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BRIGADA CENTRAL 3. EL HOMBRE DEL RELOJ

Juan Madrid  

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Fragmento

1.ª edición: abril, 2016

© 2016 by Juan Madrid

© Ediciones B, S. A., 2016

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-428-2

Maquetación ebook: Caurina.com

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Contenido

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No esperes que la muerte te avise, porque no viene con trompetas ni con tambores, ni va en un carro de fuego tirado por caballos alados. La muerte no es nada grandiosa, es ruin y miserable y acudirá a ti sin ninguna señal, sin que lo sepas de antemano, agazapada entre las sombras. Lo sabrás justo en el último instante, apenas unos segundos antes de que empieces a deslizarte por el agujero que no conduce a ninguna parte. Te llegará una noche en tu casa, o paseando por la calle una radiante mañana de sol.

Quizá te aguarde mientras observas un escaparate o le acaricias la cabeza a un niño, o mientras estés descansando, imaginando lo bella que aún puede ser la vida.

No la esperes. Ella no avisa. Y no te darás cuenta.

La mujer tenía cuarenta años cumplidos y desde que dos años atrás notó la flacidez de su vientre acudía a una clase de aeróbic tres veces a la semana. También iba a una masajista diplomada en días fijos y había cambiado su dieta alimenticia por completo.

Contempló las finas arruguitas que se formaban alrededor de sus ojos y en la comisura de la boca y comenzó a untarse crema con lentos movimientos circulares de los dedos.

El espejo le devolvía una imagen sana y aceptablemente hermosa. Nunca había sido guapa ni espectacular, pero sabía que ahora, en la madurez, tenía mejor tipo y era más atractiva que cuando se separó de su marido seis años atrás. Se había quitado doce kilos de encima, las carnes se le habían afianzado y había conseguido seguridad en sí misma y el dominio de su cuerpo y su persona.

Ya no era una chiquilla. No quería serlo. Sabía que tenía cuarenta años y que cumpliría cuarenta y uno el mes siguiente, dos hijos mayores, uno de diecinueve, estudiante de Arquitectura en Bellaterra, y una chica de dieciséis que quería ser modelo. No se hacía ilusiones sobre volver a casarse.

Con un matrimonio tenía suficiente. Un matrimonio que había durado veinte años con el inspector de Policía Alberto Terrón, hoy comisario jefe en una de las comisarías territoriales de Tarragona. Veinte años de discusiones y peleas, de silencios infinitos y de sobresaltos. Veinte años que había pasado dormida, sin darse cuenta.

Quizá fue feliz al principio de su matrimonio, cuando nació Ricardito. Entonces vivían en Pueblo Nuevo, sin dinero, y ella tenía que coser para aquella tienda. Se sentía útil y amada, compartiendo cosas con su joven marido. Pero había pasado mucho tiempo desde entonces, y era una etapa de su vida que no quería recordar. Le gustaba más pensar en el futuro, en lo que le quedaba por vivir. Por ejemplo, en la cena que iba a tener esa misma noche con su amiga Clarita y dos amigos de ella, empleados de la Consejería de Cultura de la Generalitat. Uno de ellos, sobre todo, le gustaba bastante. Divorciado como ella y muy guapo, parecía atento y tierno.

La mujer que se embadurnaba el rostro se llamaba Purificación Santos, pero todos, incluidos sus hijos, la llamaban Tita.

Escuchó un ruido en la casa. El roce de pies en el suelo. Instintivamente miró la hora en el despertador eléctrico y detuvo el masaje facial. Pensó que su hija había llegado antes. Eran las seis cuarenta y cinco de la tarde.

—Niña —llamó—, ¿eres tú?

No obtuvo respuesta. Aguzó el oído. El parqué del salón volvió a crujir. No era una mujer asustadiza, pero se puso en pie con una expresión interrogadora en los ojos.

Entonces vio al hombre en la puerta.

Gritó y se llevó la mano a la boca. Nunca había visto a ese hombre. Era alto, de rostro alargado y pálido, mandíbula cuadrada y cabello negro peinado hacia atrás. Vestía una gabardina y la miraba fijamente, sin decir nada.

Ella retrocedió hasta la cama.

—¿Quién es usted? —preguntó. El terror comenzó a adueñarse de su cuerpo—. ¿Qué quiere? ¿Cómo ha entrado? ¿Usted...?

—¿Purificación Santos? —preguntó a su vez el hombre, con un leve acento musical.

«Es una broma», pensó la mujer, porque nadie piensa que va a morir. Nadie cree que le quedan segundos de vida.

«Un amigo de Clarita —siguió pensando—. No parece un ladrón.»

—Sííí..., sí... so... soy Tita Santos, qué... qué quiere us...

No terminó la frase. El desconocido extrajo de la gabardina una pistola chata y negra, a la que había atornillado un silenciador, también negro, y apuntó a la mujer. Disparó sin ruido.

La mujer tampoco supo entonces que iba a morir.

La bala le perforó la cabeza un poco más arriba del entrecejo y la lanzó, sin ruido, sobre la cama. Cuando se desplomó sobre ella ya estaba muerta.

A Solana no le gustó la consejera matrimonial o como se llamara eso. Era una chica joven sin labios, el cabello corto castaño claro y un cuerpo menudo y compacto que se adivinaba bajo la bata blanca.

Quizás era por su juventud —no debía de tener arriba de veinticinco años— o quizá porque estaba su mujer delante. Hubiera preferido un hombre mayor, un médico con las sienes plateadas, con más de sesenta años. Sin embargo, Esperanza, su mujer, parecía beberse las palabras que iba soltando la consejera matrimonial, como si fueran la Biblia en pasta. No perdía sílaba.

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