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BELLAS DURMIENTES

Stephen King

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Fragmento

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DOOLING, CAPITAL DEL CONDADO DE DOOLING

Truman Mayweather, conocido como Trume, 26, cocinero de meta.

Tiffany Jones, 28, prima de Truman.

Linny Mars, 40, operadora del departamento de Policía.

Lila Norcross, 45, jefa del departamento de Policía.

Jared Norcross, 16, alumno de tercero en el instituto, hijo de Lila y Clint.

Anton Dubcek, 26, dueño y operario de Anton el Chico de la Piscina, S. R. L.

Magda Dubcek, 56, madre de Anton.

Frank Geary, 38, agente del departamento de Control Animal.

Elaine Geary, 35, voluntaria en Goodwill y esposa de Frank.

Nana Geary, 11, alumna de la escuela de secundaria.

Vieja Essie, 60, indigente.

Terry Coombs, 45, del departamento de Policía.

Rita Coombs, 42, esposa de Terry.

Roger Elway, 28, del departamento de Policía.

Jessica Elway, 28, esposa de Roger.

Platinum Elway, 7 meses, hija de Roger y Jessica.

Reed Barrows, 31, del departamento de Policía.

Leanne Barrows, 32, esposa de Reed.

Gary Barrows, 2, hijo de Reed y Leanne.

Vern Rangle, 48, del departamento de Policía.

Elmore Pearl, 38, del departamento de Policía.

Rupe Wittstock, 26, del departamento de Policía.

Will Wittstock, 27, del departamento de Policía.

Dan Treat, conocido como Treater, 27, del departamento de Policía.

Jack Albertson, 61, del departamento de Policía (retirado).

Mick Napolitano, 58, del departamento de Policía (retirado).

Nate McGee, 60, del departamento de Policía (retirado).

Carson Struthers, alias Recio, 32, exboxeador amateur.

J. T. Wittstock, 64, entrenador de los Warriors, equipo de fútbol juvenil del instituto.

Garth Flickinger, 52, cirujano plástico.

Fritz Meshaum, 37, mecánico.

Barry Holden, 47, abogado de oficio.

Oscar Silver, 83, juez.

Mary Pak, 16, alumna de tercero en el instituto.

Eric Blass, 17, alumno de tercero en el instituto.

Curt McLeod, 17, alumno de tercero en el instituto.

Kent Daley, 17, alumno de tercero en el instituto.

Willy Burke, 75, voluntario.

Dorothy Harper, 80, jubilada.

Margaret O’Donnell, 72, hermana de Gail, jubilada.

Gail Collins, 68, hermana de Margaret, secretaria en la consulta de un dentista.

Señora Ransom, 77, panadera.

Molly Ransom, 10, nieta de la señora Ransom.

Johnny Lee Kronsky, 41, investigador privado.

Jaime Howland, 44, profesor de Historia.

Eve Black, aparenta unos treinta años, desconocida.

LA CÁRCEL

Janice Coates, 57, directora del Centro Penitenciario de Mujeres de Dooling.

Lawrence Hicks, conocido como Lore, 50, subdirector del Centro Penitenciario de Mujeres de Dooling.

Rand Quigley, 30, funcionario del Centro Penitenciario de Mujeres de Dooling.

Vanessa Lampley, 42, funcionaria del Centro Penitenciario de Mujeres de Dooling y campeona de la competición de pulsos de Ohio Valley en 2010 y 2011, grupo de edad 35-45.

Millie Olson, 29, funcionaria del Centro Penitenciario de Mujeres de Dooling.

Don Peters, 35, funcionario del Centro Penitenciario de Mujeres de Dooling.

Tig Murphy, 45, funcionario del Centro Penitenciario de Mujeres de Dooling.

Billy Wettermore, 23, funcionario del Centro Penitenciario de Mujeres de Dooling.

Scott Hughes, 19, funcionario del Centro Penitenciario de Mujeres de Dooling.

