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BESOS DE SEDA (SEDA 1)

Mary Jo Putney

0


Fragmento

1

El mensaje llegó pronto a lord Ross Carlisle, y subió a bordo del Kali al cabo de dos horas. Mientras el alto y delgado inglés subía a la cubierta del barco y era iluminado por la luz del farol, Peregrino le observaba desde un lugar estratégico entre las sombras.

Hacía dos años que no se veían, y se preguntó cuán fuertes resultarían ser los vínculos de la amistad allí, en Inglaterra. Para el hijo menor de un duque, una cosa era confraternizar con un aventurero de dudoso pasado en las tierras salvajes de Asia, y otra muy distinta introducir a este hombre en su círculo. Los dos hombres no podían tener procedencias más diferentes, pero a pesar de ello había existido entre ambos una sorprendente armonía de mente y talante.

Incluso al borde de la muerte en las montañas del Hindu Kush lord Ross se había mostrado inconfundiblemente como un aristócrata inglés. Ahora, iluminado por el farol y luciendo prendas de vestir cuyo precio serviría para alimentar durante una década a una familia kafir, parecía lo que era: un hombre nacido en la clase dirigente del mayor imperio que el mundo jamás hubiera conocido, con todo el aplomo de los de su índole.

Peregrino se apartó del mástil y entró en la zona iluminada.

—Me alegro de que mi mensaje te encontrara en casa, Ross. Has sido muy amable viniendo tan deprisa.

Los dos hombres se miraron a los ojos. Los de lord Ross eran castaños, lo que constituía un inesperado contraste con su pelo rubio. Entre ellos siempre había existido competencia, así como amistad, y los trasfondos de este encuentro no serían sencillos.

—Tenía que ver si eras tú realmente, Mikahl. —El inglés le tendió la mano—. Jamás creí que te vería en Londres.

—Te dije que vendría, Ross. No tenías que haber dudado de mí. —A pesar del cansancio que se respiraba en el ambiente, Peregrino apretó con fuerza la mano del otro hombre, sorprendido por el gran placer que sentía por este encuentro—. ¿Has cenado?

—Sí, pero me tomaría con gusto una copa de ese brandy excepcional que siempre parecías tener.

—Paramos en Francia especialmente para reponer mis existencias. —Peregrino le guió hasta su suntuoso camarote, y cuando estuvieron en él examinó a su compañero. Lord Ross era la viva imagen del lánguido aristócrata inglés; ¿realmente había cambiado tanto?

Cediendo a un impulso malicioso, Peregrino decidió averiguarlo. Sin avisarle, giró sobre sus talones y le golpeó con el codo derecho en el estómago con tanta fuerza que habría tumbado a un buey. Debería haber sido un golpe incapacitante, pero no lo fue.

Con la velocidad del rayo, Ross cogió el brazo de Peregrino antes de que el codo pudiera tocarle. Luego lo dobló y retorció, y lanzó a su anfitrión al centro del camarote de un solo movimiento, suave y continuo.

Cuando aterrizó sobre su hombro derecho, Peregrino automáticamente encogió su cuerpo y rodó, yendo a parar de espaldas a uno de los mamparos. Si hubiera sido una pelea en serio habría reaccionado y se habría puesto en acción, pero en esta ocasión se quedó quieto en el suelo alfombrado y contuvo el aliento.

—Me alegro de ver que la civilización no te ha ablandado. —Entonces sonrió, con la sensación de que los dos años de separación habían desaparecido—. Este movimiento no lo aprendiste de mí.

Ross, cuyos pañuelo y cabello ya no estaban impecables, prorrumpió en carcajadas con expresión pueril.

—He decidido que, si era verdad que habías venido a Inglaterra, era mejor que estuviera preparado, viejo diablo. —Le tendió una mano para ayudarle a levantarse—. ¿Pax?

—Pax —aceptó Peregrino cogiendo la mano de Ross e impulsándose para ponerse en pie. Estaba satisfecho porque veía que los vínculos de amistad aún se sostenían y no solo porque el otro hombre le sería útil—. Cuando subías a bordo, tu aspecto era tan de caballero inglés que me he preguntado si habrías olvidado el Hindu Kush.

—Si yo tenía el aspecto de un caballero inglés, el tuyo era el de un pachá oriental que no sabía si darme la bienvenida o hacerme arrojar a la mazmorra.

Ross examinó el camarote, que era una mezcla de lujo oriental y occidental. El escritorio de roble sin duda era europeo, pero la gruesa alfombra era de lo mejor de Persia, y había dos bancos almohadillados y tapizados de terciopelo y cubiertos de cojines bordados como si fueran divanes turcos. Un escenario adecuado para un hombre del este que había decidido trasladarse a un mundo más grande.

Ross se acomodó en uno de los divanes y cruzó las piernas, mostrando unas elegantes botas. Aún le costaba creer que su enigmático amigo se hallaba en Inglaterra, pues, como el halcón cuyo nombre llevaba, Peregrino parecía una criatura de los lugares salvajes. Sin embargo, de una manera extraña, aunque llevaba prendas asiáticas anchas y su cabello negro era más largo que el de un inglés, no parecía estar fuera de lugar. Cuando abrió un armario y sacó una botella de brandy, se movió con la calmada seguridad de un hombre que en cualquier parte se siente como en casa.

