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BEAUTIFUL SECRET (SAGA BEAUTIFUL 4)

Christina Lauren  

0


Fragmento

1

RUBY

—No estoy diciendo que te apuesto lo que quieras a que tiene una polla enorme, pero tampoco estoy no diciéndolo…

—¡Pippa! —exclamé, tapándome la cara, horrorizada. ¡Eran las siete y media de la mañana de un jueves, por el amor de Dios! Era imposible que estuviese ya borracha, ¿no?

Dediqué una sonrisa de disculpa al hombre que nos miraba con los ojos abiertos como platos y me pregunté si podría, con mis poderes mentales, acelerar la velocidad del ascensor.

Cuando la fulminé con la mirada desde el otro extremo del ascensor, Pippa masculló:

—¿Qué pasa? —Y acto seguido, separó los dedos índices de ambas manos aproximadamente dos palmos de distancia y susurró—: Muy bien dotado… pedazo de paquete…

Me libré de tener que pedir disculpas de nuevo cuando nos detuvimos en el tercer piso y las puertas se abrieron.

—Te has dado cuenta de que no estábamos solas ahí dentro, ¿verdad? —susurré, siguiéndola por el pasillo y después de doblar una esquina, deteniéndonos ante unas puertas anchas con el nombre de Richardson-Corbett grabado en el vidrio esmerilado.

Levantó la vista del interior de su bolso gigantesco, en cuyo interior había estado rebuscando hasta ese momento las llaves, mientras los brazaletes de su antebrazo derecho tintineaban como campanillas. Su bolso era enorme, de color amarillo brillante y recubierto de relucientes tachuelas metálicas. Bajo las cegadoras luces fluorescentes, su larga melena pelirroja casi parecía una lámpara de neón.

Yo tenía el pelo rubio oscuro y llevaba una bandolera beis, así que me sentía como una sosa galleta de desayuno, allí a su lado.

—¿Ah, no?

—¡No! Tenías a ese tipo de contabilidad justo delante... Luego tengo que subir a esa planta, y gracias a ti los dos tendremos que intercambiar una mirada incómoda y nos moriremos de vergüenza al acordarnos de ti diciendo la palabra «polla».

—También dije «pedazo de paquete». —Momentáneamente, puso cara de remordimiento antes de volver a centrar la atención en su bolso—. Bueno, los chicos de contabilidad necesitan relajarse un poco de todos modos. —Y acto seguido, haciendo un movimiento dramático con la mano que abarcaba el pasillo oscuro, añadió—: Supongo que ahora sí estamos aceptablemente solas, ¿no?

Miré a Pippa con expresión divertida y la animé.

—Por favor. Adelante, no te cortes.

Ella asintió con la cabeza, frunciendo las cejas con gesto de concentración.

—Es que, bueno, lógicamente, tiene que ser enorme…

—Lógicamente —repetí, reprimiendo una sonrisa. Mi corazón estaba dando esa especie de voltereta que siempre daba cuando hablábamos de Niall Stella: hacer conjeturas sobre el tamaño de su pene podía ser mi perdición.

Levantando la mano en el aire con gesto victorioso, Pippa blandió las llaves de la oficina antes de introducir la más larga en la cerradura.

—Ruby, ¿tú le has visto los dedos? ¿Y los pies? Por no hablar de que debe de medir casi dos metros…

—Dos metros y dos centímetros —la corregí en voz baja—. Pero el tamaño de las manos no tiene por qué significar nada necesariamente. —Cerramos la puerta al entrar y encendimos la luz—. Muchos hombres tienen las manos grandes y no están especialmente dotados en el departamento de miembros viriles.

Seguí a Pippa por el estrecho pasillo hacia una sala llena de mesas de la tercera planta, en un rincón más pequeño y mucho menos opulento. Aunque de reducidas dimensiones, al menos nuestra sección de la oficina era acogedora, una suerte teniendo en cuenta que pasaba más tiempo allí, trabajando, que en el pequeño apartamento que había alquilado en el sur de Londres.

Puede que Richardson-Corbett Consulting fuese una de las empresas de ingeniería más grandes y de mayor éxito en toda Europa, pero solo contrataba a un puñado de becarios cada año. Poco después de graduarme en la Universidad de California en San Diego, me había puesto a dar saltos de alegría al saber que me habían seleccionado para uno de esos puestos. Las jornadas laborales eran muy largas y el sueldo había eliminado de cuajo mi debilidad por los zapatos, pero el sacrificio ya estaba empezando a dar sus frutos: después de completar los primeros noventa días de mis prácticas como becaria, una placa de metal auténtico había reemplazado el trozo de cinta adhesiva con el nombre de «Ruby Miller» escrito encima, y me habían trasladado de algo así como un cuchitril en el segundo piso a una de las oficinas compartidas allí, en la tercera planta.

Había superado la secundaria y sobrevivido a la universidad hincando los codos solo de vez en cuando, pero ¿irme a vivir al otro lado del charco y codearme con algunas de las mentes más brillantes en ingeniería de todo el Reino Unido? Nunca me había esforzado tanto en toda mi vida. Si conseguía terminar aquellas prácticas tan bien como las había empezado, tenía garantizada una plaza en Oxford, en el programa de posgrado de mis sueños. Claro que «terminarlas bien» seguramente implicaba no ponerse a hablar de las pollas de los directores en el ascensor del trabajo…

Sin embargo, Pippa solo acababa de empezar:

—Recuerdo haber leído que era de la muñeca hasta la punta del dedo corazón… —añadió, y usando los dedos para medir la longitud de su propia mano, luego los levantó para ilustrar sus palabras—. Si eso es verdad, el hombre de tus sueños tiene un pollón.

Me puse a tararear mientras colgaba el abrigo detrás de la puerta.

—Supongo.

Pippa soltó el bolso en su silla y me lanzó una mirada traviesa.

—Me encanta cómo te empeñas en hacer como que no te interesa nada… Como si no le miraras la herramienta cada vez que lo tienes en un radio de tres metros de distancia.

Intenté hacerme la indignada.

Intenté hacerme la horrorizada y soltarle alguna justificación digna.

No se me ocurrió nada. Durante los seis

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