Blanche McIntyre, 65, secretaria del Centro Penitenciario de Mujeres de Dooling.

Clinton Norcross, conocido como Clint, 48, psiquiatra del Centro Penitenciario de Mujeres de Dooling y esposo de Lila.

Jeanette Sorley, 36, reclusa n.º 4582511-1 del Centro Penitenciario de Mujeres de Dooling.

Reese Marie Dempster, conocida como Ree, 24, reclusa n.º 4602597-2 del Centro Penitenciario de Mujeres de Dooling.

Kitty McDavid, 29, reclusa n.º 4603241-2 del Centro Penitenciario de Mujeres de Dooling.

Angel Fitzroy, 27, reclusa n.º 4601959-3 del Centro Penitenciario de Mujeres de Dooling.

Maura Dunbarton, 64, reclusa n.º 4028200-1 del Centro Penitenciario de Mujeres de Dooling.

Kayleigh Rawlings, 40, reclusa n.º 4521131-2 del Centro Penitenciario de Mujeres de Dooling.

Nell Seeger, 37, reclusa n.º 4609198-1 del Centro Penitenciario de Mujeres de Dooling.

Celia Frode, 30, reclusa n.º 4633978-2 del Centro Penitenciario de Mujeres de Dooling.

Claudia Stephenson, alias Cuerpo de Dinamita, 38, reclusa n.º 4659873-1 del Centro Penitenciario de Mujeres de Dooling.

OTROS

Lowell Griner, alias Pequeño Low, 35, delincuente.

Maynard Griner, 35, delincuente.

Michaela Morgan, antes apellidada Coates, 26, periodista de ámbito nacional, NewsAmerica.

Compadre Hoja Dorada (Scott David Winstead Jr.), 60, pastor-general, los Dorados.

Un zorro común, entre 4 y 6 años.

 

 

 

 

Lo mismo da que seas rica o pobre,

que seas lista o tonta.

El sitio de una mujer en este mundo

está en el puño de un hombre.

Y si has nacido mujer,

has nacido para que te hagan sufrir,

has nacido para que te pisoteen,

para que te mientan,

para que te engañen,

y para que te traten como a un perro.

 

SANDY POSEY,

«Born a Woman»

(letra de Martha Sharp)

No puedes no preocuparte por un recuadro de luz, te lo digo yo.

REESE MARIE DEMPSTER,

reclusa n.º 4602597-2

Centro Penitenciario de Mujeres de Dooling

Se la avisó. Se le dio una explicación. Aun así, insistió.

ADDISON «MITCH» MCCONNELL,

senador, en referencia a la

senadora Elizabeth Warren

 

Evie ríe al ver la mariposa nocturna. Se posa en su antebrazo desnudo, y ella acaricia las ondas grises y marrones que colorean sus alas. «Hola, preciosa», la saluda. La mariposa emprende el vuelo. Sube, sube y sube, hasta que la engulle un haz de sol enredado entre las relucientes hojas verdes, a siete metros por encima de Evie, que se encuentra en el suelo, entre las raíces.

Una soga cobriza se descuelga desde el agujero negro que hay en el centro del tronco y zigzaguea entre las láminas de corteza. Evie no se fía de la serpiente, como es natural. Ya le ha causado problemas antes.

Su mariposa y otras diez mil se elevan desde la copa del árbol en una nube crepitante de color parduzco. El enjambre ondea en el cielo hacia los pinos replantados de aspecto enfermizo que se alzan más allá del prado. Evie se levanta y lo sigue. Los tallos crujen bajo sus pies, y la hierba, que le llega a la cintura, le araña la piel desnuda. Mientras avanza en dirección al bosque triste, talado casi por completo, percibe los primeros olores a sustancias químicas —amoníaco, benceno, petróleo y otros muchos, diez mil cortes en un solo pedazo de carne— y abandona la esperanza que, sin darse cuenta, albergaba.

