su carrera y se dice que, en su tierra, se ha visto envuelto en «balaceras» a menudo y que lleva cuatro «plomos» alojados en el cuerpo, además de un par de puñaladas. En el mes de julio último, los periódicos contaron que, estando en la capital mexicana, bien borracho, interrumpió una representación teatral de Don Juan Tenorio, disparando al aire con dos pistolas y subiendo luego al escenario, de donde echó a patadas al actor principal mientras proclamaba a gritos que él era «el único macho» que se merecía doña Inés.

José sabe bien que los dos, Ignacio y Silveti, han logrado fama y prestigio sobre todo «por sus cojones», como se dice en buen español: porque ambos los tienen bien puestos y en su sitio. Y para esa tarde del día siguiente, en la plaza de Las Ventas, a José García Carranza, «el Algabeño hijo», no le cabe otro papel que situarse a la altura de sus dos audaces padrinos, en el festejo que habrá de confirmarle en Madrid con el alto honor de matador de toros bravos.

Ahora piensa en la muerte, el miedo, la cobardía y el Infierno. Todo tan alejado del sexo...

—¿No vienes, José? —repite la mujer.

—Ya voy, duquesa..., un minuto.

No se mueve, sin embargo. Disfruta al percibir el tardío aroma de las matas de jazmines y, más allá de la terraza, entre los arbustos y las arboledas del jardín, ha creído distinguir el paso de una sombra. Pero no se inquieta, a pesar de que los hombres le despiertan a menudo más temor que las bestias. Tal vez sea uno de los sirvientes del palacio o una doncella dada al chismorreo. Del duque no tiene por qué preocuparse: es sabido que consiente sus cuernos con una simulada indiferencia y que se ausenta a menudo de España para esquivar sonrojos.

José arroja al vacío lo que queda del cigarrillo y la brasa gira viva en el aire un par de segundos antes de desvanecerse en la oscuridad. Alza la vista y contempla la turba de estrellas que forman una corona alrededor de la luna, algo alejadas de ella, como si temieran aproximarse a su lívida calavera. Llegando desde la lejanía, quizá desde la iglesia de San Francisco el Grande, resuena el campaneo de las once de la noche, un repique que a José se le antoja como un toque de muertos.

—¿Qué pasa, José? —insiste ella.

Se vuelve y gana en unos pasos

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