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BEAUTIFUL STRANGER (SAGA BEAUTIFUL 2)

Christina Lauren  

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Fragmento

Prólogo

Cuando mi antigua vida murió, no lo hizo en silencio. Explotó.

Pero, para ser justa, debo admitir que fui yo quien tiró de la anilla. En menos de una semana alquilé mi casa, vendí mi coche y dejé a mi promiscuo novio. Y aunque les había prometido a mis sobreprotectores padres que tendría cuidado, no fue hasta que llegué al aeropuerto cuando llamé a mi mejor amiga para hacerle saber que me trasladaba a su ciudad.

Fue entonces, en uno de esos perfectos momentos de lucidez, cuando me di cuenta de lo que había hecho.

Estaba lista para empezar de nuevo.

—¿Chloe? Soy yo —dije con voz temblorosa mientras echaba un vistazo a la terminal—. Estoy de camino a Nueva York. Espero que el puesto todavía sea mío.

Ella gritó, dejó caer el teléfono y le aseguró a alguien que estaba a su lado que se encontraba bien.

—Sara viene para acá —oí que explicaba, y se me encogió el corazón al imaginarme allí con ellos en el comienzo de esta nueva aventura—. ¡Ha cambiado de opinión, Bennett!

Oí un grito de celebración, una palmada y un comentario de Bennett que no entendí muy bien.

—¿Qué ha dicho? —pregunté.

—Ha preguntado si Andy viene contigo.

—No. —Guardé silencio un momento para tragarme la bilis que ascendió por mi garganta. Había estado con Andy seis años, y sin importar lo mucho que me alegraba de haber roto con él, el vuelco dramático que había dado mi vida todavía me parecía irreal—. Lo he dejado.

Oí una pequeña inspiración brusca.

—¿Estás bien?

—Mejor que bien.

Y era cierto. Creo que no me di cuenta de lo bien que estaba hasta ese preciso momento.

—Me parece que es la mejor decisión que has tomado en tu vida —me dijo, y después se quedó callada mientras escuchaba lo que Bennett tenía que decirle—. Bennett dice que vas a tener que atravesar el país como un cometa.

Me mordí el labio para contener una sonrisa.

—No tanto, en realidad. Estoy en el aeropuerto.

Chloe emitió unos sonidos agudos ininteligibles y luego me prometió que me recogería en LaGuardia.

Sonreí, colgué el teléfono y le entregué mi billete al chico del mostrador mientras pensaba que un cometa era de masiado directo, demasiado impulsivo. En realidad, me parecía más a una vieja estrella a punto de quedarse sin energía; una estrella aplastada por su propia gravedad. Me había quedado sin energía para mi perfectísima vida, mi trabajo rutinario y mi relación sin amor. Exhausta con tan solo veintisiete años. Al igual que una estrella, mi vida en Chicago se había desmoronado bajo la presión de su propio peso, y por eso me marchaba. Las estrellas gigantescas dejan atrás agujeros negros. Las estrellas pequeñas solo dejan enanas blancas. Me llevaba conmigo toda mi luz.

Estaba lista para empezar de nuevo como un cometa a través del cielo: con la energía a tope, reanimada y ardiente.

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—O te pones el vestido plateado o te apuñalo —dijo Julia desde la zona de la cocina, como yo había empezado a llamarla. Desde luego, no era lo bastante grande para considerarla una cocina en toda regla.

Había pasado de una casa victoriana a las afueras de Chicago, laberíntica y llena de ecos, a un adorable apartamento en East Village que casi habría cabido en mi anterior salón. Y me pareció incluso más pequeño una vez que deshice las maletas, coloqué todo en su lugar e invité a mis dos mejores amigas. El salón-comedor-zona de la cocina estaba enmarcado por un gigantesco ventanal, pero el resultado se parecía más a una pecera que a un palacio. Julia solo había venido el fin de semana para disfrutar de esa noche de celebración, pero ya me había preguntado al menos diez veces por qué había elegido un lugar tan pequeño.

Lo cierto era que lo había escogido porque era muy distinto de todo lo que conocía. Y porque los apartamentos diminutos eran casi lo único que se podía encontrar en Nueva York cuando te trasladabas sin haberte asegurado primero un lugar donde vivir.

En el dormitorio, tiré un poco del bajo del minúsculo vestido de lentejuelas y contemplé la enorme cantidad de blanquísima pierna que dejaría ver esa noche. Odié que mi primer impulso fuera preguntarme si Andy lo consideraría demasiado provocativo, aunque el segundo fue darme cuenta de que me encantaba. Tendría que borrar de mi cabeza todos los antiguos programas de Andy, y cuanto antes.

—Dame una buena razón por la que no debería ponerme este vestido.

—A mí no se me ocurre ninguna. —Chloe entró en el dormitorio con un vestido azul marino que flotaba a su alrededor como una especie de aura. Como de costumbre, estaba increíble—. Vamos a beber y a bailar, así que enseñar piel es un requisito indispensable.

—No tengo claro cuánta piel quiero enseñar —le dije—. Soy muy fiel a mi flamante condición de soltera.

—Bueno, algunas mujeres enseñarán el culo, así que no destacarás, si es eso lo que te preocupa. Además —dijo mientras señalaba la calle de abajo—, es demasiado tarde para cambiarse. La limusina está aquí.

—Tú sí que deberías enseñar el culo. Eres la única que se ha pasado las tres últimas semanas tomando el sol desnuda y bebiendo en una villa francesa —le dije.

Chloe esbozó una sonrisilla pícara y me tiró del brazo.

—Vamos, preciosa. Me he pasado las últimas semanas con el gran jefe, así que estoy lista para una noche de juerga con mis chicas.

Nos subimos al coche que nos esperaba y Julia descorchó el champán. Bastó un simple trago del líquido burbujeante para que el mundo que me rodeaba se desvaneciera y solo quedáramos tres amigas en una limusina preparadas para celebrar una nueva vida.

Y aquella noche no solo celebrábamos mi llegada: Chloe Mills iba a casarse, Julia estaba de visita y la nueva Sara, soltera, tenía una vida que vivir.

El ambiente del club era oscuro y ensordecedor, lleno de cuerpos que se retorcían: en la pista de baile, en las salas, contra la barra. La DJ pinchaba la música desde un pequeño cubículo, y todos los carteles pegados en la fachada prometían que se trataba de la DJ más nueva y macizorra de Chelsea.

Julia y Chloe parecían estar en su ambiente. Yo me sentía como si hubiera pasado la mayor parte de mi infancia y mi vida adulta en eventos tranquilos y formales; estar allí era como haber saltado de las páginas de la historia de mi tranquila Chicago hasta el cuento neoyorquino por antonomasia.

Era perfecto.

Me abrí camino a empujones hasta la barra con las mejillas sonrosadas, el cabello húmedo y unas piernas que parecían no haberse usado como era debido en años.

—¡Disculpe! —

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