Desde sus huellas se propagan telarañas que destellan a la luz de la mañana.

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En la cárcel de mujeres,

setenta mujeres hay,

y ojalá con ellas

yo viviera.

Así ese viejo triángulo tintinearía

por las orillas del Canal Real.

 

BRENDAN BEHAN

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Ree preguntó a Jeanette si alguna vez se fijaba en el recuadro de luz proyectado por la ventana. Jeanette contestó que no. Ree ocupaba la cama superior de la litera; Jeanette, la inferior. Las dos estaban esperando a que se abrieran las celdas para el desayuno. Era una mañana más.

Al parecer, la compañera de celda de Jeanette se había dedicado a estudiar el recuadro. Ree explicó que primero se veía en la pared opuesta a la ventana, bajaba, bajaba, bajaba, se derramaba sobre la superficie del escritorio y finalmente llegaba al suelo. Como Jeanette podía comprobar en ese momento, allí estaba, en medio del suelo, en extremo resplandeciente.

—La verdad, Ree —dijo Jeanette—, no puedo preocuparme por un recuadro de luz.

—¡No puedes no preocuparte por un recuadro de luz, te lo digo yo! —Ree dejó escapar el graznido mediante el cual expresaba que algo le parecía gracioso.

—Vale —respondió Jeanette—. Aunque no sé qué coño quiere decir eso.

Su compañera de celda soltó otro graznido.

Ree no era mala persona, pero daba la impresión de que el silencio la ponía nerviosa, como a un niño pequeño. Estaba entre rejas por uso fraudulento de tarjetas de crédito, falsificación y posesión de drogas destinadas al tráfico ilegal. Nada de eso se le daba demasiado bien, razón por la cual había acabado allí.

Jeanette estaba entre rejas por homicidio; en 2005, una noche de invierno, le clavó un destornillador de estrella en la entrepierna a su marido, Damian, quien, como iba ciego de droga, se limitó a quedarse sentado en un sillón y murió desangrado. Ella también iba ciega, claro.

—He mirado el reloj —informó Ree—. Lo he cronometrado. La luz tarda veintidós minutos en llegar desde la pared hasta ese punto en el suelo.

—Tendrías que llamar a los de Guinness —contestó Jeanette.

—He soñado que comía tarta de chocolate con Michelle Obama, y ella se cabreaba: «¡Con eso vas a engordar, Ree!». Pero ella también estaba comiéndose un trozo. —Ree soltó un graznido—. ¡Qué va! No es verdad. Me lo he inventado. En realidad he soñado con una profe que tuve. Me repetía una y otra vez que yo no estaba en la clase que me correspondía, y yo le repetía una y otra vez que sí estaba en la clase que me correspondía, y ella decía vale, y luego seguía con la lección un rato, y al final volvía a decirme que no estaba en la clase que me correspondía, y yo decía que sí, que estaba en la clase que me correspondía, y así seguíamos, dale que dale. Más que nada era exasperante. ¿Tú qué has soñado, Jeanette?

—Pues… —Jeanette trató de hacer memoria, pero no se acordaba. Le parecía que con la nueva medicación dormía más profundamente. Antes a veces tenía pesadillas: soñaba con Damian. Por lo general, él aparecía con el mismo aspecto de la mañana siguiente, ya muerto, con la piel de un azul disparejo, como tinta aguada.

Jeanette había preguntado al doctor Norcross si pensaba que esos sueños podían tener algo que ver con la culpa. El doctor la miró con los ojos entrecerrados, como diciendo «No jodas, ¿en serio?» —expresión que la sacaba de quicio pero a la cual había acabado acostumbrándose—, y luego le preguntó si, en su opinión, la leche era blanca. Bueno, vale. Lo pillo. En cualquier caso, Jeanette no echaba de menos esos sueños.

—Lo siento, Ree. No me acuerdo de nada. Si he soñado algo, ya se me ha borrado.

