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BORA BORA

Alberto Vázquez-Figueroa  

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Fragmento

Interior

El afilado peine de dientes de cerdo se posó delicadamente sobre la piel del antebrazo, el anciano alzó con firmeza el pequeño mazo de madera y Tapú Tetuanúi cerró el puño y apretó los labios dispuesto a demostrar que era un hombre, y ni el más leve lamento, ni tan siquiera un gesto, delataría que el dolor que sabía que iba a experimentar le afectaba en lo más mínimo.

El viejo tatuador comprobó que cada una de las púas estaba colocada sobre el lugar exacto siguiendo el cuidado dibujo que previamente había trazado, clavó los ojos en el rostro de su jovencísimo paciente, sonrió para sus adentros al comprobar la decisión que se podía leer en su mirada, y por último golpeó secamente la cabeza del largo mango de hueso de ballena haciendo que las blancas agujas se clavaran lo justo para atravesar la piel sin llegar a herir la carne.

Pese a haber estado aguardándolo casi desde que tenía uso de razón, el joven Tapú Tetuanúi no pudo evitar un leve gesto de sorpresa ante la agresión, puesto que era aquel un dolor que no se parecía a ningún otro que hubiese experimentado hasta el presente, quizá debido precisamente al hecho de llevar tanto tiempo esperándolo.

El dolor solía llegar casi siempre de improviso, debido a un golpe, una caída o un descuido a la hora de pisar un erizo mientras pescaba en la laguna, pero advertir cómo el mazo caía y de inmediato la nuca parecía contraérsele, era algo chocante que jamás había sufrido hasta el presente.

El anciano volvió a mirarle a los ojos, y se diría que sabía de antemano lo que iba a descubrir en ellos, puesto que de inmediato retiró el peine, y tras mojarlo en una gran concha que contenía una tinta hecha a base de aceite de nuez de tairí y carbón vegetal, lo posó apenas sobre la siguiente línea del dibujo.

Tapú Tetuanúi se preguntó si sería capaz de resistir una nueva agresión, pero el tatuador ni siquiera le dio tiempo de encontrar una respuesta, golpeando de nuevo, alzando el peine, volviéndolo a mojar y situándolo una vez más con la seguridad de quien ha realizado la misma labor un millón de veces y sabe que no tiene tiempo que perder.

Por último, restañó con un minúsculo pedazo de limpia tapa las gotitas de sangre que manaban de algunas de las casi invisibles heridas mezclándose con la negra tinta y musitó roncamente:

—Basta por hoy.

—Puedo soportarlo —protestó Tapú.

—Lo sé —admitió el otro comenzando a guardar sus instrumentos en un pequeño cesto de palma—. La piel es fuerte, pero necesito saber si cicatriza bien o si se infecta. Vuelve dentro de cinco días.

El muchacho observó con cierta decepción la marca oscura —apenas algo mayor que un dedo pulgar— de su antebrazo, y trató de insistir, pero el anciano le atajó secamente:

—He dicho que basta —gruñó—. Conozco mi oficio.

A unos doscientos metros de la cabaña del tatuador, Tapú Tetuanúi tomó asiento en la arena de la playa y apoyando el codo en la rodilla observó de nuevo las marcas que le habían dejado los dientes de cerdo.

No era mucho, en verdad; apenas algo más que un esbozo, pero cuando el dibujo estuviese completo serviría para contarle al mundo que había nacido en la isla de Bora Bora, pertenecía a la noble familia de los Tetuanúi, y había decidido no afiliarse a la poderosa secta de los Ariói, ni a ninguna otra sociedad secreta del mismo estilo.

Tapú sería un hombre libre e independiente, cuyo antebrazo tal vez algún día demostraría que había alcanzado el codiciado rango de Jefe Guerrero, Constructor de Naves, o incluso el legendario título de Navegante Mayor del Gran Océano.

Caía la tarde, una suave brisa agitaba las transparentes aguas de la inmensa laguna llegando de Rairatea, cuya alta silueta se dibujaba a poco más de veinte millas de distancia, y tras contemplar unos instantes a un pescador que lanzaba su red desde una roca del islote de Piti-uu-Taí, se puso lentamente en pie y reinició la marcha por la ancha playa de aren

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