—A bordo de un barco sería el calabozo, no la mazmorra. —Peregrino sirvió dos generosas cantidades de brandy en sendas copas de vidrio tallado—. Pero como hemos compartido el pan y la sal, las leyes de la hospitalidad son inviolables.

Ross aceptó una copa y dio las gracias en un murmullo, luego ladeó la cabeza con aire pensativo.

—Has estado practicando tu inglés. Todavía te queda un poco de acento, pero ahora hablas con tanta fluidez como un nativo.

—Me alegro de que lo apruebes. —Mientras Peregrino se acomodaba en otro banco almohadillado que formaba ángulo recto con el de su invitado, esbozó una leve sonrisa sardónica—. Tengo la sensación de que me convertiré en un león de la sociedad inglesa. ¿Qué opinas de mis posibilidades de éxito?

Ross por poco no se atragantó con el brandy.

—¿Por qué diantres querrías participar en semejantes juegos sociales? —preguntó, sorprendido y sin su tacto de costumbre—. Dios sabe que la mayoría de aristócratas británicos son un hatajo de aburridos. No me parece tu estilo en absoluto.

—¿Significa eso que no deseas presentarme a tus amigos y familia?

Ross entrecerró los ojos al percibir el dardo que acechaba en la voz profunda del otro hombre.

—Sabes que sí, Mikahl. Tengo contraída una deuda considerable contigo, y si eres tan tonto como para desear entrar en lo que se llama «sociedad» haré lo que pueda para ayudarte. Conseguir una aceptación social superficial solo requiere dinero y que te presenten, y tu tendrás las dos cosas. Pero no olvides que, hagas lo que hagas, siempre te considerarán un extraño.

—Ninguna sociedad acepta por completo a alguien que no ha nacido en ella —coincidió Peregrino—. Sin embargo, no pretendo ser acogido en los senos provinciales de la aristocracia británica. Será suficiente con ser tolerado como una mascota exótica y divertida.

—Que el cielo ayude a quien piense que estás domesticado —dijo Ross, divertido—. Pero no logro imaginar por qué deseas perder el tiempo con personas que creen que París es el límite del mundo.

—¿Tal vez para ver si soy capaz de hacerlo? —Peregrino echó la cabeza hacia atrás y vació su copa—. A decir verdad, la sociedad como tal no me interesa. Pero mientras esté en Inglaterra, tengo intención de... —se interrumpió, buscando la frase adecuada— saldar una antigua cuenta pendiente.

—Sea quien sea, no me gustaría estar en su lugar —murmuró Ross—. ¿Es alguien a quien yo conozco?

—Es posible.

Peregrino sopesó visiblemente si decir más, con un destello felino en sus vivos ojos verdes. A pesar de hablar un fluido inglés y de poseer unos conocimientos tan amplios que un alumno de Cambridge podría envidiar, sus expresiones y gestos indicaban sutilmente que era extranjero. Ross sospechaba que nunca comprendería de verdad cómo funcionaba la mente de aquel hombre; esta era una de las razones por las que Peregrino resultaba un compañero tan estimulante.

Al final Peregrino dijo:

—Dadas las complicadas relaciones de las clases superiores británicas, el hombre que me interesa podría ser tu primo tercero o el hijo de tu madrina o algo así. Si fuera así, no te abrumaré con la carga de saber más, pero te pediré que no interfieras en mi búsqueda de justicia.

Poco dispuesto a comprometerse sin saber más, Ross preguntó:

—¿Cómo se llama ese hombre?

—Charles Weldon. El honorable —había cierto énfasis irónico en este título— Charles Weldon. Imagino que has oído hablar de él, aunque no le conozcas personalmente. Es uno de los hombres de negocios más destacados de Londres.

Ross frunció el entrecejo.

—Le conozco. Hace poco le nombraron baronet, o sea que ahora es sir Charles Weldon. Es extraño que digas eso de los primos. No somos parientes, pero, cosa extraña, acaba de pedir en matrimonio a una de mis primas, y ella tiene intención de aceptarle. —Se terminó el brandy, frunciendo más el entrecejo—. En realidad, es mi prima favorita.

—No sabía que iba a tomar otra esposa. —Peregrino sirvió más brandy para los dos; luego, volvió a sentarse, con una pierna doblada bajo su cuerpo con una facilidad poco británica—. Deduzco que no lo apruebas. ¿Sabes algo que deshonre a Weldon?

—No, es muy respetado. Como hermano menor de lord Batsford se mueve en los círculos más elevados de la sociedad, aunque ha hecho su fortuna a través del comercio y las finanzas. —Ross se quedó pensativo unos instantes, luego dijo lentamente—: Weldon siempre se ha mostrado afable cuando nos hemos encontrado. No me explico por qué me resulta inquietante. Quizá es demasiado afable.

—¿Tu prima está enamorada de él?

Ross meneó la cabeza.

—Lo dudo. Tiene casi veinte años más que Sara, y ella no es de talante romántico

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