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BEAUTIFUL (SAGA BEAUTIFUL 5)

Christina Lauren  

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Fragmento

1

Pippa

He tratado de no tomarme demasiado a mal la estrecha amistad entre la lucidez y la visión retrospectiva.

Como, por ejemplo, que solo cuando te dispones a realizar tus exámenes finales te des cuenta de que podrías haber estudiado un poco más.

O tal vez que, al contemplar el cañón de una pistola que te apunta a la cara, pienses: «Jolín, he sido una auténtica imbécil».

O quizá que acabes de encontrarte con las vigorosas y blancuzcas nalgas del idiota de tu novio mientras le echa un polvo a otra mujer en tu cama y reflexiones con una pizca de sarcasmo: «Vaya, por eso no arregla nunca ese peldaño que cruje. Es la alarma contra Pippa».

Le arrojé el bolso en mitad de un empujón y le di en plena espalda. El sonido fue semejante al que provocarían cien barras de labios al chocar contra una pared de ladrillo.

Para ser un infiel y mentiroso cabrón de cuarenta años, Mark estaba en muy buena forma.

—¡Gilipollas! —silabeé mientras él intentaba, con bastante poca gracia, bajarse de su amiga.

Había retirado las sábanas; era evidente que el muy vago no quería tener que llevarlas hasta la lavandería de la esquina antes de que yo volviese a casa. La polla le rebotó contra el vientre.

Se la tapó con la mano.

—¡Pippa!

Hay que reconocer que la mujer, mortificada, se cubrió la cara con las manos.

—Mark —dijo con voz ahogada—, no me dijiste que tuvieras novia.

—¡Qué curioso! —contesté por él—. A mí no me dijo que tuviera dos.

Mark emitió unos cuantos sonidos aterrados.

—Márchate —le dije, alzando la barbilla—. Coge tus cosas y vete.

—Pippa —consiguió articular—. No sabía que...

—¿Que vendría a comer? —pregunté—. Ya me lo he imaginado, cariño.

La mujer se levantó humillada y empezó a recoger su ropa. Supongo que lo más decente por mi parte habría sido volverme y dejar que se vistieran en medio de su avergonzado silencio. Sin embargo, para ser justos, tampoco era decente por parte de ella afirmar que ignoraba que Mark tuviese novia cuando todo lo que había en la puñetera habitación era de un delicado tono turquesa y las lámparas de las mesillas tenían las pantallas forradas de encaje.

¿Acaso creía estar visitando el piso de su mamá? ¡Venga ya, joder!

Mark se puso los pantalones y se me acercó levantando las manos, como si se aproximara a un león.

Me eché a reír. En ese preciso momento, era mucho más peligrosa que un león.

—Pippa, cariño mío, lo siento mucho.

Dejó que las palabras flotaran en el espacio que había entre nosotros, como si pudieran bastar para aplacar mi rabia.

En un instante mi mente elaboró todo un discurso elocuente y bien formado. Hablaba de las quince horas diarias que yo trabajaba para financiar la empresa que él acababa de montar, hablaba de que él vivía y trabajaba en mi piso pero no había fregado un solo plato en cuatro meses, hablaba de la gran concentración que parecía haber puesto en proporcionarle un poco de diversión a aquella mujer y en la poca que había dedicado a hacerme feliz a mí en los últimos seis meses. No obstante, pensé que él no merecía tanta energía por mi parte, por muy espléndido que hubiese sido ese discurso.

Además, su incomodidad, que iba en aumento con cada segundo que pasaba sin que yo dijese una palabra, resultaba demasiado agradable. No me dolía mirarle, aunque habría sido lo lógico en ese tipo de situación. Lo que sentía en cambio era que algo se incendiaba en mi interior. Supuse que debía de ser mi amor por él, prendido como papel de periódico al calor de una cerilla.

Dio un paso más hacia mí.

—No puedo imaginarme cómo te sientes ahora mismo, pero...

Ladeé la cabeza mientras sentía en mi interior el resquemor de la rabia y le interrumpí:

—¿No puedes? Pues Shannon te dejó por otro. A mí me parece que sabes muy bien lo que siento ahora mismo.

En cuanto lo dije, surgieron los recuerdos de los primeros tiempos, aquellos días en que nos encontrábamos en el bar como simples amigos y disfrutábamos de largas conversaciones sobre mis aventuras amorosas y sus relaciones fracasadas. Recordé haber pensado que debía de haber querido mucho a su mujer, porque estaba destrozado sin ella. Intenté evitar enamorarme de su agudo sentido del humor, su pelo oscuro y rizado y sus luminosos ojos castaños, pero fracasé. Y una noche, para mi absoluta felicidad, todo cambió entre nosotros.

Tres meses más tarde se mudó a mi casa.

Seis meses después, le pedí que arreglara el escalón que crujía.

Dos meses después de eso, me rendí y lo arreglé yo misma.

Eso fue ayer.

—Saca tus cosas del armario y lárgate.

La mujer pasó apresuradamente por nuestro lado sin alzar la vista. ¿Me acordaría siquiera de su cara, o solo recordaría toda la vida el vigoroso movimiento de las nalgas de Mark encima de ella y la frenética oscilación de su polla tras volverse impulsado por el pánico?

Al cabo de unos instantes oí que la puerta de la calle se cerraba de un portazo, pero Mark seguía sin moverse.

—Pippa, no es más que una amiga. Es hermana de Arnold, ya sabes, el del fútbol. Se llama...

—No me digas cómo se llama —dije con una carcajada incrédula—. ¡No me importa una mierda!

—¿Qué...?

—¿Y si tiene un nombre bonito? —le corté—. ¿Y si algún día estoy casada con un buen tipo, tenemos un bebé y mi marido sugiere ese nombre, y yo digo: «Ah, sí, es muy bonito. Por desgracia, no podemos ponérselo a nuestra hija porque Mark le echó un polvo en mi cama, con las sábanas apartadas porque es un vago y un capullo, a una chica que se llamaba así». —Lo fulminé con la mirada—. Ya me has estropeado el día, quizá incluso la semana. —Ladeé la cabeza, reflexionando—. Desde luego, no me has estropeado el mes, porque el bolso nuevo de Prada que me compré la semana pasada es una verdadera pasada, y ni tú ni tu culo blancuzco y traidor podríais echarlo a perder.

Él sonrió, tratando de no echarse a reír.

—Incluso ahora —susurró en tono de adoración—, incluso después de haberte traicionado así, eres una chica muy divertida, Pippa.

Tensé la mandíbula.

—¡Largo de aquí, Mark!

Hizo una mueca de disculpa.

—Es que tengo una teleconferencia a las cuatro con los italianos, ¿sabes?, y esperaba poder hacerla desde...

Esta vez lo interrumpió mi mano

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