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BERTA Y LAS ESTRELLAS

Juan Vilches  

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Fragmento

Agencia Española de Investigación Espacial. En la actualidad

Agencia Española de Investigación Espacial.

En la actualidad

La secretaria llamó a la puerta y entró en el despacho de Berta Hornillos con un grueso portafirmas bajo el brazo.

—¿Más asuntos?

—Sí, directora. Son unos contratos que no admiten demora.

—Está bien. Déjalos sobre la mesa.

Berta Hornillos llevaba toda la mañana encerrada en su despacho, rodeada de montañas de expedientes, examinando los documentos que le pasaban para su firma. Al igual que todos los días desde hacía años. Pero aquella mañana no era un día normal más. Aquella mañana era su último día al frente de la Agencia. En las próximas horas se publicaría en el Boletín Oficial del Estado su cese como directora general de la Agencia Española de Investigación Espacial.

Aún no lo había asimilado del todo. Después de cincuenta años en aquel centro —quince de ellos como directora general—, no se podía creer que, en breve, la Agencia solo sería parte de su pasado. Se sentía como si le extirparan, de cuajo y sin anestesia, la mitad de su vida. Sabía que algún día llegaría la hora de las despedidas. Pero nunca se había imaginado que pudiera doler tanto. Aquel organismo era parte de ella misma.

Cuando terminó de firmar el último documento, dejó la estilográfica sobre el escritorio y se recostó en el sillón. Cerró los ojos y lanzó un prolongado suspiro. Las preguntas se agolpaban en su cabeza sin orden ni concierto. ¿Soportaría la inactividad? ¿Se acostumbraría a no tener que madrugar? ¿Sería capaz de regresar a la vida contemplativa, como cuando era una chiquilla? Sin duda, le costaría mucho trabajo.

Miró la hora en el reloj de pared. Las doce y media de la mañana. Aún tenía tiempo para preparar su discurso de despedida. Lo había dejado para el último momento, como si con ello pudiera alargar un poco más su vida activa. Pero el tiempo es una maldición inexorable que no se detiene ante nada.

Tomó un puñado de folios y, pluma en mano, se dispuso a escribir su alocución final. Aún faltaba media hora para que comenzara, en un inmenso hangar, su fiesta de despedida. Y quería acabar su historia en la Agencia con un emotivo y cariñoso discurso dirigido a todos sus empleados.

Durante un buen rato se enfrentó al folio en blanco. No sabía cómo comenzar. Para llamar la atención del auditorio, tenía que empezar con una frase impactante. Pero no se le ocurría nada apropiado.

Pretendía que el discurso fuera breve. Y además, humilde, muy humilde. Aunque la Agencia espacial había alcanzado bajo su dirección un extraordinario prestigio, no quería atribuirse ningún mérito. Nada de discursos retóricos, ni triunfales, ni destinados al autobombo, como ocurría con frecuencia en los actos de despedida. En la última alocución a los suyos deseaba presentarse como siempre: como una simple empleada más. Tan solo eso.

Los minutos pasaban y no conseguía encontrar un buen comienzo. Se había bloqueado. Después de cientos de discursos a lo largo de su dilatada vida profesional, se había quedado en blanco. La razón era bien sencilla: al ser su broche final en la Agencia, quería dejar un buen sabor de boca.

Después de mucho pensar y de varios comienzos infructuosos que acabaron inevitablemente en la papelera, le vino a la cabeza una ingeniosa frase que había leído tiempo atrás y que ahora podría utilizar como colofón final de su carrera. Empezó a escribir:

Si la Agencia espacial, nuestra querida Agencia, ha alcanzado un merecido prestigio internacional, no se debe, ni mucho menos, a mi labor, sino al trabajo de los directores anteriores.

Como dijo Bernardo de Chartres en el siglo XII, «somos como enanos a hombros de los gigantes que nos han precedido»...

En realidad, aquello no era cierto. Se trataba de una mera cortesía hacia sus predecesores. La fama adquirida por la Agencia en los últimos años se debía a ella y solo a ella.

Entusiasmada por el buen comienzo de su alocución, empezó a escribir a una velocidad endiablada. No tardó mucho en redactar la media docena de folios que pensaba leer ante sus empleados. En definitiva, trataba de expresar su agradecimiento a todos los que habían estado a su lado durante tantos años. Nada más.

Cuando terminó, se levantó del sillón y salió del despacho. Al abrir la puerta, sorprendió a su secretaria en plena sesión de chateo. No le extrañó. Aquella mujer era incorregible. Siempre hacía lo mismo. Se pasaba el día entero enganchada a las redes sociales. Y cuando se cansaba de chatear, se conectaba a los canales de televisión. Le encantaban los programas de divulgación científica como Socórreme y Gran Cuñado VIP.

Berta ni se molestó en reprender su comportamiento. Total, ¿para qué? Al fin y al cabo, era su último día al frente de la Agencia.

—Por favor, pásame estos folios a limpio —le dijo a la secretaria.

Berta volvió a encerrarse en su despacho.

Desde hacía unas semanas, estaba preocupada con el nombramiento de su sucesor. Aún no le habían confirmado nada. Cogió el teléfono y llamó a un amigo destinado en Presidencia del Gobierno.

—¿Alguna novedad?

—Berta, no han aceptado tu propuesta. No te va a sustituir ninguno de tus colaboradores. Van a nombrar director de la Agencia a un desconocido.

