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BLANCO WHITE

Juan Goytisolo  

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Fragmento

PRÓLOGO: DOS HETERODOXOS
Isaac Rosa

 

 

 

 

Confieso que durante un tiempo pensé que Blanco White era un autor ficticio, un heterónimo de Juan Goytisolo, una invención del novelista para adjudicar algunas ideas y obsesiones propias a una obra apócrifa. Un recurso literario de Goytisolo para crear su propio Mairena.

El malentendido se produjo durante una presentación en el madrileño Círculo de Bellas Artes, una tarde de enero de 1999 en que escuché a Juan Goytisolo hablar sobre la nueva edición de la Obra inglesa de Blanco White que él mismo había traducido y prologado. Malentendido que duró lo que tardé en llegar a casa y comprobar —aún no teníamos smartphones para una consulta urgente a Wikipedia— que ese José María Blanco White que conocía de oídas y aún no había leído, existió de verdad casi dos siglos antes. Las palabras pronunciadas aquella tarde por Goytisolo, su identificación total con las ideas del intelectual exiliado, y la lectura que de camino a casa hice del personalísimo estudio introductorio que él mismo firmaba, mostraban tal identidad entre ambos autores que no era tan descabellado pensar en un juego literario —tratándose además de un autor tan aficionado a jugar y enmascararse—.

Que un veinteañero, como yo era entonces, llegase a considerar la posibilidad de que Blanco White fuese una creación de Goytisolo, revelaba al menos dos cuestiones: el lugar marginal que a esas alturas seguía teniendo Blanco en la cultura española extramuros del mundo académico —pese a los esfuerzos de rehabilitación llevados a cabo desde los años setenta, por el propio Goytisolo entre otros—, que hacía verosímil que un lector medio no conociese apenas su figura y obra. En segundo lugar, la identificación total de Juan Goytisolo con Blanco White, con su condición de desterrado, su mirada crítica de España y su genealogía disidente. De acuerdo, aún cabría una tercera conclusión: mi despiste e ingenuidad, pues por aquella época, goytisoliano deslumbrado como era, habría aceptado incluso que la fabulosa Historia de los heterodoxos españoles de Menéndez Pelayo fuese también una novela apócrifa y genial de mi admirado autor.

Así, mi tentación inicial en este prólogo era alimentar ese malentendido, en la confianza de que todavía encontraría lectores dispuestos a creer que Blanco White pudiese ser un heterónimo de Juan Goytisolo —sospecho que no serían pocos los crédulos—. Sin llegar tan lejos, sí veo inevitable acercarme a ambos autores desde su entrelazamiento, pues en esa suerte de vidas paralelas haremos justicia, por un lado, al trabajo de Goytisolo en la recuperación del escritor del siglo XIX; y, por otro lado, apreciaremos la importancia y vigencia de Blanco White, su lectura contemporánea, en tanto que precursor de motivos y reflexiones que conciernen a nuestro tiempo.

Pero además, hay en este libro, tanto en el estudio introductorio como en la selección de textos, un posible elemento de interés añadido para el lector de Juan Goytisolo: leerlo más allá de su propia obra, hacerlo también en la de aquellos autores a los que eligió vincularse intelectualmente, con los que quiso construir su genealogía literaria, y sin los que estaría incompleta cualquier lectura de su obra, no solo la ensayística sino muy especialmente la narrativa, empapada de la noción de disidencia y heterodoxia —política, literaria, lingüística—. Lo que ahora afirmamos de Blanco White es válido para otros escritores a los que Goytisolo dedicó lúcidos artículos y libros, y que cualquier lector suyo reconoce enseguida como parte del árbol genealógico goytisoliano: Cernuda, Larra, Rojas, Américo Castro... Si el rastro de ellos es evidente en el novelista, la lectura especular produce la alucinación lectora de encontrar también en aquellos la huella de Goytisolo, pues los leemos en buena parte con sus ojos, desde su interpretación. Así también sucede con Blanco White, al que Goytisolo sentó a la mesa familiar y puso en relación con el resto de miembros de su clan literario, señalando por ejemplo —en un artículo incluido en Contracorrientes— a Blanco como precursor de las ideas de Américo Castro, que ya estarían «en germen» en la obra del expatriado; o los paralelismos vitales e intelectuales con otro sevillano exiliado al que Goytisolo sentía muy próximo: Luis Cernuda.

