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BRúJULA

Mathias Enard  

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Fragmento

Somos dos fumadores de opio cada uno en su nube, sin ver nada fuera, solos, sin comprendernos jamás fumamos, caras agonizantes en un espejo, somos una imagen congelada a la que el tiempo confiere la ilusión del movimiento, un cristal de nieve deslizándose sobre una bola de escarcha cuyas complejas marañas no hay quien entienda, soy esa gota de agua condensada en el cristal de mi salón, una perla líquida que rueda y nada sabe del vapor que la engendró, ni menos todavía de los átomos que la componen y pronto servirán a otras moléculas, a otros cuerpos, a las nubes que tanto pesan esta noche sobre Viena: quién sabe sobre qué nuca goteará esta agua, contra qué piel, sobre qué acera, hacia qué río, y esta cara indistinta sobre el vidrio no es mía más que por un instante, una de las mil posibles configuraciones de la ilusión; mira, el señor Gruber pasea a su perro a pesar de la llovizna, lleva un sombrero verde y el impermeable de costumbre; se protege de las salpicaduras de los coches dando unos saltitos ridículos en la acera: el chucho cree que quiere jugar, así que brinca hacia su dueño y se lleva un buen sopapo cuando pone su pata mugrienta sobre el impermeable del señor Gruber, que acaba a pesar de todo por acercarse a la calzada para cruzar, las farolas alargan su silueta, charco ennegrecido en medio del mar de sombras de los grandes árboles, desgarrados por los faros sobre la Porzellangasse, y herr Gruber parece dudar de si hundirse o no en la noche del Alsergrund, como yo si abandonar o no mi contemplación de las gotas de agua, del termómetro y del ritmo de los tranvías que descienden hacia Schottentor.

La existencia es un reflejo doloroso, un sueño de opiómano, un poema de Rumi cantado por Shahram Nazeri, el ostinato del zarb hace vibrar ligeramente el cristal bajo mis dedos como la piel de la percusión, debería proseguir con mi lectura en lugar de mirar al señor Gruber desapareciendo bajo la lluvia, en lugar de prestarles mis oídos a los melismas arracimados del cantante iraní, cuya potencia y timbre podrían ruborizar a tantos de nuestros tenores. Debería parar el disco, imposible concentrarme; por más que he releído esta separata por décima vez no comprendo su misterioso sentido, veinte páginas, veinte páginas horribles, escalofriantes, que llegan a mis manos precisamente hoy, hoy que un médico compasivo puede que le haya puesto nombre a mi enfermedad y declarado mi cuerpo oficialmente enfermo, casi aliviado tras haberles asignado —beso mortal— un diagnóstico a mis síntomas, un diagnóstico que conviene confirmar iniciando un tratamiento, me dijo, para seguir la evolución, la evolución, en eso estamos, contemplando una gota de agua que evoluciona hacia la desaparición para reintegrarse en el Gran Todo.

No hay azar, todo está relacionado, diría Sarah, por qué recibo precisamente hoy este artículo por correo, una separata de otra época, un papel grapado en lugar de un PDF acompañado por un mensaje deseando «que te llegue bien», o por un e-mail que podría haberme transmitido alguna noticia, explicarme dónde está, qué es ese Sarawak desde donde escribe, que, según mi atlas, es un estado de Malasia situado en el noroeste de la isla de Borneo, a dos pasos de Brunéi y de su rico sultán, a dos pasos también, creo, de los gamelanes de Debussy y de Britten; pero el contenido del artículo es muy diferente; nada de música, aparte tal vez de un largo canto fúnebre; veinte hojas densas publicadas en el número de septiembre de Representations, hermosa revista de la Universidad de California en la que ella ya escribió otras veces. El artículo lleva una breve dedicatoria en la página de guarda, sin comentarios, «Para ti, mi muy querido Franz, con un gran abrazo, Sarah», y fue enviado el 17 de noviembre, es decir, hace dos semanas: todavía hacen falta dos semanas para que un correo haga el trayecto Malasia-Austria, o acaso ha escatimado en sellos, podría haber añadido una postal, qué significa esto, he recorrido todas las huellas que de ella quedan en el apartamento, sus artículos, dos libros, algunas fotografías, y hasta una versión de su tesis doctoral, impresa y encuadernada en skivertex rojo, dos grandes volúmenes de tres kilos cada uno:

«En la vida hay heridas que roen como una lepra el alma en la soledad», escribe el iraní Sadeq Hedayat al principio de su novela La lechuza ciega: ese hombre pequeño de gafas redondas lo sabía mejor que nadie. Fue una de esas heridas la que lo hizo abrir el gas en su apartamento de la calle Championnet de París, precisamente una noche de gran soledad, una noche de abril, muy lejos de Irán, muy lejos, con la única compañía de algunos poemas de Jayam y una sombría botella de coñac, tal vez, o una piedrecita de opio, o puede que nada, nada en absoluto, aparte de los textos que todavía guardaba consigo y que se llevó al gran vacío del gas.

