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BITNA BAJO EL CIELO DE SEúL

Jean-Marie Gustave Le Clézio  

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Fragmento

Me llamo Bitna. Pronto cumpliré dieciocho años. No puedo mentir porque tengo los ojos claros y se me notaría enseguida en los ojos. También tengo el pelo claro, hay quien piensa que me lo decoloro con agua oxigenada, pero nací así, con el pelo de color maíz, porque mi abuela padeció una serie de carencias después de la guerra y mi madre también. Nací en el sur, en la provincia de Jeolla-do, en una familia de vendedores de pescado. Mis padres no son ricos, pero cuando acabé la enseñanza secundaria quisieron darme la mejor formación que fuera posible y buscaron una universidad Sky (una universidad del cielo)[1] y pidieron un préstamo. Al principio no tuve problemas de alojamiento porque mi tía (la hermana mayor de mi padre) accedió a alojarme en su piso diminuto del barrio Yongse, muy cerca de la universidad, compartiendo habitación con su hija, llamada Paek-hwa, aunque, a decir verdad, ese nombre de flor inmaculada no le pega en absoluto. Doy estos detalles porque esa situación y esa convivencia fueron el origen de mis posteriores aventuras y perfeccionaron mi formación no menos que las clases de mis profesores, pues en ese cuartito descubrí cuánta perversidad, cuánta envidia, cuánta cobardía y cuánta pereza puede albergar una persona.

Paek-hwa tenía algunos años menos que yo y no tardé en darme cuenta de que me habían invitado a vivir en esa casa para cuidarla. Al principio me pedían cosas sencillas: «Bitna, tú que eres tan sensata, ¿te importaría ocuparte de que tu prima haga los deberes (o de que ordene su cuarto, o ayude en las tareas de la casa, o rece sus oraciones, o se lave la ropa interior, etcétera?)»; y, poco a poco, las sugerencias se fueron convirtiendo en recomendaciones más imperiosas («Pero bueno, si ya sabes que tienes que dar ejemplo») y, al final, en órdenes puras y duras: «¡Bitna! ¿Qué te hemos dicho? ¡Vete a recoger a tu prima y prepárale el almuerzo!».

Esta situación no tardó en volverse intolerable. Paek-hwa hacía lo que le daba la gana. A los catorce años lo único que le interesaba era su persona; se pasaba las horas muertas mirándose en un espejito de aumento para arremeter contra las imperfecciones

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