Loading...

BIENVENIDOS A OCCIDENTE

Mohsin Hamid  

0


Fragmento

 

En una ciudad repleta de refugiados pero todavía relativamente en paz, o como mínimo no abiertamente en guerra, un chico conoció a una chica en un aula y no le dirigió la palabra. Así días enteros. Él se llamaba Said y ella Nadia; él llevaba barba, no una barba poblada, sino una barba de días meticulosamente cuidada, y ella iba siempre vestida desde la punta de los pies hasta el extremo inferior de la escotadura yugular con una túnica suelta de color negro. En aquel entonces la gente disfrutaba todavía del lujo de ir más o menos a su aire en lo referente a ropa y peinado, naturalmente dentro de ciertos límites, de ahí que elegir una cosa u otra tuviera su significado.

Puede parecer extraño que en ciudades que están al borde del abismo la gente joven vaya todavía a clase —en el caso que nos ocupa, una clase nocturna sobre identidad corporativa y construcción de marca—, pero así son las cosas, lo mismo con las ciudades que con la vida, pues tan pronto estamos haciendo tranquilamente nuestras cosas como un momento después estamos agonizando, y ese fin siempre inminente no zanja nuestra pasajera existencia hasta el instante mismo en que lo hace.

Said reparó en que Nadia tenía un lunar en el cuello, una marca ovalada de color pardo rojizo que a veces, pocas pero alguna, se movía al compás de su pulso.

No mucho después de fijarse en ese detalle, Said le dirigió la palabra por primera vez. La ciudad en que vivían no había sufrido aún combates de importancia, solo tiroteos aislados y algún que otro coche bomba, explosión que uno sentía en la cavidad torácica como una vibración subsónica parecida a la que producen los grandes altavoces en un concierto de música. Said y Nadia habían recogido sus libros y estaban saliendo del aula.

En la escalera, él se volvió hacia ella y le dijo:

—Oye, ¿te gustaría tomar un café? —Tras una pequeña pausa y para no parecer tan atrevido, dado el atuendo conservador de Nadia, añadió—: ¿En el bar?

Nadia le miró a los ojos.

—¿Tú no rezas las oraciones vespertinas? —preguntó.

Said echó mano de su sonrisa más encantadora.

—No siempre —dijo—. Por desgracia.

Ella no se inmutó.

En vista de lo cual, Said decidió perseverar, aferrándose a su sonrisa con la creciente desesperación de un escalador abocado al fracaso.

—Yo creo que es algo personal. Cada persona tiene su propia manera de hacer. Nadie es perfecto. Y, además…

Ella le interrumpió.

—Yo no rezo —dijo, sin dejar de mirarle con fijeza. Y luego—: Otro día, si acaso.

Él se quedó mirando cómo iba hasta el aparcamiento reservado a los alumnos y luego, en vez de cubrirse la cabeza con un paño negro como él esperaba, se ponía un casco de motorista (que ella había dejado previamente sujeto mediante un candado a una desvencijada y barata moto de trial), bajaba la visera, montaba a horcajadas y se alejaba de allí con un rugido controlado para desaparecer en la noche que ya se cernía.

Al día siguiente, en el trabajo, Said vio que no podía dejar de pensar en Nadia. La empresa para la que trabajaba era una agencia de publicidad especializada en exteriores

Sigue leyendo y recibe antes que nadie historias como ésta