No se sabe si dejó una carta o alguna otra señal aparte de su novela La lechuza ciega, terminada desde hacía tiempo y que, dos años después de su muerte, habría de valerle la admiración de los intelectuales franceses que jamás habían leído nada acerca de Irán: el editor José Corti publicará La lechuza ciega poco des­pués de El mar de las Sirtes; Julien Gracq conocerá las mieles del éxito cuando el gas de la calle Championnet acaba de ha­cer su efecto, año 1951, y dirá que su Mar es la novela de «todas las podredumbres nobles», como las que acabaron por roer a Hedayat en el éter del vino y del gas. André Breton tomará partido por los dos hombres y por sus libros, demasiado tarde para salvar a Hedayat de sus heridas, si es que pudo haberse salvado, si es que el dolor no era, con enorme certeza, del todo incurable.

Ese hombre de gruesas gafas redondas vivió en el exilio como en Irán, tranquilo y discreto, hablando en voz baja. Su ironía y su feroz tristeza le valieron la censura, a menos que fuese su simpatía por los locos y los borrachos, o puede que su admiración por ciertos libros y determinados poetas; tal vez lo censuraron porque le gustaban el opio y la cocaína mientras se burlaba de los drogadictos; porque bebía solo, o asumía el pesar de no esperar ya nada de Dios, no hasta ciertas noches de enorme soledad, cuando el gas llama; puede que porque era miserable, o porque creía razonablemente en la importancia de sus escritos, o porque no creía en ellos, todo cosas que incomodan.

Lo cierto es que en la calle Championnet no hay placa que se­ñale ni su paso ni su partida; en Irán no hay monumento que lo recuerde, a pesar del peso de la historia que lo vuelve ineludible, y el peso de su muerte, que pesa aún sobre sus compatriotas. Su obra vive hoy en Teherán como él murió, en la miseria y la clan­destinidad, en los estantes de las librerías de lance o en reedi­ciones truncas, desprovistas de cualquier alusión que pueda pre­cipitar al lector a la droga o el suicidio; para preservar a la juventud iraní, tocada por la dolencia de la desesperanza, del suicidio y de la droga y que se abalanza pues, cuando logra hacerlo y con deleite, sobre los libros de Hedayat, que así de famoso y mal leído se une a los grandes nombres que lo rodean en Père-Lachaise, a dos pasos de Proust, tan sobrio en la eternidad como lo fue en vida, tan discreto, sin flores ostentosas ni demasiadas visitas; desde aquel día de abril de 1951 en que escoge el gas y la calle Championnet para poner término a todas las cosas, roído por una lepra del alma, imperiosa e incurable. «Nadie toma la decisión de suicidarse; el suicidio está en ciertos hombres, está en su naturaleza.» Hedayat escribe estas líneas a finales de los años veinte. Las escribe antes de leer y traducir a Kafka, antes de escribir su estudio sobre Jayam. Su obra se abre por el final. La primera recopilación que publica empieza con Enterrado vivo, Zendé bé gour, el suicidio y la destrucción, y describe claramente los pensamientos, o eso creemos, del hombre en el momento en que se entrega al gas veinte años más tarde, dejándose dormitar suavemente tras haberse asegurado de destruir sus papeles y sus notas, en la minúscula cocina invadida por el insoportable perfume de la primavera entrante. Destruyó sus manuscritos, puede que más valiente que Kafka, puede que porque no tiene a mano ningún Max Brod, puede que porque no confía en nadie, o porque está convencido de que es hora de desaparecer. Y si Kafka se va tosiendo, corrigiendo hasta el último minuto unos textos que querrá quemar, Hedayat parte en la lenta agonía del sueño pesado, su muerte ya escrita, veinte años antes, su vida atravesada por las llagas y las heridas de esa lepra que lo roía en soledad y que adivinamos está ligada a Irán, a Oriente, a Europa y a Occidente, como Kafka en Praga era a la vez alemán, judío y checo sin ser nada de todo eso, perdido más que cualquiera o acaso más libre que nadie. Hedayat sufría una de esas heridas del yo que te hacen tambalearte en el mundo, es esa falla la que se abrió hasta convertirse en grieta; hay en ello, como en el opio, en el alcohol, en todo lo que te abre en dos, no tanto una enfermedad como una decisión, una voluntad de resquebrajar el ser, hasta el fondo.

Si nos adentramos en este trabajo a través de Hedayat y su Lechuza ciega es porque nos proponemos explorar esa fisura, asomarnos a la grieta, introducirnos en la embriaguez de aquellas y aquellos que vacilaron demasiado en la alteridad; vamos a tomar de la mano a este hombre para bajar a observar las heridas que carcomen, las drogas, los más allá, y a explorar ese lapso, ese barzakh, el mundo entre los mundos en que caen los artistas y los viajeros.