—¡No me lo puedo creer!

—Te acabo de mandar su currículum en un email.

Berta colgó el teléfono y, sin perder un segundo, abrió el correo. Leyó con avidez el currículum de su sucesor. No le conocía de nada, nunca había oído hablar de él. El tipo, con más de treinta años al servicio de la Administración, había ocupado innumerables cargos en las materias más contrapuestas. Berta no lo entendía. ¿Cómo un individuo podía ser director general de Caza y, poco después, vicesecretario de Protección de la Vida Animal? ¿O subsecretario de Vida Sana y Deporte, para ejercer, a continuación, de comisario del Centenario del Cocido Madrileño?

Su último puesto había sido en la Subsecretaría de Agricultura. ¿Qué tenía que ver el trigo o la cebada con la investigación espacial?

—Se vuelve a aplicar la vieja máxima de la Administración española: cualquier inútil sirve para todo —murmuró Berta con cansancio.

Lamentaba que la Agencia cayera ahora en manos de un incompetente, de un paniaguado sin oficio ni beneficio, que solo pretendiera tener un buen sueldo durante los próximos años.

No tardó mucho en entrar la secretaria con el discurso en la mano. Berta echó un vistazo rápido y comprobó que todo estaba en orden. Lo guardó dentro de una carpeta y se levantó del asiento.

—Luego te veo —le dijo a la secretaria—. Si hay algo urgente, me pasas la llamada al móvil.

Berta bajó las escaleras y salió del edificio. El chófer la esperaba, muy serio y formal, junto al automóvil. Llevaba un traje azul marino impecable, como si lo acabara de recoger de la tintorería. Quería despedirse de su jefa como ella se merecía.

—Buenos días.

—Buenos días, señora directora —respondió el hombre, con la voz quebrada y los ojos vidriosos.

Berta se subió al automóvil y el chófer cerró la portezuela. Luego, el hombre ocupó su asiento, arrancó el motor y puso el vehículo en movimiento. No le hizo falta preguntar adónde se dirigían. Sabía muy bien que la fiesta de despedida se celebraría en el hangar.

El vehículo oficial, un Volvo azul marino blindado, recorrió las interminables avenidas de la Agencia espacial en dirección a su destino. Durante el trayecto, el automóvil pasó por delante de varios edificios: Programas Espaciales, Estructuras, Propulsión, Cohetes, Ensayos Atmosféricos. Al verlos por última vez, miles de recuerdos acudieron a la cabeza de Berta. Había trabajado muchos años en aquel lugar, muchos años de esfuerzos y sacrificios, y también de alegrías y emociones. Y sentía pena. Una tremenda tristeza. Quería a aquel organismo de investigación como si fuera su propia casa.

El automóvil se detuvo delante de las enormes puertas del viejo hangar. A Berta le llamó la atención la cantidad de coches que estaban aparcados en las inmediaciones. Nunca había visto tal afluencia de vehículos. Ni siquiera en la copa de Navidad que también se celebraba, año tras año, en aquel hangar. No había duda: la convocatoria había sido un éxito. Todos los funcionarios de la Agencia querían participar en la despedida de su adorada y admirada jefa.

Se apeó del vehículo y entró en el hangar. A pesar de su descomunal tamaño, no cabía ni un alma. Los tres mil empleados de la Agencia estaban allí, de pie, expectantes. Nada más verla, y sin que nadie dijera nada, abrieron un pasillo, como Moisés ante el mar Rojo, y la dejaron pasar. Berta caminaba entre sus empleados, que la miraban con devoción y agradecimiento. Había sido la primera mujer en dirigir la Agencia espacial. Y había superado con creces a los directores anteriores. Sin duda, la iban a echar mucho de menos. En todos los sentidos.

Según avanzaba entre aquel enjambre de cuerpos, de repente alguien empezó a aplaudir. Nadie se lo esperaba hasta el momento de los discursos, como solía ser habitual. Pero la iniciativa del espontáneo fue acogida por el resto de los asistentes. Todo el mundo aplaudía con entusiasmo, mientras Berta se mordía los labios con fuerza para no romper a llorar. Allí estaban todos los empleados: desde el conserje más humilde hasta el ingeniero más preparado; desde el electricista más modesto hasta el científico más consagrado. Todo el personal había querido estar presente en la despedida de su gran jefa y compañera.

Subió a la tarima que servía de escenario. Allí se encontraban ya sus cinco subdirectores generales, tres hombres y dos mujeres, que sonreían y aplaudían como el resto de los empleados. Berta saludó al público con la mano y la respuesta fue una ovación apoteósica. Sus empleados la querían a rabiar.

El subdirector general más antiguo se colocó delante de un micrófono y rogó silencio con la mano. Poco a poco, los aplausos se fueron apagando.

—Hoy estamos aquí para despedir a una excelente directora, a una extraordinaria investigadora y, sobre todo, a una magnífica mujer. —Las palabras del subdirector fueron recibidas con una fuerte ovación—. Berta Hornillos, nuestra querida directora, se va. Y su marcha no nos puede causar más dolor. Por desgracia, no podemos hacer nada para evitarlo. Le ha llegado la inexorable hora de la jubilación. Y todos nos preguntamos con tristeza y amargura: ¿por qué no nacería diez o veinte años más tarde?

La broma fue reída por los presentes. El subdirector continuó:

—Ella conoce este organismo mejor qu

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