En algún lugar del pasillo de la segunda planta del módulo B, se oyó un taconeo contra el cemento: algún funcionario que hacía una comprobación de último minuto antes de abrir las puertas.

Jeanette cerró los ojos. Se inventó un sueño. En él, la cárcel estaba en ruinas. Exuberantes enredaderas trepaban por las antiguas paredes de la celda y filtraban la brisa de primavera. Había desaparecido parte del techo, roído por el tiempo, de modo que solo quedaba un saliente. Un par de lagartijas correteaban por una pila de escombros herrumbrosos. En el aire revoloteaban mariposas. Los intensos aromas de la tierra y las hojas sazonaban lo que quedaba de la celda. Bobby, de pie junto a ella en una brecha de la pared, la miraba impresionado. Su madre era arqueóloga. Había descubierto ese lugar.

—¿Tú crees que puedes salir en un concurso de la tele si tienes antecedentes penales?

La visión se desvaneció. Jeanette dejó escapar un gemido. En fin, fue bonito mientras duró. La vida era decididamente mejor con las pastillas. Le permitían acceder a un lugar tranquilo y relajado. Había que reconocérselo al doctor: la química mejoraba la vida. Jeanette volvió a abrir los párpados.

Ree miraba a Jeanette con los ojos como platos. Era poco lo que podía decirse en favor de la cárcel, pero quizá una chica como Ree corría menos peligro dentro que fuera. En el mundo exterior, era muy posible que acabase atropellada por un coche. O vendiendo drogas a un estupa con toda la pinta de estupa. Como había sido el caso.

—¿Qué pasa? —preguntó Ree.

—Nada. Es que estaba en el paraíso, solo eso, y lo has echado a perder con esa bocaza tuya.

—¿Qué?

—Da igual. Mira, en mi opinión, debería haber un concurso en el que solo pudiera participar gente con antecedentes. Podría llamarse Premio a la Mentira.

—¡Me encanta! ¿Cómo funcionaría?

Jeanette se incorporó, bostezó y se encogió de hombros.

—Tendré que pensarlo. Ya sabes, establecer las reglas.

Su hogar era como siempre había sido y como siempre sería, por los siglos de los siglos, amén: una celda de diez pasos de largo y cuatro pasos entre la litera y la puerta. Las paredes de cemento eran lisas, de color crudo. Sus fotos y postales, abarquilladas en los bordes y pegadas con bolas de masilla adhesiva verde, ocupaban el único espacio autorizado para eso (como si a alguien fuera a interesarle mirarlas). Había un pequeño escritorio metálico adosado a una pared y, en el extremo opuesto, una estantería baja, también metálica. A la izquierda de la puerta se hallaba el inodoro de acero, donde tenían que sentarse en cuclillas, mirando cada una en una dirección para crear una ilusión de intimidad no muy convincente. La puerta, con una ventanilla de doble cristal a la altura de los ojos, ofrecía una vista del corto pasillo que atravesaba el módulo B. Cada centímetro y objeto de la celda destilaba los penetrantes olores de la cárcel: sudor, moho, lisol.

Contra su voluntad, Jeanette se fijó por fin en el recuadro de sol del suelo. Casi había llegado a la puerta, pero no iría más allá, eso desde luego. A menos que algún celador metiese una llave en la cerradura o abriera la celda desde la Garita, se quedaría atrapado allí dentro, igual que ellas.

—¿Y quién sería el presentador? —preguntó Ree—. Todo concurso necesita un presentador. Además, ¿cuáles serían los premios? Tienen que ser buenos. ¡Los detalles! Tenemos que pensar en todos los detalles, Jeanette.