Este prólogo es sin duda sorprendente, quince años después esas primeras líneas siguen resultando igual de desconcertantes: debe de ser tarde, mis ojos se cierran sobre el viejo manuscrito a pesar del zarb y la voz de Nazeri. En la defensa de su tesis, a Sarah la enfureció que le criticasen el tono «romántico» de su preámbulo y el paralelismo «absolutamente fuera de lugar» con Gracq y Kafka. Sin embargo Morgan, su director de tesis, trató de defenderla, de un modo por otra parte bastante ingenuo, diciendo que «siempre está bien hablar de Kafka», lo cual hizo suspirar a aquel jurado de orientalistas vejados y de mandarines adormecidos a los que solo el odio que sentían los unos por los otros podía sacar de su ensueño doctrinal; por otra parte, no tardaron en olvidar el preliminar tan inusitado de Sarah cuando le discutieron ciertas cuestiones de metodología, es decir, que no veían de qué manera «el paseo» (aquel viejo escupía la palabra como un insulto) podía tener algo de científico, incluso dejándose guiar por la mano de Sadeq Hedayat. Yo estaba de paso en París, contento ante la oportunidad de asistir por primera vez a una lectura de tesis «en la Sorbona» y de que fuese la suya, pero una vez pasadas la sorpresa y la diversión de descubrir el estado de vetustez de los pasillos, de la sala y del jurado, relegados a las profundidades de sabe Dios qué departamento perdido en el laberinto del conocimiento, donde cinco eminencias iban a dar muestras, una detrás de la otra, de su escaso interés por el texto del que se suponía que iban a hablar, haciendo esfuerzos sobrehumanos —como yo en la sala— por no dormirse, ese ejercicio me llenó de amargura y de melancolía, y cuando abandonamos el lugar (aula sin fasto, con pupitres de aglomerado hendido, resquebrajado, que no entrañaban el menor saber más allá de entretenidos grafitis y chicles pegados) con el fin de dejar que deliberasen, me vi asaltado por un poderoso deseo de largarme con viento fresco, bajar por el bulevar Saint-Michel y caminar por la orilla para no cruzarme con Sarah y que adivinase mis impresiones sobre la famosa lectura de tesis que tan importante iba a ser para ella. Había en el público una treintena de personas, tanto como decir una muchedumbre para el minúsculo pasillo al que nos vimos relegados; Sarah salió al mismo tiempo que la concurrencia, hablaba con una dama muy elegante y mayor que ella que yo sabía que era su madre, y con un hombre que se le parecía de un modo turbador, su hermano. Era imposible avanzar hacia la salida sin cruzarse con ellos, di media vuelta para contemplar los retratos de orientalistas que adornaban el pasillo, viejos grabados amarillentos y placas conmemorativas de una época fastuosa y añeja. Sarah charlaba, parecía agotada pero no abatida; puede que en el fragor del combate científico, tomando notas para preparar sus réplicas, hubiese tenido ella una sensación completamente diferente a la del público. Me vio y me hizo una señal con la mano. Yo había ido sobre todo para acompañarla, pero también para prepararme, aunque solo fuese en mi imaginación, de cara a mi propia lectura de tesis; y lo que acababa de presenciar no era precisamente alentador. Me equivocaba: tras unos minutos de deliberaciones, cuando de nuevo fuimos admitidos en la sala, le concedieron la nota más alta; el famoso presidente enemigo del «paseo» la elogió vivamente por su trabajo y hoy, releyendo una vez más el inicio de ese texto, hay que admitir que había algo potente e innovador en esas cuatrocientas páginas sobre las imágenes y las representaciones de Oriente, no-lugares, utopías, fantasmas ideológicos en los que se habían perdido muchos de cuantos quisieron recorrerlos; los cuerpos de los artistas, poetas y viajeros que habían tratado de explorarlos cayeron poco a poco en la destrucción; la ilusión roía, como decía Hedayat, el alma en soledad: eso que durante mucho tiempo se había llamado locura, melancolía, depresión, era a menudo el resultado de una fricción, la pérdida de uno mismo en la creación, al contacto con la alteridad, y aunque hoy en día me parece un poco precipitado, romántico, por así decirlo, sin duda ya había allí una auténtica intuición sobre la que ella habría de edificar todo su trabajo posterior.

Una vez emitido el veredicto y muy feliz por ella fui a felicitarla, ella me abrazó calurosamente y me preguntó pero qué haces aquí, yo le respondí, amable mentira, que un feliz azar me había llevado a París justo entonces, ella me invitó a unirme a sus allegados en la tradicional copa de champán y acepté; fue así como acabamos en el primer piso de un café del barrio, donde solían celebrarse ese tipo de acontecimientos. De repente Sarah parecía abatida, como si flotase en aquel traje sastre de color gris; sus formas habían sido tragadas por la Academia, en su cuerpo se apreciaba la huella del esfuerzo realizado durante las últimas semanas y

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