Volvamos a la pregunta inicial: ¿podría un lector veinteañero de hoy creer que Blanco White es un personaje de ficción, un juego literario del propio Goytisolo? Sí, por supuesto. Sí, por desgracia. Porque a pesar de la innegable recuperación de su obra en las últimas décadas, con abundante bibliografía, ediciones, reediciones, estudios y congresos sobre su figura, Blanco White sigue siendo muy poco conocido fuera del ámbito académico, y aún menos leído. Diría incluso que su recuperación es más bien local, localista: muy circunscrita a la ciudad de Sevilla, en tanto que «autor sevillano», es allí donde ha merecido más atención (incluida esa forma de posteridad que consiste en dar nombre a calles, colegios y edificios universitarios), y donde tal vez sea más fácil encontrar un veinteañero que no necesite Wikipedia para negar el juego heterónimo.

Lo lamentó una y otra vez Goytisolo, en artículos de prensa e intervenciones públicas: la incompleta recuperación de Blanco White y otros autores de su linaje, marginados durante décadas por la cultura oficial. Se comprueba una vez más que del exilio nunca se vuelve del todo, y que la desventaja del autor exiliado y proscrito no se recupera frente al bien integrado autor oficial. Eso es válido para Blanco pero también para no pocos exiliados posteriores, que pese a los esfuerzos rehabilitadores nunca llegan a pertenecer con naturalidad a la cultura española, siempre rezagados y amenazados de olvido.

Y es que Blanco encarna como pocos autores una constante en la historia de España: el funcionamiento de los aparatos de represión y censura contra el disidente; la manera en que durante siglos las voces más lúcidas y críticas fueron reprimidas, perseguidas, silenciadas, exiliadas; y cómo esa exclusión sigue operando durante décadas, a lomos de poderosas inercias culturales, determinando el valor de estos autores hasta impedir su reincorporación plena ya en tiempos democráticos. La saña con que fue tratado —o ignorado— durante siglo y medio tiene su guinda en el hecho de que su principal valedor fuese nada menos que Menéndez Pelayo, cuya inquina contra el expatriado no dejaba de ser una forma de admiración que ponía sobre alerta a lectores en busca de referentes heterodoxos, como le sucedió al propio Goytisolo al descubrirlo.

En el caso de Blanco White, no nos cansaremos de reconocer la labor de Juan Goytisolo: sin su insistencia desde los años setenta, seguramente su obra no habría circulado fuera del ámbito académico, y aún en este con limitaciones. Es de justicia reconocerlo como su gran divulgador, y una mayoría de lectores estamos en deuda con él —por este y otros redescubrimientos, autores a los que leímos gracias a su atención, o los releímos bajo una nueva luz desde su interpretación crítica—.

Esta intimidad entre Goytisolo y Blanco White no ha estado exenta de controversia. Para algunos detractores de Goytisolo, el novelista «canibalizó» al escritor del siglo XIX hasta hacerlo hablar a su gusto. Una suerte de ventriloquia que creaba un Blanco a su medida e interés, para levantar su propia tradición y usando la vida y obra de aquel como antecedente de su vida y obra, lo cual condicionaría su recepción contemporánea: no leemos a Blanco White, sino el Blanco White de Juan Goytisolo, dicen sus críticos. No comparto esa opinión, pues la obra de Blanco está ahí para que cada lector la lea sin interferencias; pero no niego esa estrategia identificatoria de Goytisolo, al contrario: la reivindico como una forma mucho más completa y actual de leer a ambos autores, en simbiosis absoluta —a riesgo de que, como he percibido en alguna ocasión, los detractores de Goytisolo acaben convirtiéndose también en detractores de Blanco White solo por esa proximidad—.

El propio Goytisolo nunca ocultó su interés en marcar ese paralelismo por encima de dos siglos, y en quererse bisnieto de Blanco en su proyecto de construir una genealogía literaria. La introducción a la Obra inglesa en 1972 ya abundaba en lazos entre las circunstancias vitales de ambos autores, su disidencia, su choque contra la censura y la intransigencia —de la España absolutista en un caso, la España franquista en el otro—, y las constantes represivas y discontinuidades culturales del país, visibles en el siglo XIX y aún pendientes de resolver en el XX.

Las últimas líneas de la introducción a esa obra eran totalmente transparentes, como si respondiera a quienes con mala leche sostienen que Goytisolo gusta de «sacarse en procesión a sí mismo» y cuando habla de otros autores no deja de hablar de sí mismo. Decía al cierre de su prólogo:

Acabo ya y sólo ahora advierto que al hablar de Blanco White no he cesado de hablar de mí mismo. Si algún lector me lo echa en cara y me acusa de haber arrimado el ascua a mi sardina, no tendré más remedio que admitir que la he asado por completo. Pero añadiré en mi descargo que resulta difícil, a quien tan poco identificado se siente con los valores oficiales y patrios, calar en una obra virulenta e insólita como la que a continuación exponemos sin caer en la tentación de compenetrarse con ella y as

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