Ree, con la cabeza reclinada, se enrollaba los espesos rizos decolorados en torno al dedo mientras miraba a Jeanette. Casi en lo alto de la frente, tenía una cicatriz similar a la marca de una parrilla, tres profundas líneas paralelas. Aunque Jeanette desconocía el origen de dicha cicatriz, adivinaba quién era el autor: un hombre. Quizá su padre, quizá su hermano, quizá un novio, quizá un tío al que nunca antes había visto y nunca volvería a ver. Entre las reclusas del Centro Penitenciario de Dooling, había, por decirlo suavemente, muy pocas historias sobre premios. En cambio, había muchas sobre malos hombres.

¿Qué podía hacer una? Podía compadecerse de sí misma. Podía detestarse a sí misma o detestar a todo el mundo. Podía colocarse esnifando productos de limpieza. Una podía hacer lo que le viniera en gana (dentro de sus limitadas opciones, todo había que decirlo), pero la situación no cambiaría. Su turno siguiente para hacer girar la gran y resplandeciente Rueda de la Fortuna sería en todo caso su vista de libertad condicional. Jeanette procuraría impulsarla con todas sus fuerzas cuando llegara el momento. Tenía que pensar en su hijo.

Resonó un ruido sordo cuando el funcionario, desde la Garita, abrió las sesenta y dos cerraduras. Eran las seis y media de la mañana, y todas debían salir de sus celdas para el recuento.

—No sé, Ree. Piensa en ello —dijo Jeanette—, y yo lo pensaré también; luego intercambiamos notas.

Bajó las piernas al suelo y se levantó.

2

A unos kilómetros de la cárcel, en la terraza de la casa de los Norcross, Anton, el chico de la piscina, retiraba los bichos muertos del agua. La piscina había sido el regalo del doctor Clinton Norcross a su mujer, Lila, por su décimo aniversario de boda. Viendo a Anton, Clint dudaba a veces, como esa mañana por ejemplo, de la sensatez del regalo.

Anton se había quitado la camisa, y por dos buenas razones. En primer lugar, iba a ser un día caluroso. En segundo lugar, tenía el abdomen como una roca. Estaba cachas, Anton el chico de la piscina. Parecía uno de esos sementales que salen en las portadas de las novelas románticas. Si alguien disparara contra el abdomen de Anton, le convendría hacerlo en ángulo, por si rebotaban las balas. ¿Qué comía? ¿Montañas de proteína pura? ¿Qué ejercicios hacía? ¿Limpiar los establos de Augias?

Anton levantó la mirada y sonrió desde debajo de los cristales relucientes de sus Wayfarer. Con la mano libre, dirigió un saludo a Clint, que lo observaba desde la ventana del cuarto de baño principal, en el piso de arriba.
—Por Dios, tío —susurró Clint para sí. Devolvió el saludo—. Ten compasión.

Clint, de costado, se apartó de la ventana. En el espejo de la puerta cerrada del baño, apareció un hombre blanco de cuarenta y ocho años, licenciado por Cornell y doctorado en Medicina por la Universidad de Nueva York, con unos discretos michelines debido al moca de tamaño grande de Starbucks. Su barba entrecana no era tanto de leñador viril como de capitán de barco cutre con una sola pierna.

Le resultaba irónico el hecho de que su edad y su cuerpo reblandecido le causaran cierta sorpresa. Nunca había tenido mucha paciencia con la vanidad masculina, y menos con la que solía aparecer en la madurez, y en todo caso se le había ido agotando a medida que acumulaba experiencia profesional. De hecho, lo que Clint consideraba el gran punto de inflexión de su carrera como médico se había producido hacía dieciocho años, en 1999, cuando un posible paciente, un tal Paul Montpelier, había acudido al joven médico por una «crisis de ambición sexual».

—Cuando dice «ambición sexual», ¿a qué se refiere? —había preguntado Clint a Montpelier. Las personas ambiciosas aspiraban a ascensos, y ciertamente uno no podía llegar a ser vicepresidente de Asuntos de Sexo. Se trataba de un eufemismo peculiar.

—Me refiero a que… —Montpelier pareció sopesar distintos términos para describirlo—. Todavía quiero hacerlo. Todavía quiero buscarlo.

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